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Un día

Ya no tengo frío, ni calor. Y no importan los colores con nombres rimbombantes, he desaparecido, estoy tirado viendo como lloran los hipócritas y como ríen los verdaderos amigos.

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La luz tenue llego a mi cuarto. Las llamadas cesaron, los mensajes de optimismo colapsaron. Las sonrisas se opacaron. El roce cesó por fin y en un segundo me despedí de algo o de alguien que ya no era yo.

Hoy me llevan en un sarcófago color azucena con brisas de mediodía de invierno. Hoy nada tiene explicación, ni el color azucena ni las putas brisas de mediodía de invierno en un país donde llueve o hace calor y muchos viajan en verano, invierno, primavera y otoño sin saber que todo es lo mismo o peor.

Ya no tengo frío, ni calor. Y no importan los colores con nombres rimbombantes, he desaparecido, estoy tirado viendo como lloran los hipócritas y como ríen los verdaderos amigos.

He muerto

I

Luego de seis horas en un consultorio otra vez llegó a mí, ella, la mujer que no me desea pero me tiene, la que no me quiere pero me acerca, ella, mi amor eterno y mi sacrificio, la razón por la cual nunca me he rendido.

Salió del consultorio junto a mi médico, sonriente, distinguida y sensual, porque ella, la mujer que me atrapa, es sensual, sexual, pornográfica e indigna. Se mete dentro de mí y toca cada centímetro para luego salir a jactarse diciendo que ella sí sabe cómo hacerme llorar.

Luego nos perdonamos, ella por la imprudencia y yo por no poder sujetarme de quien me ama pero no sé cuánto. La veo salir de mi cuarto y dirigirse al baño. La ausculto. La espalda, las nalgas, las piernas, los tobillos y siento que me enamoro otra vez, en otra época, con otras manías, con menos fuerza, pero me enamoro igual.

En mi mente llegan los recuerdos de cartones en parques, de caminatas incesantes para no dormir, de cigarros, de licor, de otras putas que me cobijaron el corazón pero no la esencia y siento que ella, siempre ausente y presente me observaba como diciéndome con palabras truculentas: sigue, que aquí te espero.

Hoy no tengo sed, ni respiro el aire puro de una montaña mágica. Y no importa cuánto he hecho pues a nadie le importa, a mí no me importa y a ella menos le importa mientras besa mis labios ensangrentados y me levanta de la poceta donde vomito a diario sin ver a ningún conocido.

Estoy desapareciendo.

II

En las mañanas tengo sed y en las noches siento que me ahogo en lagunas grises de mierda. En la tardes duermo y en las medias tardes camino para disipar el dolor que me hace arrodillar y pedir perdón.

A ella le gusta verme pedir perdón

Siempre regreso de caminar exhausto y acabado pero sonriente. Nada me quitará la alegría que tengo, pues ella está allí, cerca, junto a mi corazón, indigna y más puta como siempre me ha gustado, tocándome de adentro hacia afuera, logrando sacar lágrimas y molesta cuando sonrió para decirle que me gusta el sabor a sangre, las cosquillas en el estómago y el dolor profuso de sus caricias.

Algunas noches no me visita y la extraño mientras escribo. Algunas noches está ausente y la extraño mientras me afeito. Algunas noches no me visita y la recuerdo en nombres de mujeres que son mi pasado oscuro y negligente. Algunas noches no me visita y puedo insultarla una vez más sin sonidos, gritarla con las manos, despreciarla con suspiros y maniatarla tomándome el pecho y respirando profundo para que no regrese.

En esta oportunidad no recuerdo como llegó pero nunca olvidaré cómo se va a ir o como nos iremos juntos como siempre hemos debido estar. Pretendo caminar tomado de su mano y rozarla con mis dedos para que se sienta coqueta y frágil con mi cercanía.

Ya los mensajes no llegan. Siento el vacío.

Hoy no escucho nada. No digo palabra alguna. Y no importa cuanto he hablado y escrito ahora todo desaparece y me marca la piel los recuerdos. Dónde estás, dónde estás, dónde estoy.

Ya estoy de rodillas.

III

Una luz se enciende en mi cuarto. Ya no estoy desprolijo. Es el amor, el de ella, creo. Los mensajes de optimismo colapsan mi cabeza. Las sonrisas ahora me acompañan y el roce deseado por fin llegó y en un segundo no morí como creía y como creían.

Hoy me llevan vestido de traje acompañado por azucenas y todo tiene explicación.

Ya no tengo frío, ni calor. Y reconozco los colores y sabores. Quiero morir, quiero vivir, quiero respirar, quiero continuar mientras los veo a todos muertos, desapareciendo, de rodillas y cerca muy cerca de mí.

Y ella y yo, hemos vivido, juntos, con peleas, pero vivos.

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1 Comentario

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  1. Amaranta Fernandez

    11 septiembre, 2019 at 3:03 am

    Me gustó. Espero cada domingo para leer los cuentos. No dejen de hacerlo.

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Ocaso

Ella, hermosa como siempre, me mintió al oído y sólo así deduje que me amaba

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De inmediato me incorporé.

Sentí las gotas de sangre en mis labios. Mordí mi mano al descubrirme desnudo, desecho, moribundo. Cada palabra, cada gesto, cada comentario me hacía delirar, me perdía en cada recuerdo de otros, me maniataba el pasado que no era mío. Me hipnotizó el zumbido de descaro y lo olvidado regreso, los celos, la duda y el rencor se adentraron en mi corazón, que hacía tiempo creí muerto y, nuevamente, morí asintiendo que todo podía ser verdad y mentira.

Lo mundano, lo subterráneo y lo oscuro guiaron el camino y vomité el sentir esperando una mentira, esperando un déjalo así, esperando un beso enfermizo que no me hiriera con tanta fuerza.

La duda me absorbió y empecé el periplo de los gladiadores derrotados. Me consumí en el descaro de no creer y en la sonrisa fácil que todo lo arregla. Te vi bella como siempre, te sentí mía como siempre, me apoderé de tus besos y la sangre en mis labios no cesaba. La hemorragia era inminente y me estaba matando y yo, ingenuo, quería morir sin saber la verdad.

Descubrí que la sonrisa no era sólo mía. Descubrí que las miradas furtivas, en algunas ocasiones, se desviaban a otros ojos, me percaté que algunos besos de despedida tenían un sabor amargo, un sabor diferente a mis labios sangrantes.

De inmediato me incorporé. Las gotas de sangre se acrecentaban. Ya mis manos no sentían ante tanto daño provocado, las palabras continuaban como dardos implacables demoledores de mis ganas. El pasado era mi presente. Y mi cuerpo comenzó a gritar que todo era verdad.

De inmediato me incorporé. Ya no había sangre que derramar y no tenía manos. El murmullo continuaba haciéndome daño y mi cuerpo estático pedía ayuda. Todo era confuso y recordé los besos, las caricias, las miradas recurrentes que no eran para mí y morí con el afán de no saber la verdad.

No pude incorporarme y un aire frío me invadió el cuerpo. Volví a morir sin saber la verdad.

Un beso cálido me despertó.

Ella, hermosa como siempre, me mintió al oído y sólo así deduje que me amaba, mientras su mirada se deslizaba por mi espalda y recorría el cuerpo de otro hombre, su amante furtivo, su dicha, su corazón loco, por quien brotaban gotas de sangre sus labios, por quien mordía sus manos, por quien su pasado era presente y la hacía palidecer y vivir lo que yo nunca podría darle.

Ella sabía la verdad.

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Reporte

Estaba en un botiquín de una ciudad olvidada donde ahora mataban gente

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I

Habían pasado años desde que, aquel día nefando, se abandonaron a la espera de una reconciliación que nunca se avizoró. Era natural que se amaran, tantas luchas, tantos desvelos y tantos miedos los acompañaron, que la unión era ineludible, no podían vivir ni morir uno sin el otro. 

II

Cuando lo conocí era el hombre más triste del mundo. Sus ojos verdes opacos y su peculiar manera de mirar evocaban desierto y penumbra. Sin embargo,  a mi entender, era un delincuente más, que junto a mí, se lamentaba en un botiquín de mala muerte de la gran avenida Cristóbal Pérez Dugarte, sitio concurrido por esas gentes de la mala vida y que curiosamente estaba atestado de periodistas.

La avenida Cristóbal Pérez Dugarte debía su nombre a un insigne prócer desconocido que luego de ser gobernador, quiso dejar una huella en los residentes de aquel poblado abandonado a su suerte. Más de diez lustros, desde la aparición de un pozo petrolero, habían transcurrido para que la capital del municipio, en otrora pujante, se convirtiera en zona de guerra y tolerancia.

Los muertos iban y venían en carretas haladas por bueyes, cualquiera podría imaginar que la independencia del Libertador Simón Bolívar, jamás tocó esta tierra fértil, sin embargo, la realidad abrumaba, era diciembre de 2002 y en perspectiva todo se veía prehistórico.

La iglesia era lúgubre y constantemente mantenía sus puertas cerradas, junto a un dispensario cercano a la policía y un hospital inconcluso encumbraban el centro de la ciudad; por temor a los robos, el párroco oficiaba su misa en la plaza Mayor, que fisgonamente también se llamaba Cristóbal Pérez Dugarte y erigía un busto modesto de un hombre que se parecía a Tin Tan pero que sin lugar a dudas, era nada menos y nada más que Cristóbal, El Bueno, pues El Malo, aún zigzagueaba entre la riada matando, robando y violando.

Los bares y botiquines estaban en la avenida principal, cuyo nombre, por antonomasia, se había reducido a la avenida vecina de la Cristóbal Pérez Dugarte. Los antros que también ofrecían juegos de envite y azar, nunca cerraban por el miedo a ser atacados. En pocas palabras, era una gran feria donde mujeres y niños no podían asistir, ante la mortecina ambiental que depuraban esos seres, ajenos a todos, pero protagonistas de últimas páginas en los diarios locales, que como plagas se multiplicaban mes tras mes ante la arremetida sanguinaria que se inició con la muerte de Cristóbal, El Bueno, a manos de Cristóbal, El Malo.

Estaba en un botiquín de una ciudad olvidada donde ahora mataban gente.

III

Mi trabajo de reportero de sucesos se inició como una de mis empecinadas metas que nunca cumplo. Con 25 años me aventuré a ver toda clase de eventos que indefectiblemente derivaban en la muerte. Los primeros días me agobiaba la pestilencia y el ver los cuerpos desfigurados como consecuencia de los disparos y las puñaladas, otros, en un número inferior, se desglosaban en atropellados y suicidas.

Poco a poco me acostumbré al terror de la muerte y su ocupación en cuerpos que dejaban al descubierto que la visita siempre era inesperada. Así, vi como la carne se separaba del cuerpo, como los ojos se disparaban de los rostros, siempre ajenos a mí, y entendí, que la muerte solo da muerte a los que mueren y que la vida solo da vida a quienes viven.

En el caso de los atropellados era casi imperceptible su cobertura, mientras que los suicidios se convertían en suicidios si la persona objeto del hecho era uno más del lumpen, sin embargo, si el apellido titilaba, se trataba de un complot estructurado de origen lejano que por rivalidad habría atacado al pobre ser humano y acabado con su vida. Claro, el plan estaba estudiado:

Minuta de la muerte de Juan Francisco de las Casas Itriago

A las ocho de la noche del sábado de gloria el occiso llegó a su casa y se dirigió al estudio ubicado en la parte alta de la misma, al parecer había ingerido algún tipo de licor.

A eso de las diez de la noche se escuchó una detonación. La esposa de la víctima se dirigió al estudio y vio el cuerpo tendido en el sofacama, pudo divisar como una pistola calibre 9 milímetros estaba cerca de su mano derecha, propiedad del occiso.

La esposa corrió a la sala principal y telefoneó a los cuerpos de seguridad.

Se presume homicidio.

El levantamiento del cadáver no aportó nuevas pruebas que corroboren que hubo un atacante.

De último minuto la señora Juana García, declaró que a eso de las diez y cuarto minutos se asomó por la ventana de su casa y vio tres hombres que peleaban en el estudio del occiso. Después se desmayó, pero su sobrina de 10 años constató que el hoy occiso era buena persona y le tenían envidia.

Móvil: La envidia

Cerrada la investigación no se pudo atrapar a los responsables quienes no se llevaron nada, no hay muestras de haber forzado la puerta, no hay muestras de alguna lucha previa y el casquillo de la bala detonada salió del arma propiedad del occiso.

Ya habrían transcurrido varios meses cuando se comentó en la redacción que un pueblo sin nombre, cuya única virtud se gestaba en ser el primer hacedor de oro negro, era un spaghetti western. La autoridad era inexistente y solo se respetaba la ley del más fuerte y, en algunas ocasiones, del más astuto. Todo se reflejaba en el índice de criminalidad y la intriga que ocupaba a sus residentes: la muerte de un buen hombre, Cristóbal, El Bueno.

Durante dos semanas solo se oía lo sugestivo que sería llegar al corazón del poblado y escudriñar los acontecimientos que hicieron de una remota zona, acostumbrada a la calma, los espantos de medianoche y las peleas domésticas, la más peligrosa del estado y que día a día repuntaba como una calamidad nacional.

La mañana de un martes frío y sin opciones en que ocupar mi tiempo me aventuré a pedir a mi jefe de información la oportunidad de viajar a la tierra de Cristóbal Pérez Dugarte. La respuesta fue inmediata: te vas mañana y por favor no te dejes matar (sin antes entregar el trabajo).

IV

Dos semanas enteras habían pasado y esa tarde en el desértico pueblo de asesinos ya los medios colmaban la escena. El calor era indescriptible y un olor a chimó y tabaco pululaba por los aires. Con el desacierto de no encontrar nada motivador que llenara la página de sucesos del diario, me fui a uno de los tantos botiquines de la gran avenida Cristóbal Pérez Dugarte.

Al entrar, las putas, los borrachos, los supuestos asesinos (todos eran sospechosos) y claro está, los periodistas ocupaban gran parte del patio central del establecimiento. El olor a chimó y tabaco se desvaneció y en su lugar un olor a pecado inundaba las paredes, los taburetes de piel de vaca, las mesas de madera remendadas por doquier, los vasos de vidrio opaco, las botellas de cerveza y los jamones de plástico guindados en la barra. Todos estábamos mancillados por ese olor que se pegaba al cuerpo y luego circulaba en la cabeza hasta que desaparecía.

Me abrí camino entre la muchedumbre y llegué a la barra. El aquelarre estaba en su punto máximo, todos gritaban que Cristóbal, El Malo; era malo. Algo evidente, por lo menos para los funcionarios que lo señalaban de asesino del que hasta ese momento constaté era su familiar, Cristóbal, El Bueno.

Las indagaciones de bar son más precisas que las que emiten los cuerpos de seguridad. Durante 16 días solo escribí que las indagas estaban próximas a dar resultados y que solo era cuestión de tiempo, con un poco de suerte, para atrapar a quien le vedó el ultimo hálito al ex gobernador Cristóbal Pérez Dugarte, que si bien era El Bueno, nada bueno había hecho.

Como pude me acomodé en la silla de la barra, mi baja estatura y una aventajada barriga me limitaban para ser merecedor de un servicio. Grité durante quince minutos hasta que un hombre se apiadó de mí y demandó al cantinero que por favor me sirvieran algo de beber.

Para agradecer el gesto le invité una cerveza y como pude me zafé de la silla y me acerqué a una mesa cercana, que segundos antes habían abandonado esos periodistas de televisión que se maquillan, se peinan y muerden los labios para que en televisión nacional nos presenten sus peroratas de hechos ajenos a su entendimiento.

El olor se había vigorizado y se escapaba del entendimiento humano, era excelso y mezquino. Mi salvador me correspondió el gesto de la cerveza y lo invité a que me acompañara.

Hablamos de miles de cosas, del pueblo y su mortandad, del periódico en el que trabajaba, donde las miserias humanas se engrandecían, del salario, del hambre, de la paz mundial, de las mises, de las no mises, de la televisión, de la novela, de la cerveza, de la vida, de Cristóbal, El Bueno, y de Cristóbal, El Malo, en fin, el encuentro se desarrolló como lo hacen todas las chácharas de bares.

Dos, tres o cuatro horas habían transcurrido y los abrazos de las putas se hacían más cariñosos, el local estaba menos caldeado y la tranquilidad, a medias, reinaba en todo el patio central, que ahora nos pertenecía.

Luego un silencio nos obligó a vernos la cara. Todo el tiempo de dimes y diretes no nos había dado la oportunidad de detallarnos y, fue allí, que conocí al hombre más triste del mundo. Sus ojos verdes opacos y su peculiar manera de mirar evocaban desierto y penumbra. Sin embargo, me resistía a no calificarlo como un delincuente más, que, junto a mí, se lamentaba en un botiquín de mala muerte de la gran avenida Cristóbal Pérez Dugarte.

En un respiro, una risa y un trago nos presentamos al unísono.

Soy periodista y estoy buscando a Cristóbal, El Malo.

Soy Cristóbal, El Malo, y me encontraste.

V

La familia Pérez Dugarte llegó a las tierras sin nombre en la búsqueda de una salida a la miseria que reinaba en sus hogares. Trabajadores de la tierra se instauraron en una planicie, la cual a punta de jornadas inhumanas lograron comprar. Juan Pérez, ex guerrillero y Dorotea Dugarte, enfermera de oficio, trajeron consigo dos niños a quienes todos conocían como los niños, pues fue hasta que tuvieron 10 años que decidieron bautizarlos.

Los registros de la familia se pierden con el bautizo de sus hijos. En una pila a orillas de la quebrada que bordeaba la planicie, un misionero franciscano, liberó del pecado original a los dos niños. El primero, con el nombre de Cristóbal José y, el segundo, con el nombre de Cristo Redentor, por una marca en su antebrazo derecho en forma cruz.

Con el tiempo todo el pueblo reconocía a los niños como los Cristos, uno ordenado, cabal y pronto a ayudar a su coterráneos y, el otro, mal hablado, peleador callejero y con una furia descomunal que aterraba. Los Cristos asistieron a la misma escuela, única en el pueblo, que era regentada por las hermanas de la Santísima Trinidad, monjas crueles y devotas de un Dios Todopoderoso que asumían se comunicaba con ellas a través del arroz que comían y que cultivaban con esmero para que no fuese tocado por manos pecadoras (todos en el pueblo pecaban).

La escuela de las hermanas de la Santísima Trinidad se ubicaba en el parte oeste del pueblo, lo que hoy es la Gran Avenida Cristóbal Pérez Dugarte, y tenía como característica la presencia de un inmenso Cristo de madera encaramado en la entrada principal, curiosamente, hoy permanece en el mismo sitio, pero rodeado de luces de navidad y con un letrero de dimensiones modestas que invita a conocer el paraíso en las piernas y brazos de mujeres sin conciencia: Bienvenidos al Bar el Pecado Original.

Desde que los niños llegaron a la escuela se conocía de antemano quien prosperaría y quien no. Las diferencia entre los Cristo era insondable. Y fue una tarde en la clase de castellano, que la hermana Soledad, agotada de los artilugios de los estudiantes, los conminó a salir del salón y, en pleno patio central, los arrodilló sobre maíz y les hizo cargar dos piedras en cada mano para que así pagaran sus culpas.

El castigo no fue bien visto por los padres y menos por los Cristo. Durante las semanas siguientes el caos se apoderó de la escuela, asolaron la ermita de la Virgen que a diario era el confesionario de las monjas e irrumpieron en la sala de música, que solo poseía un cuatro y unas maracas, destruyendo todo a su paso.

Ante la ola obscena que se arraigaba en el recinto, se decidió dar de baja al promotor de la reyerta. La plaza Mayor sirvió de escenario para que en frente del pueblo reunido se gestara el dictamen más infame en la historia del pueblo:

Se niega el ingreso a la escuela y la permanencia en los alrededores al joven causante de actos que van en contra de Dios y que generaron destrozos, además de profanar el cuerpo de las monjas levantando sus hábitos y profiriendo escabrosas muecas, hasta hoy desconocidas por las Santas Hermanas, el joven Cristóbal José Pérez Dugarte, está expulsado.

Todos aplaudieron la decisión con la misma intensidad que 20 años después lo hicieran cuando se recibía al gobernador del Estado, en visita oficial a su pueblo natal. Bienvenido excelso gobernador Cristóbal José Pérez Dugarte a la tierra que lo vio progresar.

VI

Dos días después de aquel encuentro en el botiquín regresé al periódico. Una crónica detallada sobre la muerte del ex gobernador me erigió como uno de los prolíferos periodistas de sucesos y arrancó el aplauso de mis colegas que con los labios llenos de envidia no entendía cómo podía estar tan bien informado sobre un hecho que nadie vio.

Un título a cinco columnas y en letras rojas presentaba la exclusiva: Asesinado Cristóbal, El Bueno, luego de darle muerte a su hermano el exgobernador Cristóbal José Pérez Dugarte, El Malo.

Las críticas no se hicieron esperar y una demanda millonaria, por parte del Estado, se dilucidó con mi despido días después. Mi carrera como periodista de sucesos culminó con mi mejor reportaje.

Hoy navego entre las páginas de sociales, soy el esperado periodista de matrimonios, quince años, bautizos y bendiciones de casas y libros. Sigo bebiendo con más entereza que antes y pronto estaré en el casamiento de la viuda de Juan Francisco de las Casas Itriago, asesinado por envidia con su arma accionada con su mano derecha durante una noche de licor y cuyos perpetradores serán capturados mediante investigaciones sigilosas y claro está, con algo de suerte.

Algunas veces pienso en el botiquín de la Gran Avenida Cristóbal Pérez Dugarte y recuerdo al hombre más triste del mundo con sus ojos verdes opacos y su peculiar manera de mirar que evocaba desierto y penumbra. Ya no lo veo como un delincuente más, que, junto a mí, se lamentaba en ese sitio concurrido por esas gentes de la mala vida y que curiosamente sigue atestado de periodistas.

Recuerdo nuestra presentación, al unísono y, esas palabras que retumbarán en mi mente día a día, soy Cristóbal, el Malo, ya me encontraste. Después no recuerdo nada, pues caí desmayado viendo el techo de aquel bar de mala muerte y soñé que Cristóbal, el Bueno, era el Malo y que Cristóbal, El Malo, era Bueno.

Gajes del oficio.

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Canto americano de las desigualdades

Por Jordán Rodríguez. Chile es uno más, en los últimos meses hemos visto arder Quito, Lima, La Paz, como olvidar el caso Venezuela y hasta Beirut

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Por Jordán Rodríguez

Ha pasado una semana desde el viernes 18 de octubre, justo un mes después de la celebración chilena de su fiesta de independencia. Han sido cientos de miles las personas que comenzaron por “evadir” los torniquetes del metro, ante un incremento de 30 pesos que muchos aseguran no pueden pagar, los que se han mantenido en las calles dejando salir una rabia que tenían contenida desde la época de la llamada “concertación”.

Por el Chile post dictadura militar, han desfilado gobiernos de derecha e izquierda y el gran resumen es que el progreso mostrado por las cifras macroeconómicas no tienen reflejo en la cotidianidad de esos que ahora piden cambios estructurales. 

En los medios se habla de “millones de personas” protestando pacíficamente y de un grupo de tal vez mil violentos e intolerantes que para algunos, en preacuerdo con las propias estructuras del Estado van  destruyendo y robando todo lo que pueden con el objetivo de justificar la militarización de las calles, bajo el conocido concepto de la “terapia de Shock” bien usada por el Presidente Piñera.

Hasta este punto y más allá de las imágenes de multitudinarias manifestaciones, enfrentamientos, 18 muertos que incluyen a un niño de 4 años y las denuncias de “crucifixiones de detenidos”, todo se mantiene bajo el manto de la verdad a medias de los medios y de los sesgos propios de las visiones particulares enjauladas por rejas de fanatismo proyectada en redes sociales.

Pero lo que se puede sentir es el malestar, escuchar relatos como el del conductor de autobús que aseguró “Tengo dos cánceres, trabajo con pañales y me pregunto si Piñera está viendo esto como presidente o como empresario”, dicen mucho del desgaste de los viejos modelos y discursos que no responden a los sentimientos y aspiraciones de una población que se siente agotada de no “poder llegar a fin de mes”.

Chile decía el Presidente a sólo unos días era un “oasis en la región”, pero al parecer dicho oasis no era más que un espejismo. Afirmaciones como esta o como la de “estamos en guerra”, sólo han servido para enardecer aún más el ánimo de los manifestantes que se burlan de la activación del toque de queda y que siguen pidiendo no solo la renuncia del Jefe de Estado, sino que plantean hechos más contundentes como, por ejemplo, una Asamblea Nacional Constituyente y la redacción de una nueva constitución nacional.

Chile es uno más, en los últimos meses hemos visto arder Quito, Lima, La Paz, como olvidar el caso Venezuela y hasta Beirut; pero lo lamentable en este punto es ser testigos de la sordera selectiva de aquellos que deberían convocar a soluciones nacidas del clamor colectivo usando la represión como única forma de gobernar. Todo Gobierno que enfrenta a miles de ciudadanos en las calles pidiendo su renuncia, debería ser capaz de comprender su fracaso y dar un paso al costado.

Sería maravilloso que los gobernantes del continente entendieran que las épicas sublimes calcadas de la historia antigua no surten efecto en oídos millennials. El “hombre nuevo” al parecer por fin nació y nació para reclamar oportunidades, esperanza, futuro, alegría, libertades, salud y educación y sin ánimos de parecer anarquista, le importa muy poco si el Estado que sea capaz de brindarle eso sea de derecha o de izquierda. Los manifestantes de cualquier parte están gritando “queremos que se vayan todos”, dejando claro un sentimiento que podría terminar por una ola de anarquía total o por el surgimiento de nuevos “mesías”, dios libre a la región de un Hitler del Siglo XXI, pero es una posibilidad.

La buena noticias es que, por ejemplo, según estudios publicados este viernes por la agencia “Stat Knows” el sentimiento que mayormente identifica a los manifestantes chilenos es el de la esperanza, con más del 58% dentro de opciones que plantean la rabia, confusión y alegría y uno podría preguntarse ¿esperanza? Pero resulta que si, la esperanza se basa en el hecho de que por primera vez en mucho tiempo los que se sienten desprotegidos en medio del “oasis” están abriendo los titulares de la prensa, han obligado a la clase política a pedir disculpas y la llevaron a plantearse debates que llevaban años engavetados como los de la reducción de la jornada laboral.

Esto apenas comienza y comienza no sólo para Chile, sino para toda la región, una Suramérica tan rica que tiene a millones pasando hambre y recorriendo sus fronteras para poder sobrevivir, un continente lleno de políticos sin mayor ética que la que marca sus cuentas en paraísos fiscales, de represores que usando brazaletes azules o rojos disparan por igual contra el pueblo cada vez que este levanta la voz en su contra.  Es contra ellos contra quienes los pueblos, hoy más conscientes y despiertos que nunca marchan, se aglomeran y manifiestan.

América latina parece estar comprendiendo que ni desde la derecha neoliberal que busca solucionar las desigualdades del mercado con más mercado, ni desde las izquierdas populistas que se enamoran del poder y no son capaces de soltarlo aunque su pueblo se los grite en la cara cada día, lograremos consolidar una mejor repartición de la riqueza manifestada en empleos y salarios dignos, educación para nuestros hijos y salud para nuestros abuelos.

Llegó la hora y la gente lo sabe, los políticos lo saben, el cansancio es imposible de ocultar y acá la pregunta es saber si se está del lado de los opresores o de los oprimidos, más allá del resultado estas imágenes, gritos, llantos y cantos quedarán en nuestro ADN y el cambio en algún momento ha de llegar.

Periodista Jordán Rodríguez Expresidente de VTV-Corresponsal de Telesur para Haití y Libia. 

Fotos: Lixus Sur

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