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Opinión

Día de cumpleaños

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Se levantó con rapidez y corrió hasta el baño. Se quitó su pijama y dejó al descubierto su torso. Se revisó centímetro a centímetro y no vio ni una cicatriz y menos una herida de bala.

Recorrió la sala de su apartamento inundada de libros y textos sin completar.

Papeles iban y venía mientras trataba de abrir la ventana. Un aire gélido la invadió y recordó el sueño que la había alterado mientras de su cartera turquesa sacaba un cigarrillo.

Se encontraba otra vez en la esquina de Reducto. Era habitual verla todas las noches a partir de las 10 esperando algún cliente que deseara su cuerpo y en algunos casos su alma. Ya tenía doce años desde su llegada a Caracas, ciudad de la oportunidad, sin embargo, las cosas no salieron como lo pensaba y después de tanto andar y desandar optó por lo más rápido y sencillo. Notó que su cuerpo era visto como un jarrón chino, de esos que todos quieren tocar pero que nadie en su sano juicio llevaría a su casa a hacer nada. Ideó una salida para sus días de hambre y buscando en sus maletas halló el vestido rojo que nunca pudo colocarse en casa.

Y así empezó la faena de las caminantes nocturnas.

Los días iban y venía y cada vez la cotidianidad la acercó a ese submundo donde el dinero es sudado con el cuerpo y con las ganas. La libertad jamás sentida llegaba cada vez que un carro se detenía a pedir sus servicios. Tenía como regla oficial no salir en Semana Santa y muchos menos aceptar hombres sin barba, aseguraba que daban mala suerte y siempre terminaban antes de comenzar.

Paseaba la esquina en compañía de otras que al igual que ella tenían como centro de operaciones las cercanías de un organismo del Estado. Muchos funcionarios ya habían pasado por sus manos y ansiaba con deleite los quince y los treinta, fechas donde cobraba el doble por ese comentario aprendido de memoria de su madre enferma y esas pendejadas que los hombres en la búsqueda de lo prohibido aceptan y hasta creen.

En el pueblo no era así. Todos estaban llenos de prejuicios que los limitaban. Su viaje para la Caracas del metro y de los teatros más que una búsqueda de trabajo significaba la salida de la rutina de los pueblos con frío y neblina en las noches. De los domingos de misa y cine y si acaso de helado.

Quería ser escritora o peor aún periodista. Pero los sueños mermaron cuando la plata se acabó y la resolución era encontrar trabajo urgente de lo que fuera o ponerse el vestido rojo que tanto le costó y que nunca pudo presumir en su pueblo.

La respuesta a las súplicas la encontró en esa esquina que ya era tan común llamarla su pequeña Caracas, pues resumía toda la miseria en un solo sitio que ni era oscuro y menos tenue. Más bien era demasiado alumbrado para el trabajo, cosa mala, cuando los tímidos huían despavoridos por el temor a ser reconocidos.

I

El sueño fue muy personal.  Se despertó. Solo lavó su cara y su boca. Se recogió el cabello y salió a comprar algo que comer. En la puerta del ascensor el vecino la miró de pies a cabeza sin saludarla. Ya adentro un comentario suspicaz ¡Huelo a puta! y sin más que decir llegó a planta baja.

En la primera puerta los responsables del condominio colocaban papeles para informar que nuevamente el agua estaría ausente dos días por servicios de mantenimiento de la tubería que surte al centro de Caracas. Una mentada de madre se dejó escapar de sus labios seguido de una expresión más que habitual ¡seguiré oliendo a puta entonces!

Ya por el pasillo un  hombre la detuvo y le recriminó que no estar cerca de Dios es la condena del alma. Lo miró fijamente mientras encendía otro cigarrillo y lo interpeló



¿Juan sigues con esa misma mierda?


Tengo que comer y eso de dar culo me parece doloroso, acusó el Testigo de Jehová ahora convertido en conocido.


¡Búscate un trabajo de verdad!


¡Lo haré! Pero dame algo para el desayuno, replicó Juan


No tengo. Un cigarrillo te puede quitar el hambre.


¡Dámelo entonces coño! Gritó Juan, mientras miraba a otro grupo a quien le advertía que no estar cerca de Dios es la condena del alma.

Al salir del edificio notó que ya iban dos cigarros en menos de 30 minutos. Otra de sus reglas era fumar tres cada hora. Sin embargo, esa mañana el sueño la atemorizaba y al estar en la calle encendió el tercero. Ahora tendría que esperar media hora más para poder seguir el vicio. Pensó en que iba a comer. Desde lejos el albino de las avenas gritaba que era sabrosa y que no había otra mejor en todo el mundo. Se convenció de la farsa y se dirigió a comprar la maravilla que tanto publicitaban.

¿Cuánto cuesta la avena? Preguntó


Para ti por un beso reina, respondió el albino.


Sonrió y lo mando a comer mierda.


¡Ni que fuera tan buena como dices!


El albino más centrado contestó 20 bolos y vete que me corres a la gente decente.

Siguió su camino y recordó nuevamente el sueño. Por un instante padeció el Déjà vu. Todo estaba pasando como la pesadilla que la había acompañado. Sintió un escalofrío y mientras daba cada paso el sueño se repetía. No podía cambiar nada. Cruzó la calle, compro el periódico revisó los resultados del Triple Gordo y nuevamente la sensación de pérdida se apoderó de su cuerpo. Quiso despabilarse y rompió la regla, fumo nuevamente.

El sueño se estaba haciendo realidad y decidió regresar su casa.

Corrió con el miedo en todo su cuerpo y llegó a la puerta del edificio. La falla constante de la llave magnética la detuvo mientras trataba de abrir y escuchó como alguien gritaba su nombre desde una motocicleta. Se volteó y dos jóvenes a toda velocidad se montaron en la acera. El parrillero sonrió y sin decir palabra alguna le disparó dos veces en el pecho.

Cayó al piso y la sangre brotaba manchando su camisa blanca del pijama. Pasó su mano por el pecho y sintió los dos huecos por donde escapaba la vida. Nadie se acercaba y las fuerzas amainaban mientras moría en el sucio piso de la avenida Sur 4. Miró por última vez la esquina donde trabajaba todas las noches hasta que cerró sus ojos.

Se levantó con rapidez y corrió hasta el baño. Se quitó su pijama y dejó al descubierto su torso. Se revisó centímetro a centímetro y no vio ni una cicatriz y menos una herida de bala.

Recorrió la sala de su apartamento inundada de libros y textos sin completar. Papeles iban y venía mientras trataba de abrir la ventana. Un aire gélido la invadió y recordó el sueño que la había alterado, pero no sacó el cigarrillo de la cartera turquesa. Tomó el teléfono y llamó a una amiga. Entre gemidos y gritos le contaba la pesadilla y de haberla soñado dos veces.

Esta mierda es de locos.

II

Decidió quedarse en casa. No quería repetir la historia y menos el final. La sensación del dolor generado por los disparos en el sueño aún las padecía en su cuerpo. Iba cada minuto al baño y levantaba la pijama para revisar si en verdad estaba ilesa.

No soporto la angustia y encendió un cigarrillo mientras incómodamente se sentaba a orinar. No se limpió. Se levantó y recorrió la sala. El hambre la atacó y ya con más tranquilidad salió de su apartamento. Al cerrar la puerta escuchó a lo lejos su teléfono y regresó a buscarlo.

Contestó y escuchó a su amiga que le decía

¡Chama quédate quieta ya voy pa ya!

A la espera del ascensor observó al vecino que la miró de pies a cabeza sin saludarla. Ya adentro no soportó la sensación de asco que provocaba su presencia y comentó ¡Huelo a puta! y sin más que decir llegó a planta baja.

El miedo se afianzó una vez más en su cuerpo al ver a Juan disfrazado de Testigo de Jehová recriminándole que no estar cerca de Dios es la condena del alma. El mismo diálogo se registró mientras encendía su segundo cigarrillo y recordaba la regla de fumar tres cada hora.

No pudo recorrer el pasillo. Sentía la cercanía de la muerte cercana. Se fumó otro cigarro y otro y otro rompiendo la regla sin preocupación. Lloraba y nadie se acercaba. Juan ya convencía a unos crédulos para poder comer y no se perturbó al verla en el piso llorando. Dentro de sí la recordaba siempre llorando este día.

Las fuerzas se desvanecían y quería cerrar los ojos. Pero el miedo una vez más la invadía y se negaba a quedarse dormida.

Unos gritos se escucharon en la puerta.

El condominio había prohibido la entrada de extraños al edificio para evitar robos.

Había tres personas que encaraban a un hombre moreno de gran estatura que entre golpes se abría paso.

No lo reconoció a la primera y después, en su último respiro de cansancio, logró verlo y lo llamó.

El moreno la tomó entre sus brazos mientras no paraba de llorar.

¡Chama tranquila ya estoy aquí!

Soy tu amiga. ¡Mírame!

Los recuerdos la invadieron.

El moreno cantó cumpleaños feliz. Ella sonrió. Le acariciaba el rostro mientras recordaba todo.

En la tranquilidad del momento escucho al albino ofrecer su avena. Y el sueño súbitamente llegó otra vez. Se levantó sin miedo y recorrió el pasillo. Recordó que la pesadilla era de una mujer muerta con dos disparos en el pecho mientras se agarraba las bolas y decía yo soy un hombre y hoy cumplo 43 años.

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@benemerito2010

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Opinión

Adoro

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Adoro a esas parejas que se devoran en besos furtivos. Siempre los observo con morbo para poder sentir desde lejos aquello que siempre hago. No es extraño para mí verlos convertirse en un amasijo de carnes que pierden su naturaleza con la excusa de sentirse amados, comprometidos y de alguna manera ilógica unidos hasta el fin de los tiempos.

Algunos me leerán con desatino y solo entenderán lo que su corta moral puede juzgarcomo un hecho enfermizo de opinar sobre quienes están felices y yo, desde mi perspectiva subjetiva, los señalo con animadversión.

Adoro a quienes en sus fantasías de aspereza se niegan a escuchar palabras de adhesión de almas y posteriormente de cuerpos. Los observo desde cerca y descifro su inopia para aceptar los besos clandestinos que le obsequian sus amantes de turno. Todos tenemos amantes de turno y deseos lóbregos.

Quienes aún me leen entenderán que esto es una carta de amor, claro, si no los anubla ese aprendizaje pueblerino del pecado y sus consecuencias.

Adoro el final de las relaciones, siempre traen consigo ese misterio de conocerse después del después. Es allí, donde todos estamos desnudos. Nos presentamos como lo que somos.Utilizamos el mejor disfraz, el de la verdad verdadera. Notamos en nosotros las miserias y las reflejamos en el objeto sabido para el odio, en este caso, el de la ex pareja.

Adoro las cartas de amor. Hacen tiritar los sentidos y nos colocan en una perspectiva de LSD. Es cierto, la carta del ser amado nos hace desvariar, por eso evitamos hacerlo enfrente de todos. Nos ocultamos en el cuarto, en el baño o esperamos que la oficina este vacía y, allí, desembocamos toda esa ternura que disimulamos para demostrar que somos fuertes y que, ya nuestro apreciado corazón, posee la coraza que impide la intromisión de las letras. Nadie quiere que vean a su corazón latir mientras emana la savia de la vida con tanta rapidez que parecería un ejercicio físico y no uno hormonal, perdón, genital, perdón, sexual, perdón normal.

Adoro el sexo y todas sus rutilantes acepciones. Mientras más lo alejan de la cotidianidad más se acerca a mí. El sexo en sí es todo y nada. Todo cuando empieza y nada cuando termina. Podría pasar un día entero disfrutando de sexo tántrico, con una de esas comeflores que se pasean por mi casa, porque sé que al final somos tan fachosos que terminaremos acabando con la comedia de no tocarnos, para llevarlo a un plano más prosaico, el intercambio de fluidos y sus derivaciones posteriores, que no es más que la revisión de la biblioteca personal para sacar a relucir ese polvoriento libro llamado el kamasutra y, tratar de entender esas caricaturas, el mío es de caricaturas, que seguramente darán más placer a eso de entrar y salir de músculos contraídos por la acumulación de sangre.

Adoro esta carta de amor. Es más real que las de Manuelita y Simón Bolívar. Mientras ellos acuñaban al rocío mañanero y al singular sonido de las gotas de lluvia rozando con los cuerpos el verdadero amor, aquí expreso que lo mejor es aquello que nos negamos a sentir, porque para decir tonterías estamos todos listos.

Para quienes siguen en este momento leyendo estas líneas les recuerdo que es una carta de amor.

Adoro a las ex novias. Siempre están a punto de llorar o de odiar. Me excitan sus palabras lógicas y profundas que explayan en sus reuniones de dignidad. Es una constante oírlas desde lejos decir: !Lo que no sucedió, no sucedió! !Me agoté de su abandono y, tomé, el rumbo a mi felicidad! !Comencé a salir con Mauricio Antonio, porque él dejó ese espacio para que entrará! !Era la hora de tomar esta decisión, ya la había pensado hace meses! !Él nunca va a cambiar! Y las más románticas: !Nunca abonó el amor, el amor es como una planta que no florece sino hay detalles! !La magia se perdió y sus palabras de fuego cavaron la fosa de nuestras querencias! !En el encuentro de las almas la suya siempre fue estática y la mía alegre y aventurera! y la más crucial: !Le di la oportunidad de cambiar, pero él, nunca lo quiso además me aterrorizaba el saber que eran tan dependiente de mí!

Adoro a los ex novios. Siempre lloran. Me estimulan sus palabras cuando el final está encima de ellos. Siempre sonrió al oírlos gemir mientras se arrastran de la borrachera y dejan consumir el cigarrillo, sin ni siquiera aspirarlo, mientras murmuran las palabras más bellas que oído humano pueda percibir: Es una grandísima puta.

Adoro a las amantes. Siempre sonríen y nunca están claras en nada. Al principio la pasión desbordada y el comentario fútil de Pronto estaremos juntos para siempre se impregna en esa habitación de hotel con olor a desinfectante barato. Me gusta verlas caminar por las calles con un aire de vencedoras de una guerra que solo libran ellas, sin embargo, las entiendo, pues he sido amante y he tenido que cubrirme el pecho con la sábana blancuzca mientras la dueña de mis pasiones se viste y, con un movimiento peculiar de su mano izquierda, me despide, no sin antes, dejarme algunas monedas en la mesita de noche que siempre oculta una biblia que no leo para sacar de mi pensamiento, de una vez por todas, el  concepto campesino del pecado y sus consecuencias.

Adoro a los amantes. Siempre sonríen y siempre sonríen. Sienten sin sentir y los más osados pagan el cuarto de hotel con la tarjeta de crédito, envían flores, regalan chocolates y continuamente están perfectamente planchaditos y olorosos a perfume caro. También he sido amante, pero mi economía es tan precaria que el amor me dura lo que dura el crédito de mi Mastercard. Los hombres amantes siempre cometen un error inconcebible, se enamoran el mismo segundo, la misma hora, el mismo día del mismo mes y del año en curso que los están botando. Los recuerdo con un anillo en el bolsillo de su pantalón, con la alegría en la cara, las manos temblorosas y el sudor frío que opaca el perfume caro. Logró sentirlos cerca de su amaba, casi de rodillas, esperando la respuesta de su querencia que se diluye en un: Eres bueno, pero mereces a alguien mejor que yo. Que mierda. Pero si los adoro.

Adoro las despedidas. Siempre son pragmáticas y reales. Hasta en cartas de amor me enferman las palabras finales que llegan a algo. Es por eso que adoro estas despedidas con puertas y ventanas abiertas y un frío intenso que te hace estremecerse hasta los dientes.

Si muchos de ustedes creen que esto no es una carta de amor, lo entenderé, aceptando las críticas, se imaginan por qué. Porque adoro que me lean sin pudor, sin sensatez, sin moral, sin lucidez, con morbo, teniendo sexo o simplemente tocándose, despechados o enamorados, amantes mujeres, amantes hombres, ex novios, ex novias, y grandísimas putas pues todos lo somos.

Y si no, no hemos adorado nada.

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Opinión

Ascenso

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Primer piso

Una luz tenue se aproxima lentamente hasta dejarse colar por la rendija de una de las ventanas nunca antes abierta. El reflejo ante el oscuro y lúgubre lugar deja entrever dos cuerpos sudorosos que minutos antes se desvanecieron en un trueque ancestral de deseos mundanos que hoy, rigen la vida de hombres y mujeres.

Todo se observa con la claridad pertinente, un cenicero atiborrado de colillas, tres botellas de vino tinto Carbernet  Sauvignon de los Valles del Maipo, tres preservativos en el suelo de la habitación, dos aún con la savia del trabajo cumplido y uno destruido por los molares enardecidos de la desesperación. Un olor gris y sepia incomoda lo existente, el caos persiste mientras en cada rincón del precario sitio se dejan percibir los colores penetrantes de la ropa interior.

Una mueca de descontento despierta a la plácida pareja que se integra con la misma rapidez con la que se desbordaron de placer. Prueban un sorbo del licor abandonado y encienden un cigarro mientras sus cabezas explotan ante la llegada inoportuna de la resaca moral.

Segundo piso

Si soy honesto me encantan sus gestos. Dos jóvenes seudo liberales se aproximan demasiado con la vibración que generan las cornetas de su reproductor de sonido. La nueva era musical sirve para ajustar lo que antes costaba meses enteros conseguir. La divinidad prohibida está allí, presente en cada sonrisa, en cada mirada, la pareja desea entregarse pero el temor implícito los detiene. Una suave caricia los desvanece en besos encontrados que no llegan a cumplir la misión. Luego un portazo, un padre con labios desordenados y la cólera invadiendo sus palabras golpea con certeza las cabezas de los jóvenes ávidos de ternura y novatos en la sodomía.

Tercer piso

Una mujer se disuelve entre las calles que se aprecian desde su balcón. No hay una lágrima donde debería existir un torrente caudaloso. Su tristeza, es mezquina y constante. En el día no la deja vivir y las noches son mortandades de suspiros que desintegran las estrellas. El recuerdo perdura en su cuerpo mientras aprisiona a su corazón la fotografía de su hijo, desaparecido y enterrado en una fosa común junto a la nada.

Sólo espera la muerte con un cuchillo que penetra su corazón hasta hacerla sonreír. Un hilo de sangre recorre la casa y comienza a gotear lentamente hasta detenerse. En la víspera de su despedida ve al hijo, perdido y enterrado abriendo la puerta.

Cuarto piso

Un grito despavorido lo despierta. Se levanta de su cama. Prueba un trozo de pizza olvidado la noche anterior y se sienta frente a su computadora. Comienza a escribir sobre los amantes furtivos del primer piso a quienes unió la noche anterior con marihuana y licor. Siente el morbo en los roces desconocidos de los jóvenes en el segundo piso a quienes alienta todos los días a través de sus correos sodomitas. Tiembla de pavor al ser partícipe de las cartas de desconsuelo que envió mintiendo a su amante del tercer piso. Se desconcierta un segundo, pero continúa escribiendo, es su pasión, es su tarea, es su destino buscar o hacer que existan las historias que pagan la cuenta.

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Opinión

El cambio llegará en agosto

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Por Christian Bártoli

28 07 1983. La numerología de Juan Guaidó está marcada por el número 1, nos dice que es una persona brillante, creativo y un líder por naturaleza, pero no del tipo que busca liderar por ambición, es más bien algo que otros ven en él por la seguridad y sabio accionar que refleja, Guaidó tiene como número externo, profesional y Don el número Maestro 11, es una persona que ha venido con un plus a este plano para traer un mensaje que llegue a todos… su número misión también es 11 así que indudablemente es un líder que llega a cambiar las cosas y a cumplir con un objetivo mayor para Venezuela.

La vibración de este 2019, le afectará con un 4 como número interno, se sentirá muy conectado con la razón, reestructurándose a cada momento para poder cumplir su rol, aunque precisamente es esta responsabilidad la que lo hará tener etapas de frustración y sentimientos de estancamiento por no generar los cambios en tiempos previstos… sin embargo, es un año donde él está en acción y vibrando alto por lo que todo indica que será quien ponga las bases estructurales para una nueva etapa en el país.

Sombra: Es propenso a ser dominado por su ego… emocionalmente puede no tener la suficiente madurez para sobrellevar toda la responsabilidad que le ha sido dada. Tendrá que estar muy centrado para no traicionar sus principios.

PROYECCIONES PARA LOS PRÓXIMOS MESES DEL 2019

Junio: Guaidó servirá de puente para las comunicaciones de Venezuela con el resto del mundo y deberá tener cuidado de traiciones muy cercanas.

Julio: Será un mes para evaluar lo ocurrido y concretar la opción más adecuada en meses venideros, no habrán mayores cambios o quizá se sucederán eventos que hagan parecer que todo el proceso que dirige está estancado

Agosto: Es un mes de LIBERTAD

Septiembre: Será un mes de CRISIS

Octubre: Profundización, viajes y contención… Tendrá que utilizar todos sus conocimientos y apoyo espiritual para avanzar

Noviembre: Es el mes del PODER, estarán dadas todas las condiciones vibracionales para que Juan Guaidó haga las transformaciones que ha venido proyectando en el 2019 para VENEZUELA!!!

Diciembre: Cierra un ciclo en su vida y para el país.

Instagram: @numerologiapop

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