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Un día

Ya no tengo frío, ni calor. Y no importan los colores con nombres rimbombantes, he desaparecido, estoy tirado viendo como lloran los hipócritas y como ríen los verdaderos amigos.

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La luz tenue llego a mi cuarto. Las llamadas cesaron, los mensajes de optimismo colapsaron. Las sonrisas se opacaron. El roce cesó por fin y en un segundo me despedí de algo o de alguien que ya no era yo.

Hoy me llevan en un sarcófago color azucena con brisas de mediodía de invierno. Hoy nada tiene explicación, ni el color azucena ni las putas brisas de mediodía de invierno en un país donde llueve o hace calor y muchos viajan en verano, invierno, primavera y otoño sin saber que todo es lo mismo o peor.

Ya no tengo frío, ni calor. Y no importan los colores con nombres rimbombantes, he desaparecido, estoy tirado viendo como lloran los hipócritas y como ríen los verdaderos amigos.

He muerto

I

Luego de seis horas en un consultorio otra vez llegó a mí, ella, la mujer que no me desea pero me tiene, la que no me quiere pero me acerca, ella, mi amor eterno y mi sacrificio, la razón por la cual nunca me he rendido.

Salió del consultorio junto a mi médico, sonriente, distinguida y sensual, porque ella, la mujer que me atrapa, es sensual, sexual, pornográfica e indigna. Se mete dentro de mí y toca cada centímetro para luego salir a jactarse diciendo que ella sí sabe cómo hacerme llorar.

Luego nos perdonamos, ella por la imprudencia y yo por no poder sujetarme de quien me ama pero no sé cuánto. La veo salir de mi cuarto y dirigirse al baño. La ausculto. La espalda, las nalgas, las piernas, los tobillos y siento que me enamoro otra vez, en otra época, con otras manías, con menos fuerza, pero me enamoro igual.

En mi mente llegan los recuerdos de cartones en parques, de caminatas incesantes para no dormir, de cigarros, de licor, de otras putas que me cobijaron el corazón pero no la esencia y siento que ella, siempre ausente y presente me observaba como diciéndome con palabras truculentas: sigue, que aquí te espero.

Hoy no tengo sed, ni respiro el aire puro de una montaña mágica. Y no importa cuánto he hecho pues a nadie le importa, a mí no me importa y a ella menos le importa mientras besa mis labios ensangrentados y me levanta de la poceta donde vomito a diario sin ver a ningún conocido.

Estoy desapareciendo.

II

En las mañanas tengo sed y en las noches siento que me ahogo en lagunas grises de mierda. En la tardes duermo y en las medias tardes camino para disipar el dolor que me hace arrodillar y pedir perdón.

A ella le gusta verme pedir perdón

Siempre regreso de caminar exhausto y acabado pero sonriente. Nada me quitará la alegría que tengo, pues ella está allí, cerca, junto a mi corazón, indigna y más puta como siempre me ha gustado, tocándome de adentro hacia afuera, logrando sacar lágrimas y molesta cuando sonrió para decirle que me gusta el sabor a sangre, las cosquillas en el estómago y el dolor profuso de sus caricias.

Algunas noches no me visita y la extraño mientras escribo. Algunas noches está ausente y la extraño mientras me afeito. Algunas noches no me visita y la recuerdo en nombres de mujeres que son mi pasado oscuro y negligente. Algunas noches no me visita y puedo insultarla una vez más sin sonidos, gritarla con las manos, despreciarla con suspiros y maniatarla tomándome el pecho y respirando profundo para que no regrese.

En esta oportunidad no recuerdo como llegó pero nunca olvidaré cómo se va a ir o como nos iremos juntos como siempre hemos debido estar. Pretendo caminar tomado de su mano y rozarla con mis dedos para que se sienta coqueta y frágil con mi cercanía.

Ya los mensajes no llegan. Siento el vacío.

Hoy no escucho nada. No digo palabra alguna. Y no importa cuanto he hablado y escrito ahora todo desaparece y me marca la piel los recuerdos. Dónde estás, dónde estás, dónde estoy.

Ya estoy de rodillas.

III

Una luz se enciende en mi cuarto. Ya no estoy desprolijo. Es el amor, el de ella, creo. Los mensajes de optimismo colapsan mi cabeza. Las sonrisas ahora me acompañan y el roce deseado por fin llegó y en un segundo no morí como creía y como creían.

Hoy me llevan vestido de traje acompañado por azucenas y todo tiene explicación.

Ya no tengo frío, ni calor. Y reconozco los colores y sabores. Quiero morir, quiero vivir, quiero respirar, quiero continuar mientras los veo a todos muertos, desapareciendo, de rodillas y cerca muy cerca de mí.

Y ella y yo, hemos vivido, juntos, con peleas, pero vivos.

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1 Comentario

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  1. Amaranta Fernandez

    11 septiembre, 2019 at 3:03 am

    Me gustó. Espero cada domingo para leer los cuentos. No dejen de hacerlo.

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Sueño

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El ventilador de techo no dejaba de sonar y el sopor dado por el calor limitaba los pensamientos. Yo estaba ahí sentado en una de esas sillas roídas por el tiempo que aún se mantienen activas en el Seguro Social, esperaba mi sexta dosis de pastillas para levantarme y mi palmada en la espalda necesaria para seguir la pelea de pie y no caer arrodillado ante el pesimismo.

El trinar de los pajaritos me deleito y  empecé por memoria motriz a buscar mis cigarrillos en los bolsillos, luego de un extenuante y hasta desesperado cateo a todo mi deplorare ser recordé que ya no fumaba y odié.

Cuando salí, una fresca brisa me alegro la cara y una sensación de tranquilidad me hizo temblar desde los talones hasta la nuca. “Nunca me sentí tan feliz” y fue allí, donde empezó todo.

Mi periplo por el odio empezó en agosto. Siempre lo considere un mes de vacaciones y sonrisas pero este agosto, este en el que comencé a odiar era mes de deslealtades y por eso me pareció una fecha propicia para dar rienda suelta a todo mi veneno, después me di cuenta que no era solo ese mes sino los once restantes también.

Caminé desde el Seguro Social hasta la casa de mi madre. Fueron 12 kilómetros de odio puro contra los transportistas, sus familias, sus amigos, sus mascotas, sus amantes y sus vidas. En el recorrido también iba odiando las más mínimas situaciones que se puedan imaginar.

En los primeros metros ya el sol me estaba calcinando, y allí odié ser calvo y por supuesto el sol. Además odié el no tener un sombrero y recordé aquel vendedor ambulante que no me hizo la rebaja justa, si eso no hubiera ocurrido tendría mi sombrero y una situación menos que odiar, pero no fue, así que lo odie con toda su mercancía en un carrito de supermercado y su sombrero caleño que ostentaba con vanidad. También odié los perros que lo seguían y la manera de tomar agua o licor (miche claro) pero además lo odié mientras lo veía borracho tirado en el piso regalando los sombreros que para mí no tenían rebaja.

Odié además mi economía pero ese es otro tiempo de odiar que después cuente.

A mitad del primer kilómetro el sol se escondió y la amenaza de lluvia me hizo odiarla. Un frío desesperante se apoderó de mí y mi escuálida chaqueta no me daba el calor necesario, así que odié la chaqueta, el frio, y además una quebrada que iba creciendo y socavando las viviendas cercanas. Odié a la gente correr para no mojarse y odié más a quienes estaban preparados con paraguas e impermeables y sonreían al verme pasar, calvo, mojado, sin cigarrillos y por qué no recordarlo sin el sombrero que no me vendieron, ese del que hable, el de la rebaja, el del borracho que ya odié en el párrafo anterior, espero que lo entienda porque si no ya sabrán que pasará.

La lluvia me empapo y odié que no mojara mis cigarros, pues ya no fumo así que no tenía cigarros. Al pasar por uno de los charcos que se formaron por la intempestiva lluvia resbalé y caí con todo el peso de mi humanidad y odié caerme y mojarme más de lo que ya estaba. También recordé que mi caída se debía a mis tiempos de juegos donde no paraba de patear un balón y odié esa época de risas y encantos. Odié que para esa período tenia cabello y no me  veía interesante como ahora y me odié en el presente porque siendo calvo de interesante no tengo nada o eso me lo han hecho saber.

Desde el piso algunas personas trataron de ayudarme y los odié por ser diferentes a mí. Yo estaría riendo a carcajadas y jamás me pasaría por la mente ayudar a nadie. Odié mi manera de ser y por más que quise sonreír por mi situación me odié por incapaz de levantarme y de no alegrarme.

Ya de pie unos perros me siguieron y los odié. Dicen que me estaban cuidando y les informé que era demasiado tarde y bueno como no hablan sino ladran, los odié porque no me entendían o porque seguramente estaban en una especie de complot contra los humanos y que pronto se rebelarían y acabarían con la raza humana para apoderarse del mundo, de este mundo tuyo y mío y al cual también odio. Los odie por inteligentes y pacientes para destruirnos a todos. No dudo que cuando la invasión canina llegue dirán: vamos por ese pelón al que no le vendieron el sombrero, ese borracho de la plaza, y que ahora camina más de 12 kilómetros para llegar a casa de su mamá odiando a todos. Y ladraran puritico odio contra mí y también los odiaré por eso.

Ya iba a mitad de camino y odié ir tan rápido.

La lluvia amainó y el sol comenzó a tener protagonismo entre las gotas de agua que hay en la atmósfera para crear así un hermoso arcoíris y mi repulsión llego al clímax, odié saber cómo se formaba el arcoíris y lo hermoso que se veía en el cielo de mi tierra. Corrí despavorido sin dejar de ver donde terminaba el arcoíris y recordé que mi madre me decía que al final hay una gran olla con monedas de oro esperándome, claro, custodiada por un duende de barba pelirroja. En mi carrera odié el arcoíris, la olla de monedas de oro y por supuesto al duende, pero igual no dejaba de correr y llegué.

Odié mi carrera y la no existencia de olla con monedas y duendes. Odié los cuentos y seguí mi camino, más cansado, más mojado, con más calor y aún con las pastillas en todo mi cuerpo moviéndose como serpientes. Odié recordarme, odié las pastillas y odié por que empecé este agosto a odiar.

Ya llegando a casa.

En la cercanía de casa de mi madre odié que el camino estuviera acabando y odié mi recorrido tan rápido, odié la lluvia, odié el sol y en medio de mi odio paso el vendedor de sombreros, el borracho que no me da rebajas. Lo llamé, lo interpelé y lo conminé a que me vendiera un sombrero para cubrir mi calva del sol y la lluvia, le explique con odio que lo necesitaba, lo amenace para que supiera que en esta oportunidad tendría mi sombrero.

Me lo vendió con rebaja incluida además me brindó un trago de miche claro y me dio una palmada en la espalda mientras me sonreía y se despedía diciendo que volvería con más sombreros que los calvos siempre necesitan.

Al verlo partir, no lo odié. Solo sonreí y desperté.

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David se despide

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Menos mal que era domingo de Ramos y que la espiritualidad colmaba toda la casa. Siete años postrados en una cama por una extraña enfermedad no lo dejaba continuar su vida de putañero, borracho y camorrista.

Durante su juventud era el tesoro más codiciado del pueblo. Su energía superaba la de muchos que sólo se conformaban con una vida a la sombra de aquel que con dulces palabras tenía a sus pies a las mujeres.

Menos mal que ya eran las 9 de mañana y todos en la casa estaban en las calles con ramos esperando la llegada del Dios que todo lo perdona y todo lo sabe. Las oraciones y golpes de pecho se sentían tan cerca que dudo que los grandes portones de la vivienda estuvieran cerrados.

Los accesos a la casa eran dos. El principal que llevaba hasta la sala de estar donde alcaldes, concejales e ilustres hombres de la región pasaban sus largos días de verano con agua e´ panela fría en sus manos, la segunda entrada, era su puerta secreta. El camino de no más de veinte pasos que llegaba a su alcoba, la cual estaba acondicionada de manera que nada se escuchara en las noches de pasión furtiva que a diario disfrutaba con alguna mujer del pueblo. Era tal la discreción que nadie podría ver quien entraba y quien salía, sin importar la hora.

Menos mal que sentía como se le escapaba el alma de su cuerpo y que el miedo se había disipado. Sólo una vez sintió la llegada del pavor a su organismo. Una mujer hermosa, llegada de la nada, en una de sus madrugadas de parranda lo invito a probar su cuerpo y  sentir la esencia jamás antes sentida. Pese a que todos le recomendaron no hacerlo, su afán de hombre despreocupado y su carácter egocéntrico no asumieron el peligro que minutos más tarde padecería. Salió del bar con ínfulas de triunfador y tomando el camino más cercano a su casa, se perdió entre la bruma que sucumbía al pueblo para la época. Sintió unas manos que lo tomaban dejándolo vulnerable. Luego los besos acecharon su espacio y palideció al ver a la mujer extraña convirtiéndose en una abominable criatura que le exigía su cuerpo para apoderarse de su alma. Menos mal que era Semana Santa y el ramo de la misa de la madrugada alejo a la espectral aparición.

Menos mal que pudo levantarse.

Dos días antes del Domingo de Ramos se había negado a tomar sus pastillas, por ello, tenía la fuerza y voluntad de llegar al estar de la casa a disfrutar de las calles que una vez temblaron, lloraron y disfrutaron su presencia. Sus acciones lo habían convertido en un hombre de exageradas convicciones políticas que durante años disfrutó, no como representante de los pueblos, sino como el poder detrás del poder. De allí, que no era extraño ver a aquellos que detentaban cargos del gobierno en su casa tomando su agua e´ panela o en la celebraciones más importantes aguardiente.

Menos mal que ya había vivido lo suficiente como para aceptar la realidad que se acercaba día tras día. Se aproximó a la ventana más imponente de la sala y se dejó ver por la procesión que recorría el pueblo. Pese a las plegarías y las lágrimas nadie dudo en saludarlo. Su apariencia era la marca inefable de los años acumulados por la vejez y su brazo, que una vez estremeció la crisma de hombres que no compartían sus decisiones, ahora temblaba y no fomentaba el terror de los años de fortuna de los conservadores sobre los liberales.

Se derrumbó. Y creyó ver la película de su vida ante sus ojos. Oyó gritos en la calle pero nada lo hacía salir de su letargo. Un nombre apaciguó el desorden en la procesión de las palmas. David, David, ya es hora de irte.

Menos mal que era Semana Santa y Domingo de Ramos, pues el mismo Dios le dio la bienvenida, no al cielo, sino a un lugar mejor donde ya podría caminar, disfrutar y vivir como siempre lo hizo.

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Luto

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I Preámbulo

No tuve el valor de acercarme al féretro que ahora acogía al viejo que me cuido, me alimentó y me envolvió en charlas inagotables que desprendían en mí esa necesidad de convenir lo que aún me hacía falta.

La noche anterior fue tan oscura y larga que solo me dedique a fumar y observar por la ventana los recuerdos de una época que acuñé en mi corazón y nunca dejaré ir.

Lloré como único subterfugio.

II Recuerdos

Contemplar la casa de Gerardo Gómez, El Viejo, era una suerte de enredos que tenían un control indescifrable. Bastaba con llegar para sentir el aroma indefinible que amainaba la vorágine de desamparo en aquellos tiempos turbulentos que disfrace de licor y cigarros.

Siempre escuchábamos algo perturbador, era como si estuviéramos confesando en rimas ajenas la precariedad de un futuro incierto, el mío, aún titila como un perfecto enredo de pasiones envueltas en mujeres, humo y algunos tragos de ron que mancillan una vez más los recuerdos de la casa, la del jardín amazónico, la del patio trasero de almas en pena, la de gritos y ruidos en la cocina, la de espantos ocultos en el estacionamiento que hicieron que más de una vez cerráramos las puertas como si tratará de seres perceptibles.

Era lúgubre aquella casa que Gerardo, El Viejo, había tomado como escondite para librar batallas que solo él entendía y que solo él descifraba y que nosotros, intrusos, violentábamos noche tras noche con hilaridades, desagravios, ataques oportunos al corazón y daños imperceptibles al ego, la vanidad y el pudor.

Lloré en la casa de Gerardo, El Viejo, incontables noches, contaminé su aire, probé su comida, vi su televisión, comenté trivialidades y me perdí embotado por el alcohol, en sus cuartos, su cocina, su baño, su sala, su jardín de niño explorador, su patio trasero de miedo y apariciones y su camioneta que guardó los secretos de todos y sirvió de medio para convencer alguna que otra quimérica mujer de ser cómplice de nuestro secreto más conocido: éramos unos salvajes.

III El miedo

Amaneció y me descubrí inerte frente a la ventana. Lloré una vez más sin disimulos, sentí que una parte de mis querencias me abandonaba y me derrumbé en los recuerdos que me hacían falta, en las palabras que no dije, en la sonrisas que no exprese, en los abrazos que me negué a dar, en la despedida que nunca tuve la oportunidad de pronunciar, en la apatía del agradecimiento, en la miseria que fomento cuando solo me voy y trato de no regresar.

El momento se hacía cada vez más cercano y busqué la excusa para no asistir, para negarme a despedirme, para mantenerme lejano de un ritual que ya me acostumbre a padecer en cuerpos y ojos extraños.

Tuve miedo y llore una vez más para enfrentarme al capítulo final de mi recuerdo, para no deambular, el miedo me abrazo y no me dejaba actuar, el valor, las ínfulas, el desacato a la realidad de la vida me obligó a repetir palabras inentendibles para segregar el resentimiento que recorrió mi cuerpo, no estaba conforme con esta separación, no podía ser cierta, todo era un mal sueño que se repetía en mi cabeza y del que pronto despertaría.

Y fue allí, en mis miserias, que recordé la casa que durante un periodo tomé como mía. Evoque lo sencillo que era perderme dentro de ella cuando el mundo real inexcusablemente me arropaba y me hacía dilapidar el hálito que el Dios de Spinoza me regalo.

IV La casa

Es inevitable hablar de la casa del Negro, quisiera no decir demasiado, pues dentro de ella se esconden los pecados y secretos de muchos de nosotros. Algunas paredes, algunas ventanas, algunas camas, algunas sillas, algunas fotos, claro ninguna como la de su hermana Isabel, amante de mis sueños y prisionera de mis deseos, en fin todo un complemento de cosas fútiles que construyen la alegre vida de Gerardo y su padre.

No quisiera repetir lo mismo, pero es que la foto de Isabel es la más imponente de todas, recuerdo que cuando la veía podía pasar segundos, minutos y horas contemplándola y sentirme tan bien, tan vivo, tan increíblemente completo.

Existen tres cuartos, uno, el del papá. Intocable para nosotros, es como el santuario, nadie pasa, sólo se mira desde lejos como un tesoro inalcanzable, mientras la fiesta esta en efervescencia ese cuarto permanece incólume, ajeno, pulcro, incoloro e inodoro a nuestros más recónditos deseos, que por lo general no son los más puritanos. Luego el cuarto de los corotos, hay de todo, sólo lo vemos al pasar, nadie, pese a que es oscuro y tenue se adentra hasta él, pues no amerita ningún control y lo que es fácil no se desea. Por último, el cuarto del Negro. No sé si será cuarto, cueva, pocilga, cambuche, terreno, invasión, hueco, antro pero es donde siempre nos quedamos. Su característica esencial, es que se duerme donde se caiga. No hay compromisos a priori, ni subterfugios a nuevos invitados y mucho menos privacidad de ningún tipo. Donde la borrachera te dejo ahí quedas y si te descuidas, pues pierdes. Por eso es que nunca hay que estar lo suficientemente sobrio para ver lo que pasa y lo suficientemente borracho para no saber lo que te paso.

Hay una peculiaridad, siempre que voy veo dos camisas colgadas en el techo, cubiertas de telarañas y algo de polvo, no sé por qué están ahí, pero es tan inexplicable como la vida misma del Negro, el caso es que están ahí ausentes y presentes cada vez que abrimos los ojos y divisamos el techo. Luego el closet, algo de papeles, algo de ropa colgada y casi toda en el piso, en un montón bien distribuido, primero los pantalones, luego las camisas y luego los interiores, no importa el orden ahí están y eso es lo que interesa. Claro no se pueden olvidar las cremas rejuvenecedores que posee el susodicho, veinte en total, para cada parte de su negro cuerpo. No sé por qué las utiliza siempre sale negro e igual.

Luego el baño, el de todos los que visitamos con regularidad, una poceta, un lavamanos, una regadera y un AXE, el cual todos en esos momentos donde el tiempo es oro y no nos podemos bañar rociamos en nuestros harapos y nuestras miserias para sentirnos bien con un colectivo que se niega a aceptar que cuando hay cerveza las normas higiénicas necesarias pasan a un segundo plano. Luego al salir del baño te encuentras la sala y al lado derecho la cocina, claro en el centro de todo el televisor, el DVD y encima una repisa que presenta como una diva hermosa e intrigante la foto de Isabel (no sé por qué me gusta tanto la foto) bueno, ahí está la foto de Isabel, es que me gusta repetirlo, la foto de Isabel, bella, con una sonrisa esplendida, vestida de negro, su cabello largo. La foto de Isabel ilumina la sala y todo. No importa que no haya luz con la foto de Isabel todo es claridad, creo que deje por sentado que me gusta mucho la foto de Isabel.

Sigamos.

La sala está compuesta de tres muebles de mimbre, uno de dos puestos y los otros individuales, una mesa de cuatro puestos, una mesa de planchar, una rinconera, la mesa de la computadora, dos repisas, cd, cables, muchos cables y conexiones increíbles que hacen que la alta tecnología parezca un juego de niños, dos ventanas, dos bombillos, dos cuadros, uno con un paisaje que el papa del Negro retocó con afanes de artista y por su puesto la puerta principal y una segunda puerta que nunca he visto abierta que va hacía el solar, donde la mascota vive, sobrevive, y prepara a diario su mercancía para salir a vender como buhonero, pues es la única forma que tiene de evitar comerse el pasto que crece y alguna que otra vez los cauchos y muebles de la camioneta que se mantiene inerte y fría al fondo del hogar.

Luego la cocina, es esplendida pues la comida del Papá del Negro es increíble, todo lo que nos prepara nos lo comemos, a veces pienso que después de una resaca y con el hambre que come las entrañas cualquier cosa es exquisita, pero no, la comida es buena y claro el viejo (gocho por cierto) hace de algunas legumbres un exquisito platillo que deslumbra el paladar.

La casa es indescriptible, pese a las palabras que se puedan decir y escribir no hay nada que se le parezca, es única, porque él está ahí, Gerardo el Viejo.

V La despedida

La noche llegó sobre mis hombros. La tristeza me amenazaba otra vez y fumé mientras trataba de hablar de otros temas con otras gentes, esas que conocía pero no recordaba, esas con quienes no dudo sonreí y comenté secretos, esas que una vez quise con el alma pero que silenciosamente fueron saliendo de mi cabeza enferma para no cambiar.

Hablamos del pasado y del presente y de un futuro que entrelíneas me comentaban sería en tierras lejanas donde ya no los vería, donde serían desconocidos para mí y yo para ellos, donde ser valiente no bastaba, donde serían eso que siempre fueron.

Cada tanto miraba por encima de todos el féretro y recordaba las palabras con las cuales hablaba con Gerardo el Viejo, solo una mueca se dibujaba en mi rostro mientras el cajón marrón y las flores turquesa me conminaban a acercarme para de una vez por todas cerrar mi ciclo y arrancarme un pedazo de corazón y dejárselo para que fuera compañía en ese lugar donde supongo debe estar, ese lugar que me cuenta mi madre que todos reímos y estamos tranquilos. 

Conté catorce pasos. Aún con la cabeza en dirección al  piso de granito llegue hasta el féretro y por fin lo vi. Sonreí y me despedí como en esos años de locura que me guarnecí en la casa de Gerardo Gómez, El Viejo.

Lloré como único subterfugio.

VI Epílogo

.- ¿Cuánto tiempo viviste aquí?

.- Ocho años y tres meses

.- ¿Qué piensas hacer allá en la tierrita?

.- No morirme, espero.

.- Es fácil morirse donde uno quiere

.- Pero aun no quiero.

.- Bueno. No te mueras todavía

.- Lo haré. Es una promesa que hago con esta cerveza en la mano.

.- ¡Yo no puedo prometer lo mismo!

.- ¡Voy a estar ahí cuando le toque!

.- Eso si lo sé. Es bueno no irse solo.

.- ¡Voy a estar ahí cuando le toque…!

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