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Reporte

Estaba en un botiquín de una ciudad olvidada donde ahora mataban gente

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I

Habían pasado años desde que, aquel día nefando, se abandonaron a la espera de una reconciliación que nunca se avizoró. Era natural que se amaran, tantas luchas, tantos desvelos y tantos miedos los acompañaron, que la unión era ineludible, no podían vivir ni morir uno sin el otro. 

II

Cuando lo conocí era el hombre más triste del mundo. Sus ojos verdes opacos y su peculiar manera de mirar evocaban desierto y penumbra. Sin embargo,  a mi entender, era un delincuente más, que junto a mí, se lamentaba en un botiquín de mala muerte de la gran avenida Cristóbal Pérez Dugarte, sitio concurrido por esas gentes de la mala vida y que curiosamente estaba atestado de periodistas.

La avenida Cristóbal Pérez Dugarte debía su nombre a un insigne prócer desconocido que luego de ser gobernador, quiso dejar una huella en los residentes de aquel poblado abandonado a su suerte. Más de diez lustros, desde la aparición de un pozo petrolero, habían transcurrido para que la capital del municipio, en otrora pujante, se convirtiera en zona de guerra y tolerancia.

Los muertos iban y venían en carretas haladas por bueyes, cualquiera podría imaginar que la independencia del Libertador Simón Bolívar, jamás tocó esta tierra fértil, sin embargo, la realidad abrumaba, era diciembre de 2002 y en perspectiva todo se veía prehistórico.

La iglesia era lúgubre y constantemente mantenía sus puertas cerradas, junto a un dispensario cercano a la policía y un hospital inconcluso encumbraban el centro de la ciudad; por temor a los robos, el párroco oficiaba su misa en la plaza Mayor, que fisgonamente también se llamaba Cristóbal Pérez Dugarte y erigía un busto modesto de un hombre que se parecía a Tin Tan pero que sin lugar a dudas, era nada menos y nada más que Cristóbal, El Bueno, pues El Malo, aún zigzagueaba entre la riada matando, robando y violando.

Los bares y botiquines estaban en la avenida principal, cuyo nombre, por antonomasia, se había reducido a la avenida vecina de la Cristóbal Pérez Dugarte. Los antros que también ofrecían juegos de envite y azar, nunca cerraban por el miedo a ser atacados. En pocas palabras, era una gran feria donde mujeres y niños no podían asistir, ante la mortecina ambiental que depuraban esos seres, ajenos a todos, pero protagonistas de últimas páginas en los diarios locales, que como plagas se multiplicaban mes tras mes ante la arremetida sanguinaria que se inició con la muerte de Cristóbal, El Bueno, a manos de Cristóbal, El Malo.

Estaba en un botiquín de una ciudad olvidada donde ahora mataban gente.

III

Mi trabajo de reportero de sucesos se inició como una de mis empecinadas metas que nunca cumplo. Con 25 años me aventuré a ver toda clase de eventos que indefectiblemente derivaban en la muerte. Los primeros días me agobiaba la pestilencia y el ver los cuerpos desfigurados como consecuencia de los disparos y las puñaladas, otros, en un número inferior, se desglosaban en atropellados y suicidas.

Poco a poco me acostumbré al terror de la muerte y su ocupación en cuerpos que dejaban al descubierto que la visita siempre era inesperada. Así, vi como la carne se separaba del cuerpo, como los ojos se disparaban de los rostros, siempre ajenos a mí, y entendí, que la muerte solo da muerte a los que mueren y que la vida solo da vida a quienes viven.

En el caso de los atropellados era casi imperceptible su cobertura, mientras que los suicidios se convertían en suicidios si la persona objeto del hecho era uno más del lumpen, sin embargo, si el apellido titilaba, se trataba de un complot estructurado de origen lejano que por rivalidad habría atacado al pobre ser humano y acabado con su vida. Claro, el plan estaba estudiado:

Minuta de la muerte de Juan Francisco de las Casas Itriago

A las ocho de la noche del sábado de gloria el occiso llegó a su casa y se dirigió al estudio ubicado en la parte alta de la misma, al parecer había ingerido algún tipo de licor.

A eso de las diez de la noche se escuchó una detonación. La esposa de la víctima se dirigió al estudio y vio el cuerpo tendido en el sofacama, pudo divisar como una pistola calibre 9 milímetros estaba cerca de su mano derecha, propiedad del occiso.

La esposa corrió a la sala principal y telefoneó a los cuerpos de seguridad.

Se presume homicidio.

El levantamiento del cadáver no aportó nuevas pruebas que corroboren que hubo un atacante.

De último minuto la señora Juana García, declaró que a eso de las diez y cuarto minutos se asomó por la ventana de su casa y vio tres hombres que peleaban en el estudio del occiso. Después se desmayó, pero su sobrina de 10 años constató que el hoy occiso era buena persona y le tenían envidia.

Móvil: La envidia

Cerrada la investigación no se pudo atrapar a los responsables quienes no se llevaron nada, no hay muestras de haber forzado la puerta, no hay muestras de alguna lucha previa y el casquillo de la bala detonada salió del arma propiedad del occiso.

Ya habrían transcurrido varios meses cuando se comentó en la redacción que un pueblo sin nombre, cuya única virtud se gestaba en ser el primer hacedor de oro negro, era un spaghetti western. La autoridad era inexistente y solo se respetaba la ley del más fuerte y, en algunas ocasiones, del más astuto. Todo se reflejaba en el índice de criminalidad y la intriga que ocupaba a sus residentes: la muerte de un buen hombre, Cristóbal, El Bueno.

Durante dos semanas solo se oía lo sugestivo que sería llegar al corazón del poblado y escudriñar los acontecimientos que hicieron de una remota zona, acostumbrada a la calma, los espantos de medianoche y las peleas domésticas, la más peligrosa del estado y que día a día repuntaba como una calamidad nacional.

La mañana de un martes frío y sin opciones en que ocupar mi tiempo me aventuré a pedir a mi jefe de información la oportunidad de viajar a la tierra de Cristóbal Pérez Dugarte. La respuesta fue inmediata: te vas mañana y por favor no te dejes matar (sin antes entregar el trabajo).

IV

Dos semanas enteras habían pasado y esa tarde en el desértico pueblo de asesinos ya los medios colmaban la escena. El calor era indescriptible y un olor a chimó y tabaco pululaba por los aires. Con el desacierto de no encontrar nada motivador que llenara la página de sucesos del diario, me fui a uno de los tantos botiquines de la gran avenida Cristóbal Pérez Dugarte.

Al entrar, las putas, los borrachos, los supuestos asesinos (todos eran sospechosos) y claro está, los periodistas ocupaban gran parte del patio central del establecimiento. El olor a chimó y tabaco se desvaneció y en su lugar un olor a pecado inundaba las paredes, los taburetes de piel de vaca, las mesas de madera remendadas por doquier, los vasos de vidrio opaco, las botellas de cerveza y los jamones de plástico guindados en la barra. Todos estábamos mancillados por ese olor que se pegaba al cuerpo y luego circulaba en la cabeza hasta que desaparecía.

Me abrí camino entre la muchedumbre y llegué a la barra. El aquelarre estaba en su punto máximo, todos gritaban que Cristóbal, El Malo; era malo. Algo evidente, por lo menos para los funcionarios que lo señalaban de asesino del que hasta ese momento constaté era su familiar, Cristóbal, El Bueno.

Las indagaciones de bar son más precisas que las que emiten los cuerpos de seguridad. Durante 16 días solo escribí que las indagas estaban próximas a dar resultados y que solo era cuestión de tiempo, con un poco de suerte, para atrapar a quien le vedó el ultimo hálito al ex gobernador Cristóbal Pérez Dugarte, que si bien era El Bueno, nada bueno había hecho.

Como pude me acomodé en la silla de la barra, mi baja estatura y una aventajada barriga me limitaban para ser merecedor de un servicio. Grité durante quince minutos hasta que un hombre se apiadó de mí y demandó al cantinero que por favor me sirvieran algo de beber.

Para agradecer el gesto le invité una cerveza y como pude me zafé de la silla y me acerqué a una mesa cercana, que segundos antes habían abandonado esos periodistas de televisión que se maquillan, se peinan y muerden los labios para que en televisión nacional nos presenten sus peroratas de hechos ajenos a su entendimiento.

El olor se había vigorizado y se escapaba del entendimiento humano, era excelso y mezquino. Mi salvador me correspondió el gesto de la cerveza y lo invité a que me acompañara.

Hablamos de miles de cosas, del pueblo y su mortandad, del periódico en el que trabajaba, donde las miserias humanas se engrandecían, del salario, del hambre, de la paz mundial, de las mises, de las no mises, de la televisión, de la novela, de la cerveza, de la vida, de Cristóbal, El Bueno, y de Cristóbal, El Malo, en fin, el encuentro se desarrolló como lo hacen todas las chácharas de bares.

Dos, tres o cuatro horas habían transcurrido y los abrazos de las putas se hacían más cariñosos, el local estaba menos caldeado y la tranquilidad, a medias, reinaba en todo el patio central, que ahora nos pertenecía.

Luego un silencio nos obligó a vernos la cara. Todo el tiempo de dimes y diretes no nos había dado la oportunidad de detallarnos y, fue allí, que conocí al hombre más triste del mundo. Sus ojos verdes opacos y su peculiar manera de mirar evocaban desierto y penumbra. Sin embargo, me resistía a no calificarlo como un delincuente más, que, junto a mí, se lamentaba en un botiquín de mala muerte de la gran avenida Cristóbal Pérez Dugarte.

En un respiro, una risa y un trago nos presentamos al unísono.

Soy periodista y estoy buscando a Cristóbal, El Malo.

Soy Cristóbal, El Malo, y me encontraste.

V

La familia Pérez Dugarte llegó a las tierras sin nombre en la búsqueda de una salida a la miseria que reinaba en sus hogares. Trabajadores de la tierra se instauraron en una planicie, la cual a punta de jornadas inhumanas lograron comprar. Juan Pérez, ex guerrillero y Dorotea Dugarte, enfermera de oficio, trajeron consigo dos niños a quienes todos conocían como los niños, pues fue hasta que tuvieron 10 años que decidieron bautizarlos.

Los registros de la familia se pierden con el bautizo de sus hijos. En una pila a orillas de la quebrada que bordeaba la planicie, un misionero franciscano, liberó del pecado original a los dos niños. El primero, con el nombre de Cristóbal José y, el segundo, con el nombre de Cristo Redentor, por una marca en su antebrazo derecho en forma cruz.

Con el tiempo todo el pueblo reconocía a los niños como los Cristos, uno ordenado, cabal y pronto a ayudar a su coterráneos y, el otro, mal hablado, peleador callejero y con una furia descomunal que aterraba. Los Cristos asistieron a la misma escuela, única en el pueblo, que era regentada por las hermanas de la Santísima Trinidad, monjas crueles y devotas de un Dios Todopoderoso que asumían se comunicaba con ellas a través del arroz que comían y que cultivaban con esmero para que no fuese tocado por manos pecadoras (todos en el pueblo pecaban).

La escuela de las hermanas de la Santísima Trinidad se ubicaba en el parte oeste del pueblo, lo que hoy es la Gran Avenida Cristóbal Pérez Dugarte, y tenía como característica la presencia de un inmenso Cristo de madera encaramado en la entrada principal, curiosamente, hoy permanece en el mismo sitio, pero rodeado de luces de navidad y con un letrero de dimensiones modestas que invita a conocer el paraíso en las piernas y brazos de mujeres sin conciencia: Bienvenidos al Bar el Pecado Original.

Desde que los niños llegaron a la escuela se conocía de antemano quien prosperaría y quien no. Las diferencia entre los Cristo era insondable. Y fue una tarde en la clase de castellano, que la hermana Soledad, agotada de los artilugios de los estudiantes, los conminó a salir del salón y, en pleno patio central, los arrodilló sobre maíz y les hizo cargar dos piedras en cada mano para que así pagaran sus culpas.

El castigo no fue bien visto por los padres y menos por los Cristo. Durante las semanas siguientes el caos se apoderó de la escuela, asolaron la ermita de la Virgen que a diario era el confesionario de las monjas e irrumpieron en la sala de música, que solo poseía un cuatro y unas maracas, destruyendo todo a su paso.

Ante la ola obscena que se arraigaba en el recinto, se decidió dar de baja al promotor de la reyerta. La plaza Mayor sirvió de escenario para que en frente del pueblo reunido se gestara el dictamen más infame en la historia del pueblo:

Se niega el ingreso a la escuela y la permanencia en los alrededores al joven causante de actos que van en contra de Dios y que generaron destrozos, además de profanar el cuerpo de las monjas levantando sus hábitos y profiriendo escabrosas muecas, hasta hoy desconocidas por las Santas Hermanas, el joven Cristóbal José Pérez Dugarte, está expulsado.

Todos aplaudieron la decisión con la misma intensidad que 20 años después lo hicieran cuando se recibía al gobernador del Estado, en visita oficial a su pueblo natal. Bienvenido excelso gobernador Cristóbal José Pérez Dugarte a la tierra que lo vio progresar.

VI

Dos días después de aquel encuentro en el botiquín regresé al periódico. Una crónica detallada sobre la muerte del ex gobernador me erigió como uno de los prolíferos periodistas de sucesos y arrancó el aplauso de mis colegas que con los labios llenos de envidia no entendía cómo podía estar tan bien informado sobre un hecho que nadie vio.

Un título a cinco columnas y en letras rojas presentaba la exclusiva: Asesinado Cristóbal, El Bueno, luego de darle muerte a su hermano el exgobernador Cristóbal José Pérez Dugarte, El Malo.

Las críticas no se hicieron esperar y una demanda millonaria, por parte del Estado, se dilucidó con mi despido días después. Mi carrera como periodista de sucesos culminó con mi mejor reportaje.

Hoy navego entre las páginas de sociales, soy el esperado periodista de matrimonios, quince años, bautizos y bendiciones de casas y libros. Sigo bebiendo con más entereza que antes y pronto estaré en el casamiento de la viuda de Juan Francisco de las Casas Itriago, asesinado por envidia con su arma accionada con su mano derecha durante una noche de licor y cuyos perpetradores serán capturados mediante investigaciones sigilosas y claro está, con algo de suerte.

Algunas veces pienso en el botiquín de la Gran Avenida Cristóbal Pérez Dugarte y recuerdo al hombre más triste del mundo con sus ojos verdes opacos y su peculiar manera de mirar que evocaba desierto y penumbra. Ya no lo veo como un delincuente más, que, junto a mí, se lamentaba en ese sitio concurrido por esas gentes de la mala vida y que curiosamente sigue atestado de periodistas.

Recuerdo nuestra presentación, al unísono y, esas palabras que retumbarán en mi mente día a día, soy Cristóbal, el Malo, ya me encontraste. Después no recuerdo nada, pues caí desmayado viendo el techo de aquel bar de mala muerte y soñé que Cristóbal, el Bueno, era el Malo y que Cristóbal, El Malo, era Bueno.

Gajes del oficio.

fantasmasazules.blogspot.com

@benemerito2010

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Opinión

Asalto al Parlamento

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Mi reloj marcaba las 7:49 a.m. cuando me topé con la primera lista de acceso que tenía un coronel en la entrada del Palacio Legislativo, mientras hablaba por teléfono indicando a un superior que el dispositivo de seguridad estaba instalado desde las 5 de la mañana, me indicó que debía ir al Teatro Principal para acreditarme como periodista. La lista que él tenía en sus manos no era de periodistas, era una lista de diputados, con nombre y fotos que no podían entrar a la AN.

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Juiciosamente caminé 3 cuadras hasta llegar al Teatro Principal, ese que queda en la Plaza Bolívar, a esa hora ya los abuelitos hacían largas colas para comprar con el Petro; me dirigí a la sala dispuesta para «acreditación de medios nacionales e internacionales», todo parecía normal…pero sería el inicio de un sube y baja que no terminó nunca.

—Hola buenos días, trabajo para dos medios estoy en la lista de prensa de AN, pero me mandaron para acá a acreditarme…
—Hola linda, dame tu cédula para buscarte…
_ (…)
—No, no estas, tienes que preguntar bien, porque en esta lista no estas.
—Gracias

Ni estaba ni iba a estar nunca, porque pude ver que la lista que ellas tenían era una lista suministrada por el Minci, donde VTV, Antv, Telesur, RT, AVN y emisoras y otros medios que no pude ver eran los únicos acreditados para poder ingresar y darle cobertura a las elecciones de la junta directiva de la Asamblea Nacional para el período 2020-2021.

Acto seguido, llamé a la encargada de prensa de la AN para que me indicara qué hacer…

—Pajaritos, vente, allá es chavismo.

¡Bingo!, pensé. Sin saber que sería el segundo baja el telón del día; caminé rápidamente hasta Pajaritos, ya habían más efectivos de la GNB y de la PNB en las calles que conducen al Palacio. Al llegar a Pajaritos, ya estaban unos 20 periodistas de CNN, Telemundo, Tal Cual, Voa Noticias, El Pitazo, Caraota Digital, Tv Venezuela, Vivo Play, Caracol, Blu Radio, Globovisión; acompañados de técnicos y camarógrafos esperando instrucciones para poder ubicarse.

La convocatoria de prensa fue a las 8:30. a.m. «Puntual».

Eran las 8:25 a.m. y ninguno de nosotros sabía qué hacer. En escasos minutos nos saludó el jefe de prensa de la AN, Ewdard Rodríguez y le informé que había ido al Teatro y no tenían idea de que nosotros estábamos acreditados.

—Bueno, vamos a llevar nuestra lista, porque ya la acreditación no es por aquí, vamos todos hasta allá…

Y eso hicimos, más de 30 periodistas y su equipo de técnicos, fotógrafos y camarógrafos subimos hasta la Plaza Bolívar.

Ya en ese momento, otros estaban buscándose en la lista para poder acreditarse. Cada uno de nosotros paso y efectivamente era la misma lista. Solo que ahora tenían a un lado la de los diputados que no podían entrar a la AN, esa lista sí estaba en los puntos de control…

Tras esperar unos 30 minutos, nos dimos cuenta de que nadie estaba en la lista, de que nadie iba a subir la lista y debíamos decidir qué hacer…

—Esta lista fue una depuración que hicimos ya que la que teníamos era de 387 periodistas, técnicos y camarógrafos que iban a entrar y allí no caben todos. Hicimos una reducción hasta 100 para que puedan entrar todos.
—Sí, redujeron tanto que desaparecieron los medios

No había nada que hacer, sino seguir esperando, ya habían pasado casi dos horas y aún no se resolvía el tema de ingreso de periodistas, nadie acreditado, no estábamos en ninguna lista oficial de acceso, así como estaban los trabajadores del Palacio, prensa AN y seguridad.

Era evidente que el control de la sesión inicial del año lo tenía la GNB y quién sabe quien. Fuimos de nuevo todos a la entrada principal de la AN, donde ya se encontraban decenas de equipos antimotín de la GNB, ellos sí sabían que no nos iban a dejar entrar.

—La lista es la que ellos tienen, hay que esperar que nos den su lista para poder darles ingreso, dijo un coronel que estaba a cargo.

Esperando y esperando que bajaran la lista siguieron pasando los minutos, empezaron a llegar diputados y a presentar sus credenciales, les tomamos declaraciones y poco a poco empezaron a llegar más guardias y más PNB, acto seguido se cayó la señal de Movistar y Digitel. Sabíamos lo que estaba pasando, no querían que nadie supiera lo que iba a suceder en el hemiciclo.

El sol comenzó a cansarnos…Angel Medina, Ismael León, Carlos Valero, Carlos Prosperi, Eustoquio Contreras, Stalin González, Juan Guanipa, representantes diplomáticos de Francia, México y Brasil fueron entrando al presentar sus credenciales.

Faltaban diputados, pero no rumores de traición

Al pasar las horas, colegas tuvieron acceso gracias al wifi portátil a información que se estaba generando dentro del Palacio

—Duarte se vendió y no va a votar por Guaidó, no quieren dejar entrar a diputados, no dejan pasar a diputados de Amazonas en El Chorro…

Como fueron llegando uno a uno es difícil determinar la cantidad de parlamentarios que logró ingresar a la AN sin problemas, pero no eran todos. Así que un grupo de periodistas caminó dos cuadras abajo para ver qué estaba pasando, ya eran las 11 de la mañana, hora que fijaron para la instalación de la sesión.

Nos encontramos con que más de 50 diputados estaban intentando entrar pese al primer cordón de seguridad. Allí estaba Juan Guaidó junto a Delsa Solórzano, Nora Bracho, Amelia Belisario, Dennis Fernández, Rafael Veloz, María Beatriz Martínez, Marialbert Barrios y otros.

Realicé algunas entrevistas y todos condenaron lo que estaba sucediendo.

«Solo quieren evitar lo inevitable», «Dictadura», «Vemos como siguen violando los derechos», «No sabemos nada de ningunos diputados que se vendieron», «La dictadura solo quiere impedir que se visibilice lo que va a pasar, vamos a ratificar a Juan Guaidó como presidente de la AN y presidente encargado», «Condenamos que ustedes no puedan ejercer su labor hoy, son nuestros héroes»…

Fueron algunas de sus impresiones, pero seguíamos sin entrar.

La defensa de la GNB

A las 12:40 del medio día, intentó ingresar Juan Guaidó con su esposa y otro grupo de diputados y diputadas y esa fue la gota que esperábamos para actuar. Tras entonar el Himno Nacional, decenas de periodistas empezaron a grabar lo que fue el inicio de una golpiza que viví en carne propia.

Los guardias impedían el paso de Guaidó y quienes lo acompañaban, escoltas, fotografos, periodistas y Guaidó, todos quedamos aplastados para poder ingresar y la GNB hizo su mejor labor. Empezaron a empujarnos con los escudos, unos hacia adentro y otros hacia afuera, para hacer especie de un sandwich humano, en el que resultaron varias mujeres golpeadas, entre ellas la diputada Nora Bracho.

Cada quien se defendió como pudo, mientras a los alrededores el periodista de VTV Luis Hugas entró con una bolsa de comida a la AN, en su moto, con más poder que un diputado y con apoyo de la PNB.

Pedro Carvajalino, mejor conocido como “Cabeza e’ mango” se reía a carcajadas y grababa videos desde la tanqueta, mientras sucedía la golpiza.

Ya en este punto, muchos nos resignamos a que no íbamos a ingresar, así que tomamos agua y descansamos bajo el sol inclemente a esperar lo que iba a suceder, ya Guaidó había entrado y debía iniciar la instalación…

Sin señal, sin cuórum, sin votos

Decidí caminar hasta el piquete de la esquina El Chorro para entrevistar con los diputados de Amazonas que no pudieron ingresar.

«Al llegar nos encontramos con un piquete de la GNB, tenían un listado donde decía que estábamos inhabilitado el diputado Julio Ygarza y el diputado Simón Calzadilla, o sea que no tuvimos acceso al Palacio por razones obvias del régimen (…) están buscando la manera de salvaguardar los votos que compraron con los diputados pero los números no le dan. ¿Cuál es el miedo? Si el régimen puede tener su plancha que se mida con su plancha. ¡Nuestro candidato es Juan Guaidó como presidente encargado para este nuevo período», dijo Romel Guzamana (VP-Amazonas).

«La línea es que sino pasa un diputado no van a sesionar, estamos esperando instrucciones, pero no hay señal y son 5 piquetes y no han dejado pasar a varios diputados, y si faltan diputados sesionaremos con el pueblo».

Inmediatamente me informaron que se estaba juramentando el diputado Luis Parra como presidente de la AN, junto a Franklyn Duarte y Gregorio Noriega. ¿Dónde está Guaidó? ¿Votaron? ¿Qué estaba pasando?

Fue el diputado Ángel Alvarado el primero en salir una hora después y explicarnos: «Eso fue un desastre, nadie votó, Guaidó nunca entró, él se levantó y se autojuramento, no había cuórum», dijo consternado a representantes de la prensa que estábamos en ese punto.

Nora Bracho, Delsa Solórzano y otros diputados llegaron caminando hasta ese punto, las parlamentarias estaban sudadas, golpeadas y decepcionadas. «Nunca nos dejaron entrar al hemiciclo, nos arrastraron, nos golpearon, fue horrible, me siento mal», dijo entre sollozos una de ellas.

Instalación: El Nacional

Con más nada que hacer frente al piquete de la GNB, me trasladé con un grupo a la sede de El Nacional, donde se realizaría la sesión con Guaidó y no fue sino hasta las 5:35 de la tarde cuando se dio inicio a la instalación.

En este punto, ya sabíamos que varios diputados entre ellos Manuel González suplente de Américo De Grazia, William Gil (Cuentas Claras-Carabobo), Franklyn Duarte, Freddys Paz, Negal Morales, Kerrins Mavarez, Lucila Pacheco, Luis Loaiza y Richard Arteaga votaron a favor de Luis Parra como presidente de la AN.

Fue la diputada Solórzano la encargada de presentar la plancha que posteriormente resultó electa con 100 votos: Juan Guaidó como presidente, Juan Pablo Guanipa como primer vicepresidente, Carlos Berrizbeitia como segundo vicepresidente, Angelo Palmeri como secretario y Jorge Luis Cartaya subsecretario.

Juan Guaidó: Derrotamos contundentemente las pretensiones de la dictadura

“Ha sido un año muy duro, de lucha (…) Yo lamento profundamente el bochornoso show impulsado por la dictadura (…) Es injusto que en Zulia a esta hora no haya electricidad en gran parte del estado, así como en el oriente. Que el 83% de la población en sus casas se les fue el agua. Venezuela necesita una respuesta y los venezolanos hoy necesitan quién asuma la responsabilidad. Ustedes no merecen eso, y les pido perdón. Asumimos la responsabilidad que tenemos hoy los diputados, los dirigentes y que no es momento de estar repartiendo culpas (…) Aunque no es suficiente hoy derrotamos contundentemente a la dictadura, agregan a su triste expediente la consolidación de la dictadura».

Expresó que este 2020 es una segunda oportunidad para Venezuela. “Hoy no dudamos que somos mayoría, y que la podemos ejercer para lograr el cambio en Venezuela (…) Hoy vimos la locura y el desespero de una dictadura de un régimen que ni tiene votos. Tenemos que estar atentos. todos queremos un desenlace lo mejor posible. Luego de hoy, ¿qué va a decir la dictadura? El martes día de sesión, este Parlamento va a sesionar el martes a las 10:00 a.m. en el Palacio Federal Legislativo”, enfatizó, al tiempo que anunciaba su separación de la militancia en Voluntad Popular.

Tras casi doce horas de intentar cubrir la sesión, terminó el vía crucis del 5 de enero a las 7:40 p.m.

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Descuido

«Padezco el desencuentro de sus manos hoy ajenas a mí. Tengo la sonrisa derruida al saber que otros besos la estremecen»

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Epílogo

La extraña sensación del encuentro libra dentro de mí una batalla de sentidos que se disparan sin un orden conocido. Sólo su mirar hace que deponga mis armas y desestime aquello que una vez asentí como voraz y único. Es un placer conocer que hace, que siente, como me miente en la lejanía de su mirada felina.

Padezco el desencuentro de sus manos hoy ajenas a mí. Tengo la sonrisa derruida al saber que otros besos la estremecen y la inquietan tanto como yo pudiera hacerlo. Ahora que tengo un doctorado en lencería, limito mis conocimientos a fijar mi mirada en su cabello, en sus palabras, en su calor incipiente que colman todo mi ser.

Es una lucha displicente de querer y olvidar en otras sábanas lo que llevo tatuado en mi corazón. Un corazón con infinidad de cuartos lleno de putas y de amores perdidos, de besos olvidados y de esencias de damas que daban amor de un día.

I

Quien la ve a primera vista teme repentinamente al saberla audaz y prepotente. Su inquietante manera de moverse expresa el repudio que posee ante todo aquello que está segura no es para ella. Sus ademanes de princesa fomenta en las cercanías sismos de acontecimientos que van desde la necesidad de rozarla hasta solo verla a lo lejos, cuando se despide de todos.

Ella es la afrodita activa, presente y deseable. Enamora con el elixir de sus palabras y genera heridas profusas con miradas de miel. Su olor a durazno, su piel de seda y sus ojos intensos de cazadora son la muestra palpable que inquieta a los guerreros en el fragor de una batalla ya perdida antes de iniciarla.

Escucharla es placentero. Sientes la cercanía del cielo en cada palabra dibujada en sus labios. Cada vocablo hace que te exasperes y padezcas la desesperación de los cantos de sirenas. Su silencio es salvaje y retumba en tus sentidos. No deseas que cesen sus sonidos. Es droga fastuosa para morir poco a poco sin dolor y con goce.

Su caminar deleita. Sus movimientos deducen pensamientos irracionales que describen el lúgubre e inmutable lado de la cama que aún permanece vacío. Ella sin embargo, con todos a sus pies, te ausculta y con una mueca de lástima te aleja lacerado con la convicción de no exponerse nuevamente a respirar el aire que la acompaña y la hace dueña de su mundo y en ese instante del tuyo.

II

La recuerdo con visos de dulzura. Nunca tuve la oportunidad de respirarla, solo de observarla mientras otros brazos me asfixiaban. Siempre la sentí como la despedida consciente de mis oportunidades. Las pocas encrucijadas de allegarme estaban enmarcadas en comentarios nefastos y dolorosos que limitaban el beso de bienvenida y nuevamente la veía alejarse, como la diosa que era y que hoy es.

Su signo era inexcusable. Enceguecía a todos. Nadie podía estar cerca sin sufrir las heridas del resplandeciente cometa que la protegía. Luchó con la delicadeza de las princesas y fue la victoria más respetada que aún hoy recuerdo en cada palabra que describo y en los desamores que se acuñaron en todo mi costado.

Luego desapareció. Se oculto de mi círculo vicioso y se adentro a una nueva etapa de logros y desilusiones que la hicieron más mujer, más ella, más toda.

III

Hace algunos meses la descubrí (en compañía de su porvenir)

IV

La respiro con palabras, la siento con frases, le temo con canciones y la descubro cerca muy cerca de mí en cada sensación de avistarnos en algún lugar lejos de todos y cerca de nosotros.

Hoy mantiene la postura de princesa que enloquece, hoy su olor a durazno inunda el espacio cuando con una humareda saca de sí el extraño olor a nicotina. Su piel de seda eriza con su cercanía mientras sus ojos de felina siguen cuidando, su vida, la vida.

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Opinión

La amante

La piel ungida del sudor de la pasión se encontraba a cada instante, los labios rozaban el paraje de cuerpos esculturales negados a existir

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Sólo tardaron quince minutos en despojarla de su más preciado tesoro, su vida.

Un vehículo muy despacio se acerca a la Esquina de Miseria, una puerta se abre y rueda un cuerpo por la calle hasta detenerse en el montón de basura que los lunes adornan la ciudad.

Según el parte policial, redactado como una carta de amor, se desprendían frases tan elocuentes que ni el mismo Oliverio Girondo o Benedetti imaginaron utilizar en sus poemas inquietos y descarnados. La hora de la muerte no era más que en el nacimiento del día capital donde el sol reinante ciega y acompaña a quienes perfumados salen a su jornada habitual, mientras que otros, con el licor en el cuerpo y con guitarras roídas por el tiempo y la nocturnidad, se acercaban a sus pensiones para cumplir con el trato más digno que da la vida, cambiar los soles por las lunas de desesperación.

Los discretos huyeron y los fisgones se acercaron al cuerpo que yacía agonizante. El rostro no existía y la sangre cubría la abundante cabellera roja que una vez fue envidia de todos.

La mujer estaba agonizando por amor, las palabras inentendibles solo exigían un beso como el deseo desesperado para morir con la sensación de sentirse amada en el último suspiro.

I

La mañana fue tan rutinaria como todas. Se levantó junto a su esposo y prepararon a los niños para ir a la escuela. Ese lunes quería sentirse atractiva y en su closet un vestido rojo titilaba como los semáforos dañados de los fines de semana.

Salieron todos de la casa y tomaron caminos diferentes.

El frío matutino y los ruidos de la calle no la distrajeron. Luego a la espera de su transporte fue presa del miedo que te descubre el final. Entró a empujones a un vehículo desconocido y pidió un beso como preludio al último saludo de la vida.

Una sombra la cegó y se sintió rodar por la calle hasta detenerse en un montón de basura maloliente que anulaban su perfume Carolina Herrera y la enviaban a otra estancia lejos muy lejos del todo.

II

Quienes la auxiliaron notaron su tez bronceada.

Su día de playa. Tres días antes. Lo disfruto como siempre lo hacía. Con un traje de baño que dejaba entrever el deseo de los hombres ausentes de pudor. Ella, secuestrada por el licor y los cigarros de mariguana dada rienda suelta a su querencia. Los besos, las risas, los roces indecentes abundaban en la arena. Se sentía libre y feliz ante el gesto de inmoralidad de su amante, quien la amaba desde los pies a la cabeza. El sol cayó y ellas huyeron al hotel más cercano para sentirse únicas.

Sonaron las sirenas y los agentes del orden público se acercaron al cuerpo ya carente de alguna imagen humana. No disimularon el terror que les arrojo la masa de carne que estaban observando y llevaron sus manos a los rostros por la dantesca escena que jamás olvidarían. En silencio se acercaron y rezaron lo conocido y desconocido. Las palabras de la moribunda, ante aquellas peticiones, murmuraron una plegaria a su Diosa Oshún, a quien le imploró la llenase de amor y de paz para despedirse con serenidad de este mundo.

La Diosa ya no la escuchaba. Y las campanadas de la Iglesia de Santa Teresa dieron las ocho como premonición discreta de los números que una vez aprendió para adorar la sincretizada Santísima Caridad del Cobre.

Cinco años antes la Orishá Oshún la tomó como su hija.

La veneró hasta el punto de entregarse en cuerpo y alma. Durante cuatro años no dudo de ningún mandato y asintió como aguerrida Hija de La que se mueve que su subordinación le otorgaría todas sus peticiones. Sin embargo, como digna hija, sucumbió ante la sensualidad, la coquetería y la sexualidad.

Una petición de operarse sus atributos de hembra le fue negado, y sin poder evitarlo, la vanidad atesto un golpe mortal, grito en medio de la ceremonia que su destino lo dictaría su sentido común, y vagó fuera de las aguas que inquietas no pudieron disculpar la afrenta.

Hay quienes dicen que el santo le dio la espalda.

Meses después de su operación no respetó la advertencia dada. El licor, el sexo desaforado y las drogas invadieron su segunda vida, ignorada por su familia. Cada vez la promiscuidad y el deseo de probar los sabores de hombres y mujeres dictaminarían su destino de sentido común y tocaría el fondo de sus creencias, de su cuerpo, de su vida. En la marejada de descontrol conoció al amor de su vida y salvaje implacable de su último suspiro.

III

Las ambulancias llegaron al sitio con su despavorido chillido de pavor. Varios enfermeros se acercaron al auxilio innecesario de salvarla. El más agreste levanto su cara y en medio de la cabellera roja y la sangre vio sus  elekes, la reconoció como hija de Oshún, y acercándose a su oído le murmuro, hermana ya La que se mueve te espera, tómale la mano y deja que tu rojo vestido se tiña de amarillo y ámbar, ya estas llegando a casa.

Faltaban nueve meses para el 8 de septiembre y ya la hermosa hija de Oshún no escucharía los tambores de celebración. Había muerto.

La ilusión del amor había colapsado.

IV

En los tiempos de perdición la compañía la dejaba exhausta. Hombres y mujeres probaron de su insensatez y en el muladar de sentimientos reconoció a quien encajaría en sus deseos. La morena del deseo se adentró en su piel, disfrutaron de la libertad clandestina y sopesaron la doble vida como una virtud para seguir amándose en la oscuridad de los días.

La piel ungida del sudor de la pasión se encontraba a cada instante, los labios rozaban el paraje de cuerpos esculturales negados a existir. Cada instante era oportuno para sentirse, para tocarse.

Senos chocando en la reyerta inequívoca de tomarse para sí.

Los meses pasaron y la felicidad iluminaba su rostro, fue en ese instante que decidió hacer cambios radicales en su imagen y un color de vida encendió su cabello. En esos días la vida marital con su esposo mejoró y las excusas de ausencias se opacaban con un sexo voraz que hacía temblar los cimientos de la casa.

El amor y el deseo dieron comienzo a la monótona reacción de los seres humanos cuando ya los secretos están descubiertos. Las miradas furtivas estaban atrapadas en la constante necesidad de cambios y colapsó todo.

La morena de los sueños húmedos perdió la imaginación y hubo una mudanza de sentimientos. Otra boca de niña disfruto de los besos usados y nuevas caricias la hicieron sudar el aroma de lunas de encuentros y desencuentros.

La desesperación del abandono no se hizo esperar y las llamadas de súplicas para un regreso se sumergían en horas enteras de llantos. Las lágrimas se transformaron en rencor y la misiva de los corazones rotos se apresuró a salir con frases de amenazas que eran contestadas con risas y truculencias.

La noche anterior al vestido rojo, un bullicio erizo su piel. Su amante asintió que moriría con el amor que le negó y, un respiro de gritos de silencio, la conminó a creer que la muerte la estaba acechando.

En la puerta de la casa al despedirse de su esposo y sus dos hijos, sintió que el ruido y el frío de la ciudad le preparaban un último transitar.

V

El calor de los golpes.

No era la primera vez que estaba en esa esquina. Era normal verla acicalarse para que la vieran. El frío se tornó intolerable y su escote dejo al descubierto como sus senos se retraían para despistar al inquieto aire que la recorría.

Se horrorizo al sentir el calor del primero golpe y luego otro. Algo la empujo a la puerta trasera de un vehículo que desconocía. En su interior las palabras se acallaban con dientes filosos que mordían sus labios y hacían que la sangre brotará. Luego más golpes que hacían que el frío desapareciera para llevarla a un estado radical de tranquilidad.

Ya no sentía la violencia con que los desconocidos mancillaban su rostro de diosa. Se hundió en un hueco profundo donde los gritos afloraron. Los golpes arreciaban y la risa de la muerte se apoderó del pequeño espacio donde le robaban los sentidos.

El humo de un cigarrillo la intoxico una vez más. Quería moverse y sus brazos no respondían, sus piernas eran partes muertas. Mordió su lengua con tanta fuerza que nuevas bocanadas de sangre dibujaron una sonrisa en el techo del vehículo. La respiración desesperante de sus verdugos se entrelazó con el sudor de su cuerpo, ya extraño, dándole un sabor a mar cada vez que las manos ajenas seguían destruyendo la boca que tanto besaron y tantos desearon.

Oyó el crujir de los huesos y recordó que su madre la besó incansablemente cuando en un juego de niñas se fracturó una pierna. Recordó que los besos siempre la curaban en sus momentos de mayor tristeza.

Unas palabras la hicieron despertar de su sueño mortal. No entendía el por qué de esta situación. Imaginó que habría pasado un largo tiempo en este trance.

Desde su interior retumbaron sonidos nunca escuchados. Su respiración la estaba abandonando, al igual que los recuerdos de su vida plena. Sintió el final y el deseo de un beso que la curará la llenó de esperanzas. Sus ojos cerrados sintieron el dolor cuando la luz otra vez cubrió su rostro.

Disparada desde el interior del vehículo se desvaneció en la calle que tantas veces recorrió y ya su perfume no se distinguía.

Pidió un beso. Oró a su madre Oshún y entendió que sólo tardaron quince minutos en despojarla de su más preciado tesoro, su vida.

fantasmasazules.blogspot.com

@benemerito2010

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