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Volver a la Venezuela, informalmente dolarizada

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Por Joale Aristimuño

Era 26 de febrero de 2018 y faltaban dos días para la quincena que para aquel momento poco servía. De Barquisimeto a Maiquetía son 45 minutos en avión, y yo debía esperar al menos 10 horas en el aeropuerto internacional Simón Bolívar al avión que me llevaría directo a mi exilio… No había fecha de retorno. Sólo unos cuántos bolívares que debían quedarse justo ahí, a metros del mar donde deberán enterrad mis cenizas por si alguna vez me toca naufragar y después que el tifón rompa mis velas.

950 mil bolívares reposaban en mi cuenta, ya en la billetera no había nada. Eso, lo equivalente a casi tres sueldos mínimos para la época y “privilegiado” por ganar como ganaban solo 4 compañeros más en aquella empresa. Y pido disculpas si parece una historia de antaño, pero es que, ante ceros y devaluaciones, la cuenta la perdí. Y aclaro, el monto disponible no era el resultado total de mi trabajo como periodista de tv, la diversificación laboral, al menos, me hizo acumular un poco más para mi despedida.

No se a cuánto equivale aquel sueldo por estos días, ni siquiera se cuanto se deba trabajar ahora para comprar una hamburguesa, como aquella última que me comí en Maiquetía. Si sé, pero me cuesta entenderlo, al menos asimilarlo.

El dólar ya no es un tabú ni un secreto para la gente. Es el lenguaje diario de quien no tiene cambio para un billete de 100 y de quien exige que sea entregado como un contrato notariado… sin tachaduras ni enmiendas. Moda que solo Venezuela es capaz de implantar. El bolívar -con b minúscula para que no sea aún más reducido con el tiempo- es sólo una referencia de costo para el plan de datos Movistar y para el pago mensual del agua, que aún duele pagar por algo que llega, como llega la coherencia de algunos opositores, de vez en cuando y sin hacer ruido.

La miel, las catalinas y las cachapas, están mas cotizadas que un Starbucks para un recién llegado a Estados Unidos. Se cotizan en dólares, aunque su materia prima sea más criolla que el queso e’ mano. Volver al terruño, ya no es volver al origen, es visitar una atracción de Disney acabada en socialismo y atendida por quien cree ser su propio dueño. Pagas en dólares, pero te reciben con los ánimos del tergiversado bolívar. Es pagar a precio de economía estable, productos que viajaron continentes enteros, burlaron aduanas y posan en bodegones, sin generar impuestos como si de Zona Franca se tratara, pero más costosos que tiendas de aeropuerto. Moneda que no quiere dejar morir la actividad comercial de un país ajeno al suyo, pero que lo acogido sin ser presentado en alguna cena familiar. Tiene el carácter una esposa, pero lo tratan como la amante. Parece un super héroe, pero execrado de la liga de la justicia.   

En este 2do episodio de #UnPodcast hablamos de la informalización del dólar en Venezuela. Un buen amigo, después de 18 meses fuera del país decide regresar por unos días para visitar a su familia. Se encontró con productos absurdamente dolarizados y con bolívares tirados al suelo. Con una economista intentamos explicar este fenómeno y desmontamos la “inflación” en dólares que se vive en territorio venezolano. ¿Existe realmente?

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Opinión

Clandestinos

Todo cambia. Hasta las gracias dadas cambian con el desprecio de quien las pide y de quien las da.

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La tempestad amainó.

La sutileza fue exagerada y exquisita. Los rincones de la habitación se colmaron de los recuerdos impávidos de risas y música. Sólo el silencio hiriente permanencia como el más ruidoso jamás escuchado.

Todo cambia.

Todo se concentra en círculos que se entrelazan entre promesas y súbitos enunciados de vida que no se cumplen. Ya todos viven la vida pasajera de nuevas caras, de los deseos domésticos de sentirse mejor que otros. Lo más odiado es ahora lo venerado, lo exculpado, lo idóneo, lo presente sin pasado.

Nadie recuerda el cigarro a medio fumar que no se desperdiciaba, ya nadie recuerda el hambre de comentarios necesario en aquellos años en que todos eran lo mismo, la carencia de humildad es ahora la premisa de vida y se sujetan a sueños de televisión que van más allá de mi entendimiento.

La tempestad amainó.

Y todo aquello construido en los sueños de cerveza se dispersa entre los trapos que cubren la piel intacta de pudor. La fogata que generaba el calor es hoy la hoguera de los insípidos y banales comentarios que se confunden en un dialecto caótico de comparsas y payasos.

Las sonrisas de perlas son ahora el oropel que se transforma en logros de ingratitudes y falsedades. Éstos día a día se escudan en la oración aprendida para salir de aquellos atolladeros que se dibujan en las mentiras al oído. Continúan sujetos a los sueños de la Prestobarba que carece de hojillas y les descubre la verdadera cara, aquella que esta fuera de mi entendimiento.

La tempestad amainó.

Y se recrudece cada palabra. Se esputa una fétida amalgama de saludos sin contestar. De abrazos sin censura. De película pornográfica de los ochenta. De inquebrantable desavenencia entre lo que se es y lo que se fue. Ronda en el espacio la típica e ineludible frase para descartar los errores y darle pie a la nueva fortuna de luminosidad y neón.

Todo cambia. Hasta las gracias dadas cambian con el desprecio de quien las pide y de quien las da.

Continúan sujetos a los verdaderos sueños heredados de la Big Cola que se confunde con el elixir de la juventud eterna, juventud lejana a mis cambios y que está fuera de mi entendimiento.

La tempestad amainó.

Ya no se escucha la cálida voz de desgano para vivir. Un estruendo de inéditas palabras se confunde en la Babel instaurada en cada sentimiento que está en ruinas. Ya no se percibe la llegada del amor y el desamor. Ya la lírica aturde, ya la musa se quiebra, ya los cambios se consolidaron. Ya todo pasó alejándose de mi entendimiento.

Será mejor emprender otro viaje. Conocer a otros viajeros. Iniciar la charla habitual de frío en la ciudad de los vientos pasmosos y recurrentes. Será mejor recorrer un camino menos ostentoso y más trivial, más terreno, más parecido a mí, a quien los cambios no llegan, a quien guarda el paraguas y se da cuenta que la lluvia cesó, que la tempestad amainó y que un sol reluciente curtirá otra vez la piel.

La tempestad amainó y se llevó consigo a los amigos clandestinos que hoy pululan tan cerca y que me niego a saludar.

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Ocaso

Ella, hermosa como siempre, me mintió al oído y sólo así deduje que me amaba

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De inmediato me incorporé.

Sentí las gotas de sangre en mis labios. Mordí mi mano al descubrirme desnudo, desecho, moribundo. Cada palabra, cada gesto, cada comentario me hacía delirar, me perdía en cada recuerdo de otros, me maniataba el pasado que no era mío. Me hipnotizó el zumbido de descaro y lo olvidado regreso, los celos, la duda y el rencor se adentraron en mi corazón, que hacía tiempo creí muerto y, nuevamente, morí asintiendo que todo podía ser verdad y mentira.

Lo mundano, lo subterráneo y lo oscuro guiaron el camino y vomité el sentir esperando una mentira, esperando un déjalo así, esperando un beso enfermizo que no me hiriera con tanta fuerza.

La duda me absorbió y empecé el periplo de los gladiadores derrotados. Me consumí en el descaro de no creer y en la sonrisa fácil que todo lo arregla. Te vi bella como siempre, te sentí mía como siempre, me apoderé de tus besos y la sangre en mis labios no cesaba. La hemorragia era inminente y me estaba matando y yo, ingenuo, quería morir sin saber la verdad.

Descubrí que la sonrisa no era sólo mía. Descubrí que las miradas furtivas, en algunas ocasiones, se desviaban a otros ojos, me percaté que algunos besos de despedida tenían un sabor amargo, un sabor diferente a mis labios sangrantes.

De inmediato me incorporé. Las gotas de sangre se acrecentaban. Ya mis manos no sentían ante tanto daño provocado, las palabras continuaban como dardos implacables demoledores de mis ganas. El pasado era mi presente. Y mi cuerpo comenzó a gritar que todo era verdad.

De inmediato me incorporé. Ya no había sangre que derramar y no tenía manos. El murmullo continuaba haciéndome daño y mi cuerpo estático pedía ayuda. Todo era confuso y recordé los besos, las caricias, las miradas recurrentes que no eran para mí y morí con el afán de no saber la verdad.

No pude incorporarme y un aire frío me invadió el cuerpo. Volví a morir sin saber la verdad.

Un beso cálido me despertó.

Ella, hermosa como siempre, me mintió al oído y sólo así deduje que me amaba, mientras su mirada se deslizaba por mi espalda y recorría el cuerpo de otro hombre, su amante furtivo, su dicha, su corazón loco, por quien brotaban gotas de sangre sus labios, por quien mordía sus manos, por quien su pasado era presente y la hacía palidecer y vivir lo que yo nunca podría darle.

Ella sabía la verdad.

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Reporte

Estaba en un botiquín de una ciudad olvidada donde ahora mataban gente

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I

Habían pasado años desde que, aquel día nefando, se abandonaron a la espera de una reconciliación que nunca se avizoró. Era natural que se amaran, tantas luchas, tantos desvelos y tantos miedos los acompañaron, que la unión era ineludible, no podían vivir ni morir uno sin el otro. 

II

Cuando lo conocí era el hombre más triste del mundo. Sus ojos verdes opacos y su peculiar manera de mirar evocaban desierto y penumbra. Sin embargo,  a mi entender, era un delincuente más, que junto a mí, se lamentaba en un botiquín de mala muerte de la gran avenida Cristóbal Pérez Dugarte, sitio concurrido por esas gentes de la mala vida y que curiosamente estaba atestado de periodistas.

La avenida Cristóbal Pérez Dugarte debía su nombre a un insigne prócer desconocido que luego de ser gobernador, quiso dejar una huella en los residentes de aquel poblado abandonado a su suerte. Más de diez lustros, desde la aparición de un pozo petrolero, habían transcurrido para que la capital del municipio, en otrora pujante, se convirtiera en zona de guerra y tolerancia.

Los muertos iban y venían en carretas haladas por bueyes, cualquiera podría imaginar que la independencia del Libertador Simón Bolívar, jamás tocó esta tierra fértil, sin embargo, la realidad abrumaba, era diciembre de 2002 y en perspectiva todo se veía prehistórico.

La iglesia era lúgubre y constantemente mantenía sus puertas cerradas, junto a un dispensario cercano a la policía y un hospital inconcluso encumbraban el centro de la ciudad; por temor a los robos, el párroco oficiaba su misa en la plaza Mayor, que fisgonamente también se llamaba Cristóbal Pérez Dugarte y erigía un busto modesto de un hombre que se parecía a Tin Tan pero que sin lugar a dudas, era nada menos y nada más que Cristóbal, El Bueno, pues El Malo, aún zigzagueaba entre la riada matando, robando y violando.

Los bares y botiquines estaban en la avenida principal, cuyo nombre, por antonomasia, se había reducido a la avenida vecina de la Cristóbal Pérez Dugarte. Los antros que también ofrecían juegos de envite y azar, nunca cerraban por el miedo a ser atacados. En pocas palabras, era una gran feria donde mujeres y niños no podían asistir, ante la mortecina ambiental que depuraban esos seres, ajenos a todos, pero protagonistas de últimas páginas en los diarios locales, que como plagas se multiplicaban mes tras mes ante la arremetida sanguinaria que se inició con la muerte de Cristóbal, El Bueno, a manos de Cristóbal, El Malo.

Estaba en un botiquín de una ciudad olvidada donde ahora mataban gente.

III

Mi trabajo de reportero de sucesos se inició como una de mis empecinadas metas que nunca cumplo. Con 25 años me aventuré a ver toda clase de eventos que indefectiblemente derivaban en la muerte. Los primeros días me agobiaba la pestilencia y el ver los cuerpos desfigurados como consecuencia de los disparos y las puñaladas, otros, en un número inferior, se desglosaban en atropellados y suicidas.

Poco a poco me acostumbré al terror de la muerte y su ocupación en cuerpos que dejaban al descubierto que la visita siempre era inesperada. Así, vi como la carne se separaba del cuerpo, como los ojos se disparaban de los rostros, siempre ajenos a mí, y entendí, que la muerte solo da muerte a los que mueren y que la vida solo da vida a quienes viven.

En el caso de los atropellados era casi imperceptible su cobertura, mientras que los suicidios se convertían en suicidios si la persona objeto del hecho era uno más del lumpen, sin embargo, si el apellido titilaba, se trataba de un complot estructurado de origen lejano que por rivalidad habría atacado al pobre ser humano y acabado con su vida. Claro, el plan estaba estudiado:

Minuta de la muerte de Juan Francisco de las Casas Itriago

A las ocho de la noche del sábado de gloria el occiso llegó a su casa y se dirigió al estudio ubicado en la parte alta de la misma, al parecer había ingerido algún tipo de licor.

A eso de las diez de la noche se escuchó una detonación. La esposa de la víctima se dirigió al estudio y vio el cuerpo tendido en el sofacama, pudo divisar como una pistola calibre 9 milímetros estaba cerca de su mano derecha, propiedad del occiso.

La esposa corrió a la sala principal y telefoneó a los cuerpos de seguridad.

Se presume homicidio.

El levantamiento del cadáver no aportó nuevas pruebas que corroboren que hubo un atacante.

De último minuto la señora Juana García, declaró que a eso de las diez y cuarto minutos se asomó por la ventana de su casa y vio tres hombres que peleaban en el estudio del occiso. Después se desmayó, pero su sobrina de 10 años constató que el hoy occiso era buena persona y le tenían envidia.

Móvil: La envidia

Cerrada la investigación no se pudo atrapar a los responsables quienes no se llevaron nada, no hay muestras de haber forzado la puerta, no hay muestras de alguna lucha previa y el casquillo de la bala detonada salió del arma propiedad del occiso.

Ya habrían transcurrido varios meses cuando se comentó en la redacción que un pueblo sin nombre, cuya única virtud se gestaba en ser el primer hacedor de oro negro, era un spaghetti western. La autoridad era inexistente y solo se respetaba la ley del más fuerte y, en algunas ocasiones, del más astuto. Todo se reflejaba en el índice de criminalidad y la intriga que ocupaba a sus residentes: la muerte de un buen hombre, Cristóbal, El Bueno.

Durante dos semanas solo se oía lo sugestivo que sería llegar al corazón del poblado y escudriñar los acontecimientos que hicieron de una remota zona, acostumbrada a la calma, los espantos de medianoche y las peleas domésticas, la más peligrosa del estado y que día a día repuntaba como una calamidad nacional.

La mañana de un martes frío y sin opciones en que ocupar mi tiempo me aventuré a pedir a mi jefe de información la oportunidad de viajar a la tierra de Cristóbal Pérez Dugarte. La respuesta fue inmediata: te vas mañana y por favor no te dejes matar (sin antes entregar el trabajo).

IV

Dos semanas enteras habían pasado y esa tarde en el desértico pueblo de asesinos ya los medios colmaban la escena. El calor era indescriptible y un olor a chimó y tabaco pululaba por los aires. Con el desacierto de no encontrar nada motivador que llenara la página de sucesos del diario, me fui a uno de los tantos botiquines de la gran avenida Cristóbal Pérez Dugarte.

Al entrar, las putas, los borrachos, los supuestos asesinos (todos eran sospechosos) y claro está, los periodistas ocupaban gran parte del patio central del establecimiento. El olor a chimó y tabaco se desvaneció y en su lugar un olor a pecado inundaba las paredes, los taburetes de piel de vaca, las mesas de madera remendadas por doquier, los vasos de vidrio opaco, las botellas de cerveza y los jamones de plástico guindados en la barra. Todos estábamos mancillados por ese olor que se pegaba al cuerpo y luego circulaba en la cabeza hasta que desaparecía.

Me abrí camino entre la muchedumbre y llegué a la barra. El aquelarre estaba en su punto máximo, todos gritaban que Cristóbal, El Malo; era malo. Algo evidente, por lo menos para los funcionarios que lo señalaban de asesino del que hasta ese momento constaté era su familiar, Cristóbal, El Bueno.

Las indagaciones de bar son más precisas que las que emiten los cuerpos de seguridad. Durante 16 días solo escribí que las indagas estaban próximas a dar resultados y que solo era cuestión de tiempo, con un poco de suerte, para atrapar a quien le vedó el ultimo hálito al ex gobernador Cristóbal Pérez Dugarte, que si bien era El Bueno, nada bueno había hecho.

Como pude me acomodé en la silla de la barra, mi baja estatura y una aventajada barriga me limitaban para ser merecedor de un servicio. Grité durante quince minutos hasta que un hombre se apiadó de mí y demandó al cantinero que por favor me sirvieran algo de beber.

Para agradecer el gesto le invité una cerveza y como pude me zafé de la silla y me acerqué a una mesa cercana, que segundos antes habían abandonado esos periodistas de televisión que se maquillan, se peinan y muerden los labios para que en televisión nacional nos presenten sus peroratas de hechos ajenos a su entendimiento.

El olor se había vigorizado y se escapaba del entendimiento humano, era excelso y mezquino. Mi salvador me correspondió el gesto de la cerveza y lo invité a que me acompañara.

Hablamos de miles de cosas, del pueblo y su mortandad, del periódico en el que trabajaba, donde las miserias humanas se engrandecían, del salario, del hambre, de la paz mundial, de las mises, de las no mises, de la televisión, de la novela, de la cerveza, de la vida, de Cristóbal, El Bueno, y de Cristóbal, El Malo, en fin, el encuentro se desarrolló como lo hacen todas las chácharas de bares.

Dos, tres o cuatro horas habían transcurrido y los abrazos de las putas se hacían más cariñosos, el local estaba menos caldeado y la tranquilidad, a medias, reinaba en todo el patio central, que ahora nos pertenecía.

Luego un silencio nos obligó a vernos la cara. Todo el tiempo de dimes y diretes no nos había dado la oportunidad de detallarnos y, fue allí, que conocí al hombre más triste del mundo. Sus ojos verdes opacos y su peculiar manera de mirar evocaban desierto y penumbra. Sin embargo, me resistía a no calificarlo como un delincuente más, que, junto a mí, se lamentaba en un botiquín de mala muerte de la gran avenida Cristóbal Pérez Dugarte.

En un respiro, una risa y un trago nos presentamos al unísono.

Soy periodista y estoy buscando a Cristóbal, El Malo.

Soy Cristóbal, El Malo, y me encontraste.

V

La familia Pérez Dugarte llegó a las tierras sin nombre en la búsqueda de una salida a la miseria que reinaba en sus hogares. Trabajadores de la tierra se instauraron en una planicie, la cual a punta de jornadas inhumanas lograron comprar. Juan Pérez, ex guerrillero y Dorotea Dugarte, enfermera de oficio, trajeron consigo dos niños a quienes todos conocían como los niños, pues fue hasta que tuvieron 10 años que decidieron bautizarlos.

Los registros de la familia se pierden con el bautizo de sus hijos. En una pila a orillas de la quebrada que bordeaba la planicie, un misionero franciscano, liberó del pecado original a los dos niños. El primero, con el nombre de Cristóbal José y, el segundo, con el nombre de Cristo Redentor, por una marca en su antebrazo derecho en forma cruz.

Con el tiempo todo el pueblo reconocía a los niños como los Cristos, uno ordenado, cabal y pronto a ayudar a su coterráneos y, el otro, mal hablado, peleador callejero y con una furia descomunal que aterraba. Los Cristos asistieron a la misma escuela, única en el pueblo, que era regentada por las hermanas de la Santísima Trinidad, monjas crueles y devotas de un Dios Todopoderoso que asumían se comunicaba con ellas a través del arroz que comían y que cultivaban con esmero para que no fuese tocado por manos pecadoras (todos en el pueblo pecaban).

La escuela de las hermanas de la Santísima Trinidad se ubicaba en el parte oeste del pueblo, lo que hoy es la Gran Avenida Cristóbal Pérez Dugarte, y tenía como característica la presencia de un inmenso Cristo de madera encaramado en la entrada principal, curiosamente, hoy permanece en el mismo sitio, pero rodeado de luces de navidad y con un letrero de dimensiones modestas que invita a conocer el paraíso en las piernas y brazos de mujeres sin conciencia: Bienvenidos al Bar el Pecado Original.

Desde que los niños llegaron a la escuela se conocía de antemano quien prosperaría y quien no. Las diferencia entre los Cristo era insondable. Y fue una tarde en la clase de castellano, que la hermana Soledad, agotada de los artilugios de los estudiantes, los conminó a salir del salón y, en pleno patio central, los arrodilló sobre maíz y les hizo cargar dos piedras en cada mano para que así pagaran sus culpas.

El castigo no fue bien visto por los padres y menos por los Cristo. Durante las semanas siguientes el caos se apoderó de la escuela, asolaron la ermita de la Virgen que a diario era el confesionario de las monjas e irrumpieron en la sala de música, que solo poseía un cuatro y unas maracas, destruyendo todo a su paso.

Ante la ola obscena que se arraigaba en el recinto, se decidió dar de baja al promotor de la reyerta. La plaza Mayor sirvió de escenario para que en frente del pueblo reunido se gestara el dictamen más infame en la historia del pueblo:

Se niega el ingreso a la escuela y la permanencia en los alrededores al joven causante de actos que van en contra de Dios y que generaron destrozos, además de profanar el cuerpo de las monjas levantando sus hábitos y profiriendo escabrosas muecas, hasta hoy desconocidas por las Santas Hermanas, el joven Cristóbal José Pérez Dugarte, está expulsado.

Todos aplaudieron la decisión con la misma intensidad que 20 años después lo hicieran cuando se recibía al gobernador del Estado, en visita oficial a su pueblo natal. Bienvenido excelso gobernador Cristóbal José Pérez Dugarte a la tierra que lo vio progresar.

VI

Dos días después de aquel encuentro en el botiquín regresé al periódico. Una crónica detallada sobre la muerte del ex gobernador me erigió como uno de los prolíferos periodistas de sucesos y arrancó el aplauso de mis colegas que con los labios llenos de envidia no entendía cómo podía estar tan bien informado sobre un hecho que nadie vio.

Un título a cinco columnas y en letras rojas presentaba la exclusiva: Asesinado Cristóbal, El Bueno, luego de darle muerte a su hermano el exgobernador Cristóbal José Pérez Dugarte, El Malo.

Las críticas no se hicieron esperar y una demanda millonaria, por parte del Estado, se dilucidó con mi despido días después. Mi carrera como periodista de sucesos culminó con mi mejor reportaje.

Hoy navego entre las páginas de sociales, soy el esperado periodista de matrimonios, quince años, bautizos y bendiciones de casas y libros. Sigo bebiendo con más entereza que antes y pronto estaré en el casamiento de la viuda de Juan Francisco de las Casas Itriago, asesinado por envidia con su arma accionada con su mano derecha durante una noche de licor y cuyos perpetradores serán capturados mediante investigaciones sigilosas y claro está, con algo de suerte.

Algunas veces pienso en el botiquín de la Gran Avenida Cristóbal Pérez Dugarte y recuerdo al hombre más triste del mundo con sus ojos verdes opacos y su peculiar manera de mirar que evocaba desierto y penumbra. Ya no lo veo como un delincuente más, que, junto a mí, se lamentaba en ese sitio concurrido por esas gentes de la mala vida y que curiosamente sigue atestado de periodistas.

Recuerdo nuestra presentación, al unísono y, esas palabras que retumbarán en mi mente día a día, soy Cristóbal, el Malo, ya me encontraste. Después no recuerdo nada, pues caí desmayado viendo el techo de aquel bar de mala muerte y soñé que Cristóbal, el Bueno, era el Malo y que Cristóbal, El Malo, era Bueno.

Gajes del oficio.

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