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El día que morí me hacían falta 48 años para nacer.

Hoy me levante y Celia no coló el café como de costumbre, la busque en su cuarto y el olor a dulce de lechosa invadía todo el recinto, una humareda de incienso se consumía en el rincón donde siempre se coloca el espejo los días domingos para que ella, mi Celia, se peine su largo cabello mientras prueba casi sin darse cuenta el dulce de lechosa que solo prepara cada mes para acicalarse después de venir de misa.

Dice que así se empieza un mes con sabor y belleza.

La vi en la cama y la ventana abierta dejaba entrever parte de la montaña fría que nos arropa casi a diario en esta tierra que ahora es parte de nuestra vida. Yo cultivo café y mi Celia enseña en la escuela. Jamás llega tarde y ahora menos que es fin de año y prepara las actividades de los niños. Ella me enseñó a leer y escribir y ahora ya puedo hacer negocios para comprarnos una finca y trabajar para nosotros.

Ya falta poco y Celia y yo lo sabemos.

Pero esta mañana, víspera de noche buena, Celia permanece acostada en su larga cama mirando el techo a través del toldillo, apretando las muelas y con las manos en forma de puños sujetando un papel que trato de quitarle de las manos pero no se deja, pues no la he besado en la frente y rozado sus mejillas como ella le gusta.

Somos extraños con códigos indescifrables para decirnos esos secretos solo nuestros.

La besé y roce sus mejillas y fue allí que mi Celia abrió las manos y una sonrisa gélida se dibujó en su rostro, un papel rodó por la cama y calló al piso. Lo tomé con temor, con ese temor de los hombres que nos hacen movernos cuando queremos estar estáticos y nos hacen quedar estáticos cuando queremos movernos.

Y fue allí que leí las palabras.

“Como eres tan bruto te informó que morí, el cuerpo me traicionó y este 23 de diciembre de 1915 me despido. Has los arreglos para que me entierren cerca de mi mamá y por favor que no lleven girasoles. El café está en la puerta izquierda del ceibo y el tabaco lo debes tener cerca de la letrina como siempre. Vísteme de azul y no llores frente a nadie. En la última noche prepara arroz con pollo y dulce de lechosa y luego vete de aquí, sin mí ya no perteneces a ningún sitio”.

Y fue en ese preciso momento que entendí que Celia se murió y era la hora de vagar sin rumbo buscando esa esencia perdida. Me negué a leer, a escribir a vivir sin ella y durante diez años me volví, más bruto, más calvo, más ciego, más borracho y más solo.

Un día me invitaron a comer dulce de lechosa y entendí que el final me acechaba. Recordé la noche que Celia prendió el incienso, dejó la ventana abierta y abrió la puerta no sin antes levantar el toldillo para esperarme. Era un 15 de julio de 1925 y morí sabiendo que 48 años después nacería solo para seguir buscando a Celia, mi Celia, para encontrarnos, besarnos en la frente y rozarnos las mejillas como nos gusta.

Espero que el nuevo yo, el de más adelante, sea mejor y pueda encontrarla.

I

El día que murió le hacían falta 23 años para nacer.

Hoy nació el hijo de Cristina es un flacucho de ojos penetrantes que solo llora del hambre, porque Cristina pasa hambre y más con ese marido maleante que se buscó. Yo siempre le dije, comadre, no se fije en esos que se paran en esquinas y fuman, esos nada bueno tienen para ofrecer, pero ella, como siempre, metió la pata y ya ve nació este pendejito feo y flaco.

Yo quiero a Cristina, pero querer no significa que no le diga las cosas como son.

Hoy cumple años mi ahijado, el hijo de Cristina, cinco años ya. Yo no quería ser madrina pero Cristina no tiene amigas y qué más da me tocó a mí, a la única. Esta cruz que una lleva por ser buena. Me vine a la fiesta con Celia, mi Celia, mi única hija, ella tiene seis años y le gustan estas reuniones y yo sola, como el Mauricio se fue a Colombia a buscar suerte hace siete años y no apareció más, pues me corresponde ser madre y padre. Y eso que este desgraciado no se paraba en la esquina y no fumaba.

Yo me quiero mucho, pero quererme no significa no decirme mis cosas como son.

Hoy se partió un brazo mi ahijado, el hijo de Cristina, el papá que nunca le había regalado nada y nunca había aparecido en 15 años, llegó con una moto,  y en dos horas ya mi ahijado era un experto bólido y lo peor es que invito a mi Celia a dar una vuelta y la fufurufa esta se fue. Ahora están los dos golpeados y la comadre y yo en la sala de espera para poder verlos. La comadre no llora, solo ve un punto fijo y sonríe, sabrá Dios por qué. Mi ahijado no termino la escuela y es Celia quien lo enseña a leer y escribir, dicen, en su sueño de juventud, que se van a ir del país para poder trabajar para ellos mismos.

Yo quiero mucho a mi Celia, pero el ahijado ya fuma y se para en la esquina.

Hoy Celia me dijo que se iba a vivir con mi ahijado y como ya tiene 20 años no puedo detenerla. Mi Celia es profesora de primaria y mi ahijado trabaja en el campo recogiendo unas hojas que le dan un bienestar superior a quienes estudiaron. El sigue fumando y parado en la esquina. No me gusta con quien habla y menos todas las cosas que compra. Mi ahijado es un ladrón que anda en malos pasos. Cristina no me habla pero la sigo queriendo.

Yo quiero mucho a mi ahijado pero eso no quita que lo odie por llevarse a Celia.

Son las seis de la mañana del 23 de diciembre de 1950 y un escándalo me despierta con el corazón en la mano. Desde que Celia se fue a vivir con mi ahijado duermo en la sala pensando y creyendo que uno de estos días volverá. Como puedo me levanto y abro el postigo de la puerta, una cara de espanto se acerca con rapidez y me dice: ¡comadre abra que está llena de sangre!

Tiemblo mucho y oigo la voz de mi Celia.

Cristina y mi ahijado sujetan a mi hija, mi única hija, por los hombros y la recuestan en el catre que tengo en la sala. Cierran la puerta con violencia y veo como los dos lloran tomando la cara ensangrentada de mi Celia, quien con un hilo de vida les dice que huele a dulce de lechosa e incienso y, que hoy va a morir, sabiendo que va a dejar a mi ahijado solo y eso le hace temer. Ruega que la vistan de azul para su entierro, que en la última noche hagan arroz con pollo y dulce de lechosa. Que nadie llore y que mi ahijado, el causante de esta tragedia huya, que corra sin detenerse, que no mire atrás, que se pierda en otras tierras, pues sin ella cerca, el ya no tiene rumbo y no pertenece a ningún sitio”.

Yo quiero mucho a Cristina y a mi ahijado pero desee que la bala que mató a Celia los hubiese matado a ellos.

Hoy se cumplen diez años de la muerte de mi hija y mi ahijado delira con la fiebre que ya tiene una semana en su cuerpo. Solo habla de mi Celia y de Cristina, que hace dos años murió arrodillada en el confesionario pidiendo un perdón que no se merecía. Yo veo como llora de desconcierto, después de perderse tanto tiempo de todos venir a aparecerse en esta casa roída por la tristeza para morirse no debe ser normal.

Yo odio a mi ahijado pero eso no quita que lo acompañe en sus últimos momentos.

El doctor me toma de la mano para decirme que tenga resignación, mientras veo como el causante de mi soledad ya no habla, ya no respira y cierra sus manos en forma de puño, apretando las muelas mientras un olor a dulce de lechosa e incienso no nos deja respirar. Recuerdo las palabras de mi Celia y hoy, 15 de julio de 1925 veo morir al amor de su vida sabiendo que 23 años después volverá a nacer solo para seguir buscando a Celia, mi Celia, para encontrarse, besarse en la frente y rozarse las mejillas como les gustaba.

Espero que mi nuevo ahijado, el de más adelante, sea mejor y pueda encontrarla.

II

Tranquilas todas, aún no he muerto.

Dicen que mi nombre es vulgar que cualquiera lo tiene y lo peor es que es cierto, sin embargo, no todos los que tienen mi nombre pueden ser como yo o no hacer nada como lo hago yo con tanta destreza. Soy un amante furtivo, un hombre que busca algo o alguien. Soy una bala pérdida, soy el caos, la perdición, la locura, el desamor y la compañía imperfecta. Soy el recuerdo que no se borra. Soy un eterno buscador de oro.

Camino a diario por el cementerio. Es un oficio peculiar que no todos tiene el valor de hacer, pues yo busco recuerdos. Busco los recuerdos de una vida que me dibujaron y aún no logro encontrar. Busco algo o alguien que me pertenece y que solo siento cerca cuando el sabor a dulce de lechosa roza mis labios o el olor a incienso me envuelve en su hechizo idílico.

Sueño con brujas que me besan y me muerden y al despertar siento el dolor en mi piel. Mi sueño se hace realidad. Las escucho reír y algunas veces llorar cuando una mujer toca mi cama. Son ellas las que me mantienen caminando a diario por el cementerio, es el único lugar donde no las oigo, donde no pueden hacer daño, o cuidarme, o amarme, o desearme.

Mis recuerdos de ese algo o alguien me atormentan pues cada día encuentro una nueva pista que me sumerge en campos de café, en escuelas de primaria, en gente leyendo, en despedidas, muertes, risas, sangre, comadres, odios y un nombre que me desconcierta, ese algo o alguien es Celia.

A Celia, mi Celia, la busco en cada cuerpo, cada boca, cada sonrisa, cada caricia y la encuentro dormida en otros nombres que son armonía y desazón. Todas tiene algo de ella, pero ninguna se acerca, se asemeja, se parece, pues mi Celia hoy yace en un hueco oscuro cubierta de tierra.

Hoy me mantengo devorando dulces de lechosa y cubierto de incienso esperando lo inevitable. Ahora más bruto, más calvo no me niego a leer y creo que ya han pasado 20 años sin que nadie venga a buscarme para iniciar otra vez en otra época donde por fin compraré la finca y me iré con Celia a trabajar por nosotros.

Soy yo el de ahora, el de más adelante o el que se quedó atrás perdido en un tiempo que no es mío pues sin ella, ya no pertenezco a ningún sitio.

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Inconsciente

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De inmediato se percató que no estaba en su hábitat. Calles desconocidas, gente inexplicablemente llena de ira en sus rostros, otras por el contrario con una sonrisa espléndida que negaba, a simple vista, que morían por dentro.

Carente de cualquier motivo para seguir caminando se detuvo en una vieja plaza. Los gritos de los niños, el alarido recurrente de los heladeros y uno que otro ladronzuelo que atacaba despiadadamente a los descuidados ancianos era parte de esa realidad que hoy sin saberlo lo acompañaba.

Un cigarro a medio fumar que encontró en un bolsillo de su chaqueta de cuero sirvió para iniciar una retorcida y penosa elucubración. Quiso infructuosamente adentrarse a sus recuerdos y no consiguió más que divagar acerca de los hechos que lo marcaron. Extrañamente el temor de lo desconocido no lo preocupó y siguió observando plácidamente todo aquello que lo rodeaba. Divisó a lo lejos una cara conocida. La vio dirigirse rápidamente hacía él y con el afán de los perseguidos lo tomó de un brazo bruscamente y lo conminó a dirigirse a un vehículo cercano que siempre estuvo allí,  pero como el mismo aire que se respira, se siente, pero no se conoce.

En el interior, dos personas más estaban celebrando alegres, con vino y mujeres. No pregunto a dónde lo llevaban. Le quitaron su chaqueta roída y con marcas del tiempo. Un traje oscuro como la muerte le fue cambiado por sus harapos. Sintió la tranquilidad de los enamorados y la desesperación de los abandonados.

Dos sentimientos encontrados que lo hicieron dudar por primera vez.

Al levantar su rostro vio un cúmulo de personas que rezaban alrededor del vehículo. Preguntó qué pasaba, pero las risas continuaron y una copa de vino cerró cualquier diálogo.

El viaje culminó.

El terror lo agobiaba. Una puerta abierta. Unos gritos de entusiasmo y un empujón desde adentro lo hicieron integrarse otra vez con la personas.

Recordó todo.

Tomó una rosa y la entregó a una hermosa dama que lo esperaba.

¡Bienvenido!, ¡bienvenido! Los gritos de euforia acompañados de cantos de hermosos ángeles lo despertaron.


Inició su camino a la nada.


Una voz de ultratumba le preguntó:


.- ¿Qué hiciste en tu vida? Y sólo una respuesta pudo llegar a su mente.


.- Vivirla como se pudiera.


El coro de ángeles desafinó y un grito desgarrador lo despertó.


¡Está vivo!

Levantó su cara completamente llena de sangre y vinieron a su mente el vehículo, las mujeres, el licor y la fiesta de tres días que terminaba con este accidente peculiar, en una ciudad sin nombre y cerca de la celebración de un matrimonio. Claro, su matrimonio.

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Ahora qué

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Despertó y se sentó en la cama. Tomó un cigarrillo y derribando la promesa de años anteriores volvió a fumar en el cuarto. El humo infectó todo el espacio y se sintió libre, dos bocanadas bastaron y se llenó de energía para emprender un día más de su inmerecida vida.

Ahora con los años a cuestas dormía con un pijama blanco, ya los desnudos que antes lo liberaban y lo diferenciaban de todos habían pasado y mientras más sintiera el calor, por lo menos de la ropa, menos solas se tornaría sus noches privadas antes por licor y ahora plagadas de pastillas.

Con displicencia se levantó, primero, colocando su pie derecho en el piso y, luego, el izquierdo, cuando los dos estuvieran juntos erigiría su barbilla y de un solo impulso se pondría en pie, así evitaba los mareos que durante el amanecer lo hacía perder el equilibrio y caer estrepitosamente en el piso, cerca de la papelera impresa con una foto de Nueva York que junto a un cojín hace ya cinco cumpleaños le había regalado.

Logró su cometido y se dirigió al baño. El cepillo ya roído permanecía impoluto dentro del cajetín del espejo, lo tomó y emprendió otra manía adquirida con los años. Cepilló diente por diente mientras se observaba las arrugas que día a día iban ocupando la frontera de sus ojos y de su frente.

El hilo dental, luego el baño con jabón azul, el cual nunca dejaba terminar, siempre lo desestimaba cuando sentía que estaba tomando un olor a recuerdo de años de locura, de fiestas hasta el amanecer, de humo, putas y ron.

Ahora como único legado de sus tiempos se detenía desnudo frente a la ventana y dejaba correr las gotas que se diluían con la brisa de las medias mañanas de la ciudad que desde hace algunos meses se tornaba más y más fría.

Las conversaciones en la cocina eran las más esperadas. Mientras preparaba el desayuno se interpelaba hasta el punto de discutir tan agresivamente que en ocasiones no comía solo por no conciliar la idea de su yo interno que era más testarudo que él. Había mañanas que si se entendían y podían prolongarse hasta mediodía, con carcajadas, anécdotas, chistes y chismes de alguna que otra vecina que desde la ventana dejaba entrever parte de su silueta desnuda para alertarlo que algún día sería bienvenido.

I

La tarde era menos placentera. Planchaba su ropa con cuidado excesivo. Poco a poco escogía que colocarse, pese a que al final siempre utilizaba lo más cómodo o aquello que no lo destacara de nadie. Había aprendido a ser invisible como modelo indispensable de cuidado.

La música lo acompañaba y en otra ridícula jornada inventaba palabras para renunciar al trabajo que ahora lo ahogaba en sus noches y no lo dejaba vivir tan normal como todos, tan patético como todos, tan regular, tan simple, tan obvio, tan sencillo, tan nada como aquellos que se desprendían de los recuerdos para ostentar esa vida que tanto anhelaron y que ahora los dejaban tan huecos como lo que siempre fueron.

Las diatribas no paraban y en su incorregible forma de hacerse historias en su cabeza se inventaba ocasiones de felicidad junto a mujeres inexistentes que sólo conoció en otras vidas y no está que consumía con pesimismo y desprecio en los últimos meses de frío que calaba en los huesos.

Asentía con felicidad esos días de mentiras donde todo era una fiesta. En su mente se entrelazaban noches de risas y de besos encantados. Recordaba en el imaginario la noche que borracho acompañó a una desconocida a su casa y se durmió en el taxi. Reía hasta llorar, pues cada recuerdo se olvidada de inmediato y no volvía a imaginarlo. Algunas veces creía que eran parte de su historia pero todo se desplomaba cuando otro cuento se creaba en su cabeza.

Las despedidas siempre estaban presentes y lloraba con la mentira creada. Una constante era ineludible todas tenía razón y mientras unas se hacían llamar drásticas e inquebrantables, otras se escondían en baños orientales mientras gritaban que lo amaban y en sus cuerpos otras manos ya mancillaban el tesoro de su ser.

Las maneras más románticas también estaban presentes y mientras el humo del cigarro se confundía con el vapor de la plancha construía diálogos de esas féminas que sólo en su mente habían existido.

Al concluir el planchado se sentaba en la cama frente al televisor apagado y esperaba la hora de alistarse sin pensar, solo respirando y viendo el reloj naranja que ante el silencio de la casa retumbaba segundo a segundo siguiendo el compás de su corazón.

II

Salió de su casa. Cerró la puerta con una tranquilidad que antes no poseía. Colocó los audífonos en sus oídos y aisló el bullicio de la ciudad que no paraba de ser fría. Mientras caminaba hasta el metro otra historia se forjó en su cabeza.

Con la intención de hacerla placentera se imaginó en la playa tomado de la mano con una sirena de ojos oscuros que no paraba de hablar y él absorto solo fingía escucharla. Sonreía y fumaba sin creer que ese sería el único recuerdo que esa fantasía tendría. El licor era parte de la juerga que emprendía ese nuevo cuento que insistía en un juego de cartas que no terminó nada bien y, de pronto, un estallido, unas palabras y nuevamente la despedida llegaba sin reconciliación mientras la puertas del vagón se abrían y el tumulto lo empujaba hasta las escaleras mecánicas donde ya otro olor, otro roce, otra cara le hacía olvidar la mentira inventada en su cabeza.

Leyó caleidoscopio en una pared del subterráneo y se imaginó que el concepto tendría que relacionarse con una vista hermosa de un paraje inquietante que lo haría respirar aire puro rodeado de nefastas compañías que limitaban su necesidad de hacer otro cuento.

Deslastró esa idea inocua y se imaginó en un cerro donde todos siempre estarían felices. De inmediato reaccionó con frenesí y su mente lo engaño otra vez. Se vio corrigiendo errores básicos a desconocidos  donde una mujer despuntaba y con un dulce en los labios miraba con complicidad la cercanía que pronto se haría historia.

Se dejó llevar unos instantes y la historia tomó un camino jamás trazado. Abrazados en un mueble de un pub se comían a besos dos cuerpos necesitados de estar juntos. El trago amargo pasaba por los labios de miel y explotaban en una pasión que nacía cada momento sin esperanza, con engaños, con máscaras, escondidos en corazones muertos que alertaban que nada valía la pena. Despertó del letargo y no recordó el inicio del cuento y mientras subía nuevamente por las segundas escaleras que lo llevarían a la boca de la realidad la sintió pasar a su lado tomada de la mano de otro hombre, dejándolo sin esperanzas.

III

Llegó al quiosco que cerca de su nuevo trabajo lo dotaba de agua. En los últimos meses el hábito se intensificó y se mantenía con una botella que llenaba constantemente para mantenerse con una fuerza vital que lo hacía caminar. Se desprendió de los audífonos y escuchó el escándalo de la calle. Entre los gritos, las cornetas y esmog creyó pensar en un apellido impronunciable de origen italiano acompañado de un nombre de flores hermosas, mientras tomaba el primer trago de agua una ficción llegó y en el instante que nuevamente colocaba sus audífonos se vio tomando cerveza y hablando placenteramente con una mujer de curvas pronunciadas.

Las palabras iban y venían mientras ella trataba de explicarle cómo besar a una mujer. Describía paso a paso que se debía hacer, cómo se debía hacer, tomaba entre sus manos su cara y se acercaba. Nada lo hacía reaccionar, un bloqueo llegaba a su mente y el cuento no se libraba como si la mentira estuviera soñando lo mismo en el mismo instante para quedar marcada en los recuerdos que se olvidan.

No soñó más. Despertó en la puerta de la oficina y nuevamente no recordó. Insistió en recomenzar y no lo logró, sabía que algo faltaba pero eran tantas las invenciones en su cabeza que se rindió una vez más y dejo ir la idea.

IV

Se sentó frente al computador. Sacó una toalla húmeda y limpió el teclado. Revisó religiosamente cada nota de prensa y tomó anotaciones, miró a los lados y no reconoció a nadie. Eran caras perfectamente extrañas a él y a su entorno. Se aisló nuevamente y miró al frente, entre el monitor y los cables palideció al ver un rostro con una risa de encanto. La ignoró y dejó que una vez más una historia naciera en su cabeza. No llegaba nada. Las ideas eran difusas. Volvió a levantar la cabeza y no la vio más. Se resignó a creer que las apariciones existían y continúo su trabajo.

La madrugada nació mientras abría la puerta de la casa. Al ingresar recordó que la luz del baño no servía, se quejó una vez más de su memoria. Dejó el bolso en el mueble de la sala, sacó los teléfonos y encendió la computadora, colocó música y se sentó a escribir.

En una página en blanco solo logró colocar un título inentendible y se preguntó y ahora qué.

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Día de cumpleaños

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Se levantó con rapidez y corrió hasta el baño. Se quitó su pijama y dejó al descubierto su torso. Se revisó centímetro a centímetro y no vio ni una cicatriz y menos una herida de bala.

Recorrió la sala de su apartamento inundada de libros y textos sin completar.

Papeles iban y venía mientras trataba de abrir la ventana. Un aire gélido la invadió y recordó el sueño que la había alterado mientras de su cartera turquesa sacaba un cigarrillo.

Se encontraba otra vez en la esquina de Reducto. Era habitual verla todas las noches a partir de las 10 esperando algún cliente que deseara su cuerpo y en algunos casos su alma. Ya tenía doce años desde su llegada a Caracas, ciudad de la oportunidad, sin embargo, las cosas no salieron como lo pensaba y después de tanto andar y desandar optó por lo más rápido y sencillo. Notó que su cuerpo era visto como un jarrón chino, de esos que todos quieren tocar pero que nadie en su sano juicio llevaría a su casa a hacer nada. Ideó una salida para sus días de hambre y buscando en sus maletas halló el vestido rojo que nunca pudo colocarse en casa.

Y así empezó la faena de las caminantes nocturnas.

Los días iban y venía y cada vez la cotidianidad la acercó a ese submundo donde el dinero es sudado con el cuerpo y con las ganas. La libertad jamás sentida llegaba cada vez que un carro se detenía a pedir sus servicios. Tenía como regla oficial no salir en Semana Santa y muchos menos aceptar hombres sin barba, aseguraba que daban mala suerte y siempre terminaban antes de comenzar.

Paseaba la esquina en compañía de otras que al igual que ella tenían como centro de operaciones las cercanías de un organismo del Estado. Muchos funcionarios ya habían pasado por sus manos y ansiaba con deleite los quince y los treinta, fechas donde cobraba el doble por ese comentario aprendido de memoria de su madre enferma y esas pendejadas que los hombres en la búsqueda de lo prohibido aceptan y hasta creen.

En el pueblo no era así. Todos estaban llenos de prejuicios que los limitaban. Su viaje para la Caracas del metro y de los teatros más que una búsqueda de trabajo significaba la salida de la rutina de los pueblos con frío y neblina en las noches. De los domingos de misa y cine y si acaso de helado.

Quería ser escritora o peor aún periodista. Pero los sueños mermaron cuando la plata se acabó y la resolución era encontrar trabajo urgente de lo que fuera o ponerse el vestido rojo que tanto le costó y que nunca pudo presumir en su pueblo.

La respuesta a las súplicas la encontró en esa esquina que ya era tan común llamarla su pequeña Caracas, pues resumía toda la miseria en un solo sitio que ni era oscuro y menos tenue. Más bien era demasiado alumbrado para el trabajo, cosa mala, cuando los tímidos huían despavoridos por el temor a ser reconocidos.

I

El sueño fue muy personal.  Se despertó. Solo lavó su cara y su boca. Se recogió el cabello y salió a comprar algo que comer. En la puerta del ascensor el vecino la miró de pies a cabeza sin saludarla. Ya adentro un comentario suspicaz ¡Huelo a puta! y sin más que decir llegó a planta baja.

En la primera puerta los responsables del condominio colocaban papeles para informar que nuevamente el agua estaría ausente dos días por servicios de mantenimiento de la tubería que surte al centro de Caracas. Una mentada de madre se dejó escapar de sus labios seguido de una expresión más que habitual ¡seguiré oliendo a puta entonces!

Ya por el pasillo un  hombre la detuvo y le recriminó que no estar cerca de Dios es la condena del alma. Lo miró fijamente mientras encendía otro cigarrillo y lo interpeló



¿Juan sigues con esa misma mierda?


Tengo que comer y eso de dar culo me parece doloroso, acusó el Testigo de Jehová ahora convertido en conocido.


¡Búscate un trabajo de verdad!


¡Lo haré! Pero dame algo para el desayuno, replicó Juan


No tengo. Un cigarrillo te puede quitar el hambre.


¡Dámelo entonces coño! Gritó Juan, mientras miraba a otro grupo a quien le advertía que no estar cerca de Dios es la condena del alma.

Al salir del edificio notó que ya iban dos cigarros en menos de 30 minutos. Otra de sus reglas era fumar tres cada hora. Sin embargo, esa mañana el sueño la atemorizaba y al estar en la calle encendió el tercero. Ahora tendría que esperar media hora más para poder seguir el vicio. Pensó en que iba a comer. Desde lejos el albino de las avenas gritaba que era sabrosa y que no había otra mejor en todo el mundo. Se convenció de la farsa y se dirigió a comprar la maravilla que tanto publicitaban.

¿Cuánto cuesta la avena? Preguntó


Para ti por un beso reina, respondió el albino.


Sonrió y lo mando a comer mierda.


¡Ni que fuera tan buena como dices!


El albino más centrado contestó 20 bolos y vete que me corres a la gente decente.

Siguió su camino y recordó nuevamente el sueño. Por un instante padeció el Déjà vu. Todo estaba pasando como la pesadilla que la había acompañado. Sintió un escalofrío y mientras daba cada paso el sueño se repetía. No podía cambiar nada. Cruzó la calle, compro el periódico revisó los resultados del Triple Gordo y nuevamente la sensación de pérdida se apoderó de su cuerpo. Quiso despabilarse y rompió la regla, fumo nuevamente.

El sueño se estaba haciendo realidad y decidió regresar su casa.

Corrió con el miedo en todo su cuerpo y llegó a la puerta del edificio. La falla constante de la llave magnética la detuvo mientras trataba de abrir y escuchó como alguien gritaba su nombre desde una motocicleta. Se volteó y dos jóvenes a toda velocidad se montaron en la acera. El parrillero sonrió y sin decir palabra alguna le disparó dos veces en el pecho.

Cayó al piso y la sangre brotaba manchando su camisa blanca del pijama. Pasó su mano por el pecho y sintió los dos huecos por donde escapaba la vida. Nadie se acercaba y las fuerzas amainaban mientras moría en el sucio piso de la avenida Sur 4. Miró por última vez la esquina donde trabajaba todas las noches hasta que cerró sus ojos.

Se levantó con rapidez y corrió hasta el baño. Se quitó su pijama y dejó al descubierto su torso. Se revisó centímetro a centímetro y no vio ni una cicatriz y menos una herida de bala.

Recorrió la sala de su apartamento inundada de libros y textos sin completar. Papeles iban y venía mientras trataba de abrir la ventana. Un aire gélido la invadió y recordó el sueño que la había alterado, pero no sacó el cigarrillo de la cartera turquesa. Tomó el teléfono y llamó a una amiga. Entre gemidos y gritos le contaba la pesadilla y de haberla soñado dos veces.

Esta mierda es de locos.

II

Decidió quedarse en casa. No quería repetir la historia y menos el final. La sensación del dolor generado por los disparos en el sueño aún las padecía en su cuerpo. Iba cada minuto al baño y levantaba la pijama para revisar si en verdad estaba ilesa.

No soporto la angustia y encendió un cigarrillo mientras incómodamente se sentaba a orinar. No se limpió. Se levantó y recorrió la sala. El hambre la atacó y ya con más tranquilidad salió de su apartamento. Al cerrar la puerta escuchó a lo lejos su teléfono y regresó a buscarlo.

Contestó y escuchó a su amiga que le decía

¡Chama quédate quieta ya voy pa ya!

A la espera del ascensor observó al vecino que la miró de pies a cabeza sin saludarla. Ya adentro no soportó la sensación de asco que provocaba su presencia y comentó ¡Huelo a puta! y sin más que decir llegó a planta baja.

El miedo se afianzó una vez más en su cuerpo al ver a Juan disfrazado de Testigo de Jehová recriminándole que no estar cerca de Dios es la condena del alma. El mismo diálogo se registró mientras encendía su segundo cigarrillo y recordaba la regla de fumar tres cada hora.

No pudo recorrer el pasillo. Sentía la cercanía de la muerte cercana. Se fumó otro cigarro y otro y otro rompiendo la regla sin preocupación. Lloraba y nadie se acercaba. Juan ya convencía a unos crédulos para poder comer y no se perturbó al verla en el piso llorando. Dentro de sí la recordaba siempre llorando este día.

Las fuerzas se desvanecían y quería cerrar los ojos. Pero el miedo una vez más la invadía y se negaba a quedarse dormida.

Unos gritos se escucharon en la puerta.

El condominio había prohibido la entrada de extraños al edificio para evitar robos.

Había tres personas que encaraban a un hombre moreno de gran estatura que entre golpes se abría paso.

No lo reconoció a la primera y después, en su último respiro de cansancio, logró verlo y lo llamó.

El moreno la tomó entre sus brazos mientras no paraba de llorar.

¡Chama tranquila ya estoy aquí!

Soy tu amiga. ¡Mírame!

Los recuerdos la invadieron.

El moreno cantó cumpleaños feliz. Ella sonrió. Le acariciaba el rostro mientras recordaba todo.

En la tranquilidad del momento escucho al albino ofrecer su avena. Y el sueño súbitamente llegó otra vez. Se levantó sin miedo y recorrió el pasillo. Recordó que la pesadilla era de una mujer muerta con dos disparos en el pecho mientras se agarraba las bolas y decía yo soy un hombre y hoy cumplo 43 años.

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