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El día que morí me hacían falta 48 años para nacer.

Hoy me levante y Celia no coló el café como de costumbre, la busque en su cuarto y el olor a dulce de lechosa invadía todo el recinto, una humareda de incienso se consumía en el rincón donde siempre se coloca el espejo los días domingos para que ella, mi Celia, se peine su largo cabello mientras prueba casi sin darse cuenta el dulce de lechosa que solo prepara cada mes para acicalarse después de venir de misa.

Dice que así se empieza un mes con sabor y belleza.

La vi en la cama y la ventana abierta dejaba entrever parte de la montaña fría que nos arropa casi a diario en esta tierra que ahora es parte de nuestra vida. Yo cultivo café y mi Celia enseña en la escuela. Jamás llega tarde y ahora menos que es fin de año y prepara las actividades de los niños. Ella me enseñó a leer y escribir y ahora ya puedo hacer negocios para comprarnos una finca y trabajar para nosotros.

Ya falta poco y Celia y yo lo sabemos.

Pero esta mañana, víspera de noche buena, Celia permanece acostada en su larga cama mirando el techo a través del toldillo, apretando las muelas y con las manos en forma de puños sujetando un papel que trato de quitarle de las manos pero no se deja, pues no la he besado en la frente y rozado sus mejillas como ella le gusta.

Somos extraños con códigos indescifrables para decirnos esos secretos solo nuestros.

La besé y roce sus mejillas y fue allí que mi Celia abrió las manos y una sonrisa gélida se dibujó en su rostro, un papel rodó por la cama y calló al piso. Lo tomé con temor, con ese temor de los hombres que nos hacen movernos cuando queremos estar estáticos y nos hacen quedar estáticos cuando queremos movernos.

Y fue allí que leí las palabras.

“Como eres tan bruto te informó que morí, el cuerpo me traicionó y este 23 de diciembre de 1915 me despido. Has los arreglos para que me entierren cerca de mi mamá y por favor que no lleven girasoles. El café está en la puerta izquierda del ceibo y el tabaco lo debes tener cerca de la letrina como siempre. Vísteme de azul y no llores frente a nadie. En la última noche prepara arroz con pollo y dulce de lechosa y luego vete de aquí, sin mí ya no perteneces a ningún sitio”.

Y fue en ese preciso momento que entendí que Celia se murió y era la hora de vagar sin rumbo buscando esa esencia perdida. Me negué a leer, a escribir a vivir sin ella y durante diez años me volví, más bruto, más calvo, más ciego, más borracho y más solo.

Un día me invitaron a comer dulce de lechosa y entendí que el final me acechaba. Recordé la noche que Celia prendió el incienso, dejó la ventana abierta y abrió la puerta no sin antes levantar el toldillo para esperarme. Era un 15 de julio de 1925 y morí sabiendo que 48 años después nacería solo para seguir buscando a Celia, mi Celia, para encontrarnos, besarnos en la frente y rozarnos las mejillas como nos gusta.

Espero que el nuevo yo, el de más adelante, sea mejor y pueda encontrarla.

I

El día que murió le hacían falta 23 años para nacer.

Hoy nació el hijo de Cristina es un flacucho de ojos penetrantes que solo llora del hambre, porque Cristina pasa hambre y más con ese marido maleante que se buscó. Yo siempre le dije, comadre, no se fije en esos que se paran en esquinas y fuman, esos nada bueno tienen para ofrecer, pero ella, como siempre, metió la pata y ya ve nació este pendejito feo y flaco.

Yo quiero a Cristina, pero querer no significa que no le diga las cosas como son.

Hoy cumple años mi ahijado, el hijo de Cristina, cinco años ya. Yo no quería ser madrina pero Cristina no tiene amigas y qué más da me tocó a mí, a la única. Esta cruz que una lleva por ser buena. Me vine a la fiesta con Celia, mi Celia, mi única hija, ella tiene seis años y le gustan estas reuniones y yo sola, como el Mauricio se fue a Colombia a buscar suerte hace siete años y no apareció más, pues me corresponde ser madre y padre. Y eso que este desgraciado no se paraba en la esquina y no fumaba.

Yo me quiero mucho, pero quererme no significa no decirme mis cosas como son.

Hoy se partió un brazo mi ahijado, el hijo de Cristina, el papá que nunca le había regalado nada y nunca había aparecido en 15 años, llegó con una moto,  y en dos horas ya mi ahijado era un experto bólido y lo peor es que invito a mi Celia a dar una vuelta y la fufurufa esta se fue. Ahora están los dos golpeados y la comadre y yo en la sala de espera para poder verlos. La comadre no llora, solo ve un punto fijo y sonríe, sabrá Dios por qué. Mi ahijado no termino la escuela y es Celia quien lo enseña a leer y escribir, dicen, en su sueño de juventud, que se van a ir del país para poder trabajar para ellos mismos.

Yo quiero mucho a mi Celia, pero el ahijado ya fuma y se para en la esquina.

Hoy Celia me dijo que se iba a vivir con mi ahijado y como ya tiene 20 años no puedo detenerla. Mi Celia es profesora de primaria y mi ahijado trabaja en el campo recogiendo unas hojas que le dan un bienestar superior a quienes estudiaron. El sigue fumando y parado en la esquina. No me gusta con quien habla y menos todas las cosas que compra. Mi ahijado es un ladrón que anda en malos pasos. Cristina no me habla pero la sigo queriendo.

Yo quiero mucho a mi ahijado pero eso no quita que lo odie por llevarse a Celia.

Son las seis de la mañana del 23 de diciembre de 1950 y un escándalo me despierta con el corazón en la mano. Desde que Celia se fue a vivir con mi ahijado duermo en la sala pensando y creyendo que uno de estos días volverá. Como puedo me levanto y abro el postigo de la puerta, una cara de espanto se acerca con rapidez y me dice: ¡comadre abra que está llena de sangre!

Tiemblo mucho y oigo la voz de mi Celia.

Cristina y mi ahijado sujetan a mi hija, mi única hija, por los hombros y la recuestan en el catre que tengo en la sala. Cierran la puerta con violencia y veo como los dos lloran tomando la cara ensangrentada de mi Celia, quien con un hilo de vida les dice que huele a dulce de lechosa e incienso y, que hoy va a morir, sabiendo que va a dejar a mi ahijado solo y eso le hace temer. Ruega que la vistan de azul para su entierro, que en la última noche hagan arroz con pollo y dulce de lechosa. Que nadie llore y que mi ahijado, el causante de esta tragedia huya, que corra sin detenerse, que no mire atrás, que se pierda en otras tierras, pues sin ella cerca, el ya no tiene rumbo y no pertenece a ningún sitio”.

Yo quiero mucho a Cristina y a mi ahijado pero desee que la bala que mató a Celia los hubiese matado a ellos.

Hoy se cumplen diez años de la muerte de mi hija y mi ahijado delira con la fiebre que ya tiene una semana en su cuerpo. Solo habla de mi Celia y de Cristina, que hace dos años murió arrodillada en el confesionario pidiendo un perdón que no se merecía. Yo veo como llora de desconcierto, después de perderse tanto tiempo de todos venir a aparecerse en esta casa roída por la tristeza para morirse no debe ser normal.

Yo odio a mi ahijado pero eso no quita que lo acompañe en sus últimos momentos.

El doctor me toma de la mano para decirme que tenga resignación, mientras veo como el causante de mi soledad ya no habla, ya no respira y cierra sus manos en forma de puño, apretando las muelas mientras un olor a dulce de lechosa e incienso no nos deja respirar. Recuerdo las palabras de mi Celia y hoy, 15 de julio de 1925 veo morir al amor de su vida sabiendo que 23 años después volverá a nacer solo para seguir buscando a Celia, mi Celia, para encontrarse, besarse en la frente y rozarse las mejillas como les gustaba.

Espero que mi nuevo ahijado, el de más adelante, sea mejor y pueda encontrarla.

II

Tranquilas todas, aún no he muerto.

Dicen que mi nombre es vulgar que cualquiera lo tiene y lo peor es que es cierto, sin embargo, no todos los que tienen mi nombre pueden ser como yo o no hacer nada como lo hago yo con tanta destreza. Soy un amante furtivo, un hombre que busca algo o alguien. Soy una bala pérdida, soy el caos, la perdición, la locura, el desamor y la compañía imperfecta. Soy el recuerdo que no se borra. Soy un eterno buscador de oro.

Camino a diario por el cementerio. Es un oficio peculiar que no todos tiene el valor de hacer, pues yo busco recuerdos. Busco los recuerdos de una vida que me dibujaron y aún no logro encontrar. Busco algo o alguien que me pertenece y que solo siento cerca cuando el sabor a dulce de lechosa roza mis labios o el olor a incienso me envuelve en su hechizo idílico.

Sueño con brujas que me besan y me muerden y al despertar siento el dolor en mi piel. Mi sueño se hace realidad. Las escucho reír y algunas veces llorar cuando una mujer toca mi cama. Son ellas las que me mantienen caminando a diario por el cementerio, es el único lugar donde no las oigo, donde no pueden hacer daño, o cuidarme, o amarme, o desearme.

Mis recuerdos de ese algo o alguien me atormentan pues cada día encuentro una nueva pista que me sumerge en campos de café, en escuelas de primaria, en gente leyendo, en despedidas, muertes, risas, sangre, comadres, odios y un nombre que me desconcierta, ese algo o alguien es Celia.

A Celia, mi Celia, la busco en cada cuerpo, cada boca, cada sonrisa, cada caricia y la encuentro dormida en otros nombres que son armonía y desazón. Todas tiene algo de ella, pero ninguna se acerca, se asemeja, se parece, pues mi Celia hoy yace en un hueco oscuro cubierta de tierra.

Hoy me mantengo devorando dulces de lechosa y cubierto de incienso esperando lo inevitable. Ahora más bruto, más calvo no me niego a leer y creo que ya han pasado 20 años sin que nadie venga a buscarme para iniciar otra vez en otra época donde por fin compraré la finca y me iré con Celia a trabajar por nosotros.

Soy yo el de ahora, el de más adelante o el que se quedó atrás perdido en un tiempo que no es mío pues sin ella, ya no pertenezco a ningún sitio.

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El turno al bate de Stalin González

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Bienvenidos a este juego de Ligas Mayores y no Grandes Ligas donde en medio de la persecución política, la dictadura, el hambre y la migración, siempre hay tiempo para una birra, el hot dog y esa buena silla que amortigua los problemas de 30 millones de venezolanos. Las críticas resbalan sobre el indiferente bloqueador de actores y politiqueros.

Parte Baja del octavo inning y es el turno del segundo bateador designado Stalin González. Desprevenido y escapado del home de sesiones, le viene una recta que no sabe si podrá batear. No hay tiempo de amagar. El pitcher desde el montículo de las redes sociales observa esa bola ir hacia el cátcher de la inconformidad y desesperanza. Millones de espectadores en las gradas hacen un molesto ruido de silencio cuando solo se escucha el silbido de la opinión pública durante su trayectoria.

El marcador muestra dos outs, corredores en primera y segunda. La confianza está depositada en él y todo su equipo, aunque sigan abajo en la pizarra. La tensión de segundos pareciera de años. Los aficionados, mientras siguen el desplazamiento del cuero lanzado, recuerdan cada inning del cotejo. No ven carreras sino persecuciones, no observan batazos sino balazos. Cada almohadilla es un exilio, aunque para llegar ella, el acosado se deba arrastrar. Sobre la tierra teñida de sangre, el toque de bola es un golpe y el out un asesinato. Sigue la cocida y va a mitad de camino mientras el bateador designado sonríe, no sabemos si por miedo o porque, en medio de la tragedia que padece Venezuela, cuando se juega, también se debe disfrutar por unos días para no claudicar.

Dentro de las tribunas, a la par, otras historias se tejen. Uno de los asistentes pide una salchicha al vendedor, pero como en aquella cuña navideña, la respuesta fue: “no mi amor, los vendí todos”. El que pide agua, obtiene un chaparrón de sequía y el que solicita una pastilla le dan un link en su celular sin datos para que lo pida a domicilio por Gofundme. Al ver un mal juego y sin poder comer, tomar o aliviarse, muchos deciden irse del estadio, aunque el partido se lleve en su propia casa. Fuera del campo, son esperados por coyotes quienes los roban, humillan y devoran.

Stalin, prestado para el encuentro, toma con fuerza su bate del discurso porque sabe que el flash de la egolatría, la adulación y el “llevar pal rancho” está encendido. RRSS, como buen pitcher, endereza su lead y cuerpo después del lanzamiento. Le gritan traidor, contra, colaboracionista, guerrero del teclado y más. Incólume y de mirada fija, la indignación le dio empuje para disparar esa bola que será bateada, tal vez, por el designado que se quiso poner sobre el diamante; él no lo escogió.

Bateador de manos más endebles que su discurso, suda, y cuando la pelota se acerca, se da cuenta que el madero hecho con la leña del árbol caído podría romperse si la recta es recibida con el mango del palo.

Viene la bola, el bateador levanta sus codos y… No sabremos qué pasó porque se acaba de ir la luz.

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Laberintos

La muerte tendría que visitarlo algún día y así sucedió

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Los fenómenos ambientales libraban la batalla única por poseer el nombre de la temporada.

Días atrás, un fuerte viento proveniente del sureste del país había calado desdichadamente en las viviendas endebles de aquellos, que con esperanza y fe, viajan a la capital de esta nueva República a buscar el sueño jamás encontrado. Los diarios, el constante tintineo de las emisoras radiales y los noticiarios televisivos solo describían la hecatombe que se avecinaba en contra de todos.

Entretanto, desde una paupérrima habitación con vista a los escombros y basura de una clínica de transformación de mujeres bellas en muñecas de cera, se atisbaba la mirada displicente de su inquilino.

Una máquina de escribir, tres cajas de cigarros, unos ganchos para colgar la desdicha, innumerables ideas sobre la vieja cama, la mesa improvisada para trabajar y el baño húmedo y triste que conformaba lo que había denominado su hogar dulce hogar, cuando en realidad no pasaba de ser un simple cuchitril para dormir e invitar amigas buenas algunas noches.

La incertidumbre estaba a la vuelta de la esquina, de allí que se dedicaba a evitarlas, por ello, comía en la casa de los chinos que se encontraba en medio de la calle, donde preparaban el peor pabellón criollo de todo el planeta, sin embargo, era económico y por lo menos se podía intercambiar tres o cuatro ideas que servían para conocer más a los asiáticos y escribir más cuentos que no relataran la retórica condición de hablar de su vida, sus amores y su patética manera de enamorarse de los imposibles corazones de féminas pertenecientes a los niños ricos.

La vida seguía su curso sin motivos que lo indujeran a pensar en otra actividad que no fuera escribir, borrar, recordar y anidar en su alma, el pasado que tanta dicha y desdicha le acechó los sentidos para convertirlo en el hombre que era ahora y que todos creían conocer, sin tener una idea cercana siquiera de quién es y por qué todos los días amanece más muerto que el día anterior.

Todos especulaban acerca de su condición y nada acertaban.

Esperaban a diario recogerlo muerto para leer sus escritos y encontrar el nombre de aquella que le arrancó el corazón y las alas, a través de una mirada frívola que se confundía con el humo dañino de un cigarrillo.

Era una puta vida en una puta ciudad. Por eso los vientos que destrozaban todo no le conminaban a preocuparse por nadie, donde él, en tercera persona se manejaba para evitar las confrontaciones directas y el escrutinio perspicaz de sus allegados.

La muerte tendría que visitarlo algún día y así sucedió.

La Parca llegó al pequeño recinto que lo mantenía muerto en vida. Al entrar sintió la desolación y con su hoz en la mano, se sentó en su cama para verlo dormir las tres o cuatro horas que tomaba para descansar.

Una lágrima se descontó de la cara de huesos de la muerte, sus manos cubiertas por el manto negro que evitaba rozar a los mortales, temblaban desaforadamente sin explicación alguna.

Intempestivamente se levantó y miró a su alrededor. Las ideas flotaban apresuradas y los cuentos escritos en hojas amarillas gritaron al saberse solos y desamparados.

La muerte pidió calma y escrutó a cada uno esperando una condición que la hiciera desistir de su tarea milenaria.

Algunas ideas reían por ser solo ideas y nunca haber llegado a convertirse en hechos. Los cuentos, se desgranaban describiendo cada capítulo de hechos convertido en letras coherentes que siempre tenían el mismo final: la desesperación.

Todos quería hablar y el escándalo despertó a las lágrimas de la almohada que se habían mantenido distantes del ser extraterreno. Cada una tenía su historia, pero acordaron ordenarse para contar el porqué de la sombra que cobijaba al inquilino.

La primera lágrima se dispuso a relatar su pesadumbre y entre gritos de silencio describió el abandono. Sucesivamente todas expresaban lo que los cuentos y las ideas no podían contener en papeles y luces precarias de días y noches de licor y humo.

La lágrima del abandono dio paso a la soledad, al amor no correspondido, a la pérdida, a la lujuria, a la felicidad, a la distancia, al regreso, al hambre, a los amigos y a los enemigos.

Por último, la lágrima del día, discrepó de todas y en su irrisoria vanidad de ser la más importante, pidió silencio, pues el joven inquilino, ya había despertado y gemía nuevamente para librar su batalla diaria, no repetir el nombre, ese nombre: (…)

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Volver a la Venezuela, informalmente dolarizada

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Por Joale Aristimuño

Era 26 de febrero de 2018 y faltaban dos días para la quincena que para aquel momento poco servía. De Barquisimeto a Maiquetía son 45 minutos en avión, y yo debía esperar al menos 10 horas en el aeropuerto internacional Simón Bolívar al avión que me llevaría directo a mi exilio… No había fecha de retorno. Sólo unos cuántos bolívares que debían quedarse justo ahí, a metros del mar donde deberán enterrad mis cenizas por si alguna vez me toca naufragar y después que el tifón rompa mis velas.

950 mil bolívares reposaban en mi cuenta, ya en la billetera no había nada. Eso, lo equivalente a casi tres sueldos mínimos para la época y “privilegiado” por ganar como ganaban solo 4 compañeros más en aquella empresa. Y pido disculpas si parece una historia de antaño, pero es que, ante ceros y devaluaciones, la cuenta la perdí. Y aclaro, el monto disponible no era el resultado total de mi trabajo como periodista de tv, la diversificación laboral, al menos, me hizo acumular un poco más para mi despedida.

No se a cuánto equivale aquel sueldo por estos días, ni siquiera se cuanto se deba trabajar ahora para comprar una hamburguesa, como aquella última que me comí en Maiquetía. Si sé, pero me cuesta entenderlo, al menos asimilarlo.

El dólar ya no es un tabú ni un secreto para la gente. Es el lenguaje diario de quien no tiene cambio para un billete de 100 y de quien exige que sea entregado como un contrato notariado… sin tachaduras ni enmiendas. Moda que solo Venezuela es capaz de implantar. El bolívar -con b minúscula para que no sea aún más reducido con el tiempo- es sólo una referencia de costo para el plan de datos Movistar y para el pago mensual del agua, que aún duele pagar por algo que llega, como llega la coherencia de algunos opositores, de vez en cuando y sin hacer ruido.

La miel, las catalinas y las cachapas, están mas cotizadas que un Starbucks para un recién llegado a Estados Unidos. Se cotizan en dólares, aunque su materia prima sea más criolla que el queso e’ mano. Volver al terruño, ya no es volver al origen, es visitar una atracción de Disney acabada en socialismo y atendida por quien cree ser su propio dueño. Pagas en dólares, pero te reciben con los ánimos del tergiversado bolívar. Es pagar a precio de economía estable, productos que viajaron continentes enteros, burlaron aduanas y posan en bodegones, sin generar impuestos como si de Zona Franca se tratara, pero más costosos que tiendas de aeropuerto. Moneda que no quiere dejar morir la actividad comercial de un país ajeno al suyo, pero que lo acogido sin ser presentado en alguna cena familiar. Tiene el carácter una esposa, pero lo tratan como la amante. Parece un super héroe, pero execrado de la liga de la justicia.   

En este 2do episodio de #UnPodcast hablamos de la informalización del dólar en Venezuela. Un buen amigo, después de 18 meses fuera del país decide regresar por unos días para visitar a su familia. Se encontró con productos absurdamente dolarizados y con bolívares tirados al suelo. Con una economista intentamos explicar este fenómeno y desmontamos la “inflación” en dólares que se vive en territorio venezolano. ¿Existe realmente?

www.joalearistimuno.com.

@joalearistimuno

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