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Reencuentro

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Por: Jessika Andrea Ramírez

@jessikaarpaz

Esa noche Vladimir la había planeado con todos los detalles. Se vio por última vez en el espejo antes de partir, su cara envejecida, su tabique desviado con una pequeña cicatriz que se fue desvaneciendo lentamente con el tiempo, sus ojos profundos irradiaban por primera vez en mucho tiempo satisfacción.

Miró sus manos callosas, grandes y torpes mientras agarraba las llaves del auto, se preguntaba si era correcto, pero la respuesta se desvanecía cuando su irá invadía su ser.

Llegó al lugar previsto, bajó lentamente recordando su dantesca adolescencia, y sintió como todos sus traumas se ocultaban detrás de unas puertas que se erigían frente a él.

Toco el timbre. Espero unos segundos y escucho la voz de Benito al otro lado. Al abrir la gran puerta de madera Benito quedó petrificado, su voz soltó un tembloroso hola mientras lo invitaba a pasar.

Benito se había convertido en un ser bonachón, no era ni la sombra de lo que quedaba en secundaría cuando golpeaba y se burlaba de Vladimir.

Vladimir lo ignoró y recorrió la casa que hacía crecer más y más su irá. Al sentarse frente a frente su cara se había convertido en una mueca macabra, una antítesis de su personalidad sumisa e ignorante.

Benito le sirvió una cerveza fría y la puso sobre la mesa mientras daba la espalda para servirse una.


-Buenas noches Benito.-Dijo con cierto cinismo-


¿Te acuerdas de mí? Que suerte haberte encontrado, en serio.


¿Te acuerdas ahora quién soy?


Benito fingió no tener miedo y respondió: -Vladimir, podemos resolver esto como adultos. Sabes que ya no somos los niños de antes. Son cosas que pasan. Respira hondo, mantén la calma.


Vladimir se enfureció y replicó -Tú sabias que pasaría si te encontraba. Te lo explique mil veces cuando me rompías la cara y me gritabas gil. ¿Ves esta cicatriz? No fueron 10 puntos fueron mil. Gritó Vladimir.

Vladimir se acercó lentamente a Benito. Su cuerpo no le pertenecía, sus pensamientos y sus acciones eran de aquel adolescente fracasado que había crecido como un adulto deslucido.

Un golpe seco y un gemido de olor opaco la noche y sin darse cuenta otro día llegó.

Vladimir salió en busca de su auto más calmado, silbando una tonada pegadiza, sintiéndose un hombre nuevo, renovado, único.

Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras un pensamiento de alegría recorría su cabeza una y otra vez, pues todos sus problemas murieron o por lo menos quedaron detrás de esas puertas luego del esperado reencuentro.  

@jessikaarpaz

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Opinión

Al anochecer

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Y ella me replicó que trascender no era una mierda y yo sonreí por temor a sus ataques intensos de luz que pudieran seguramente curarme y hacerme sobrellevar está precaria situación que hoy me tiene encerrado en este laberinto hostil de mi cabeza.

Llegar a las terapias semanales en el hospital solo fue el comienzo de esta travesía que ya cumple diez meses. Por eso trascender o morir que no es lo mismo para algunos,  para mí es tan concluyentemente parecido, que significa el fin último de esta etapa, mi etapa, la etapa de la vida, esa que negamos que llegue o en mi caso que se vaya.

Hace meses deje de soñar. Solo respiraba y me miraba con detenimiento frente al espejo. Ver cada marca que cubre mi rostro, ver como mis ojos pierden el color, como la sonrisa es una mueca y sentir detalladamente como el cabello, que hace años se divorció de mí, sigue sin importarme, era tan satisfactorio como husmear a través de la ventana a la vecina que todas las tardes, a las seis, se desnudaba para mí.

La palpaba desde lejos. Ella sabía que la miraba, yo sabía por qué la miraba y,  luego, a la siete, ella salía al balcón a fumar y enviar besos de humo, mientras yo me consumía en un cuarto harto de mí y de mi huésped (que a diario crecía en mi cabeza), del sin control que regía mi vida, del dulce de coco que comía a diario para quitarme ese sabor amargo que solo esas pastillas, las pastillas fuertes pueden generar en tu boca.

Seguía viéndola una hora más hasta que sus cigarrillos se agotaban y mis ganas de espiar sucumbían, luego solo distinguía su silueta ir y venir de un lado a otro, arreglaba o destrozaba y por último, a las diez, me atrevía a salir al balcón con una misión de vida o vida, mirarla en el postrimería de esa noche, por si acaso no había un mañana más.

Una tarde, a las seis, me desvanecí y solo pude observar una bocanada de humo desde lejos, al ir cayendo, su cara de impresión me preocupo, pues siempre supuse que nuestro juego no daría responsabilidades por lo que le pasaba a uno o al otro. Caí y sentí como ese trascender o muerte tocaba muy parsimoniosamente mi casa, eso sí, dejándome agonizar para ir quemando cada una de mis faltas o bien esas culpas que metieron en mi cabeza desde niño.

En mi tránsito por ese túnel que no existe y sin ninguna luz la soñé y la vi cerca, con una sonrisa extrema, con ojos  expresivos, con piernas de locura y un cabello negro que la hacían ver excelsa y distinguida. Su hija jugaba a su lado (era una madre soltera, jovial y comprometida) y yo con un deseo reprochable le llevaba el desayuno a la cama, ella me sonreía y me rozaba la cara mientras leía por quinta vez “Antes del fin”, de Sábato, para recordarme que estaba conmigo por ese placer innegable de estar con almas rotas.

Me mantuve ausente durante 3 días, desperté con una necesidad absoluta de fumar y comer pan con queso propio de los deseos de perdedor que se incrustan en la piel de los hombres y nunca se corrigen. Abrí los ojos y una sonrisa me esperaba, una sonrisa que no quería pero ahí estaba, la sonrisa radical de la nada, esa nada que desprecio profundamente pero amo por su constante preocupación por estar ahí, por dejarme morir en su casa que es mi casa.

II

Me gritó que no le dijera amor si no lo sentía. Luego me reprendió por decirle mi vida y me aclaró que su nombre era mejor que la vida que yo profería por mis labios manchados de tantos besos entregados. Ella dejó de amarme esa noche y como cualquier fracasado caí de rodillas en la oscuridad de mi cuarto, sin nadie a mi alrededor, solo como de costumbre, pero llamando con urgencia a un cuerpo que evocara el de ella, la chica de luz que me insistió que trascender no era una mierda.

Regresé al balcón y a la rutina de ver a mi vecina. La debilidad ya era significativa y solo podía verla unos pocos minutos para regresar a mi cama llena de cojines y encerrarme en mí, en mi casa que es su casa. Esa noche, la noche de mi regreso el cuerpo no soportó más mi sangre y arrodillado en el baño saqué todo la culpa que me quedaba.

Desperté en otra estancia y la soñé con más detalle. Bebía vino y me incitaba a besarla sin besarla, a tocarla sin tocarla, a sentirla sin sentirla. Caí abatido mientras me exigía que le sirviera una copa más para hacerme entender que era ella la que me limitaba, la que colocaba una cerca infranqueable para despacharme porque me quería, me deseaba, me odiaba, me conocía y yo, el innoble plebeyo no podía compararme con los nombres que la pretendían, que la deseaban y que al oído le informaban que yo leía solo eso que me apasionaba porque me ayudaba a soportar mi existencia.

Al despertar una vez más temí por mí y mi frugal compañía. Nada innovador pasó mientras comía mi gelatina y me colocaba esos pantalones rastafari que un cumpleaños me regalo una ex como parte de una promesa de no agresión que ya vislumbraba una irrefutable ruptura. Ahora no me duele, pero esas noches posteriores al abandono no recuerdo que fue lo más ridículo que hice si escuchar a Pablo Alborán o llamarla sabiendo que ya soñaba con otro más parecido a ella.

III

Siempre dudó de mí. Y en las últimas conversaciones ya se notaba que el final era inminente. Ya no soportábamos el saber uno del otro y arreciaban las quejas por lo que antes era natural. Creo que en esas tardes que estuvimos juntos y las pocas noches que bebimos y nos besamos aceptaba mi escepticismo como parte de esas pruebas barrocas que se colocan las mujeres para ostentar un sitial en un reino que no es reino y en el corazón de un rey que no llega ni a bufón.

Las cortinas del balcón ya no pueden ocultarme por eso en un arranque de necesaria protección coloqué unas sábanas que ocultaba en el fondo del clóset, esas que tiene forma de corazones y flechas que serían utilizadas en esas noches de interés amoroso que ya no ocurren. Las cortinas van bien, combinan con los frascos de medicamentos que tengo en la mesa de la sala y con el desorden que irrumpe ahora en mi vida ante la debilidad que me acompaña y me coarta las ganas de mantener todo impecablemente limpio y con olor a canela y sándalo.

Sin embargo, hoy quiero que todo esté como nunca debió dejar de estar. Me dispongo a limpiar y lo hago con una firmeza que descubre que por unos instantes no recuerde mi enfermedad y mi relación cotidiana con la nada.

Culmino mi tarea y en lugar de ocultarme me siento en el balcón, enciendo las varitas de canela que tanto me gustan y tomo un cigarrillo,  de esas cajas que aún sobreviven en cada rincón de la casa. Ya son las seis y hoy veo hacia su casa sin pudor, la veo salir y me sonríe. Ella enciende su cigarrillo y yo en un ademán de conquistador le pido fuego. Sonríe y me señala que vendrá a darme fuego o a visitarme da igual.

El timbre no suena desde hace años y escucho el crujir de la madera que me alerta que ya está cerca. Me levanto y tiemblo ante la llegada de mi sueño inesperado. Abro la puerta y su sonrisa me fulmina o es otra causa la que hace que caiga a sus pies no sin antes murmurarle: bésame.

Me pierdo en otros lugares espesos y la veo llegar mirándome fijamente. Creo que me ausculta y me recrimina porque no estoy cuando ella quiere y porque estoy cuando ella no quiere. Me deja claro que no debo buscarla que es ella quien decide si besa o no, si ve o no, si desea o no. Entonces recuerdo a Pablo Alborán pero es Sábato quien irrumpe en mi sueño de muerte y me dice que las grandes corrientes que arrastran no me angustian sino que generan una poderosa euforia.

Al incorporarme alguien me toma de la mano y me ve con desprecio. Suspira con negligencia y me acusa de nunca estar cuando debo estar y de no besar cuando debo besar. Me desprecia y pese a ello, deja sobre mi mesa de noche un té de menta y las pastillas que en orden debo tomarme. Luego la veo salir y en un intento de fortaleza, que ya no abundan en mí, le pregunto quién es y dónde está mi vecina, la respuesta es directa: nunca estas cuando debes estar y nunca besas cuando debes besar y soy tu, no hay nadie más en esta habitación.

IV

Sentí como el corazón una vez más se quebraba pero en esta oportunidad ya estaba preparado y bebí el trago de ron añejo que oculté entre mis libros y cuentos incompletos para despedirla como solo lo hace la gente como yo. Entendiendo que a la gente como yo la amas o detestas con la misma intensidad.

Mi vecina llegó a la comuna que habito antes de enfermarme. Desde que la vi supuse que algún día me besaría y que algún día me extrañaría, nada de eso ocurrió en una época de encantamientos irrisorios de cercanía. Ella salía con alguien más a quien ocultaba sin ningún resultado positivo.

Luego dejé de verla un tiempo y reapareció casada con un extranjero que siempre deteste porque la rozaba y la mimaba cuando quería. Por eso ahora que nuevamente la veo a través de las cortinas no siento la misma pasión que me desbocaba en esta oportunidad, antes de anochecer, tomo un té y un cigarrillo, salgo al balcón y como sé que mis fuerzas ya me abandonan, me desmayo con los ojos abiertos y con una sonrisa falsa para que sienta que la veo desnudarse y su encanto dentro de mi permanece intacto.

Una noche no desperté más en tu mundo y al abrir los ojos te vi otra vez, más delgada, más rota, más mujer, más dura y con un concepto de mi muy arraigado. Pero ya no me importaba y resolví acercarme para susurrarte al oído que besaría cada parte de tu cuerpo y que serías tú quien lo pediría: Aún en este limbo espero tus palabras que sé que llegarán.

Al anochecer pienso que trascender es trascender y morir es morir. Que los únicos túneles que tienen destellos de luminosidad son los que transitan los vehículos y que una chica de luz, una vecina o femme fatale son las mismas en distintos tiempos, eso sí, mis tiempos en los que pienso que si bien no todo es una mierda, la mayoría sí.

INSTRUCCIONES

CUENTO 1 CUENTO 2
Párrafo 1 Párrafo 7
Capítulo II Párrafo 1 Capítulo II Párrafo 3
Capítulo III Párrafo 1 Capítulo III Párrafo 6
Capítulo IV Párrafo 1 Capítulo IV Párrafo 4

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Peltre

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Relato I

Cuando lo vi por última vez me bajó la regla y eso que no estaba en mis días.

Llegó borracho y como siempre se sentó en la sala, se quitó los zapatos y gritó mi nombre con violencia para que le llevara la comida.

No recuerdo otra cosa que la combinación gourmet de pasta de tomate, carne molida y limpiador de pocetas, en esas ollas de peltre que mi madre me regaló cuando me casé con este troglodita.

Recordé la boda. Fue sencilla pero bonita. Me casé en la capilla de los Santos Desamparados, como si se tratase de un presagio de lo que me venía. Ese día me vestí de rojo, siempre fue mi sueño y el de blanco. Creo que era más puro que yo, pero más cerdo, cobarde, borracho y mal hombre que todos los que por mi vida pasaron y no fueron pocos, porque yo fui una puta.

Bueno, trabajé en un bar de esos donde las fichas respaldan tu salida del local con un cliente, si puta, hay cosas que no pueden adornarse.

Fumaba todas las noches marihuana. El humo me trasladaba a sitios hermosos lejos de los lugares asquerosos de este pueblo que quiero borrar de mi mente. Bebía poco y dormía menos. Siempre llevaba conmigo un hatillo donde guardaba unos zarcillos de mi abuela materna, vieja codiciosa que nunca me regaló nada, por eso se los robé, un pañuelo de Emilio José, el primer hombre que me pago una cena sin pedirme pruebas de nada y un libro de un soñador que contaba su vida tan perversa como la mía y al cual tituló Diario de una puta.

Pero como todas las mujeres cometí el peor error de mi vida, me enamoré como una pendeja y salí del negocio para esperar que otro me diera mientras engordaba y moría de mengua en una cocina. Mi cocina es bella, pero para quemarla con los cubiertos, los platos y las ollas de peltre que mi madre me regaló, no sé por qué me regaló esas ollas que odio y que son ahora el recipiente de mi elixir para mandar gente al más allá.

Gritó de nuevo y como siempre que bebía quería golpearme. Esta vez no lo confronté, solo le dije mi amor ya está lista tu comida favorita. El imbécil me golpeó de igual manera, pero fue la última vez que pudo levantar los brazos.

Tomó la cuchara más grande de la cocina y comenzó a engullir toda la salsa para la pasta. Yo, desde el piso, solo miraba como se le iba la vida cada segundo hasta que calló arrodillado y pidió agua.

Me levanté, sonreí para verlo agonizar mientras lavaba las ollas de peltre que mi madre me regaló, porque los regalos hay que cuidarlos.

Relato II

Nadie me dijo que estar casado sería tan duro.

Me llamo José y tengo 28 años, me casé con Lucia cuando tenía 20 y hoy cumplimos 8 hermosos años juntos como residentes en este apartamento. Uno y medio como pareja feliz, uno y medio como pareja peleando, dos como ausentes y tres años como desconocidos.

Hace algunos meses descubrí en los vasos de peltre que me dio mi madrina Marleny y mi tío Pedro que ella, mi Lucia, que en los tres últimos años no conozco, me es infiel. Quiero decirles que el descubrimiento no es solo por mi destreza detectivesca, sino por mi amigo Francisco, que lee la borra del café.

La fractura de mi amor propio no me deja dormir en el sofá de la casa, es bueno aclarar que duermo en la sala desde hace seis años, porque Lucia se apoderó del único cuarto que existe, el baño lo uso a partir de las ocho de la mañana y no podemos vernos en la cocina juntos. Así de divertida es mi convivencia.

Hoy todo va a cambiar.

Estoy haciendo el café fuera de mi horario. Pronto llegará a la cocina y nos veremos para conversar sobre esta situación que no me importa pero que no acepto. Es por eso que compré cianuro y lo combino con el café en estos vasos de peltre blanco que mi madrina me regalo en un cumpleaños de hace ya muchos que no tengo igual. Ese día me gustaron, solo ese día, ahora las marcas de los golpes recibidos son su característica particular. Que vasos tan duraderos.

Mientras espero su llegada leo desde mi tabla un blog despreciable de cuentos que me hablan de fantasmas de color azul que van por las vidas de mujeres y hombres como un enigma clandestino de odios y amores a ratos.

Absorto leyendo el Diario de una puta, uno de los pocos cuentos que me intrigaron, la veo entrar a la cocina. De inmediato me pregunta que hago allí y mi respuesta es solo una sonrisa y mi ofrecimiento en son de paz de una taza humeante de café.

Lo toma sin dejar de verme con ojos de desprecio.

Ni una palabra sale en ese silencio incómodo que siento que nos acompaña desde siempre, un sorbo, luego otro más largo y mientras estoy de espaldas a ella, lavando los vasos de peltre que me regaló mi madrina noto como un cuerpo cae violentamente y sin afanarme me doy cuenta que los vasos son el mejor regalo de cumpleaños que me han dado en mi vida.

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«MOZART HA MUERTO»

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Por Jaime Bayly:

Conocí a Alan García en 1984. Era diputado y candidato presidencial. Tenía apenas 35 años. Yo tenía un programa de televisión. Se llamaba «Conexiones». Pertenecía a una generación posterior a la de Alan: contaba 19 años.

Lo entrevisté en una convención de empresarios. Quedé impresionado por su inteligencia, su elocuencia y su simpatía. Era un mago con las palabras, un hipnotizador. Había nacido para seducir. No había quien se resistiera a sus encantos. Parecía imbatible. Lo era.

Poco después, volví a entrevistarlo en su casa. Vivía en una torre moderna en la avenida Pardo de Miraflores. Conocí a su esposa Pilar. Argentina, cordobesa, hija de un gobernador de Córdoba, me pareció una señora tan bella como distinguida. Poseía una elegancia natural. Luego de la entrevista, Alan me mostró algunos libros de su vasta biblioteca. Citó de memoria varios poemas de Neruda. Recitó el poema de Neruda, «Alturas de Machu Picchu». Quedé arrobado con su vasta cultura, infrecuente en un político de mi país. Sentí genuina simpatía y admiración por él. Pensé que hasta podía votar por él. Estaba equivocado. El destino se ocupó de torcer esos planes, sabotear esa incipiente amistad.

Un líder histórico de su partido, Andrés Townsend, hombre de honor, que había fracasado en su intento de ser candidato presidencial en las elecciones de 1980, me llamó a su casa, diciendo que debía transmitirme un mensaje urgente. Acudí, presuroso. Townsend me llevó a su biblioteca y dijo:

–Alan está loco. Sufre de trastornos mentales. Tenemos que impedir que llegue al poder. Sería una catástrofe para el Perú.

Luego me contó que Alan había sido internado varias veces en la clínica San Felipe de Lima, donde lo habían sometido a la cura del sueño, durmiéndolo con sedantes para que saliera de profundas crisis depresivas, o para que se calmase de virulentos estallidos maníacos, o para salvarlo de hacerse daño. Le prometí a Townsend que usaría esa información tan pronto como pudiese.

–Tienes que preguntarle si le han hecho la cura del sueño –me dijo-. El Perú tiene que saber que es un loco peligroso.

Quedé muy perturbado luego de aquella conversación. Los dueños del canal, tres hermanos encantadores, veían con simpatía a Alan, y uno de ellos era su íntimo amigo y confidente. Yo sabía que, si le hacía esa pregunta a Alan, estaría en problemas. Sin embargo, sentía que mi misión era informar a los peruanos de aquella zona oscura del candidato favorito para ganar la presidencia.

Una semana antes de la primera vuelta electoral, uno de los dueños del canal me dijo que Alan daría su última entrevista de campaña en un programa llamado «Pulso», que se emitía los lunes por la noche. En ese programa había un moderador y un panel con cuatro periodistas que hacían las preguntas. El dueño me pidió que estuviera en el panel y preguntó:

-¿Lo vas a tratar con cariño, no?

-Sí, claro -le dije.

Pero estaba mintiendo. Porque horas antes de que el programa se emitiera en vivo, decidí que haría la pregunta kamikaze, aun a riesgo de que me despidieran. No solo pretendía que Alan se viese obligado a confesar que sufría de trastornos mentales y le habían hecho la cura del sueño, sino, vaya si era ingenuo, quería evitar que llegase al poder. Me creía tan poderoso que pensaba: si le hago la pregunta y lo humillo y queda en ridículo, perderá las elecciones y yo quedaré como un héroe. Me enternece recordar la estupidez de mi candor.

Cuando el moderador me concedió el turno de mi primera pregunta, hice acopio de valor y pregunté:

-¿Alguna vez ha estado internado en una clínica de salud mental? ¿Le han hecho la cura del sueño?

–Su pregunta es un golpe bajo que no voy a responder -dijo Alan.

Tan pronto como terminó el programa, mis compañeros del panel me dijeron que me había metido en unos líos serios. Tenían razón. Días después, cuando Alan ya había ganado, uno de los dueños del canal me llamó a su despacho y me dijo que, si quería continuar trabajando en esa televisora, solo podía hablar de política internacional, ya no de política peruana y, sobre todo, no de Alan García, quien, como era previsible, arrasó en la primera vuelta de un modo tan abrumador, empequeñeciendo a sus adversarios, que no hubo ya necesidad de ir a una segunda votación. Alan llegó al poder, juró como presidente, redimió a su partido de los fracasos históricos. El país entero estaba rendido a sus encantos, hincado de rodillas ante él. Yo no podía aceptar la censura que me imponía el canal. Renuncié. Me quedé sin trabajo. Ningún canal quería contratarme, sus dueños temían que esa insolencia les costase caro. Alan me había derrotado.

Semanas después, tuve la extraña fortuna de que me contratasen para presentar un programa de política internacional que se grababa en Santo Domingo. Se llamaba «Planeta 3» (porque el tercer planeta del sistema solar es la Tierra, qué nombre jalado de los pelos). Era un programa de política internacional. Yo era el moderador y tenía tres invitados en un panel, a quienes sometía a mis preguntas. Viajaba todos los meses a Santo Domingo para grabar el programa. Los cinco años que duró el primer gobierno de Alan, estuve fuera de la televisión peruana. Vivía entre Lima, Santo Domingo y Miami, siempre en hoteles.

Cuando Alan todavía gozaba de una prolongada luna de miel con los peruanos, allá por 1986, uno de los dueños del canal intentó que nos reconciliásemos. Me pidió que viajase a Nueva York y me presentase en el hotel Waldorf Astoria, donde estaría alojado Alan, quien hablaría en Naciones Unidas, y le pidiese una entrevista y presentase mis disculpas por la pregunta sobre su salud mental.

-Alan te va a perdonar -me dijo el dueño-. Y te va a dar una entrevista. Pero tienes que comenzar disculpándote.

Viajé a Nueva York. Me presenté en el Waldorf Astoria. Mi plan era pedirle la entrevista: si me la concedía, no me disculparía y le haría de nuevo la pregunta que no había querido responder. Me anuncié en la recepción. Me dejaron esperando un par de horas. Cuando finalmente entró Alan caminando con paso imperial, mirando desde el olimpo de sus dos metros de altura, quise acercarme a él, pero dio instrucciones a sus custodios de que lo impidiesen. Me miró con desdén. Luego entró en el ascensor, me dirigió una última mirada envanecida y las puertas se cerraron. No hubo disculpas, reconciliación, entrevista. Alan tuvo la astucia de sospechar que, si me daba la entrevista, yo no me replegaría, seguiría incordiándolo. Por eso no quiso dignificarme y me hizo sentir un bicho, un insecto. Esa noche, en un bar, una reportera de televisión muy guapa, consentida de Alan, me hizo una confidencia:

–Alan me ha dicho que él es Mozart y tú eres su Salieri.

Me dolió. Me sentí humillado. Pero era verdad: Alan era Mozart, un genio absoluto de la política, la seducción, la hipnosis colectiva, un hechicero, un mago. Yo era su Salieri envidioso, rencoroso: nunca podría ser tan brillante y encantador como él, estaba demasiado lastrado por mis vicios, defectos e imperfecciones como para alcanzar las cumbres del poder, la gloria inmortal. Yo hubiera querido ser como él, un político de formidable talento, pero ya entonces sabía que, además de las mujeres, me gustaban también los hombres, algo que me esforzaba tontamente por encubrir, y por eso comprendía que nunca llegaría a ser un presidente amado, adorado, como Alan. Recuerdo que aquella noche, en el bar de Nueva York, le dije a la reportera:

-Yo no aspiro a la gloria de la política. Yo quiero ser un escritor. Estoy escribiendo un libro. Yo no soy su Salieri, porque aspiro a la gloria del escritor.

Pero estaba engañado: en verdad, Alan era Mozart y yo era su Salieri. Una vez más, me había derrotado. Su inteligencia y su astucia me sobrepasaban largamente.

El tiempo puso las cosas en su lugar. Su paso por el poder, a tan precoz edad, puso en evidencia que no era una persona del todo estable. Yo tampoco lo era. No sabía entonces que era bipolar, quizás como el propio Alan. Es decir que la nuestra fue una pelea épica de dos locos que no sabíamos que estábamos locos.

Años después, en 2001, cuando Alan había regresado de París y era nuevamente candidato presidencial, y había pasado a la segunda vuelta contra todo pronóstico, enfrentando al cachafaz de Alejandro Toledo, fui a visitarlo a la casa de su partido. Me recibió en privado. Nos dimos un apretón de manos, nos confundimos en un abrazo, nos perdonamos, olvidamos los agravios del pasado, enterramos los rencores. Alan se sentía un ganador, una criatura mitológica: había salvado la vida, pues Fujimori ordenó matarlo, y escapado con astucia de la sañuda persecución de esa dictadura, y ahora estaba de regreso, cerca de volver al poder, acallando a sus enemigos y envidiosos de toda la vida. Yo también me sentía un ganador, en cierto modo: había conseguido ser un escritor, publicado varios libros en España, y la crítica en ese país había sido benévola con mis novelas, y ahora hacía un programa de éxito en Lima, «El Francotirador». En un gesto de gratitud y caballerosidad, correspondiendo a la visita que le hice, Alan me concedió una entrevista de una hora en televisión. Vino al estudio con Pilar, su mujer. Me atreví a hacerle de nuevo la pregunta de 1985. Negó que tuviese problemas mentales. Le recordé que me había censurado. Lo negó. Le pedí que pidiera disculpas por su primer gobierno paupérrimo. Lo hizo. Cuestioné su vida desahogada en París. Se defendió con sagacidad. Al final de la entrevista, no éramos amigos, pero tampoco seguíamos siendo enemigos. Improbablemente, nos habíamos reconciliado. Alan ya no era tan soberbio como en su juventud. La larga travesía por el desierto había rebajado el tamaño colosal de su ego.

Cinco años después, cuando pasó a la segunda vuelta con el chavista de Ollanta Humala, apoyé públicamente a Alan y voté por él. Luego, ya siendo presidente, me burlé sin compasión de él todos los domingos desde «El Francotirador». Alan no llamó al dueño del canal a quejarse, a pedir que me sacasen del aire. Había aprendido la lección. Había forjado una tolerancia a la crítica, aprendido a ser un estadista que entendía el papel irritante de la prensa, que debía ser hostil a quien ocupaba el poder.

Mis críticas feroces, bromas desalmadas y dardos envenenados no le hicieron demasiada mella, no socavaron nuestra amistad o, cuando menos, no erosionaron nuestra alianza de mínima cordialidad. No me guardó rencor. No me sumó a la lista negra de sus enemigos. Entendía que su oficio era administrar el poder y el mío, criticarlo, burlarme de él.

Sé que no me guardó rencor porque, al final de su segundo mandato, cuando mi nombre apareció entre los candidatos presidenciales más favorecidos en las encuestas, le pedí una cita secreta y me recibió en la casa de gobierno a medianoche. Le conté, ya casi como amigos, deslizándonos al terreno de las confidencias, mis problemas de salud mental, de bipolaridad e insomnio, y hasta enumeré las pastillas que tomaba. Le dije que no sabía si debía inscribirme como candidato. Me animó resueltamente. Me dijo que tenía la oportunidad de pasar a la historia. Habló de la gloria insuperable de servir a los más pobres. Dijo que podía ganar, si defendía una agenda liberal y me convertía en el candidato de los jóvenes. Fue sumamente generoso conmigo. Me aconsejó en tono paternal, sentí que me tenía genuino afecto. Dijo que, si me lanzaba como candidato, él me apoyaría.

Pero yo no sabía si lanzarme o no. Temía que, si me lanzaba, dejaría de ser un escritor. Temía que, si entraba en política, nunca más conseguiría salir de esa ciénaga en la que acababan hundiéndose culpables e inocentes, héroes y villanos. Temía que la descomedida pretensión de la gloria me condujese al precipicio, al despeñadero.

En medio de aquellas tribulaciones, invité a Alan a cenar en mi casa de San Isidro. Vino con su novia, una mujer encantadora. Volvió a animarme para ser candidato presencial. Me recordó que debía defender una agenda moderna, libertaria, que capturase la imaginación de los jóvenes. Le dije que no tenía dinero para financiar la campaña. Se rio. En tono paternal, me dijo que, si inscribía mi candidatura y despuntaba en las encuestas, la plata llegaría sola, pues los empresarios más poderosos solían precipitarse a financiar las campañas de los candidatos con posibilidades de ganar. Tenía razón. En efecto, la plata llegaba sola. Poco después, el representante de Odebrecht se ofreció, en una cena en el club Nacional, a financiarme la campaña presidencial. Para comenzar, podía darme un millón de dólares.

-Tú entiendes que no es una donación, sino un préstamo -me advirtió.

Era evidente que, si yo ganaba, lo que parecía harto improbable, dado mi historial de escándalos, mi conducta disoluta y mis trastornos bipolares, tendría que pagarle la deuda, concediéndole obras públicas millonarias.

Por suerte, tomé la decisión de no inscribir mi candidatura presidencial. Recordé lo que le había dicho a la reportera en Nueva York: yo no quiero ser un político, quiero ser un escritor.

Aquella fue la última vez que vi a Alan: en mi casa de San Isidro, en Lima, en 2010. Luego nos distanciamos: conté en una columna que me había espoleado a ser candidato, diciéndome que la plata llegaría sola. No debí hacerlo. Fue una infidencia. Era una cena íntima y lo que allí se habló debió preservarse en secreto. Pero no soy bueno para guardar secretos: mi familia lo sabe bien.

Esa noche, en mi casa, Alan me dijo que creía en la vida eterna, que a menudo se le aparecía el espíritu de Haya de la Torre, el fundador de su partido, que estaba seguro de que se reuniría con Haya y con su padre, Carlos, en la vida eterna. Espero que ahora se encuentre en tan buena compañía.

Alan: fue un honor ser tu enemigo y brevemente tu amigo. Te extrañaré. Que Dios se apiade de tu alma y te conceda el descanso eterno que mereces.

Mozart ha muerto. Salieri no se alegra.

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