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I Preámbulo

No tuve el valor de acercarme al féretro que ahora acogía al viejo que me cuido, me alimentó y me envolvió en charlas inagotables que desprendían en mí esa necesidad de convenir lo que aún me hacía falta.

La noche anterior fue tan oscura y larga que solo me dedique a fumar y observar por la ventana los recuerdos de una época que acuñé en mi corazón y nunca dejaré ir.

Lloré como único subterfugio.

II Recuerdos

Contemplar la casa de Gerardo Gómez, El Viejo, era una suerte de enredos que tenían un control indescifrable. Bastaba con llegar para sentir el aroma indefinible que amainaba la vorágine de desamparo en aquellos tiempos turbulentos que disfrace de licor y cigarros.

Siempre escuchábamos algo perturbador, era como si estuviéramos confesando en rimas ajenas la precariedad de un futuro incierto, el mío, aún titila como un perfecto enredo de pasiones envueltas en mujeres, humo y algunos tragos de ron que mancillan una vez más los recuerdos de la casa, la del jardín amazónico, la del patio trasero de almas en pena, la de gritos y ruidos en la cocina, la de espantos ocultos en el estacionamiento que hicieron que más de una vez cerráramos las puertas como si tratará de seres perceptibles.

Era lúgubre aquella casa que Gerardo, El Viejo, había tomado como escondite para librar batallas que solo él entendía y que solo él descifraba y que nosotros, intrusos, violentábamos noche tras noche con hilaridades, desagravios, ataques oportunos al corazón y daños imperceptibles al ego, la vanidad y el pudor.

Lloré en la casa de Gerardo, El Viejo, incontables noches, contaminé su aire, probé su comida, vi su televisión, comenté trivialidades y me perdí embotado por el alcohol, en sus cuartos, su cocina, su baño, su sala, su jardín de niño explorador, su patio trasero de miedo y apariciones y su camioneta que guardó los secretos de todos y sirvió de medio para convencer alguna que otra quimérica mujer de ser cómplice de nuestro secreto más conocido: éramos unos salvajes.

III El miedo

Amaneció y me descubrí inerte frente a la ventana. Lloré una vez más sin disimulos, sentí que una parte de mis querencias me abandonaba y me derrumbé en los recuerdos que me hacían falta, en las palabras que no dije, en la sonrisas que no exprese, en los abrazos que me negué a dar, en la despedida que nunca tuve la oportunidad de pronunciar, en la apatía del agradecimiento, en la miseria que fomento cuando solo me voy y trato de no regresar.

El momento se hacía cada vez más cercano y busqué la excusa para no asistir, para negarme a despedirme, para mantenerme lejano de un ritual que ya me acostumbre a padecer en cuerpos y ojos extraños.

Tuve miedo y llore una vez más para enfrentarme al capítulo final de mi recuerdo, para no deambular, el miedo me abrazo y no me dejaba actuar, el valor, las ínfulas, el desacato a la realidad de la vida me obligó a repetir palabras inentendibles para segregar el resentimiento que recorrió mi cuerpo, no estaba conforme con esta separación, no podía ser cierta, todo era un mal sueño que se repetía en mi cabeza y del que pronto despertaría.

Y fue allí, en mis miserias, que recordé la casa que durante un periodo tomé como mía. Evoque lo sencillo que era perderme dentro de ella cuando el mundo real inexcusablemente me arropaba y me hacía dilapidar el hálito que el Dios de Spinoza me regalo.

IV La casa

Es inevitable hablar de la casa del Negro, quisiera no decir demasiado, pues dentro de ella se esconden los pecados y secretos de muchos de nosotros. Algunas paredes, algunas ventanas, algunas camas, algunas sillas, algunas fotos, claro ninguna como la de su hermana Isabel, amante de mis sueños y prisionera de mis deseos, en fin todo un complemento de cosas fútiles que construyen la alegre vida de Gerardo y su padre.

No quisiera repetir lo mismo, pero es que la foto de Isabel es la más imponente de todas, recuerdo que cuando la veía podía pasar segundos, minutos y horas contemplándola y sentirme tan bien, tan vivo, tan increíblemente completo.

Existen tres cuartos, uno, el del papá. Intocable para nosotros, es como el santuario, nadie pasa, sólo se mira desde lejos como un tesoro inalcanzable, mientras la fiesta esta en efervescencia ese cuarto permanece incólume, ajeno, pulcro, incoloro e inodoro a nuestros más recónditos deseos, que por lo general no son los más puritanos. Luego el cuarto de los corotos, hay de todo, sólo lo vemos al pasar, nadie, pese a que es oscuro y tenue se adentra hasta él, pues no amerita ningún control y lo que es fácil no se desea. Por último, el cuarto del Negro. No sé si será cuarto, cueva, pocilga, cambuche, terreno, invasión, hueco, antro pero es donde siempre nos quedamos. Su característica esencial, es que se duerme donde se caiga. No hay compromisos a priori, ni subterfugios a nuevos invitados y mucho menos privacidad de ningún tipo. Donde la borrachera te dejo ahí quedas y si te descuidas, pues pierdes. Por eso es que nunca hay que estar lo suficientemente sobrio para ver lo que pasa y lo suficientemente borracho para no saber lo que te paso.

Hay una peculiaridad, siempre que voy veo dos camisas colgadas en el techo, cubiertas de telarañas y algo de polvo, no sé por qué están ahí, pero es tan inexplicable como la vida misma del Negro, el caso es que están ahí ausentes y presentes cada vez que abrimos los ojos y divisamos el techo. Luego el closet, algo de papeles, algo de ropa colgada y casi toda en el piso, en un montón bien distribuido, primero los pantalones, luego las camisas y luego los interiores, no importa el orden ahí están y eso es lo que interesa. Claro no se pueden olvidar las cremas rejuvenecedores que posee el susodicho, veinte en total, para cada parte de su negro cuerpo. No sé por qué las utiliza siempre sale negro e igual.

Luego el baño, el de todos los que visitamos con regularidad, una poceta, un lavamanos, una regadera y un AXE, el cual todos en esos momentos donde el tiempo es oro y no nos podemos bañar rociamos en nuestros harapos y nuestras miserias para sentirnos bien con un colectivo que se niega a aceptar que cuando hay cerveza las normas higiénicas necesarias pasan a un segundo plano. Luego al salir del baño te encuentras la sala y al lado derecho la cocina, claro en el centro de todo el televisor, el DVD y encima una repisa que presenta como una diva hermosa e intrigante la foto de Isabel (no sé por qué me gusta tanto la foto) bueno, ahí está la foto de Isabel, es que me gusta repetirlo, la foto de Isabel, bella, con una sonrisa esplendida, vestida de negro, su cabello largo. La foto de Isabel ilumina la sala y todo. No importa que no haya luz con la foto de Isabel todo es claridad, creo que deje por sentado que me gusta mucho la foto de Isabel.

Sigamos.

La sala está compuesta de tres muebles de mimbre, uno de dos puestos y los otros individuales, una mesa de cuatro puestos, una mesa de planchar, una rinconera, la mesa de la computadora, dos repisas, cd, cables, muchos cables y conexiones increíbles que hacen que la alta tecnología parezca un juego de niños, dos ventanas, dos bombillos, dos cuadros, uno con un paisaje que el papa del Negro retocó con afanes de artista y por su puesto la puerta principal y una segunda puerta que nunca he visto abierta que va hacía el solar, donde la mascota vive, sobrevive, y prepara a diario su mercancía para salir a vender como buhonero, pues es la única forma que tiene de evitar comerse el pasto que crece y alguna que otra vez los cauchos y muebles de la camioneta que se mantiene inerte y fría al fondo del hogar.

Luego la cocina, es esplendida pues la comida del Papá del Negro es increíble, todo lo que nos prepara nos lo comemos, a veces pienso que después de una resaca y con el hambre que come las entrañas cualquier cosa es exquisita, pero no, la comida es buena y claro el viejo (gocho por cierto) hace de algunas legumbres un exquisito platillo que deslumbra el paladar.

La casa es indescriptible, pese a las palabras que se puedan decir y escribir no hay nada que se le parezca, es única, porque él está ahí, Gerardo el Viejo.

V La despedida

La noche llegó sobre mis hombros. La tristeza me amenazaba otra vez y fumé mientras trataba de hablar de otros temas con otras gentes, esas que conocía pero no recordaba, esas con quienes no dudo sonreí y comenté secretos, esas que una vez quise con el alma pero que silenciosamente fueron saliendo de mi cabeza enferma para no cambiar.

Hablamos del pasado y del presente y de un futuro que entrelíneas me comentaban sería en tierras lejanas donde ya no los vería, donde serían desconocidos para mí y yo para ellos, donde ser valiente no bastaba, donde serían eso que siempre fueron.

Cada tanto miraba por encima de todos el féretro y recordaba las palabras con las cuales hablaba con Gerardo el Viejo, solo una mueca se dibujaba en mi rostro mientras el cajón marrón y las flores turquesa me conminaban a acercarme para de una vez por todas cerrar mi ciclo y arrancarme un pedazo de corazón y dejárselo para que fuera compañía en ese lugar donde supongo debe estar, ese lugar que me cuenta mi madre que todos reímos y estamos tranquilos. 

Conté catorce pasos. Aún con la cabeza en dirección al  piso de granito llegue hasta el féretro y por fin lo vi. Sonreí y me despedí como en esos años de locura que me guarnecí en la casa de Gerardo Gómez, El Viejo.

Lloré como único subterfugio.

VI Epílogo

.- ¿Cuánto tiempo viviste aquí?

.- Ocho años y tres meses

.- ¿Qué piensas hacer allá en la tierrita?

.- No morirme, espero.

.- Es fácil morirse donde uno quiere

.- Pero aun no quiero.

.- Bueno. No te mueras todavía

.- Lo haré. Es una promesa que hago con esta cerveza en la mano.

.- ¡Yo no puedo prometer lo mismo!

.- ¡Voy a estar ahí cuando le toque!

.- Eso si lo sé. Es bueno no irse solo.

.- ¡Voy a estar ahí cuando le toque…!

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El turno al bate de Stalin González

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Bienvenidos a este juego de Ligas Mayores y no Grandes Ligas donde en medio de la persecución política, la dictadura, el hambre y la migración, siempre hay tiempo para una birra, el hot dog y esa buena silla que amortigua los problemas de 30 millones de venezolanos. Las críticas resbalan sobre el indiferente bloqueador de actores y politiqueros.

Parte Baja del octavo inning y es el turno del segundo bateador designado Stalin González. Desprevenido y escapado del home de sesiones, le viene una recta que no sabe si podrá batear. No hay tiempo de amagar. El pitcher desde el montículo de las redes sociales observa esa bola ir hacia el cátcher de la inconformidad y desesperanza. Millones de espectadores en las gradas hacen un molesto ruido de silencio cuando solo se escucha el silbido de la opinión pública durante su trayectoria.

El marcador muestra dos outs, corredores en primera y segunda. La confianza está depositada en él y todo su equipo, aunque sigan abajo en la pizarra. La tensión de segundos pareciera de años. Los aficionados, mientras siguen el desplazamiento del cuero lanzado, recuerdan cada inning del cotejo. No ven carreras sino persecuciones, no observan batazos sino balazos. Cada almohadilla es un exilio, aunque para llegar ella, el acosado se deba arrastrar. Sobre la tierra teñida de sangre, el toque de bola es un golpe y el out un asesinato. Sigue la cocida y va a mitad de camino mientras el bateador designado sonríe, no sabemos si por miedo o porque, en medio de la tragedia que padece Venezuela, cuando se juega, también se debe disfrutar por unos días para no claudicar.

Dentro de las tribunas, a la par, otras historias se tejen. Uno de los asistentes pide una salchicha al vendedor, pero como en aquella cuña navideña, la respuesta fue: “no mi amor, los vendí todos”. El que pide agua, obtiene un chaparrón de sequía y el que solicita una pastilla le dan un link en su celular sin datos para que lo pida a domicilio por Gofundme. Al ver un mal juego y sin poder comer, tomar o aliviarse, muchos deciden irse del estadio, aunque el partido se lleve en su propia casa. Fuera del campo, son esperados por coyotes quienes los roban, humillan y devoran.

Stalin, prestado para el encuentro, toma con fuerza su bate del discurso porque sabe que el flash de la egolatría, la adulación y el “llevar pal rancho” está encendido. RRSS, como buen pitcher, endereza su lead y cuerpo después del lanzamiento. Le gritan traidor, contra, colaboracionista, guerrero del teclado y más. Incólume y de mirada fija, la indignación le dio empuje para disparar esa bola que será bateada, tal vez, por el designado que se quiso poner sobre el diamante; él no lo escogió.

Bateador de manos más endebles que su discurso, suda, y cuando la pelota se acerca, se da cuenta que el madero hecho con la leña del árbol caído podría romperse si la recta es recibida con el mango del palo.

Viene la bola, el bateador levanta sus codos y… No sabremos qué pasó porque se acaba de ir la luz.

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Laberintos

La muerte tendría que visitarlo algún día y así sucedió

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Los fenómenos ambientales libraban la batalla única por poseer el nombre de la temporada.

Días atrás, un fuerte viento proveniente del sureste del país había calado desdichadamente en las viviendas endebles de aquellos, que con esperanza y fe, viajan a la capital de esta nueva República a buscar el sueño jamás encontrado. Los diarios, el constante tintineo de las emisoras radiales y los noticiarios televisivos solo describían la hecatombe que se avecinaba en contra de todos.

Entretanto, desde una paupérrima habitación con vista a los escombros y basura de una clínica de transformación de mujeres bellas en muñecas de cera, se atisbaba la mirada displicente de su inquilino.

Una máquina de escribir, tres cajas de cigarros, unos ganchos para colgar la desdicha, innumerables ideas sobre la vieja cama, la mesa improvisada para trabajar y el baño húmedo y triste que conformaba lo que había denominado su hogar dulce hogar, cuando en realidad no pasaba de ser un simple cuchitril para dormir e invitar amigas buenas algunas noches.

La incertidumbre estaba a la vuelta de la esquina, de allí que se dedicaba a evitarlas, por ello, comía en la casa de los chinos que se encontraba en medio de la calle, donde preparaban el peor pabellón criollo de todo el planeta, sin embargo, era económico y por lo menos se podía intercambiar tres o cuatro ideas que servían para conocer más a los asiáticos y escribir más cuentos que no relataran la retórica condición de hablar de su vida, sus amores y su patética manera de enamorarse de los imposibles corazones de féminas pertenecientes a los niños ricos.

La vida seguía su curso sin motivos que lo indujeran a pensar en otra actividad que no fuera escribir, borrar, recordar y anidar en su alma, el pasado que tanta dicha y desdicha le acechó los sentidos para convertirlo en el hombre que era ahora y que todos creían conocer, sin tener una idea cercana siquiera de quién es y por qué todos los días amanece más muerto que el día anterior.

Todos especulaban acerca de su condición y nada acertaban.

Esperaban a diario recogerlo muerto para leer sus escritos y encontrar el nombre de aquella que le arrancó el corazón y las alas, a través de una mirada frívola que se confundía con el humo dañino de un cigarrillo.

Era una puta vida en una puta ciudad. Por eso los vientos que destrozaban todo no le conminaban a preocuparse por nadie, donde él, en tercera persona se manejaba para evitar las confrontaciones directas y el escrutinio perspicaz de sus allegados.

La muerte tendría que visitarlo algún día y así sucedió.

La Parca llegó al pequeño recinto que lo mantenía muerto en vida. Al entrar sintió la desolación y con su hoz en la mano, se sentó en su cama para verlo dormir las tres o cuatro horas que tomaba para descansar.

Una lágrima se descontó de la cara de huesos de la muerte, sus manos cubiertas por el manto negro que evitaba rozar a los mortales, temblaban desaforadamente sin explicación alguna.

Intempestivamente se levantó y miró a su alrededor. Las ideas flotaban apresuradas y los cuentos escritos en hojas amarillas gritaron al saberse solos y desamparados.

La muerte pidió calma y escrutó a cada uno esperando una condición que la hiciera desistir de su tarea milenaria.

Algunas ideas reían por ser solo ideas y nunca haber llegado a convertirse en hechos. Los cuentos, se desgranaban describiendo cada capítulo de hechos convertido en letras coherentes que siempre tenían el mismo final: la desesperación.

Todos quería hablar y el escándalo despertó a las lágrimas de la almohada que se habían mantenido distantes del ser extraterreno. Cada una tenía su historia, pero acordaron ordenarse para contar el porqué de la sombra que cobijaba al inquilino.

La primera lágrima se dispuso a relatar su pesadumbre y entre gritos de silencio describió el abandono. Sucesivamente todas expresaban lo que los cuentos y las ideas no podían contener en papeles y luces precarias de días y noches de licor y humo.

La lágrima del abandono dio paso a la soledad, al amor no correspondido, a la pérdida, a la lujuria, a la felicidad, a la distancia, al regreso, al hambre, a los amigos y a los enemigos.

Por último, la lágrima del día, discrepó de todas y en su irrisoria vanidad de ser la más importante, pidió silencio, pues el joven inquilino, ya había despertado y gemía nuevamente para librar su batalla diaria, no repetir el nombre, ese nombre: (…)

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Volver a la Venezuela, informalmente dolarizada

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Por Joale Aristimuño

Era 26 de febrero de 2018 y faltaban dos días para la quincena que para aquel momento poco servía. De Barquisimeto a Maiquetía son 45 minutos en avión, y yo debía esperar al menos 10 horas en el aeropuerto internacional Simón Bolívar al avión que me llevaría directo a mi exilio… No había fecha de retorno. Sólo unos cuántos bolívares que debían quedarse justo ahí, a metros del mar donde deberán enterrad mis cenizas por si alguna vez me toca naufragar y después que el tifón rompa mis velas.

950 mil bolívares reposaban en mi cuenta, ya en la billetera no había nada. Eso, lo equivalente a casi tres sueldos mínimos para la época y “privilegiado” por ganar como ganaban solo 4 compañeros más en aquella empresa. Y pido disculpas si parece una historia de antaño, pero es que, ante ceros y devaluaciones, la cuenta la perdí. Y aclaro, el monto disponible no era el resultado total de mi trabajo como periodista de tv, la diversificación laboral, al menos, me hizo acumular un poco más para mi despedida.

No se a cuánto equivale aquel sueldo por estos días, ni siquiera se cuanto se deba trabajar ahora para comprar una hamburguesa, como aquella última que me comí en Maiquetía. Si sé, pero me cuesta entenderlo, al menos asimilarlo.

El dólar ya no es un tabú ni un secreto para la gente. Es el lenguaje diario de quien no tiene cambio para un billete de 100 y de quien exige que sea entregado como un contrato notariado… sin tachaduras ni enmiendas. Moda que solo Venezuela es capaz de implantar. El bolívar -con b minúscula para que no sea aún más reducido con el tiempo- es sólo una referencia de costo para el plan de datos Movistar y para el pago mensual del agua, que aún duele pagar por algo que llega, como llega la coherencia de algunos opositores, de vez en cuando y sin hacer ruido.

La miel, las catalinas y las cachapas, están mas cotizadas que un Starbucks para un recién llegado a Estados Unidos. Se cotizan en dólares, aunque su materia prima sea más criolla que el queso e’ mano. Volver al terruño, ya no es volver al origen, es visitar una atracción de Disney acabada en socialismo y atendida por quien cree ser su propio dueño. Pagas en dólares, pero te reciben con los ánimos del tergiversado bolívar. Es pagar a precio de economía estable, productos que viajaron continentes enteros, burlaron aduanas y posan en bodegones, sin generar impuestos como si de Zona Franca se tratara, pero más costosos que tiendas de aeropuerto. Moneda que no quiere dejar morir la actividad comercial de un país ajeno al suyo, pero que lo acogido sin ser presentado en alguna cena familiar. Tiene el carácter una esposa, pero lo tratan como la amante. Parece un super héroe, pero execrado de la liga de la justicia.   

En este 2do episodio de #UnPodcast hablamos de la informalización del dólar en Venezuela. Un buen amigo, después de 18 meses fuera del país decide regresar por unos días para visitar a su familia. Se encontró con productos absurdamente dolarizados y con bolívares tirados al suelo. Con una economista intentamos explicar este fenómeno y desmontamos la “inflación” en dólares que se vive en territorio venezolano. ¿Existe realmente?

www.joalearistimuno.com.

@joalearistimuno

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