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Opinión

Crónica de un aumento no anunciado ¡fueron dos mil!

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Si bien los intrincados avatares de la economía, especialmente en Venezuela, resultan difíciles de entender para quienes no estudiamos carreras afines a esa disciplina, no deja de sorprender la lógica según la cual: el anuncio de la inclusión de tres muevas piezas en el cono monetario implica un aumento de 33% en el costo del pasaje entre Caracas y Guarenas.

La mañana del 12 de junio, día de San Onofre, el Banco Central de Venezuela anunció que nuestra devaluada moneda soberana -esa cuyas representaciones de dos, cinco, diez y veinte nadie quiere aceptar (aunque los cajeros de los bancos siguen entregándolos)- contará con tres nuevos billetes en la familia.

Abismalmente, el billete de mayor denominación (que era el de Bs. 500) fue sustituido por su primo muy, muy lejano (que es de 50 mil) que representa 10 mil por ciento del billete de incremento y es mayor incluso que el sueldo mínimo que devenga un gentío en Venezuela;  (40 mil bolívares mensuales), es decir que si a uno de nosotros nos pagaran el sueldo mínimo con esa nueva pieza del cono, nos tocaría dar vuelto.

Y es que cuesta entender que el billete de mayor valor era de 500 bolívares será sustituido en ese sitial ¿De honor? por el de 50 mil, pero bueno, hay muchas especulaciones de por qué un salto tan olímpico que seguro intentarán descifrar los ¿Expertos? Sí… los expertos o quizá nos logre contestar el tiempo, aunque tampoco es seguro.

Lo cierto es que al llegar a la estación de servicios (gasolinera o bomba) abandonada, justo al lado del centro comercial Unicentro El Marqués que sirve de terminal a un grupo de transportistas que cubren la ruta desde Caracas hasta Guarenas, La Villa, Nueva Casarapa y desde hace poco la Urbanización Terrazas del Este, los usuarios se encontraron con un alza de 33,33% en el costo del pasaje. De mil 500 pasó a dos mil sin previo aviso.

El énfasis en que se trata de un grupo de transportistas y no de una línea es porque consiste en un grupo de entusiastas que pretende, por 200 bolívares más, garantizar un servicio hasta las 7:20 pm, en cambio de la línea de Nueva Casarapa la cual, contando con todos los permisos y formalidades, cobra mil 300, pero sólo Dios sabe hasta qué hora trabajan.

Los informales y sin papeles se hacen llamar Los Tribilines.

La escena, a las 6:30 pm en la bomba del Marqués, era inusualmente abrumadora este día de San Onofre y es que la fila de aspirantes a pasajeros era, al menos, tres veces más larga que la que se estima habitualmente a esa hora, la razón era muy simple: “LosTribilines no han llegado, no hay carro mi hermano” dice Chispita, el vendedor de chupetas y de papelón con limón, además de auscultador para garantizar la seguridad en las unidades durante el viaje y quien ameniza las estresantes esperas cotidianas con un chiste inteligente cada tarde.

Cuando el pasaje aún costaba mil, voceó el pintoresco y alegre buhonero, fiscal y agente de seguridad: “Aprovechen, el pasaje ´ta barato, son mil 700” y los aspirantes a pasajero voltearon indignados reclamando un aumento inesperado de 70%, entonces, con una risa estridente Chispita respondió: “bájenle dos que son mil 700 con una chupeta incluida, pero no es oblig´o”.

Pero esta vez, cuando Chispita dijo: “son dos mil del águila” la gente protestó y Chispita contestó: “sin mamadera de gallo, son dos mil”.

El rumor que rodó entre los “encargados” de la improvisada línea era: “no hay gasoil” (combustible Diesel que usan los microbuses) y todos con un discurso bien estructurado explicaron con el ceño muy fruncido: “reclámenle al Estado, no tenemos la culpa de que no haya gasoil en la bomba, este chofer no es de la línea, es pirata y está haciendo el favor, pero cobra dos mil”.

Chispita vociferó cuando los usuarios se alborotaron. “mano, pónganse serios, pongan orden porque ando obstinado y no me caigo a cova, o se ordenan o mando el carro pa´ atrás y cambio la cola, no me hagan arrechar… no me pongan a prueba”, aseguró.

“Yo no tengo dos mil bolos”, dijo una señora quien exigía que la dejaran subirse al transporte por el importe previamente concertado y no la suma improvisada.

“Yo cobro lo que me dijo el fiscal señora, conmigo no se moleste” contestó el conductor.

Y a menos de dos metros de él explicaba “el fiscal” eso es lo que cobra el chofer, él no es de la línea y está haciendo la segunda”.

Entonces fue cuando un reproche generalizado exigía congruencia y sólo encontró el discurso estructurado que se repitió prácticamente al unísono: “reclámenle al Estado, no tememos la culpa de que no haya gasoil en la bomba”.

Aquel carro “pirata” se fue atiborrado pero sólo satisfizo la necesidad de traslado de unas 45 personas, otras 120 se quedaron a la espera de otra “segunda”.

La hora tope para prestar sus servicios que ofrecen Los Tribilines (que hay que admitir que cumplen) es las 7:20 pm “a esa hora sale un carro, quien no llegue se quedó” dijo en varias oportunidades Chispita mientras ofrecía sus chupetas y su papelón con limón, pero ese miércoles 12 de junio, día del patrono de los desempleados, pasaban de las 8:30 y un centenar de personas esperaba para irse a sus casas, así sea pagando dos mil bolívares.

Y es que varias decenas de personas llegaron a la bomba del Marqués desde el Parque del Este; donde funciona el terminal legalmente estipulado por la gobernación del estado Miranda para la línea oficial que cubre la ruta hasta Nueva Casarapa.

“Allá no hay carro, la cola es de locos y desde las 6 no llega nadie, ni piratas ni nadie” dice un señor que saluda a un vecino neocasarapés.

“Aquí están cobrando dos bolos, pero son serios y si Chispita no se ha ido es porque no nos van a dejar morir” explicó otro aspirante a ser trasladado que esperaba desde hacía al menos dos horas.

“¿Usted cree eso del gasoil?” preguntó otra vecina.

“Que va, eso es que van a subir el pasaje” responde otra señora.

“Coño y por qué, lo subieron a mil quinientos hace menos de dos semanas” preguntó un interlocutor más joven y coloquial que las dos doñas.

“¿No vio los billetes nuevos?” preguntó otra señora y agregó “todo se va a disparar desde ya”.

“Pero a mí nadie me subió el sueldo, son billetes nuevos, no aumento de sueldo” replicó otra persona que se sumó a la disertación colectiva.

“Eso va a subir mi Rey” contestó otro de quienes esperaban y amargamente reflexionó: “esos 50 bolos no van a servir de nada, es más ya no sirven, ¿Pa´ qué crees que sacaron ese billete? ¿Tú crees que qué? Esos tres billetes van a ser para todo, nada va a costar menos de 20 mil… tú vas a ver”.

Lo cierto es que Chispita fue, se movió, habló por teléfono y honrando el legado del milagroso que celebra el calendario católico, el santo etíope a quien el degenerado de su padre pasó por el fuego para garantizar la relación filial y salió ileso, Chispita prometió tres carros; suficiente para que se vayan todos, incluyéndolo a él.

Y cuando le preguntaron “y pa´ cuándo mi pana, ´tamos cansados”, un lastimero Chispita repitió: “¡mire hermano yo ando obstinado!, no me busquen, ya le dije ya que vienen tres carros y de una vez tengan los dos mil, ¡son dos mil!” Y fueron dos mil.

Opinión

Un día

Ya no tengo frío, ni calor. Y no importan los colores con nombres rimbombantes, he desaparecido, estoy tirado viendo como lloran los hipócritas y como ríen los verdaderos amigos.

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La luz tenue llego a mi cuarto. Las llamadas cesaron, los mensajes de optimismo colapsaron. Las sonrisas se opacaron. El roce cesó por fin y en un segundo me despedí de algo o de alguien que ya no era yo.

Hoy me llevan en un sarcófago color azucena con brisas de mediodía de invierno. Hoy nada tiene explicación, ni el color azucena ni las putas brisas de mediodía de invierno en un país donde llueve o hace calor y muchos viajan en verano, invierno, primavera y otoño sin saber que todo es lo mismo o peor.

Ya no tengo frío, ni calor. Y no importan los colores con nombres rimbombantes, he desaparecido, estoy tirado viendo como lloran los hipócritas y como ríen los verdaderos amigos.

He muerto

I

Luego de seis horas en un consultorio otra vez llegó a mí, ella, la mujer que no me desea pero me tiene, la que no me quiere pero me acerca, ella, mi amor eterno y mi sacrificio, la razón por la cual nunca me he rendido.

Salió del consultorio junto a mi médico, sonriente, distinguida y sensual, porque ella, la mujer que me atrapa, es sensual, sexual, pornográfica e indigna. Se mete dentro de mí y toca cada centímetro para luego salir a jactarse diciendo que ella sí sabe cómo hacerme llorar.

Luego nos perdonamos, ella por la imprudencia y yo por no poder sujetarme de quien me ama pero no sé cuánto. La veo salir de mi cuarto y dirigirse al baño. La ausculto. La espalda, las nalgas, las piernas, los tobillos y siento que me enamoro otra vez, en otra época, con otras manías, con menos fuerza, pero me enamoro igual.

En mi mente llegan los recuerdos de cartones en parques, de caminatas incesantes para no dormir, de cigarros, de licor, de otras putas que me cobijaron el corazón pero no la esencia y siento que ella, siempre ausente y presente me observaba como diciéndome con palabras truculentas: sigue, que aquí te espero.

Hoy no tengo sed, ni respiro el aire puro de una montaña mágica. Y no importa cuánto he hecho pues a nadie le importa, a mí no me importa y a ella menos le importa mientras besa mis labios ensangrentados y me levanta de la poceta donde vomito a diario sin ver a ningún conocido.

Estoy desapareciendo.

II

En las mañanas tengo sed y en las noches siento que me ahogo en lagunas grises de mierda. En la tardes duermo y en las medias tardes camino para disipar el dolor que me hace arrodillar y pedir perdón.

A ella le gusta verme pedir perdón

Siempre regreso de caminar exhausto y acabado pero sonriente. Nada me quitará la alegría que tengo, pues ella está allí, cerca, junto a mi corazón, indigna y más puta como siempre me ha gustado, tocándome de adentro hacia afuera, logrando sacar lágrimas y molesta cuando sonrió para decirle que me gusta el sabor a sangre, las cosquillas en el estómago y el dolor profuso de sus caricias.

Algunas noches no me visita y la extraño mientras escribo. Algunas noches está ausente y la extraño mientras me afeito. Algunas noches no me visita y la recuerdo en nombres de mujeres que son mi pasado oscuro y negligente. Algunas noches no me visita y puedo insultarla una vez más sin sonidos, gritarla con las manos, despreciarla con suspiros y maniatarla tomándome el pecho y respirando profundo para que no regrese.

En esta oportunidad no recuerdo como llegó pero nunca olvidaré cómo se va a ir o como nos iremos juntos como siempre hemos debido estar. Pretendo caminar tomado de su mano y rozarla con mis dedos para que se sienta coqueta y frágil con mi cercanía.

Ya los mensajes no llegan. Siento el vacío.

Hoy no escucho nada. No digo palabra alguna. Y no importa cuanto he hablado y escrito ahora todo desaparece y me marca la piel los recuerdos. Dónde estás, dónde estás, dónde estoy.

Ya estoy de rodillas.

III

Una luz se enciende en mi cuarto. Ya no estoy desprolijo. Es el amor, el de ella, creo. Los mensajes de optimismo colapsan mi cabeza. Las sonrisas ahora me acompañan y el roce deseado por fin llegó y en un segundo no morí como creía y como creían.

Hoy me llevan vestido de traje acompañado por azucenas y todo tiene explicación.

Ya no tengo frío, ni calor. Y reconozco los colores y sabores. Quiero morir, quiero vivir, quiero respirar, quiero continuar mientras los veo a todos muertos, desapareciendo, de rodillas y cerca muy cerca de mí.

Y ella y yo, hemos vivido, juntos, con peleas, pero vivos.

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Opinión

Sueño

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El ventilador de techo no dejaba de sonar y el sopor dado por el calor limitaba los pensamientos. Yo estaba ahí sentado en una de esas sillas roídas por el tiempo que aún se mantienen activas en el Seguro Social, esperaba mi sexta dosis de pastillas para levantarme y mi palmada en la espalda necesaria para seguir la pelea de pie y no caer arrodillado ante el pesimismo.

El trinar de los pajaritos me deleito y  empecé por memoria motriz a buscar mis cigarrillos en los bolsillos, luego de un extenuante y hasta desesperado cateo a todo mi deplorare ser recordé que ya no fumaba y odié.

Cuando salí, una fresca brisa me alegro la cara y una sensación de tranquilidad me hizo temblar desde los talones hasta la nuca. “Nunca me sentí tan feliz” y fue allí, donde empezó todo.

Mi periplo por el odio empezó en agosto. Siempre lo considere un mes de vacaciones y sonrisas pero este agosto, este en el que comencé a odiar era mes de deslealtades y por eso me pareció una fecha propicia para dar rienda suelta a todo mi veneno, después me di cuenta que no era solo ese mes sino los once restantes también.

Caminé desde el Seguro Social hasta la casa de mi madre. Fueron 12 kilómetros de odio puro contra los transportistas, sus familias, sus amigos, sus mascotas, sus amantes y sus vidas. En el recorrido también iba odiando las más mínimas situaciones que se puedan imaginar.

En los primeros metros ya el sol me estaba calcinando, y allí odié ser calvo y por supuesto el sol. Además odié el no tener un sombrero y recordé aquel vendedor ambulante que no me hizo la rebaja justa, si eso no hubiera ocurrido tendría mi sombrero y una situación menos que odiar, pero no fue, así que lo odie con toda su mercancía en un carrito de supermercado y su sombrero caleño que ostentaba con vanidad. También odié los perros que lo seguían y la manera de tomar agua o licor (miche claro) pero además lo odié mientras lo veía borracho tirado en el piso regalando los sombreros que para mí no tenían rebaja.

Odié además mi economía pero ese es otro tiempo de odiar que después cuente.

A mitad del primer kilómetro el sol se escondió y la amenaza de lluvia me hizo odiarla. Un frío desesperante se apoderó de mí y mi escuálida chaqueta no me daba el calor necesario, así que odié la chaqueta, el frio, y además una quebrada que iba creciendo y socavando las viviendas cercanas. Odié a la gente correr para no mojarse y odié más a quienes estaban preparados con paraguas e impermeables y sonreían al verme pasar, calvo, mojado, sin cigarrillos y por qué no recordarlo sin el sombrero que no me vendieron, ese del que hable, el de la rebaja, el del borracho que ya odié en el párrafo anterior, espero que lo entienda porque si no ya sabrán que pasará.

La lluvia me empapo y odié que no mojara mis cigarros, pues ya no fumo así que no tenía cigarros. Al pasar por uno de los charcos que se formaron por la intempestiva lluvia resbalé y caí con todo el peso de mi humanidad y odié caerme y mojarme más de lo que ya estaba. También recordé que mi caída se debía a mis tiempos de juegos donde no paraba de patear un balón y odié esa época de risas y encantos. Odié que para esa período tenia cabello y no me  veía interesante como ahora y me odié en el presente porque siendo calvo de interesante no tengo nada o eso me lo han hecho saber.

Desde el piso algunas personas trataron de ayudarme y los odié por ser diferentes a mí. Yo estaría riendo a carcajadas y jamás me pasaría por la mente ayudar a nadie. Odié mi manera de ser y por más que quise sonreír por mi situación me odié por incapaz de levantarme y de no alegrarme.

Ya de pie unos perros me siguieron y los odié. Dicen que me estaban cuidando y les informé que era demasiado tarde y bueno como no hablan sino ladran, los odié porque no me entendían o porque seguramente estaban en una especie de complot contra los humanos y que pronto se rebelarían y acabarían con la raza humana para apoderarse del mundo, de este mundo tuyo y mío y al cual también odio. Los odie por inteligentes y pacientes para destruirnos a todos. No dudo que cuando la invasión canina llegue dirán: vamos por ese pelón al que no le vendieron el sombrero, ese borracho de la plaza, y que ahora camina más de 12 kilómetros para llegar a casa de su mamá odiando a todos. Y ladraran puritico odio contra mí y también los odiaré por eso.

Ya iba a mitad de camino y odié ir tan rápido.

La lluvia amainó y el sol comenzó a tener protagonismo entre las gotas de agua que hay en la atmósfera para crear así un hermoso arcoíris y mi repulsión llego al clímax, odié saber cómo se formaba el arcoíris y lo hermoso que se veía en el cielo de mi tierra. Corrí despavorido sin dejar de ver donde terminaba el arcoíris y recordé que mi madre me decía que al final hay una gran olla con monedas de oro esperándome, claro, custodiada por un duende de barba pelirroja. En mi carrera odié el arcoíris, la olla de monedas de oro y por supuesto al duende, pero igual no dejaba de correr y llegué.

Odié mi carrera y la no existencia de olla con monedas y duendes. Odié los cuentos y seguí mi camino, más cansado, más mojado, con más calor y aún con las pastillas en todo mi cuerpo moviéndose como serpientes. Odié recordarme, odié las pastillas y odié por que empecé este agosto a odiar.

Ya llegando a casa.

En la cercanía de casa de mi madre odié que el camino estuviera acabando y odié mi recorrido tan rápido, odié la lluvia, odié el sol y en medio de mi odio paso el vendedor de sombreros, el borracho que no me da rebajas. Lo llamé, lo interpelé y lo conminé a que me vendiera un sombrero para cubrir mi calva del sol y la lluvia, le explique con odio que lo necesitaba, lo amenace para que supiera que en esta oportunidad tendría mi sombrero.

Me lo vendió con rebaja incluida además me brindó un trago de miche claro y me dio una palmada en la espalda mientras me sonreía y se despedía diciendo que volvería con más sombreros que los calvos siempre necesitan.

Al verlo partir, no lo odié. Solo sonreí y desperté.

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David se despide

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Menos mal que era domingo de Ramos y que la espiritualidad colmaba toda la casa. Siete años postrados en una cama por una extraña enfermedad no lo dejaba continuar su vida de putañero, borracho y camorrista.

Durante su juventud era el tesoro más codiciado del pueblo. Su energía superaba la de muchos que sólo se conformaban con una vida a la sombra de aquel que con dulces palabras tenía a sus pies a las mujeres.

Menos mal que ya eran las 9 de mañana y todos en la casa estaban en las calles con ramos esperando la llegada del Dios que todo lo perdona y todo lo sabe. Las oraciones y golpes de pecho se sentían tan cerca que dudo que los grandes portones de la vivienda estuvieran cerrados.

Los accesos a la casa eran dos. El principal que llevaba hasta la sala de estar donde alcaldes, concejales e ilustres hombres de la región pasaban sus largos días de verano con agua e´ panela fría en sus manos, la segunda entrada, era su puerta secreta. El camino de no más de veinte pasos que llegaba a su alcoba, la cual estaba acondicionada de manera que nada se escuchara en las noches de pasión furtiva que a diario disfrutaba con alguna mujer del pueblo. Era tal la discreción que nadie podría ver quien entraba y quien salía, sin importar la hora.

Menos mal que sentía como se le escapaba el alma de su cuerpo y que el miedo se había disipado. Sólo una vez sintió la llegada del pavor a su organismo. Una mujer hermosa, llegada de la nada, en una de sus madrugadas de parranda lo invito a probar su cuerpo y  sentir la esencia jamás antes sentida. Pese a que todos le recomendaron no hacerlo, su afán de hombre despreocupado y su carácter egocéntrico no asumieron el peligro que minutos más tarde padecería. Salió del bar con ínfulas de triunfador y tomando el camino más cercano a su casa, se perdió entre la bruma que sucumbía al pueblo para la época. Sintió unas manos que lo tomaban dejándolo vulnerable. Luego los besos acecharon su espacio y palideció al ver a la mujer extraña convirtiéndose en una abominable criatura que le exigía su cuerpo para apoderarse de su alma. Menos mal que era Semana Santa y el ramo de la misa de la madrugada alejo a la espectral aparición.

Menos mal que pudo levantarse.

Dos días antes del Domingo de Ramos se había negado a tomar sus pastillas, por ello, tenía la fuerza y voluntad de llegar al estar de la casa a disfrutar de las calles que una vez temblaron, lloraron y disfrutaron su presencia. Sus acciones lo habían convertido en un hombre de exageradas convicciones políticas que durante años disfrutó, no como representante de los pueblos, sino como el poder detrás del poder. De allí, que no era extraño ver a aquellos que detentaban cargos del gobierno en su casa tomando su agua e´ panela o en la celebraciones más importantes aguardiente.

Menos mal que ya había vivido lo suficiente como para aceptar la realidad que se acercaba día tras día. Se aproximó a la ventana más imponente de la sala y se dejó ver por la procesión que recorría el pueblo. Pese a las plegarías y las lágrimas nadie dudo en saludarlo. Su apariencia era la marca inefable de los años acumulados por la vejez y su brazo, que una vez estremeció la crisma de hombres que no compartían sus decisiones, ahora temblaba y no fomentaba el terror de los años de fortuna de los conservadores sobre los liberales.

Se derrumbó. Y creyó ver la película de su vida ante sus ojos. Oyó gritos en la calle pero nada lo hacía salir de su letargo. Un nombre apaciguó el desorden en la procesión de las palmas. David, David, ya es hora de irte.

Menos mal que era Semana Santa y Domingo de Ramos, pues el mismo Dios le dio la bienvenida, no al cielo, sino a un lugar mejor donde ya podría caminar, disfrutar y vivir como siempre lo hizo.

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@benemerito2010

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