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Al anochecer

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Y ella me replicó que trascender no era una mierda y yo sonreí por temor a sus ataques intensos de luz que pudieran seguramente curarme y hacerme sobrellevar está precaria situación que hoy me tiene encerrado en este laberinto hostil de mi cabeza.

Llegar a las terapias semanales en el hospital solo fue el comienzo de esta travesía que ya cumple diez meses. Por eso trascender o morir que no es lo mismo para algunos,  para mí es tan concluyentemente parecido, que significa el fin último de esta etapa, mi etapa, la etapa de la vida, esa que negamos que llegue o en mi caso que se vaya.

Hace meses deje de soñar. Solo respiraba y me miraba con detenimiento frente al espejo. Ver cada marca que cubre mi rostro, ver como mis ojos pierden el color, como la sonrisa es una mueca y sentir detalladamente como el cabello, que hace años se divorció de mí, sigue sin importarme, era tan satisfactorio como husmear a través de la ventana a la vecina que todas las tardes, a las seis, se desnudaba para mí.

La palpaba desde lejos. Ella sabía que la miraba, yo sabía por qué la miraba y,  luego, a la siete, ella salía al balcón a fumar y enviar besos de humo, mientras yo me consumía en un cuarto harto de mí y de mi huésped (que a diario crecía en mi cabeza), del sin control que regía mi vida, del dulce de coco que comía a diario para quitarme ese sabor amargo que solo esas pastillas, las pastillas fuertes pueden generar en tu boca.

Seguía viéndola una hora más hasta que sus cigarrillos se agotaban y mis ganas de espiar sucumbían, luego solo distinguía su silueta ir y venir de un lado a otro, arreglaba o destrozaba y por último, a las diez, me atrevía a salir al balcón con una misión de vida o vida, mirarla en el postrimería de esa noche, por si acaso no había un mañana más.

Una tarde, a las seis, me desvanecí y solo pude observar una bocanada de humo desde lejos, al ir cayendo, su cara de impresión me preocupo, pues siempre supuse que nuestro juego no daría responsabilidades por lo que le pasaba a uno o al otro. Caí y sentí como ese trascender o muerte tocaba muy parsimoniosamente mi casa, eso sí, dejándome agonizar para ir quemando cada una de mis faltas o bien esas culpas que metieron en mi cabeza desde niño.

En mi tránsito por ese túnel que no existe y sin ninguna luz la soñé y la vi cerca, con una sonrisa extrema, con ojos  expresivos, con piernas de locura y un cabello negro que la hacían ver excelsa y distinguida. Su hija jugaba a su lado (era una madre soltera, jovial y comprometida) y yo con un deseo reprochable le llevaba el desayuno a la cama, ella me sonreía y me rozaba la cara mientras leía por quinta vez “Antes del fin”, de Sábato, para recordarme que estaba conmigo por ese placer innegable de estar con almas rotas.

Me mantuve ausente durante 3 días, desperté con una necesidad absoluta de fumar y comer pan con queso propio de los deseos de perdedor que se incrustan en la piel de los hombres y nunca se corrigen. Abrí los ojos y una sonrisa me esperaba, una sonrisa que no quería pero ahí estaba, la sonrisa radical de la nada, esa nada que desprecio profundamente pero amo por su constante preocupación por estar ahí, por dejarme morir en su casa que es mi casa.

II

Me gritó que no le dijera amor si no lo sentía. Luego me reprendió por decirle mi vida y me aclaró que su nombre era mejor que la vida que yo profería por mis labios manchados de tantos besos entregados. Ella dejó de amarme esa noche y como cualquier fracasado caí de rodillas en la oscuridad de mi cuarto, sin nadie a mi alrededor, solo como de costumbre, pero llamando con urgencia a un cuerpo que evocara el de ella, la chica de luz que me insistió que trascender no era una mierda.

Regresé al balcón y a la rutina de ver a mi vecina. La debilidad ya era significativa y solo podía verla unos pocos minutos para regresar a mi cama llena de cojines y encerrarme en mí, en mi casa que es su casa. Esa noche, la noche de mi regreso el cuerpo no soportó más mi sangre y arrodillado en el baño saqué todo la culpa que me quedaba.

Desperté en otra estancia y la soñé con más detalle. Bebía vino y me incitaba a besarla sin besarla, a tocarla sin tocarla, a sentirla sin sentirla. Caí abatido mientras me exigía que le sirviera una copa más para hacerme entender que era ella la que me limitaba, la que colocaba una cerca infranqueable para despacharme porque me quería, me deseaba, me odiaba, me conocía y yo, el innoble plebeyo no podía compararme con los nombres que la pretendían, que la deseaban y que al oído le informaban que yo leía solo eso que me apasionaba porque me ayudaba a soportar mi existencia.

Al despertar una vez más temí por mí y mi frugal compañía. Nada innovador pasó mientras comía mi gelatina y me colocaba esos pantalones rastafari que un cumpleaños me regalo una ex como parte de una promesa de no agresión que ya vislumbraba una irrefutable ruptura. Ahora no me duele, pero esas noches posteriores al abandono no recuerdo que fue lo más ridículo que hice si escuchar a Pablo Alborán o llamarla sabiendo que ya soñaba con otro más parecido a ella.

III

Siempre dudó de mí. Y en las últimas conversaciones ya se notaba que el final era inminente. Ya no soportábamos el saber uno del otro y arreciaban las quejas por lo que antes era natural. Creo que en esas tardes que estuvimos juntos y las pocas noches que bebimos y nos besamos aceptaba mi escepticismo como parte de esas pruebas barrocas que se colocan las mujeres para ostentar un sitial en un reino que no es reino y en el corazón de un rey que no llega ni a bufón.

Las cortinas del balcón ya no pueden ocultarme por eso en un arranque de necesaria protección coloqué unas sábanas que ocultaba en el fondo del clóset, esas que tiene forma de corazones y flechas que serían utilizadas en esas noches de interés amoroso que ya no ocurren. Las cortinas van bien, combinan con los frascos de medicamentos que tengo en la mesa de la sala y con el desorden que irrumpe ahora en mi vida ante la debilidad que me acompaña y me coarta las ganas de mantener todo impecablemente limpio y con olor a canela y sándalo.

Sin embargo, hoy quiero que todo esté como nunca debió dejar de estar. Me dispongo a limpiar y lo hago con una firmeza que descubre que por unos instantes no recuerde mi enfermedad y mi relación cotidiana con la nada.

Culmino mi tarea y en lugar de ocultarme me siento en el balcón, enciendo las varitas de canela que tanto me gustan y tomo un cigarrillo,  de esas cajas que aún sobreviven en cada rincón de la casa. Ya son las seis y hoy veo hacia su casa sin pudor, la veo salir y me sonríe. Ella enciende su cigarrillo y yo en un ademán de conquistador le pido fuego. Sonríe y me señala que vendrá a darme fuego o a visitarme da igual.

El timbre no suena desde hace años y escucho el crujir de la madera que me alerta que ya está cerca. Me levanto y tiemblo ante la llegada de mi sueño inesperado. Abro la puerta y su sonrisa me fulmina o es otra causa la que hace que caiga a sus pies no sin antes murmurarle: bésame.

Me pierdo en otros lugares espesos y la veo llegar mirándome fijamente. Creo que me ausculta y me recrimina porque no estoy cuando ella quiere y porque estoy cuando ella no quiere. Me deja claro que no debo buscarla que es ella quien decide si besa o no, si ve o no, si desea o no. Entonces recuerdo a Pablo Alborán pero es Sábato quien irrumpe en mi sueño de muerte y me dice que las grandes corrientes que arrastran no me angustian sino que generan una poderosa euforia.

Al incorporarme alguien me toma de la mano y me ve con desprecio. Suspira con negligencia y me acusa de nunca estar cuando debo estar y de no besar cuando debo besar. Me desprecia y pese a ello, deja sobre mi mesa de noche un té de menta y las pastillas que en orden debo tomarme. Luego la veo salir y en un intento de fortaleza, que ya no abundan en mí, le pregunto quién es y dónde está mi vecina, la respuesta es directa: nunca estas cuando debes estar y nunca besas cuando debes besar y soy tu, no hay nadie más en esta habitación.

IV

Sentí como el corazón una vez más se quebraba pero en esta oportunidad ya estaba preparado y bebí el trago de ron añejo que oculté entre mis libros y cuentos incompletos para despedirla como solo lo hace la gente como yo. Entendiendo que a la gente como yo la amas o detestas con la misma intensidad.

Mi vecina llegó a la comuna que habito antes de enfermarme. Desde que la vi supuse que algún día me besaría y que algún día me extrañaría, nada de eso ocurrió en una época de encantamientos irrisorios de cercanía. Ella salía con alguien más a quien ocultaba sin ningún resultado positivo.

Luego dejé de verla un tiempo y reapareció casada con un extranjero que siempre deteste porque la rozaba y la mimaba cuando quería. Por eso ahora que nuevamente la veo a través de las cortinas no siento la misma pasión que me desbocaba en esta oportunidad, antes de anochecer, tomo un té y un cigarrillo, salgo al balcón y como sé que mis fuerzas ya me abandonan, me desmayo con los ojos abiertos y con una sonrisa falsa para que sienta que la veo desnudarse y su encanto dentro de mi permanece intacto.

Una noche no desperté más en tu mundo y al abrir los ojos te vi otra vez, más delgada, más rota, más mujer, más dura y con un concepto de mi muy arraigado. Pero ya no me importaba y resolví acercarme para susurrarte al oído que besaría cada parte de tu cuerpo y que serías tú quien lo pediría: Aún en este limbo espero tus palabras que sé que llegarán.

Al anochecer pienso que trascender es trascender y morir es morir. Que los únicos túneles que tienen destellos de luminosidad son los que transitan los vehículos y que una chica de luz, una vecina o femme fatale son las mismas en distintos tiempos, eso sí, mis tiempos en los que pienso que si bien no todo es una mierda, la mayoría sí.

INSTRUCCIONES

CUENTO 1 CUENTO 2
Párrafo 1 Párrafo 7
Capítulo II Párrafo 1 Capítulo II Párrafo 3
Capítulo III Párrafo 1 Capítulo III Párrafo 6
Capítulo IV Párrafo 1 Capítulo IV Párrafo 4

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Decir de adioses

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Ha pasado el tiempo y me reinvento sin tu presencia. Es inadmisible no asegurar que otras bocas han mancillado mis labios sin obtener la respuesta inmediata que me daba la hiel que una vez probé de ti. Asiento que fueron segundos los que disfrutamos y me culpo incesablemente de los errores que jamás podré borrar de tus pensamientos.

Ha pasado el tiempo y descubro que la soledad reina en mí sin importar la compañía que se acerca displicente a mi cama algunas noches perturbadoras de cigarros. Un sorbo de vino tinto me hace desvariar y aún sueño despierto rozarte las manos y sentir el calor que necesito a ratos y no por siempre.

Las despedidas son más placenteras, siempre lo han sido en mi vida. Arrancarme el corazón y dibujarlo en palabras es más sencillo que presentarlo ante todos y gemir de dolor cuando en la oscuridad de un cuarto recuerdo los días de gloria y las pasiones de sonrisas encontradas.
Los recuerdos me invaden.

Es tu rostro el que me llama, y yo, muero por tomarlo y ocultarlo de todos. La palabra necesidad es una ilusión desaparecida hace tanto ya.  Intento olvidar lo inolvidable y solo quejas regresan a mi cabeza. El juego maquiavélico de tu tiempo retumba en mi estancia y, camino para librar otra lucha que pronto perderé sin palabras, gestos o llamadas esporádicas que nunca llegan a nada.

Ha pasado el tiempo y por más que lo desee tu aroma recubre mi cuerpo.  Ansío verte cada día como el primer día. Ansio besarte como el primer beso. Ansio tocarte como la primera vez que te toque, sin embargo, todo se vuelca contra mí y nuevamente me reencuentro con la despedida a cuentagotas que deje que pasara.

No necesito las migajas de tus sonrisas, no necesito los cuentos que no me interesan de tu nueva vida, no necesito la sencillez de tus palabras para obviar el interés perpetuo de verte y sentirte nuevamente.

Desaparezco con la intensidad de las luces sepia de mí transitar de amor. Espero una respuesta a mis llamados incesantes de volver sin querer hacerlo. No deseo el pasado que me hizo feliz, deseo el presente que me hará respirar tus ojos, observar tus dulces pensamientos y tocar tu silueta elocuente que me exige atreverme.

Las palabras se ocultan en risas sin sentido. El acostumbrarse a todo sin importar lo que dejamos destruir es sin lugar a dudas, el quehacer diario de no poder tocar la puerta de una casa que ya no existe.

Ha pasado el tiempo y ya no tenemos que decirnos. Ya no hay tema que ocupe ese espacio vacío que antes ocupaba mi sonrisa mientras fumaba. Quizá es cierto, la única huella indeleble de mi presencia se resume en un recuerdo baladí que para mi sigue siendo presente. Sigo fumando y sonriendo sin parar, esperando llenar algo que para mí también está hueco.
Es reprochable aceptar que mi presencia no genere algo más que mi vicio inocuo o es simplemente que mis pasos son tan tenues que nunca sellaron un episodio digno que malgaste por lo menos una maldición al aire que me recuerde.

Me resigno en pensar que hay algo más que no se debe recordar y por ello, simplemente me anulan las ganas con una oración tan insignificante que me hace sentir el olor a tierra mojada y el ocaso de una despedida que nunca debió ser.

Ha pasado el tiempo y me reinvento sin tu presencia. Quiero querer no quererte mientras en otras sonrisas busco la tuya. Divago en manos que me auscultan el cuerpo y el alma. Eres tú o soy yo a quien busco en realidad. A quién le temo. A quién extraño. A quién quiero ver en realidad sonriendo. A quién veo en el reflejo del espejo fumando y sonriendo. A quién debo reinventar para saciar este decir de adioses que sepulta tu recuerdo noche tras noche y se aviva día tras día con nuevas caricias, nuevos besos, nuevos deseos y prontas despedidas.

Ha pasado el tiempo y aún no me reinvento sin tu presencia. 

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Diario (Quién es quién)

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Día uno “¿Quién es la puta?” (El)

El sudor recorre mi cuerpo y me levanto como siempre a las tres de la mañana. Es una sensación nefasta que genera la culpa por alguna acción acometida y de la cual no tengo explicación.  Siempre me sucede. Me culpo y los espasmos hacen todo lo biológicamente existente para hacerme padecer, sin embargo, no hay nada que un baño con agua caliente y jabón azul no puedan lavar y despercudir.

Los últimos acontecimientos me han hecho entender que sigo siendo una puta descorazonada y sin sentimientos. Quizá las experiencias pasadas forjaron un corazón coraza, medianamente indestructible, nada a mi alrededor me hace daño o siquiera incite a emborracharme y llamar a las tres de la mañana a aquella mujer que una vez fue compañía infame.

Siempre he sido el señalado. Siempre he sido el malo de la película. Siempre he sido la mortecina de los sentimientos. Siempre he sido la llamada en momentos de desesperación. Siempre he sido la última opción. Siempre he sido el que vale cuando está y cuando no, es un recibo de luz caduco y sucio. Siempre he sido el causante de desgracias de vida alegre de niños jugando en el jardín y una casita con vista a la pradera. Siempre he sido y, esto no lo puedo negar, el pecado de mojigatas y el deseo de despechadas.

La vida me ha enseñado que hay alguien más puta que yo. Y lamentablemente siempre la he conseguido cercana a mí, unida a mí, parte de mí. La sospecha es incuestionable y me abrazo al deseo de la puta alfa, que no es más que mi conciencia retumbándome que somos uno solo y que de ahí, nadie me saca.

La culpa no me acompaña y la cobardía que hasta hace algunos días alguien quiso fecundar en mi corazón, se disipó con un soplo de realidad: nadie puede ser digno de mi cuando quieren ser como yo, o parecerse, o imitarme o equivocarse públicamente y querer aparentar ser decente y honorable. Lo que las diferencia de mí es que ni soy honorable, ni decente, ni siquiera moral, soy eso que critican y evitan por aparentar que no tienen macula.

Los cuestionamientos son parte recurrente de mis relaciones, siempre me confunden con un Don Juan cuando en realidad no paso de un espanta moscas de esquina, pero proyectan en mí una imagen que nunca les vendí, pero que asumen que soy. El secreto es que vivo como ellas temen todos los días vivir. Vivo libre, me siento libre, soy libre y sin pudor, por acciones que a muchos y muchas sonrojaría.

Hoy es un día peculiar. Respiro el mismo aire que todos pero soy el desecho. El que nunca cumplió con los sueños de las princesas de cuentos. Soy el árbol caído. Soy el príncipe gris y tenue. Soy el borracho de botiquín que nadie saluda. Soy la promesa no cumplida. Soy la despedida. Soy el mal recuerdo. Soy el agua contaminada. Soy la mosca en la sopa. Soy el último trago de ron. Soy el cigarro que sabe a azufre. Soy la perdición de los sentimientos. Soy a quien no quieren nombrar mientras en otros labios, otros brazos y otros cuerpos se revuelcan sintiéndose puras y cubiertas por el manto de la divina misericordia.

Mi defecto es ser como soy y eso las excita. Las pierde. Las mueve. Las paraliza. Las crucifica. Las desenmascara. Las hace ver como son en realidad. Las hace salir de las sombras. Las evidencia. Las señala. Las califica y las enumera para que sean una más de un sinfín de sudores que manchan mi cama, mi espejo y mi cepillo de dientes.

Una raya más en esa pared que se cubre de sombras de inmaculadas que de dientes para afuera me siguen señalando, pero que de dientes para adentro quieren parecerse a mí, pero son tan deplorables que no saben ni copiar los principios básicos de ser puta ,que no es más que solo serlo.

Camino nuevamente las calles que ya recorrí y descubro que nada ha cambiado.  Las mujeres que compartieron conmigo parte de mi esencia, terminan en un hueco deforme de contradicciones que las ubican donde siempre estuvieron: Un pedestal de barro que las sumerge en el muladar de sus miserias.

Este es mi primer día, de un diario que apenas comienza.

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Usuarios en twitter reaccionan ante el informe de la ONU

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El pasado jueves fue difundido el informe de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (ACNUDH). En twitter los cibernautas volvieron tendencia #BacheletVzla #HablaBachelet #Michelebachellet. Al respecto, el presidente de Argentina se ha pronunciado, también representantes del del acontecer político a favor del gobierno y de oposición.

Lea También: Informe de Michelle Bachelet comprueba la violación de DDHH en Venezuela

El reconocido economista José Toro Hardy se pronunció sobre el informe.

El gobierno del presidente Maduro ha calificado el informe de la ONU como desequilibrado y mentiroso.

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