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Opinión

La amante

La piel ungida del sudor de la pasión se encontraba a cada instante, los labios rozaban el paraje de cuerpos esculturales negados a existir

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Sólo tardaron quince minutos en despojarla de su más preciado tesoro, su vida.

Un vehículo muy despacio se acerca a la Esquina de Miseria, una puerta se abre y rueda un cuerpo por la calle hasta detenerse en el montón de basura que los lunes adornan la ciudad.

Según el parte policial, redactado como una carta de amor, se desprendían frases tan elocuentes que ni el mismo Oliverio Girondo o Benedetti imaginaron utilizar en sus poemas inquietos y descarnados. La hora de la muerte no era más que en el nacimiento del día capital donde el sol reinante ciega y acompaña a quienes perfumados salen a su jornada habitual, mientras que otros, con el licor en el cuerpo y con guitarras roídas por el tiempo y la nocturnidad, se acercaban a sus pensiones para cumplir con el trato más digno que da la vida, cambiar los soles por las lunas de desesperación.

Los discretos huyeron y los fisgones se acercaron al cuerpo que yacía agonizante. El rostro no existía y la sangre cubría la abundante cabellera roja que una vez fue envidia de todos.

La mujer estaba agonizando por amor, las palabras inentendibles solo exigían un beso como el deseo desesperado para morir con la sensación de sentirse amada en el último suspiro.

I

La mañana fue tan rutinaria como todas. Se levantó junto a su esposo y prepararon a los niños para ir a la escuela. Ese lunes quería sentirse atractiva y en su closet un vestido rojo titilaba como los semáforos dañados de los fines de semana.

Salieron todos de la casa y tomaron caminos diferentes.

El frío matutino y los ruidos de la calle no la distrajeron. Luego a la espera de su transporte fue presa del miedo que te descubre el final. Entró a empujones a un vehículo desconocido y pidió un beso como preludio al último saludo de la vida.

Una sombra la cegó y se sintió rodar por la calle hasta detenerse en un montón de basura maloliente que anulaban su perfume Carolina Herrera y la enviaban a otra estancia lejos muy lejos del todo.

II

Quienes la auxiliaron notaron su tez bronceada.

Su día de playa. Tres días antes. Lo disfruto como siempre lo hacía. Con un traje de baño que dejaba entrever el deseo de los hombres ausentes de pudor. Ella, secuestrada por el licor y los cigarros de mariguana dada rienda suelta a su querencia. Los besos, las risas, los roces indecentes abundaban en la arena. Se sentía libre y feliz ante el gesto de inmoralidad de su amante, quien la amaba desde los pies a la cabeza. El sol cayó y ellas huyeron al hotel más cercano para sentirse únicas.

Sonaron las sirenas y los agentes del orden público se acercaron al cuerpo ya carente de alguna imagen humana. No disimularon el terror que les arrojo la masa de carne que estaban observando y llevaron sus manos a los rostros por la dantesca escena que jamás olvidarían. En silencio se acercaron y rezaron lo conocido y desconocido. Las palabras de la moribunda, ante aquellas peticiones, murmuraron una plegaria a su Diosa Oshún, a quien le imploró la llenase de amor y de paz para despedirse con serenidad de este mundo.

La Diosa ya no la escuchaba. Y las campanadas de la Iglesia de Santa Teresa dieron las ocho como premonición discreta de los números que una vez aprendió para adorar la sincretizada Santísima Caridad del Cobre.

Cinco años antes la Orishá Oshún la tomó como su hija.

La veneró hasta el punto de entregarse en cuerpo y alma. Durante cuatro años no dudo de ningún mandato y asintió como aguerrida Hija de La que se mueve que su subordinación le otorgaría todas sus peticiones. Sin embargo, como digna hija, sucumbió ante la sensualidad, la coquetería y la sexualidad.

Una petición de operarse sus atributos de hembra le fue negado, y sin poder evitarlo, la vanidad atesto un golpe mortal, grito en medio de la ceremonia que su destino lo dictaría su sentido común, y vagó fuera de las aguas que inquietas no pudieron disculpar la afrenta.

Hay quienes dicen que el santo le dio la espalda.

Meses después de su operación no respetó la advertencia dada. El licor, el sexo desaforado y las drogas invadieron su segunda vida, ignorada por su familia. Cada vez la promiscuidad y el deseo de probar los sabores de hombres y mujeres dictaminarían su destino de sentido común y tocaría el fondo de sus creencias, de su cuerpo, de su vida. En la marejada de descontrol conoció al amor de su vida y salvaje implacable de su último suspiro.

III

Las ambulancias llegaron al sitio con su despavorido chillido de pavor. Varios enfermeros se acercaron al auxilio innecesario de salvarla. El más agreste levanto su cara y en medio de la cabellera roja y la sangre vio sus  elekes, la reconoció como hija de Oshún, y acercándose a su oído le murmuro, hermana ya La que se mueve te espera, tómale la mano y deja que tu rojo vestido se tiña de amarillo y ámbar, ya estas llegando a casa.

Faltaban nueve meses para el 8 de septiembre y ya la hermosa hija de Oshún no escucharía los tambores de celebración. Había muerto.

La ilusión del amor había colapsado.

IV

En los tiempos de perdición la compañía la dejaba exhausta. Hombres y mujeres probaron de su insensatez y en el muladar de sentimientos reconoció a quien encajaría en sus deseos. La morena del deseo se adentró en su piel, disfrutaron de la libertad clandestina y sopesaron la doble vida como una virtud para seguir amándose en la oscuridad de los días.

La piel ungida del sudor de la pasión se encontraba a cada instante, los labios rozaban el paraje de cuerpos esculturales negados a existir. Cada instante era oportuno para sentirse, para tocarse.

Senos chocando en la reyerta inequívoca de tomarse para sí.

Los meses pasaron y la felicidad iluminaba su rostro, fue en ese instante que decidió hacer cambios radicales en su imagen y un color de vida encendió su cabello. En esos días la vida marital con su esposo mejoró y las excusas de ausencias se opacaban con un sexo voraz que hacía temblar los cimientos de la casa.

El amor y el deseo dieron comienzo a la monótona reacción de los seres humanos cuando ya los secretos están descubiertos. Las miradas furtivas estaban atrapadas en la constante necesidad de cambios y colapsó todo.

La morena de los sueños húmedos perdió la imaginación y hubo una mudanza de sentimientos. Otra boca de niña disfruto de los besos usados y nuevas caricias la hicieron sudar el aroma de lunas de encuentros y desencuentros.

La desesperación del abandono no se hizo esperar y las llamadas de súplicas para un regreso se sumergían en horas enteras de llantos. Las lágrimas se transformaron en rencor y la misiva de los corazones rotos se apresuró a salir con frases de amenazas que eran contestadas con risas y truculencias.

La noche anterior al vestido rojo, un bullicio erizo su piel. Su amante asintió que moriría con el amor que le negó y, un respiro de gritos de silencio, la conminó a creer que la muerte la estaba acechando.

En la puerta de la casa al despedirse de su esposo y sus dos hijos, sintió que el ruido y el frío de la ciudad le preparaban un último transitar.

V

El calor de los golpes.

No era la primera vez que estaba en esa esquina. Era normal verla acicalarse para que la vieran. El frío se tornó intolerable y su escote dejo al descubierto como sus senos se retraían para despistar al inquieto aire que la recorría.

Se horrorizo al sentir el calor del primero golpe y luego otro. Algo la empujo a la puerta trasera de un vehículo que desconocía. En su interior las palabras se acallaban con dientes filosos que mordían sus labios y hacían que la sangre brotará. Luego más golpes que hacían que el frío desapareciera para llevarla a un estado radical de tranquilidad.

Ya no sentía la violencia con que los desconocidos mancillaban su rostro de diosa. Se hundió en un hueco profundo donde los gritos afloraron. Los golpes arreciaban y la risa de la muerte se apoderó del pequeño espacio donde le robaban los sentidos.

El humo de un cigarrillo la intoxico una vez más. Quería moverse y sus brazos no respondían, sus piernas eran partes muertas. Mordió su lengua con tanta fuerza que nuevas bocanadas de sangre dibujaron una sonrisa en el techo del vehículo. La respiración desesperante de sus verdugos se entrelazó con el sudor de su cuerpo, ya extraño, dándole un sabor a mar cada vez que las manos ajenas seguían destruyendo la boca que tanto besaron y tantos desearon.

Oyó el crujir de los huesos y recordó que su madre la besó incansablemente cuando en un juego de niñas se fracturó una pierna. Recordó que los besos siempre la curaban en sus momentos de mayor tristeza.

Unas palabras la hicieron despertar de su sueño mortal. No entendía el por qué de esta situación. Imaginó que habría pasado un largo tiempo en este trance.

Desde su interior retumbaron sonidos nunca escuchados. Su respiración la estaba abandonando, al igual que los recuerdos de su vida plena. Sintió el final y el deseo de un beso que la curará la llenó de esperanzas. Sus ojos cerrados sintieron el dolor cuando la luz otra vez cubrió su rostro.

Disparada desde el interior del vehículo se desvaneció en la calle que tantas veces recorrió y ya su perfume no se distinguía.

Pidió un beso. Oró a su madre Oshún y entendió que sólo tardaron quince minutos en despojarla de su más preciado tesoro, su vida.

fantasmasazules.blogspot.com

@benemerito2010

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