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Opinión

Un mayo cualquiera

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Mayo 1987
El despertador retumba y me levantó disparado de la parte baja de la litera azul de un cuarto amarillo de techo de tejas. Corro al baño y en menos de 15 minutos para las 7 de la mañana ya estoy en la esquina de la casa esperando al Malibú verde que cada domingo me lleva a la primera de las cuatro canchas de fútbol de salón que visitaré para jugar hasta desplomarme.

Todos los domingos son iguales. Solo pienso en patear un balón y conseguir una gloria pasajera. Peso 59 kilos y soy hábil, ese detalle hace que mi presencia en el equipo sea necesaria. Además del aguante que me mantiene en pie cada vez que mis rodillas, mis tobillos y mi codo izquierdo se resiente de tantos golpes.

Llegó a la primera cancha y empieza mi rutina. Tomo un adhesivo blanco y cubro todos los dedos de mis pies. Después tres dedos de mi mano izquierda. Me coloco el primer par de medias, encima mis canilleras y otro par de medias negras para comenzar mi faena de gladiador.

El primer uniforme llega. Me lo coloco y empiezo a correr alrededor de la cancha. Una hora después ya estoy listo. Llegan los árbitros, el público y una niña blanca como la leche que me sigue a cada juego.

Suena el silbato y me pierdo en la cancha. Nunca he recordado cómo sé dónde estar en ese rectángulo que ocupa mi vida y mi tiempo. Me muevo con rapidez. Cinco minutos más tarde ya me resiento de las rodillas pero sigo en pie y continúo mi pelea.

Me erizo. El escalofrío recorre mi nuca. Siento que las fuerzas se acaban y el silbato final por fin llega. Pregunto el resultado y ganamos. Regreso a la banca y todos están felices. Nos saludamos y se marcha uno a uno. Yo permanezco sentado y entrego el uniforme.

Son las nueve y cuarto y desde una camioneta marrón me llaman por un alias que ahora me recuerda una etapa insensata de mi vida. Corro al encuentro de otros jugadores y me trasladan a otra cancha. Me entrega una nueva camisa. Y 20 minutos después ya estoy jugando.
Así es mi mayo de 14 años.

Resultado: Me enamoro de una niña blanca. Mis rodillas y mi tobillo izquierdo se dañan para siempre. No aumento de peso y aprendo a fumar y beber.

Mayo 1992
Salimos, inspirados en las palabras de hombres que nos azuzaban a la lucha desde el televisor. Luego nos dirigimos a la plaza mayor y en un arrebato de seudo comunistas iniciamos la protesta. Eran las 11 de la mañana.

Subí con la ayuda de algunos compañeros a la estatua ecuestre del padre de la patria y ante la algarabía de los presentes grite consignas, inste a que todos salieran a la calle a luchar por una libertad intangible que todos quieren pero nadie busca, maldije al gobierno que mataba estudiantes y a la represión brutal de aquellos servidores de la nación que escudados en uniformes desangraban a los hijos de Bolívar y, luego, iban a sus casas a beber un buen güisqui mientras alardeaban de su coraje ante jóvenes desarmados y llenos de ideales.

El rojo otra vez marcó mi vida, pinte la efigie mientras la Guardia Nacional disipaba la concentración, baje y se emprendió la huida. Algunos cayeron en las primeras de cambio, el olor a pólvora, la sangre en el piso, los gritos, las lágrimas, los despiadados alaridos de ayuda de parte de quienes minutos antes reían, oscurecieron el panorama de protesta.

Samuel y yo corríamos al mismo ritmo. Samuel un estudiante de matemática que me adentro a este turbio mundo del comunismo, siempre me acompañó, era arriesgado, volátil y mujeriego, quizá de él aprendí a vivir las miserias humanas con una sonrisa en mi cara.

Los defensores de la caótica patria nos emboscaron, sólo una pared de tres metros nos alejaba de la tan ansiada libertad, todos intentaron cruzar el muro, que cada vez se hacía más y más impenetrable. Samuel lo logró, yo no podía. Los días de insomnio y  de escasa comida se hicieron presentes en el intento frustrado de escapar. Los disparos no cesaban, en principio creí que eran balas de goma, pero el olor a sangre me aceleró los sentidos. Nos estaban matando.

Samuel regreso en mi ayuda, logre pasar, sentí el aire que sólo las montañas andinas pueden parir. Los asesinos se acercaban, Samuel pidió mi ayuda, no logre ayudarlo, la fuerza convertida en miedo no logró ninguna reacción, mi cuerpo endeble me falló y le falle a mi amigo. Quise regresar, pero un chillido de disgusto paralizó mis ansias de rescate. Huye – gritó Samuel- es mejor uno muerto que dos. Además somos de hierro nada nos hace daño.

Cruce el imponente muro y mientras corría para protegerme escuche los disparos que seguramente cegaron la vida de algunos, pues nunca más volví a ver a mi amigo ni a otros. Hoy todavía me levanto exasperado en las madrugadas con la continua pesadilla de Samuel que me exige desde el más allá que debo continuar, pero no la lucha, sino la vida.
Así es mi mayo de 19 años.

Resultado: Insomnio. Más cigarrillos. Un amigo perdido y una culpa que aún me limita mi regreso a casa.

Mayo de 1997
Cuando recibí el título que tanto me costó obtener durante cinco años de presagios malignos de no poder lograr nada, deje atrás, mis noches sin sueño, mi temor de ser capturado en mi afán irreconocible de defender causas perdidas.

Vestido ahora de negro y con un atuendo diferente al de los años de lucha, cuando dos pantalones, dos interiores y una camisa eran mi patrimonio durante mi campaña comunista, presagiaba dentro de mí que los tiempos buenos llegarían.

Pero no llegaron.

Me mudé a Puerto Ordaz. Recuerdo que la depresión me hacía quedarme dormido en todos lados. Las mañanas eran infames y siempre al despertar divisaba un cuarto opaco que dibuje en mi mente para nunca olvidarlo.
Un extenso muro de cemento en la parte lateral hacía las funciones de cama, un escaparte colmado de cucarachas, dos tobos de agua y un pedazo de jabón azul prometían ser mi baño privado, cuando en esas mañanas violadas por los gritos todos los residentes se apostaban a las puertas de servicio común, bien fuera para bañarse o simplemente cagar y salir a la calle a ganarse la vida como fuera.

Putas, drogadictos, borrachos, músicos, poetas, escritores y periodistas habitábamos ese mausoleo denominado pensión, que regentaba la matrona Marta.

Marta mujer de adelantada edad, se ocupaba de las atenciones básicas y por su puesto de cobrar semanalmente los diez mil bolívares de la estadía. (Mil bolos de ahora) Tenía unos ojos azules profundos y su piel blanca y llena de heridas reflejaban parte de su pasado sexual, feliz y lleno de parrandas.

Dicen los más allegados que en los tiempos de juventud, Marta hacía temblar a todo el pueblo. Su comportamiento nada común en una sociedad, para la época, que vivía de la hipocresía y de los abortos en casas de vecinos y amigos.

Siempre salía de ese patético lugar, con mi destino incierto. Tomaba  un cigarrillo, lo encendía y como decía en mi época de estudiante de periodismo, resolvía el desayuno.

Ese mayo de 1997 Camine por las angostas calles del pueblo desconocido. Sólo pensaba en qué hacer.

A mediodía, el hambre como ya era costumbre, despertó las ansias de mi cuerpo que ya llevaba tres días sin comer. Me desespere unos instantes y busque en el piso la colilla de un cigarro a medio fumar, eso que los jóvenes ricos y con más suerte, prueban y dejan al pavimento. Lo encendí y sentí en mi cuerpo una puntada voraz en mi estómago que me atormentó otra vez. No me detuvo, hasta ver la cercanía de un restaurante. Luego sigilosamente busque en la basura algo que probar. Unos pedazos de pan y un trozo de carne saciaron la necesidad biológica de alimentarme.

Mientras seguía la ruta  a lo desconocido los recuerdos llegaron más y más fuertes. La nostalgia del tiempo pasado y perdido me atormentaba. En instantes regrese a las capuchas y las piedras y como ya era costumbre mi mente se abrió a las vivencias.

Decía dentro de mí que los fantasmas estarían conmigo siempre. Recordé nombres: Franklin, Gustavo, Ricardo y Alejandro, todos muertos o como mejor se dice en las calles por temor a la palabra morir: Desaparecidos.
Toqué mi rostro y la cicatriz en mi mejilla izquierda me lleno de odio y rencor. Y ese mayo, como todos los mayos inicie una conversación privada con mi vida pasada.

“Luego de las diez de la mañana el Frente Comunista Universitario tenía en su poder más de 17 autobuses. Todo estaba listo, el caos comenzaría en segundos.

El manifiesto rebelde exigía responsables en las muertes de estudiantes. Nadie los oyó y las capuchas salieron a la avenida principal. De inmediato cada estudiante tomó sus puestos. Me detuve en la puerta de la facultad a esperar una última intención de los señores del rectorado. Franklin sería el encargado de quemar vehículo por vehículo por cada media hora perdida. Luego la policía, la Guardia Nacional y los infiltrados actuaron. No podían hacer nada las bases de seguridad estaban precavidas a todo. Franklin huyó y fue su peor error. Pues las balas que no salieron de los cuerpos de seguridad, salieron de sus compañeros, pues la traición y la cobardía se pagaban con algo que todos los estudiantes denominaban paz integral.
Ocupe su puesto. El tiempo pasaba y las respuestas no llegaron.

Se inició la quema.

Las capuchas no dejaban respirar, pero era imposible sacarlas de la cara. El humo invadió todo lo cercano. Los disparos como fuertes estruendos del cielo confundían las palabras. Los autobuses pasaban y yo seguía quemando a la espera de algún cambio que parará esta estúpida manera de exigir mejoras a través de los daños.

Nada pasaba. El humo cada vez más espeso cortaba la respiración. Pero nadie podía retirarse. Me quite la capucha para poder ver y seguir en mi labor y miles de fotos dejaron al descubierto quién era, qué hacía, dónde comía, donde dormía, donde soñaba.

Pasado el mediodía ya todo estaba consumado. La huida se gestó por medio de los túneles de desagüe que llevan hasta la morgue de la facultad y luego al cementerio”.

Desperté del recuerdo y de mi conversación privada. Seguí mi camino. El frío invadió mi cuerpo y sentí miedo, sentí hambre, sentí soledad y sentí otra vez los ocho días escondidos en la morgue de la facultad rodeado de muertos y pedazos de ellos, mientras fumaba y rezaba no para vivir, sino para morir rápido y sin dolor.

Así es mi mayo de 23 años.
Resultado: Recuerdos. Hambre. Más cigarrillos. Miedo y la certeza de no poder volver a casa.

Mayo 2006
Muchas novias. Hijos que adoro. Peleas. Canales de televisión. Periódicos. Emisoras de radio. Panfletos. Licor. Putas. Burdeles. Divorcios. Ausencia. Enfermedad. Una bitácora. 

Once meses para olvidar. Otras muertes. Un adiós de la primera Diosa de Ébano. Y un regreso a casa sin nada.
Así es mi mayo de 33 años.
Resultado: Sobreviví.

Mayo 2015
Me levanto después de un sábado de ron y cigarros. El sabor en la boca es agrio y la pesadez en el cuerpo me limita. Dejó caer sobre mi cuerpo un largo chorro de agua fría que me abre el apetito.

Regreso al cuarto que se ha vuelto un santuario de errores y pecados. Me recuesto y comienzo a ver el juego que durante toda la semana esperé.  De pronto la puerta suena y me levanto como un resorte. Me asomo por el ojo mágico y ahí está, siempre cargada de bolsas y peroles y con una sonrisa que me derrite las ganas.

Ingresa y deja todo encima de una mesa improvisada que una vez se colocó en la cocina. Pasa al cuarto cuando yo ya estoy recostado. Se quita sus botas deportivas y le hago el mismo reclamo: Debes lavar esos zapatos.
Se acurruca cerca de mí, me besa y nada me importa más. El juego sigue su rumbo pero la respiración y el olor a serenidad me pierde en una nebulosa.

Nos envolvemos en la cobija azul que no pierde su olor y nos rendimos mientras nos abrazamos y dormimos con una tranquilidad que durante años nunca tuve.

Veo como deja su boca entreabierta y como su cabello de colores mancha las fundas de las almohadas, su respirar es apacible y me separo solo para verla dormir. Se ve tan cómoda que me emociona. Salgo del cuarto y enciendo un cigarrillo, reviso todas las bolsas que siempre tienen algo que comer, pruebo algunas cosas y regreso al cuarto para terminar de fumar y verla dormir.

Se voltea y me pregunta por qué la deje sola. Y me meto en la cama a abrazarla y siento que estoy completo, que no hay nadie que pueda estar tan feliz como yo.

Los pensamientos me invaden cuando me doy cuenta que no existe. Que nadie llegó. Que solo es la intensa necesidad de sentirme bien. Que veo el final acercarse cuando una puntada en el estómago me hace vomitar sangre y sé que los once meses regresaran otra vez y lo afrontaré solo, como siempre, la plaga me llena y todos huyen.
Así es mi mayo de 42 años.
Resultado: Fueron más de once meses.  Y aún cuento los días para que desaparezca la puntada y el sueño de la niña peleona que llega a visitarme.

Mayo 2016
Así es mi mayo de soledad, caos y depresión.
Resultado: Estoy sobreviviendo.

Mayo 2019
Sonrió. Son tres años de crisis desde mi último mayo y sé que pronto estaré ahí, donde es mi lugar. Por ahora como mucho pan de guayaba para no fumar y me niego a dejar de mirar por la ventana esperando ese algo que me llena.
Así es mi mayo de 46 años.
Resultado: Sigo vivo.

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@benemerito2010

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Opinión

El turno al bate de Stalin González

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Bienvenidos a este juego de Ligas Mayores y no Grandes Ligas donde en medio de la persecución política, la dictadura, el hambre y la migración, siempre hay tiempo para una birra, el hot dog y esa buena silla que amortigua los problemas de 30 millones de venezolanos. Las críticas resbalan sobre el indiferente bloqueador de actores y politiqueros.

Parte Baja del octavo inning y es el turno del segundo bateador designado Stalin González. Desprevenido y escapado del home de sesiones, le viene una recta que no sabe si podrá batear. No hay tiempo de amagar. El pitcher desde el montículo de las redes sociales observa esa bola ir hacia el cátcher de la inconformidad y desesperanza. Millones de espectadores en las gradas hacen un molesto ruido de silencio cuando solo se escucha el silbido de la opinión pública durante su trayectoria.

El marcador muestra dos outs, corredores en primera y segunda. La confianza está depositada en él y todo su equipo, aunque sigan abajo en la pizarra. La tensión de segundos pareciera de años. Los aficionados, mientras siguen el desplazamiento del cuero lanzado, recuerdan cada inning del cotejo. No ven carreras sino persecuciones, no observan batazos sino balazos. Cada almohadilla es un exilio, aunque para llegar ella, el acosado se deba arrastrar. Sobre la tierra teñida de sangre, el toque de bola es un golpe y el out un asesinato. Sigue la cocida y va a mitad de camino mientras el bateador designado sonríe, no sabemos si por miedo o porque, en medio de la tragedia que padece Venezuela, cuando se juega, también se debe disfrutar por unos días para no claudicar.

Dentro de las tribunas, a la par, otras historias se tejen. Uno de los asistentes pide una salchicha al vendedor, pero como en aquella cuña navideña, la respuesta fue: “no mi amor, los vendí todos”. El que pide agua, obtiene un chaparrón de sequía y el que solicita una pastilla le dan un link en su celular sin datos para que lo pida a domicilio por Gofundme. Al ver un mal juego y sin poder comer, tomar o aliviarse, muchos deciden irse del estadio, aunque el partido se lleve en su propia casa. Fuera del campo, son esperados por coyotes quienes los roban, humillan y devoran.

Stalin, prestado para el encuentro, toma con fuerza su bate del discurso porque sabe que el flash de la egolatría, la adulación y el “llevar pal rancho” está encendido. RRSS, como buen pitcher, endereza su lead y cuerpo después del lanzamiento. Le gritan traidor, contra, colaboracionista, guerrero del teclado y más. Incólume y de mirada fija, la indignación le dio empuje para disparar esa bola que será bateada, tal vez, por el designado que se quiso poner sobre el diamante; él no lo escogió.

Bateador de manos más endebles que su discurso, suda, y cuando la pelota se acerca, se da cuenta que el madero hecho con la leña del árbol caído podría romperse si la recta es recibida con el mango del palo.

Viene la bola, el bateador levanta sus codos y… No sabremos qué pasó porque se acaba de ir la luz.

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Opinión

Laberintos

La muerte tendría que visitarlo algún día y así sucedió

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Los fenómenos ambientales libraban la batalla única por poseer el nombre de la temporada.

Días atrás, un fuerte viento proveniente del sureste del país había calado desdichadamente en las viviendas endebles de aquellos, que con esperanza y fe, viajan a la capital de esta nueva República a buscar el sueño jamás encontrado. Los diarios, el constante tintineo de las emisoras radiales y los noticiarios televisivos solo describían la hecatombe que se avecinaba en contra de todos.

Entretanto, desde una paupérrima habitación con vista a los escombros y basura de una clínica de transformación de mujeres bellas en muñecas de cera, se atisbaba la mirada displicente de su inquilino.

Una máquina de escribir, tres cajas de cigarros, unos ganchos para colgar la desdicha, innumerables ideas sobre la vieja cama, la mesa improvisada para trabajar y el baño húmedo y triste que conformaba lo que había denominado su hogar dulce hogar, cuando en realidad no pasaba de ser un simple cuchitril para dormir e invitar amigas buenas algunas noches.

La incertidumbre estaba a la vuelta de la esquina, de allí que se dedicaba a evitarlas, por ello, comía en la casa de los chinos que se encontraba en medio de la calle, donde preparaban el peor pabellón criollo de todo el planeta, sin embargo, era económico y por lo menos se podía intercambiar tres o cuatro ideas que servían para conocer más a los asiáticos y escribir más cuentos que no relataran la retórica condición de hablar de su vida, sus amores y su patética manera de enamorarse de los imposibles corazones de féminas pertenecientes a los niños ricos.

La vida seguía su curso sin motivos que lo indujeran a pensar en otra actividad que no fuera escribir, borrar, recordar y anidar en su alma, el pasado que tanta dicha y desdicha le acechó los sentidos para convertirlo en el hombre que era ahora y que todos creían conocer, sin tener una idea cercana siquiera de quién es y por qué todos los días amanece más muerto que el día anterior.

Todos especulaban acerca de su condición y nada acertaban.

Esperaban a diario recogerlo muerto para leer sus escritos y encontrar el nombre de aquella que le arrancó el corazón y las alas, a través de una mirada frívola que se confundía con el humo dañino de un cigarrillo.

Era una puta vida en una puta ciudad. Por eso los vientos que destrozaban todo no le conminaban a preocuparse por nadie, donde él, en tercera persona se manejaba para evitar las confrontaciones directas y el escrutinio perspicaz de sus allegados.

La muerte tendría que visitarlo algún día y así sucedió.

La Parca llegó al pequeño recinto que lo mantenía muerto en vida. Al entrar sintió la desolación y con su hoz en la mano, se sentó en su cama para verlo dormir las tres o cuatro horas que tomaba para descansar.

Una lágrima se descontó de la cara de huesos de la muerte, sus manos cubiertas por el manto negro que evitaba rozar a los mortales, temblaban desaforadamente sin explicación alguna.

Intempestivamente se levantó y miró a su alrededor. Las ideas flotaban apresuradas y los cuentos escritos en hojas amarillas gritaron al saberse solos y desamparados.

La muerte pidió calma y escrutó a cada uno esperando una condición que la hiciera desistir de su tarea milenaria.

Algunas ideas reían por ser solo ideas y nunca haber llegado a convertirse en hechos. Los cuentos, se desgranaban describiendo cada capítulo de hechos convertido en letras coherentes que siempre tenían el mismo final: la desesperación.

Todos quería hablar y el escándalo despertó a las lágrimas de la almohada que se habían mantenido distantes del ser extraterreno. Cada una tenía su historia, pero acordaron ordenarse para contar el porqué de la sombra que cobijaba al inquilino.

La primera lágrima se dispuso a relatar su pesadumbre y entre gritos de silencio describió el abandono. Sucesivamente todas expresaban lo que los cuentos y las ideas no podían contener en papeles y luces precarias de días y noches de licor y humo.

La lágrima del abandono dio paso a la soledad, al amor no correspondido, a la pérdida, a la lujuria, a la felicidad, a la distancia, al regreso, al hambre, a los amigos y a los enemigos.

Por último, la lágrima del día, discrepó de todas y en su irrisoria vanidad de ser la más importante, pidió silencio, pues el joven inquilino, ya había despertado y gemía nuevamente para librar su batalla diaria, no repetir el nombre, ese nombre: (…)

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Opinión

Volver a la Venezuela, informalmente dolarizada

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Por Joale Aristimuño

Era 26 de febrero de 2018 y faltaban dos días para la quincena que para aquel momento poco servía. De Barquisimeto a Maiquetía son 45 minutos en avión, y yo debía esperar al menos 10 horas en el aeropuerto internacional Simón Bolívar al avión que me llevaría directo a mi exilio… No había fecha de retorno. Sólo unos cuántos bolívares que debían quedarse justo ahí, a metros del mar donde deberán enterrad mis cenizas por si alguna vez me toca naufragar y después que el tifón rompa mis velas.

950 mil bolívares reposaban en mi cuenta, ya en la billetera no había nada. Eso, lo equivalente a casi tres sueldos mínimos para la época y “privilegiado” por ganar como ganaban solo 4 compañeros más en aquella empresa. Y pido disculpas si parece una historia de antaño, pero es que, ante ceros y devaluaciones, la cuenta la perdí. Y aclaro, el monto disponible no era el resultado total de mi trabajo como periodista de tv, la diversificación laboral, al menos, me hizo acumular un poco más para mi despedida.

No se a cuánto equivale aquel sueldo por estos días, ni siquiera se cuanto se deba trabajar ahora para comprar una hamburguesa, como aquella última que me comí en Maiquetía. Si sé, pero me cuesta entenderlo, al menos asimilarlo.

El dólar ya no es un tabú ni un secreto para la gente. Es el lenguaje diario de quien no tiene cambio para un billete de 100 y de quien exige que sea entregado como un contrato notariado… sin tachaduras ni enmiendas. Moda que solo Venezuela es capaz de implantar. El bolívar -con b minúscula para que no sea aún más reducido con el tiempo- es sólo una referencia de costo para el plan de datos Movistar y para el pago mensual del agua, que aún duele pagar por algo que llega, como llega la coherencia de algunos opositores, de vez en cuando y sin hacer ruido.

La miel, las catalinas y las cachapas, están mas cotizadas que un Starbucks para un recién llegado a Estados Unidos. Se cotizan en dólares, aunque su materia prima sea más criolla que el queso e’ mano. Volver al terruño, ya no es volver al origen, es visitar una atracción de Disney acabada en socialismo y atendida por quien cree ser su propio dueño. Pagas en dólares, pero te reciben con los ánimos del tergiversado bolívar. Es pagar a precio de economía estable, productos que viajaron continentes enteros, burlaron aduanas y posan en bodegones, sin generar impuestos como si de Zona Franca se tratara, pero más costosos que tiendas de aeropuerto. Moneda que no quiere dejar morir la actividad comercial de un país ajeno al suyo, pero que lo acogido sin ser presentado en alguna cena familiar. Tiene el carácter una esposa, pero lo tratan como la amante. Parece un super héroe, pero execrado de la liga de la justicia.   

En este 2do episodio de #UnPodcast hablamos de la informalización del dólar en Venezuela. Un buen amigo, después de 18 meses fuera del país decide regresar por unos días para visitar a su familia. Se encontró con productos absurdamente dolarizados y con bolívares tirados al suelo. Con una economista intentamos explicar este fenómeno y desmontamos la “inflación” en dólares que se vive en territorio venezolano. ¿Existe realmente?

www.joalearistimuno.com.

@joalearistimuno

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