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Comprendí que no necesito de la compañía pasajera, pues abunda en la calle y es tan banal como frugal

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Los métodos son siempre los indicados para evitar acciones que nos recuerden pasados tormentosos e indeseables. Durante los últimos meses he sentido el repudio de gente que alguna vez me estimó.

El responsable siempre he sido yo, pero hasta hoy lo seré. No me volveré víctima de mis acciones, ni mucho menos el promotor de insensatas satisfacciones de odio persistente en corazones opacados por tenebrosos recuerdos del hombre malvado, que ahora, solo quieren a rato o desean tener ahí cuando necesiten sentirse bonitas.

He dicho oraciones de las cuales me arrepiento, es la primera vez que lo hago, pero siempre hay una primera vez para todo, tal y como lo decía la puta que me enseñó a amar a los doce años y de quien guardo mi más preciado tesoro que hoy van a conocer.

Estoy completamente seguro que algunas de mis compañeras son unas mal cogidas, disculpen si el término no es correcto, creo que mis años me han dado la comprensión para descifrarlas de manera puntual sin temor a que después de esto no me hablen más nunca o en el peor de los casos se sientan humilladas y me señalen como ya es su costumbre.

Comprendí que no necesito de la compañía pasajera, pues abunda en la calle y es tan banal como frugal. Los sentidos son siempre los mismos, las manos, las mismas y los besos solo tienen el sabor del cigarrillo que fuman, del licor que beben o del caramelo de menta que saborean antes de acercase a mí. Todo sabe a lo mismo.

Mi vida ha sido cifrada por decisiones certeras las cuales tienen consecuencias inimaginables y de las que me aferro para no sentirme un perdedor más. Creo que siempre ganó. Pues no existe momento en que no tiemblen cuando me acerco o que no desvaríen con mis palabras. Siempre están sujetas a algo que las embruja, de allí, su necesidad buscar compañeros urgentes que las hagan olvidar los momentos que vivieron conmigo. Las apoyo, es su decisión y mucho más su vida.

La puta que me enseñó a sentir tenía como premisa no enamorarse, me inculco tanto la idea que durante mi vida he seguido a fuego esa manera de pensar. No amo. No lo hago por el temor horrible que recuerdo en su cara cuando una de las tardes de mandados me hizo el amor y en medio de la reyerta de cuerpos suspiro y grito tan fuerte en la casa de citas, que se había convertido en mi residencia habitual, que me amaba con el corazón, la mente y el cuerpo.

Evocó que con mis ya trece años solo le acaricie su cabello negro y limpie parte del sudor que brotaba de su cuerpo para disponerme a superar a mi maestra. Me levante, me vestí con lentitud y con sus mismas palabras le recrimine que el amor no existía y que las putas nunca nos enamorábamos, mucho menos con el corazón, la mente y el cuerpo.

No pude volver a verla. Nuestros encuentros solo se basaban en saludarnos sin mirarnos a la cara y rozarnos las manos cuando ya el licor y los cigarros que me caracterizaban como un hombre-niño evocaban sexo y placer sin amor. Sin embargo, jamás volví a sentir su cuerpo y menos escuchar los gemidos de pasión que la embriagaban. Solo me acercaba a su cuarto para oírla temblar de necesidad susurrando mi nombre mientras otro hombre hacía el trabajo que yo no podía ni siquiera desear.

A los catorce años mi madre en su afán de mejorar mi vida de desencanto le reclamó a mi padre que hiciera algo y con unas palabras más o palabras menos me prohibieron las visitas a la casa de citas y me internó en la iglesia para obligarme a ser monaguillo.  Los que han sabido de mí, lograran recordar que me corrieron de la casa de San Pedro por beberme el vino y comerme las ostias sin consagrar en el despacho parroquial, mientras una compañera de encuentro me besaba con desesperación y se sacaba la conocida Alba, una túnica de lino blanco que nos cubría desde el cuello hasta los tobillos y siempre estaba bien ajustada, ese día comprendí porque desde que llegábamos no disfrazaban de esa manera y nos apretaban tan fuerte que podías pasar más de media hora para arrancarnos esa túnica blancuzca.

En medio de mi festín pagano el párroco entró y no hubo una manera digna de explicar el episodio de alcohol y lujuria que practicábamos cada domingo antes de la misa de las diez. La decisión fue la salida del templo con un dictamen ensordecedor para los temerosos del incumplimiento de los mandamientos y, por supuesto, una paliza que durante unos meses encerró a mi puta interna en los confines del subconsciente.

De allí en adelante generé una estrategia para que nadie conociera la verdad de los deseos que me quemaban por dentro. Fue así que conseguí novia y cumplí cabalmente los preceptos sociales. Fui a su casa bien bañadito, sin olor a cigarros y utilizando Lavanda Atkinson para que mi imagen solo reflejara que era un niño de hogar y bien criado.

La mentira me duró dos meses, cuando en un paseo me invitaron como novio formal y decidí, craso error, irme con los suegros. En el paseo los tíos, tías, primas, primos, abuelas y abuelos me pautaban la vida. Aseguraban que en el matrimonio debería vestirme de negro y ella, por supuesto de blanco y ni hablar del velo y la corona. Esas aseveraciones me aterraron y con la complicidad del tío borracho, aquel que todos tenemos, comencé a beber ron para opacar el desierto que me esperaba si seguía en la mentira.

Al finalizar el día ya estaba borracho y regresábamos. Otro error me aseguró que estaba marcado para equivocarme. Me ofrecieron quedarme y con el tío borracho y la continuidad de la fiesta me quedé.

Me acomodaron en un cuarto, muy cerca de la cocina. A las tres de la mañana la alegría cesó me acosté como pude pero un impulso, ya nacido del licor, me hablo del comer antes de dormir. Me dispuse a asaltar la cocina, y ella, mi novia bella  estaba despierta como esperándome.

El hambre se disipo mientras nos comíamos a besos y las manos tocaban todo a su antojo. La mesa de la cocina fue la responsable de acabar con el sueño del vestido blanco, el velo y la corona. Mientras perdidos en nuestra pasión nos descubríamos, sus palabras sacaron mi puta interna que se desbordó hasta llegar a la sala. En medio de los sentidos perdidos me susurro al oído, te amo y ahora con esta prueba debemos casarnos.

Me dormí en el mueble de la sala. Nada del día anterior me parecía normal y al primer canto del gallo huí de esa casa para nunca más volver.

Dos semanas después mis suegros llegaron a mi casa para hablar con mi papá. Me encerré en el cuarto y un sinfín de ideas me atormentaba. Los señalamientos, las amenazas, las confesiones de abuso de confianza y por supuesto, la paliza que recibiría para retener mi puta una vez más.

Dos horas después la visita acabo y mi padre me llamó. Las palabras una vez más fueron directas: No tienes más novia. Los señores que vinieron dijeron que están apenados contigo, su hija decidió ser monja y que piden disculpas por que tú eres un joven bueno que quería casarse con ella, pero el llamado del señor es más fuerte.

Ese día descubrí que podemos decidir en ser putas o monjas o putas monjas, es lo mismo.

Me sentí un vencedor. Y una vez más mi puta salió a desgranar mi vida de adolescente. No hay un bar de putas en mi tierra que no conozca. No hay una puta que no haya probado y mucho menos no hay una mujer que con esfuerzo o no haya caído en mis brazos para después desecharla o desecharme, conceptos que aprendí a deducir como heridas de guerra.

Ante el caos y los malos hábitos mujeres iban y venía. Unas eran novias de helados y cine y otras de cuartos de hotel o puertas semi cerradas, hasta que llegó ella para ordenar mi vida, pero no la normal, la de todos, la de todas, la simple. Llegó a darme las pautas para ser puta y siempre sonreír mientras el corazón se congela y los sentimientos se van a la mierda.

Y así nací yo.

fantasmasazules.blogspot.com

@benemerito2010

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Opinión

El turno al bate de Stalin González

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Bienvenidos a este juego de Ligas Mayores y no Grandes Ligas donde en medio de la persecución política, la dictadura, el hambre y la migración, siempre hay tiempo para una birra, el hot dog y esa buena silla que amortigua los problemas de 30 millones de venezolanos. Las críticas resbalan sobre el indiferente bloqueador de actores y politiqueros.

Parte Baja del octavo inning y es el turno del segundo bateador designado Stalin González. Desprevenido y escapado del home de sesiones, le viene una recta que no sabe si podrá batear. No hay tiempo de amagar. El pitcher desde el montículo de las redes sociales observa esa bola ir hacia el cátcher de la inconformidad y desesperanza. Millones de espectadores en las gradas hacen un molesto ruido de silencio cuando solo se escucha el silbido de la opinión pública durante su trayectoria.

El marcador muestra dos outs, corredores en primera y segunda. La confianza está depositada en él y todo su equipo, aunque sigan abajo en la pizarra. La tensión de segundos pareciera de años. Los aficionados, mientras siguen el desplazamiento del cuero lanzado, recuerdan cada inning del cotejo. No ven carreras sino persecuciones, no observan batazos sino balazos. Cada almohadilla es un exilio, aunque para llegar ella, el acosado se deba arrastrar. Sobre la tierra teñida de sangre, el toque de bola es un golpe y el out un asesinato. Sigue la cocida y va a mitad de camino mientras el bateador designado sonríe, no sabemos si por miedo o porque, en medio de la tragedia que padece Venezuela, cuando se juega, también se debe disfrutar por unos días para no claudicar.

Dentro de las tribunas, a la par, otras historias se tejen. Uno de los asistentes pide una salchicha al vendedor, pero como en aquella cuña navideña, la respuesta fue: “no mi amor, los vendí todos”. El que pide agua, obtiene un chaparrón de sequía y el que solicita una pastilla le dan un link en su celular sin datos para que lo pida a domicilio por Gofundme. Al ver un mal juego y sin poder comer, tomar o aliviarse, muchos deciden irse del estadio, aunque el partido se lleve en su propia casa. Fuera del campo, son esperados por coyotes quienes los roban, humillan y devoran.

Stalin, prestado para el encuentro, toma con fuerza su bate del discurso porque sabe que el flash de la egolatría, la adulación y el “llevar pal rancho” está encendido. RRSS, como buen pitcher, endereza su lead y cuerpo después del lanzamiento. Le gritan traidor, contra, colaboracionista, guerrero del teclado y más. Incólume y de mirada fija, la indignación le dio empuje para disparar esa bola que será bateada, tal vez, por el designado que se quiso poner sobre el diamante; él no lo escogió.

Bateador de manos más endebles que su discurso, suda, y cuando la pelota se acerca, se da cuenta que el madero hecho con la leña del árbol caído podría romperse si la recta es recibida con el mango del palo.

Viene la bola, el bateador levanta sus codos y… No sabremos qué pasó porque se acaba de ir la luz.

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Opinión

Laberintos

La muerte tendría que visitarlo algún día y así sucedió

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Los fenómenos ambientales libraban la batalla única por poseer el nombre de la temporada.

Días atrás, un fuerte viento proveniente del sureste del país había calado desdichadamente en las viviendas endebles de aquellos, que con esperanza y fe, viajan a la capital de esta nueva República a buscar el sueño jamás encontrado. Los diarios, el constante tintineo de las emisoras radiales y los noticiarios televisivos solo describían la hecatombe que se avecinaba en contra de todos.

Entretanto, desde una paupérrima habitación con vista a los escombros y basura de una clínica de transformación de mujeres bellas en muñecas de cera, se atisbaba la mirada displicente de su inquilino.

Una máquina de escribir, tres cajas de cigarros, unos ganchos para colgar la desdicha, innumerables ideas sobre la vieja cama, la mesa improvisada para trabajar y el baño húmedo y triste que conformaba lo que había denominado su hogar dulce hogar, cuando en realidad no pasaba de ser un simple cuchitril para dormir e invitar amigas buenas algunas noches.

La incertidumbre estaba a la vuelta de la esquina, de allí que se dedicaba a evitarlas, por ello, comía en la casa de los chinos que se encontraba en medio de la calle, donde preparaban el peor pabellón criollo de todo el planeta, sin embargo, era económico y por lo menos se podía intercambiar tres o cuatro ideas que servían para conocer más a los asiáticos y escribir más cuentos que no relataran la retórica condición de hablar de su vida, sus amores y su patética manera de enamorarse de los imposibles corazones de féminas pertenecientes a los niños ricos.

La vida seguía su curso sin motivos que lo indujeran a pensar en otra actividad que no fuera escribir, borrar, recordar y anidar en su alma, el pasado que tanta dicha y desdicha le acechó los sentidos para convertirlo en el hombre que era ahora y que todos creían conocer, sin tener una idea cercana siquiera de quién es y por qué todos los días amanece más muerto que el día anterior.

Todos especulaban acerca de su condición y nada acertaban.

Esperaban a diario recogerlo muerto para leer sus escritos y encontrar el nombre de aquella que le arrancó el corazón y las alas, a través de una mirada frívola que se confundía con el humo dañino de un cigarrillo.

Era una puta vida en una puta ciudad. Por eso los vientos que destrozaban todo no le conminaban a preocuparse por nadie, donde él, en tercera persona se manejaba para evitar las confrontaciones directas y el escrutinio perspicaz de sus allegados.

La muerte tendría que visitarlo algún día y así sucedió.

La Parca llegó al pequeño recinto que lo mantenía muerto en vida. Al entrar sintió la desolación y con su hoz en la mano, se sentó en su cama para verlo dormir las tres o cuatro horas que tomaba para descansar.

Una lágrima se descontó de la cara de huesos de la muerte, sus manos cubiertas por el manto negro que evitaba rozar a los mortales, temblaban desaforadamente sin explicación alguna.

Intempestivamente se levantó y miró a su alrededor. Las ideas flotaban apresuradas y los cuentos escritos en hojas amarillas gritaron al saberse solos y desamparados.

La muerte pidió calma y escrutó a cada uno esperando una condición que la hiciera desistir de su tarea milenaria.

Algunas ideas reían por ser solo ideas y nunca haber llegado a convertirse en hechos. Los cuentos, se desgranaban describiendo cada capítulo de hechos convertido en letras coherentes que siempre tenían el mismo final: la desesperación.

Todos quería hablar y el escándalo despertó a las lágrimas de la almohada que se habían mantenido distantes del ser extraterreno. Cada una tenía su historia, pero acordaron ordenarse para contar el porqué de la sombra que cobijaba al inquilino.

La primera lágrima se dispuso a relatar su pesadumbre y entre gritos de silencio describió el abandono. Sucesivamente todas expresaban lo que los cuentos y las ideas no podían contener en papeles y luces precarias de días y noches de licor y humo.

La lágrima del abandono dio paso a la soledad, al amor no correspondido, a la pérdida, a la lujuria, a la felicidad, a la distancia, al regreso, al hambre, a los amigos y a los enemigos.

Por último, la lágrima del día, discrepó de todas y en su irrisoria vanidad de ser la más importante, pidió silencio, pues el joven inquilino, ya había despertado y gemía nuevamente para librar su batalla diaria, no repetir el nombre, ese nombre: (…)

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Opinión

Volver a la Venezuela, informalmente dolarizada

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Por Joale Aristimuño

Era 26 de febrero de 2018 y faltaban dos días para la quincena que para aquel momento poco servía. De Barquisimeto a Maiquetía son 45 minutos en avión, y yo debía esperar al menos 10 horas en el aeropuerto internacional Simón Bolívar al avión que me llevaría directo a mi exilio… No había fecha de retorno. Sólo unos cuántos bolívares que debían quedarse justo ahí, a metros del mar donde deberán enterrad mis cenizas por si alguna vez me toca naufragar y después que el tifón rompa mis velas.

950 mil bolívares reposaban en mi cuenta, ya en la billetera no había nada. Eso, lo equivalente a casi tres sueldos mínimos para la época y “privilegiado” por ganar como ganaban solo 4 compañeros más en aquella empresa. Y pido disculpas si parece una historia de antaño, pero es que, ante ceros y devaluaciones, la cuenta la perdí. Y aclaro, el monto disponible no era el resultado total de mi trabajo como periodista de tv, la diversificación laboral, al menos, me hizo acumular un poco más para mi despedida.

No se a cuánto equivale aquel sueldo por estos días, ni siquiera se cuanto se deba trabajar ahora para comprar una hamburguesa, como aquella última que me comí en Maiquetía. Si sé, pero me cuesta entenderlo, al menos asimilarlo.

El dólar ya no es un tabú ni un secreto para la gente. Es el lenguaje diario de quien no tiene cambio para un billete de 100 y de quien exige que sea entregado como un contrato notariado… sin tachaduras ni enmiendas. Moda que solo Venezuela es capaz de implantar. El bolívar -con b minúscula para que no sea aún más reducido con el tiempo- es sólo una referencia de costo para el plan de datos Movistar y para el pago mensual del agua, que aún duele pagar por algo que llega, como llega la coherencia de algunos opositores, de vez en cuando y sin hacer ruido.

La miel, las catalinas y las cachapas, están mas cotizadas que un Starbucks para un recién llegado a Estados Unidos. Se cotizan en dólares, aunque su materia prima sea más criolla que el queso e’ mano. Volver al terruño, ya no es volver al origen, es visitar una atracción de Disney acabada en socialismo y atendida por quien cree ser su propio dueño. Pagas en dólares, pero te reciben con los ánimos del tergiversado bolívar. Es pagar a precio de economía estable, productos que viajaron continentes enteros, burlaron aduanas y posan en bodegones, sin generar impuestos como si de Zona Franca se tratara, pero más costosos que tiendas de aeropuerto. Moneda que no quiere dejar morir la actividad comercial de un país ajeno al suyo, pero que lo acogido sin ser presentado en alguna cena familiar. Tiene el carácter una esposa, pero lo tratan como la amante. Parece un super héroe, pero execrado de la liga de la justicia.   

En este 2do episodio de #UnPodcast hablamos de la informalización del dólar en Venezuela. Un buen amigo, después de 18 meses fuera del país decide regresar por unos días para visitar a su familia. Se encontró con productos absurdamente dolarizados y con bolívares tirados al suelo. Con una economista intentamos explicar este fenómeno y desmontamos la “inflación” en dólares que se vive en territorio venezolano. ¿Existe realmente?

www.joalearistimuno.com.

@joalearistimuno

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