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Opinión

El reflejo

Veo en el reflejo del espejo a un hombre joven que baja su mirada mientras trata de limpiar el baño donde me encuentro

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Todo era una locura.

La fiesta, el licor, la comida, los besos y el ocio formaban parte de su diario trajinar. Trabajaba sin descanso, fumaba sin respirar y siempre estaba despierto. Era como si tuviera dos motores encendidos cada noche cuando la hora de la juerga llegaba.

Fue mi ejemplo y todas las noches quería ser como él, sentir como él, reír como él y rozar como él lo hacía con cada mujer que se le acercaba. Lo admiraba y no me atrevía ni siquiera a verlo.

Era una suerte de imán que atraía todo. Era un desgraciado con suerte y con una movilidad que me hacía estremecer. Era carismático y una luz siempre lo acompañaba.

La primera vez que lo vi yo limpiaba baños en una feria de un pueblo sin nombre para poder comer, beber y mantener a mi primera hija. Lo vi entrar y baje la mirada mientras lo oía decir: tranquila mi reina sabes como soy.

Desde esa primera vez que lo sentí cerca no volví a verme nunca más al espejo. Me negué a saber quién era y me convertí en algo distinto para sonreír sin sonreír y llorar sin llorar. Para odiar sin amar y para amar odiando.

Esa noche renuncie a lavar baños y vagué por última vez por la ciudad sin nombre lleno de rencor e intoxicado con alcohol y cigarrillos.

II

Todo era una mentira.

Detesto las fiestas, no me gusta beber, como muy poco, prefiero no besar, siempre quiero estar activo. No volveré a fumar después de hoy y tratare de descansar de mí, pues soy mi peor enemigo y mi más temible virus.

A veces quisiera dormir. Tengo meses llevando una vida que no todos aguantan. A veces quisiera descansar un instante, a veces quisiera dejar de beber solo una vez, a veces quisiera no fumar, no tener a ninguna mujer cerca que me roce, a veces solo deseo regresar a un pasado donde era todo menos infeliz.

Tengo una alegría imperfecta. Una sonrisa de concurso y un imán detestable para los problemas. Me mantengo con dos motores encendidos para no dejarme pasar por encima, me cuido a diario y no tengo un receso, pues un día perdido representaría mí caída de este sitial que me he ganado por ser esto que soy.

Ellas están siempre cerca pues soy la puta que va y viene. El aire que corrompe y por más que se lo demuestro nada las hace cambiar de opinión, solo después, años después, entienden que las amé a medias y que no eran tan inteligentes como pensaban.

Hoy quiero huir pero la juerga está encendida y debo alimentar a mis demonios. Corro al baño a despabilarme y una llamada me saca de mi letargo, es una de ellas, ausente cuando quiere pero persistente como los roedores, me reclama con un tono de amor mientras le contesto: tranquila mi reina sabes como soy.

Veo en el reflejo del espejo a un hombre joven que baja su mirada mientras trata de limpiar el baño donde me encuentro, pienso que es un hombre feliz y que no me mira por que genero vergüenza, genero asco, genero inmundicia.

Salgo despacio y dejo un billete sobre el plato de propinas mientras le digo que no tiene valor limpiar los baños sino se hace con amor. Sonrió y lo conmino a irse a otro lugar para que sea feliz o por lo menos levante la mirada.

Desde que vi al hombre que limpia baños, desde que lo sentí cerca no volví a verme nunca más al espejo. Me desconocí un tiempo y amé con más fuerza y odie con más ahínco, sonreí con más irresponsabilidad y fui pasajero recurrente de todos los bares de putas existentes. Viví pensando en que sería feliz solo limpiando baños.

III

Vivir de la fantasía.

Han pasado ya 20 años desde la experiencia del baño y aún no recuerdo quien soy. Hay días en que me siento como el hombre cabizbajo que limpiaba los baños y otras, muy pocas veces, como el desgraciado con suerte que no quería seguir con la vorágine de sus días.

Aún no me veo en un espejo pero si siento como cada año ocupa mi cara. No tengo la movilidad de antes y carezco de cualquier reflejo que motorice mi defensa. Estoy a merced de todos y aun así me mantengo erguido y sonriendo.

Hay quienes me llaman iluso y esconden la podredumbre de sus almas en risas. Yo no huyo, solo los espero llegar, nunca derrotados, nunca vencedores, solo viviendo el día a día con el lastre de eso que llaman vida.

La incertidumbre de mis días me atrapa y hoy un deseo irremediable me acompaña deseo cambiarlo todo y para ello nada mejor que un espejo, pues aunque me quiera engañar segundo a segundo yo soy quien lava baños quien vive el descontrol y quien se niega a dejar los dos mundos.

fantasmasazules.blogspot.com

@benemerito2010

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Opinión

El turno al bate de Stalin González

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Bienvenidos a este juego de Ligas Mayores y no Grandes Ligas donde en medio de la persecución política, la dictadura, el hambre y la migración, siempre hay tiempo para una birra, el hot dog y esa buena silla que amortigua los problemas de 30 millones de venezolanos. Las críticas resbalan sobre el indiferente bloqueador de actores y politiqueros.

Parte Baja del octavo inning y es el turno del segundo bateador designado Stalin González. Desprevenido y escapado del home de sesiones, le viene una recta que no sabe si podrá batear. No hay tiempo de amagar. El pitcher desde el montículo de las redes sociales observa esa bola ir hacia el cátcher de la inconformidad y desesperanza. Millones de espectadores en las gradas hacen un molesto ruido de silencio cuando solo se escucha el silbido de la opinión pública durante su trayectoria.

El marcador muestra dos outs, corredores en primera y segunda. La confianza está depositada en él y todo su equipo, aunque sigan abajo en la pizarra. La tensión de segundos pareciera de años. Los aficionados, mientras siguen el desplazamiento del cuero lanzado, recuerdan cada inning del cotejo. No ven carreras sino persecuciones, no observan batazos sino balazos. Cada almohadilla es un exilio, aunque para llegar ella, el acosado se deba arrastrar. Sobre la tierra teñida de sangre, el toque de bola es un golpe y el out un asesinato. Sigue la cocida y va a mitad de camino mientras el bateador designado sonríe, no sabemos si por miedo o porque, en medio de la tragedia que padece Venezuela, cuando se juega, también se debe disfrutar por unos días para no claudicar.

Dentro de las tribunas, a la par, otras historias se tejen. Uno de los asistentes pide una salchicha al vendedor, pero como en aquella cuña navideña, la respuesta fue: “no mi amor, los vendí todos”. El que pide agua, obtiene un chaparrón de sequía y el que solicita una pastilla le dan un link en su celular sin datos para que lo pida a domicilio por Gofundme. Al ver un mal juego y sin poder comer, tomar o aliviarse, muchos deciden irse del estadio, aunque el partido se lleve en su propia casa. Fuera del campo, son esperados por coyotes quienes los roban, humillan y devoran.

Stalin, prestado para el encuentro, toma con fuerza su bate del discurso porque sabe que el flash de la egolatría, la adulación y el “llevar pal rancho” está encendido. RRSS, como buen pitcher, endereza su lead y cuerpo después del lanzamiento. Le gritan traidor, contra, colaboracionista, guerrero del teclado y más. Incólume y de mirada fija, la indignación le dio empuje para disparar esa bola que será bateada, tal vez, por el designado que se quiso poner sobre el diamante; él no lo escogió.

Bateador de manos más endebles que su discurso, suda, y cuando la pelota se acerca, se da cuenta que el madero hecho con la leña del árbol caído podría romperse si la recta es recibida con el mango del palo.

Viene la bola, el bateador levanta sus codos y… No sabremos qué pasó porque se acaba de ir la luz.

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Opinión

Laberintos

La muerte tendría que visitarlo algún día y así sucedió

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Los fenómenos ambientales libraban la batalla única por poseer el nombre de la temporada.

Días atrás, un fuerte viento proveniente del sureste del país había calado desdichadamente en las viviendas endebles de aquellos, que con esperanza y fe, viajan a la capital de esta nueva República a buscar el sueño jamás encontrado. Los diarios, el constante tintineo de las emisoras radiales y los noticiarios televisivos solo describían la hecatombe que se avecinaba en contra de todos.

Entretanto, desde una paupérrima habitación con vista a los escombros y basura de una clínica de transformación de mujeres bellas en muñecas de cera, se atisbaba la mirada displicente de su inquilino.

Una máquina de escribir, tres cajas de cigarros, unos ganchos para colgar la desdicha, innumerables ideas sobre la vieja cama, la mesa improvisada para trabajar y el baño húmedo y triste que conformaba lo que había denominado su hogar dulce hogar, cuando en realidad no pasaba de ser un simple cuchitril para dormir e invitar amigas buenas algunas noches.

La incertidumbre estaba a la vuelta de la esquina, de allí que se dedicaba a evitarlas, por ello, comía en la casa de los chinos que se encontraba en medio de la calle, donde preparaban el peor pabellón criollo de todo el planeta, sin embargo, era económico y por lo menos se podía intercambiar tres o cuatro ideas que servían para conocer más a los asiáticos y escribir más cuentos que no relataran la retórica condición de hablar de su vida, sus amores y su patética manera de enamorarse de los imposibles corazones de féminas pertenecientes a los niños ricos.

La vida seguía su curso sin motivos que lo indujeran a pensar en otra actividad que no fuera escribir, borrar, recordar y anidar en su alma, el pasado que tanta dicha y desdicha le acechó los sentidos para convertirlo en el hombre que era ahora y que todos creían conocer, sin tener una idea cercana siquiera de quién es y por qué todos los días amanece más muerto que el día anterior.

Todos especulaban acerca de su condición y nada acertaban.

Esperaban a diario recogerlo muerto para leer sus escritos y encontrar el nombre de aquella que le arrancó el corazón y las alas, a través de una mirada frívola que se confundía con el humo dañino de un cigarrillo.

Era una puta vida en una puta ciudad. Por eso los vientos que destrozaban todo no le conminaban a preocuparse por nadie, donde él, en tercera persona se manejaba para evitar las confrontaciones directas y el escrutinio perspicaz de sus allegados.

La muerte tendría que visitarlo algún día y así sucedió.

La Parca llegó al pequeño recinto que lo mantenía muerto en vida. Al entrar sintió la desolación y con su hoz en la mano, se sentó en su cama para verlo dormir las tres o cuatro horas que tomaba para descansar.

Una lágrima se descontó de la cara de huesos de la muerte, sus manos cubiertas por el manto negro que evitaba rozar a los mortales, temblaban desaforadamente sin explicación alguna.

Intempestivamente se levantó y miró a su alrededor. Las ideas flotaban apresuradas y los cuentos escritos en hojas amarillas gritaron al saberse solos y desamparados.

La muerte pidió calma y escrutó a cada uno esperando una condición que la hiciera desistir de su tarea milenaria.

Algunas ideas reían por ser solo ideas y nunca haber llegado a convertirse en hechos. Los cuentos, se desgranaban describiendo cada capítulo de hechos convertido en letras coherentes que siempre tenían el mismo final: la desesperación.

Todos quería hablar y el escándalo despertó a las lágrimas de la almohada que se habían mantenido distantes del ser extraterreno. Cada una tenía su historia, pero acordaron ordenarse para contar el porqué de la sombra que cobijaba al inquilino.

La primera lágrima se dispuso a relatar su pesadumbre y entre gritos de silencio describió el abandono. Sucesivamente todas expresaban lo que los cuentos y las ideas no podían contener en papeles y luces precarias de días y noches de licor y humo.

La lágrima del abandono dio paso a la soledad, al amor no correspondido, a la pérdida, a la lujuria, a la felicidad, a la distancia, al regreso, al hambre, a los amigos y a los enemigos.

Por último, la lágrima del día, discrepó de todas y en su irrisoria vanidad de ser la más importante, pidió silencio, pues el joven inquilino, ya había despertado y gemía nuevamente para librar su batalla diaria, no repetir el nombre, ese nombre: (…)

fantasmasazules.blogspot.com

@benemerito2010

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Opinión

Volver a la Venezuela, informalmente dolarizada

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Por Joale Aristimuño

Era 26 de febrero de 2018 y faltaban dos días para la quincena que para aquel momento poco servía. De Barquisimeto a Maiquetía son 45 minutos en avión, y yo debía esperar al menos 10 horas en el aeropuerto internacional Simón Bolívar al avión que me llevaría directo a mi exilio… No había fecha de retorno. Sólo unos cuántos bolívares que debían quedarse justo ahí, a metros del mar donde deberán enterrad mis cenizas por si alguna vez me toca naufragar y después que el tifón rompa mis velas.

950 mil bolívares reposaban en mi cuenta, ya en la billetera no había nada. Eso, lo equivalente a casi tres sueldos mínimos para la época y “privilegiado” por ganar como ganaban solo 4 compañeros más en aquella empresa. Y pido disculpas si parece una historia de antaño, pero es que, ante ceros y devaluaciones, la cuenta la perdí. Y aclaro, el monto disponible no era el resultado total de mi trabajo como periodista de tv, la diversificación laboral, al menos, me hizo acumular un poco más para mi despedida.

No se a cuánto equivale aquel sueldo por estos días, ni siquiera se cuanto se deba trabajar ahora para comprar una hamburguesa, como aquella última que me comí en Maiquetía. Si sé, pero me cuesta entenderlo, al menos asimilarlo.

El dólar ya no es un tabú ni un secreto para la gente. Es el lenguaje diario de quien no tiene cambio para un billete de 100 y de quien exige que sea entregado como un contrato notariado… sin tachaduras ni enmiendas. Moda que solo Venezuela es capaz de implantar. El bolívar -con b minúscula para que no sea aún más reducido con el tiempo- es sólo una referencia de costo para el plan de datos Movistar y para el pago mensual del agua, que aún duele pagar por algo que llega, como llega la coherencia de algunos opositores, de vez en cuando y sin hacer ruido.

La miel, las catalinas y las cachapas, están mas cotizadas que un Starbucks para un recién llegado a Estados Unidos. Se cotizan en dólares, aunque su materia prima sea más criolla que el queso e’ mano. Volver al terruño, ya no es volver al origen, es visitar una atracción de Disney acabada en socialismo y atendida por quien cree ser su propio dueño. Pagas en dólares, pero te reciben con los ánimos del tergiversado bolívar. Es pagar a precio de economía estable, productos que viajaron continentes enteros, burlaron aduanas y posan en bodegones, sin generar impuestos como si de Zona Franca se tratara, pero más costosos que tiendas de aeropuerto. Moneda que no quiere dejar morir la actividad comercial de un país ajeno al suyo, pero que lo acogido sin ser presentado en alguna cena familiar. Tiene el carácter una esposa, pero lo tratan como la amante. Parece un super héroe, pero execrado de la liga de la justicia.   

En este 2do episodio de #UnPodcast hablamos de la informalización del dólar en Venezuela. Un buen amigo, después de 18 meses fuera del país decide regresar por unos días para visitar a su familia. Se encontró con productos absurdamente dolarizados y con bolívares tirados al suelo. Con una economista intentamos explicar este fenómeno y desmontamos la “inflación” en dólares que se vive en territorio venezolano. ¿Existe realmente?

www.joalearistimuno.com.

@joalearistimuno

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