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Las nueve

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Se levantó a las seis de la mañana, no era habitual para un sábado, pero lo hizo con el entusiasmo de los niños que por primera vez van a la escuela. Quitó las sábanas y cambio las fundas, colocó el mejor edredón que tenía en el clóset y luego de haber terminado la cama emprendió su casi desquiciante manera de limpiar poco a poco cada instrumento que colocaba religiosamente en su chifonier.

Sacó su ropa y la reacomodó de manera que los colores de cada prenda dieran un fastuoso arcoíris que iluminará cada rincón del cuarto. 

Barrió debajo de la cama con fiereza y, sacó, desde pantaletas de mujeres que una vez lo visitaron, hasta aquellos apuntes de cuentos incompletos que una vez leyó y releyó para arreglar un día de estos que al parecer no llego.

Sentía la exaltación de los segundos. A las nueve tendría un nuevo comienzo y ni una pizca de polvo podría opacar este reencuentro pedido con risas y lágrimas como el último asidero de su vida.

Arregló todo con destreza de cirujano. Luego colocó unas varitas aromáticas con un olor a coco y canela que según los expertos abren el apetito sexual y el amor prolijo que detentan las parejas en conflicto.

Cerró la puerta.

Corrió al baño, quitó la cortina sucia y sacó el papel higiénico, luego con un traje de astronauta se interno en el muladar que utilizaba para salir un poco decente a la calle. Pensó, que tenía tiempo sin limpiar tan bien, y derramó por paredes y pisos todos los desinfectantes que encontró en el anaquel previsto para esos productos que sólo compra por la publicidad que ve a diario en la televisión. 

Una risa lo embargo al ver a Míster Músculo ayudándolo en su proeza, como si fuera un Dios se hincó ante el recipiente y le exhorto a que lo dejara todo como en la cuña. Rio y siguió pasando la escoba por las esquinas que dejan las marcas del olvido. Sacó condones usados que se escondían detrás de la poceta y suspiró al recordar a la rubia que se sentó en el tanque esa tarde de carnavales para entregarle placer. También recordó que con todo el licor en su cuerpo había destruido el lavamanos y que la rubia resulto ser morena y el amor no paso de más de diez segundos.

El vapor de todos los productos, prohibidos utilizar en conjunto, lo mareo, pero siguió en la búsqueda de la luz del que desinfecta más, limpia más y no daña. 

Cuando ya reconoció el piso se sintió tranquilo y culminó su ardua tarea.

Descubrió en la repisa cepillos de dientes en exceso y comenzó a descartarlos. Todos tenían una marca y pese a que intento saber de donde salieron no recordó un nombre que pudiera llevarlo a otro recuerdo. Unas cremas para las manos y un champú de chica linda también fue a parar a al cesta de la basura.

Que comentario infortunado podría acarear en su reconciliación esas mercancías sin dueño.

Buscó una cortina de baño nueva y cambio el papel amarillento. Colocó una varita de sándalo que además de mejorar los olores dicen que aquietan a las personas en conflicto, cerró la puerta para que el olor no se perdiera y emprendió la limpieza por toda la casa. A las siete de la mañana todo brillaba. Todo en su puesto y con una fragancia a quietud y felicidad.

Se internó en la cocina. Preparó un jugo de naranja. Esta vez no lo combinó con agua, era un jugo como de película gringa. Hizo una tortilla que días antes leyó en una revista de mujer, de esas que están en cada consultorio médico que visita, luego tostó unos panes y buscó la mermelada de ciruela, lista sólo para las ocasiones especiales. 

Todo lo colocó en una bandeja que una vez compró en su compañía, la tapó con unos paños blancos con sus iniciales y bajo a buscar el periódico y unos cigarrillos.

Ya eran las siete y media. El tiempo era suficiente.

Regresó a la casa y desde el pasillo ya los olores estaban mezclados. Recordó que le gustaba la limpieza y eso sería la primera señal de que todo había cambiado.

Llegó y se sentó en la sala. Comenzó a leer y no fumar, quería que el espacio fuera digno de la visita. Observó un centenar de obituarios que aducía a una mujer que joven aún había perdido la lucha con la vida. Se interesó y buscó la información. Se desilusionó un instante al pensar como la belleza es más certera que la inseguridad.

Se incorporó y se dispuso a leer el horóscopo, poco creía pero le había dado resultados formidables a unos amigos de un amigo de una prima que una vez tuvo y que ahora es una desconocida. El color verde era lo que los astros le asignaron para este sábado y se desesperó al ver la hora y no haberse arreglado para la ocasión.

Corrió al baño y se afeitó con tanta premura que quedó perfecto. Se bañó, salió al cuarto aún con el aroma a canela y coco y sacó del escondite secreto su agua de colonia traída de París, quien se la vendió le aseguro que la fragancia hipnotizaría a cualquier damisela que se encontrará por el camino. Se rocío el cuerpo entero, buscó la camisa verde y unos pantalones cortos, sus converse grises sin cordones y sus pulseras y collares lo dibujaron en su diminuto espejo como un triunfador.

El reloj de la iglesia con sus nueves campanadas le avizoró la cercanía. Se desesperó unos minutos pero la tranquilidad llegó a su cuerpo cuando recordó que siempre cumplía su palabra, nunca fallaba.

Media hora después encendió un cigarrillo, el olor a coco con canela y sándalo del baño se había disipado. Se apresuró hasta la ventana y vio como la gente pasaba y conversaba como cualquier sábado a las nueve de la mañana. Se decepcionó. Miró por toda la casa y la busco debajo de la cama, en el clóset, detrás del chifonier, en el cuarto de huéspedes, en la cocina, en el baño en la sala y no aparecía ni siquiera una pizca de su olor.

I

Durante días no se conoció de su paradero. Las llamadas incesantes de sus cercanos quemaron el teléfono y no había respuesta. Las mujeres que una vez amó se desesperaron y todo se convirtió en caos. Un grupo de personas llegaron a su puerta y la destrozaron. Al entrar sintieron el temor de la ausencia y un olor a canela y coco impregnaba la casa.

No pudieron ver más allá. Corrieron y dejaron a otros la responsabilidad de ver lo ya pensado.

Un hombre joven de tez oscura llegó con el desagrado de los trabajos que no se desean pero que tiene que hacerse. Entró a la sala y vio los periódicos correctamente acomodados en unas cajas que hacían de mesa del teléfono y otras cosas.

Rozó un cenicero y su mano quedó manchada, se dispuso con parsimonia a limpiarse y se interno en el baño. Un olor a sándalo le alertó mientras lavaba sus manos. Observó la cortina nueva y el papel otra vez amarillento.

Salió cauteloso y entró al cuarto. En el vio a un hombre afeitado y con ropas limpias, los collares se dejaban ver a través de su camisa verde. Se acercó y el olor a coco y canela se impregnó en todo su cuerpo. Le tomó la mano y viéndolo a los ojos suspiro.

El parte entregado a las autoridades dejaba entrever que el cuerpo sin vida tenía cinco días solo: Muerte sábado-nueve de la mañana. Y una  nota marginal se dejó leer: Se reconcilió con la muerte.

fantasmasazules.blogspot.com

@benemerito2010

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Opinión

El turno al bate de Stalin González

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Bienvenidos a este juego de Ligas Mayores y no Grandes Ligas donde en medio de la persecución política, la dictadura, el hambre y la migración, siempre hay tiempo para una birra, el hot dog y esa buena silla que amortigua los problemas de 30 millones de venezolanos. Las críticas resbalan sobre el indiferente bloqueador de actores y politiqueros.

Parte Baja del octavo inning y es el turno del segundo bateador designado Stalin González. Desprevenido y escapado del home de sesiones, le viene una recta que no sabe si podrá batear. No hay tiempo de amagar. El pitcher desde el montículo de las redes sociales observa esa bola ir hacia el cátcher de la inconformidad y desesperanza. Millones de espectadores en las gradas hacen un molesto ruido de silencio cuando solo se escucha el silbido de la opinión pública durante su trayectoria.

El marcador muestra dos outs, corredores en primera y segunda. La confianza está depositada en él y todo su equipo, aunque sigan abajo en la pizarra. La tensión de segundos pareciera de años. Los aficionados, mientras siguen el desplazamiento del cuero lanzado, recuerdan cada inning del cotejo. No ven carreras sino persecuciones, no observan batazos sino balazos. Cada almohadilla es un exilio, aunque para llegar ella, el acosado se deba arrastrar. Sobre la tierra teñida de sangre, el toque de bola es un golpe y el out un asesinato. Sigue la cocida y va a mitad de camino mientras el bateador designado sonríe, no sabemos si por miedo o porque, en medio de la tragedia que padece Venezuela, cuando se juega, también se debe disfrutar por unos días para no claudicar.

Dentro de las tribunas, a la par, otras historias se tejen. Uno de los asistentes pide una salchicha al vendedor, pero como en aquella cuña navideña, la respuesta fue: “no mi amor, los vendí todos”. El que pide agua, obtiene un chaparrón de sequía y el que solicita una pastilla le dan un link en su celular sin datos para que lo pida a domicilio por Gofundme. Al ver un mal juego y sin poder comer, tomar o aliviarse, muchos deciden irse del estadio, aunque el partido se lleve en su propia casa. Fuera del campo, son esperados por coyotes quienes los roban, humillan y devoran.

Stalin, prestado para el encuentro, toma con fuerza su bate del discurso porque sabe que el flash de la egolatría, la adulación y el “llevar pal rancho” está encendido. RRSS, como buen pitcher, endereza su lead y cuerpo después del lanzamiento. Le gritan traidor, contra, colaboracionista, guerrero del teclado y más. Incólume y de mirada fija, la indignación le dio empuje para disparar esa bola que será bateada, tal vez, por el designado que se quiso poner sobre el diamante; él no lo escogió.

Bateador de manos más endebles que su discurso, suda, y cuando la pelota se acerca, se da cuenta que el madero hecho con la leña del árbol caído podría romperse si la recta es recibida con el mango del palo.

Viene la bola, el bateador levanta sus codos y… No sabremos qué pasó porque se acaba de ir la luz.

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Opinión

Laberintos

La muerte tendría que visitarlo algún día y así sucedió

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Los fenómenos ambientales libraban la batalla única por poseer el nombre de la temporada.

Días atrás, un fuerte viento proveniente del sureste del país había calado desdichadamente en las viviendas endebles de aquellos, que con esperanza y fe, viajan a la capital de esta nueva República a buscar el sueño jamás encontrado. Los diarios, el constante tintineo de las emisoras radiales y los noticiarios televisivos solo describían la hecatombe que se avecinaba en contra de todos.

Entretanto, desde una paupérrima habitación con vista a los escombros y basura de una clínica de transformación de mujeres bellas en muñecas de cera, se atisbaba la mirada displicente de su inquilino.

Una máquina de escribir, tres cajas de cigarros, unos ganchos para colgar la desdicha, innumerables ideas sobre la vieja cama, la mesa improvisada para trabajar y el baño húmedo y triste que conformaba lo que había denominado su hogar dulce hogar, cuando en realidad no pasaba de ser un simple cuchitril para dormir e invitar amigas buenas algunas noches.

La incertidumbre estaba a la vuelta de la esquina, de allí que se dedicaba a evitarlas, por ello, comía en la casa de los chinos que se encontraba en medio de la calle, donde preparaban el peor pabellón criollo de todo el planeta, sin embargo, era económico y por lo menos se podía intercambiar tres o cuatro ideas que servían para conocer más a los asiáticos y escribir más cuentos que no relataran la retórica condición de hablar de su vida, sus amores y su patética manera de enamorarse de los imposibles corazones de féminas pertenecientes a los niños ricos.

La vida seguía su curso sin motivos que lo indujeran a pensar en otra actividad que no fuera escribir, borrar, recordar y anidar en su alma, el pasado que tanta dicha y desdicha le acechó los sentidos para convertirlo en el hombre que era ahora y que todos creían conocer, sin tener una idea cercana siquiera de quién es y por qué todos los días amanece más muerto que el día anterior.

Todos especulaban acerca de su condición y nada acertaban.

Esperaban a diario recogerlo muerto para leer sus escritos y encontrar el nombre de aquella que le arrancó el corazón y las alas, a través de una mirada frívola que se confundía con el humo dañino de un cigarrillo.

Era una puta vida en una puta ciudad. Por eso los vientos que destrozaban todo no le conminaban a preocuparse por nadie, donde él, en tercera persona se manejaba para evitar las confrontaciones directas y el escrutinio perspicaz de sus allegados.

La muerte tendría que visitarlo algún día y así sucedió.

La Parca llegó al pequeño recinto que lo mantenía muerto en vida. Al entrar sintió la desolación y con su hoz en la mano, se sentó en su cama para verlo dormir las tres o cuatro horas que tomaba para descansar.

Una lágrima se descontó de la cara de huesos de la muerte, sus manos cubiertas por el manto negro que evitaba rozar a los mortales, temblaban desaforadamente sin explicación alguna.

Intempestivamente se levantó y miró a su alrededor. Las ideas flotaban apresuradas y los cuentos escritos en hojas amarillas gritaron al saberse solos y desamparados.

La muerte pidió calma y escrutó a cada uno esperando una condición que la hiciera desistir de su tarea milenaria.

Algunas ideas reían por ser solo ideas y nunca haber llegado a convertirse en hechos. Los cuentos, se desgranaban describiendo cada capítulo de hechos convertido en letras coherentes que siempre tenían el mismo final: la desesperación.

Todos quería hablar y el escándalo despertó a las lágrimas de la almohada que se habían mantenido distantes del ser extraterreno. Cada una tenía su historia, pero acordaron ordenarse para contar el porqué de la sombra que cobijaba al inquilino.

La primera lágrima se dispuso a relatar su pesadumbre y entre gritos de silencio describió el abandono. Sucesivamente todas expresaban lo que los cuentos y las ideas no podían contener en papeles y luces precarias de días y noches de licor y humo.

La lágrima del abandono dio paso a la soledad, al amor no correspondido, a la pérdida, a la lujuria, a la felicidad, a la distancia, al regreso, al hambre, a los amigos y a los enemigos.

Por último, la lágrima del día, discrepó de todas y en su irrisoria vanidad de ser la más importante, pidió silencio, pues el joven inquilino, ya había despertado y gemía nuevamente para librar su batalla diaria, no repetir el nombre, ese nombre: (…)

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Opinión

Volver a la Venezuela, informalmente dolarizada

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Por Joale Aristimuño

Era 26 de febrero de 2018 y faltaban dos días para la quincena que para aquel momento poco servía. De Barquisimeto a Maiquetía son 45 minutos en avión, y yo debía esperar al menos 10 horas en el aeropuerto internacional Simón Bolívar al avión que me llevaría directo a mi exilio… No había fecha de retorno. Sólo unos cuántos bolívares que debían quedarse justo ahí, a metros del mar donde deberán enterrad mis cenizas por si alguna vez me toca naufragar y después que el tifón rompa mis velas.

950 mil bolívares reposaban en mi cuenta, ya en la billetera no había nada. Eso, lo equivalente a casi tres sueldos mínimos para la época y “privilegiado” por ganar como ganaban solo 4 compañeros más en aquella empresa. Y pido disculpas si parece una historia de antaño, pero es que, ante ceros y devaluaciones, la cuenta la perdí. Y aclaro, el monto disponible no era el resultado total de mi trabajo como periodista de tv, la diversificación laboral, al menos, me hizo acumular un poco más para mi despedida.

No se a cuánto equivale aquel sueldo por estos días, ni siquiera se cuanto se deba trabajar ahora para comprar una hamburguesa, como aquella última que me comí en Maiquetía. Si sé, pero me cuesta entenderlo, al menos asimilarlo.

El dólar ya no es un tabú ni un secreto para la gente. Es el lenguaje diario de quien no tiene cambio para un billete de 100 y de quien exige que sea entregado como un contrato notariado… sin tachaduras ni enmiendas. Moda que solo Venezuela es capaz de implantar. El bolívar -con b minúscula para que no sea aún más reducido con el tiempo- es sólo una referencia de costo para el plan de datos Movistar y para el pago mensual del agua, que aún duele pagar por algo que llega, como llega la coherencia de algunos opositores, de vez en cuando y sin hacer ruido.

La miel, las catalinas y las cachapas, están mas cotizadas que un Starbucks para un recién llegado a Estados Unidos. Se cotizan en dólares, aunque su materia prima sea más criolla que el queso e’ mano. Volver al terruño, ya no es volver al origen, es visitar una atracción de Disney acabada en socialismo y atendida por quien cree ser su propio dueño. Pagas en dólares, pero te reciben con los ánimos del tergiversado bolívar. Es pagar a precio de economía estable, productos que viajaron continentes enteros, burlaron aduanas y posan en bodegones, sin generar impuestos como si de Zona Franca se tratara, pero más costosos que tiendas de aeropuerto. Moneda que no quiere dejar morir la actividad comercial de un país ajeno al suyo, pero que lo acogido sin ser presentado en alguna cena familiar. Tiene el carácter una esposa, pero lo tratan como la amante. Parece un super héroe, pero execrado de la liga de la justicia.   

En este 2do episodio de #UnPodcast hablamos de la informalización del dólar en Venezuela. Un buen amigo, después de 18 meses fuera del país decide regresar por unos días para visitar a su familia. Se encontró con productos absurdamente dolarizados y con bolívares tirados al suelo. Con una economista intentamos explicar este fenómeno y desmontamos la “inflación” en dólares que se vive en territorio venezolano. ¿Existe realmente?

www.joalearistimuno.com.

@joalearistimuno

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