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Opinión

El “Maracaibazo” o la crónica del “pandemónium

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Aquella célebre imagen de un señor cargando en sus hombros con media res durante el Caracazo, es una mueca al lado de los saqueos que ocurren en Maracaibo desde este lunes cuando la locura por “buscar alimentos” se transformó en una toma generalizada del hampa liderada sabe Dios por quien.

Desde la mañana del 11 de marzo se escuchaba el rumor de fuertes saqueos en Maracaibo pero en la tarde de este lunes el clímax llegó con los saqueos a todas laS tiendas Makro que se extendió a la empresa Pepsi Cola y en general a casi todos los centros comerciales de la ciudad.

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Dos días de saqueos sin control en la ciudad de Maracaibo.

El gran saqueo de Makro fue de tal magnitud que se extendió hasta la madrugada de este martes 12 de marzo cuando en un giro salvaje la gente gritó ¡al Sambil, todos al Sambil!.

Antes, los saqueadores cargaban con toda la mercancía de Makro en sus respectivos carros destinados a la compra de usuarios jurídicos, es decir -a grandes compras-. Al comienzo de la tarde la gente cargaba con pasta, harina, detergente, ya entrada la noche el escenario dio un giro por las calles del sector Mara Norte ubicado hacia el noroeste de Maracaibo, los “voluntarios” llegaban la mercancía en los montacarga de Makro Norte, minutos después nuestros ojos quedaron mustios al ver que además habían sustraído una pequeña grúa que se usa para el traslado interno de mercancía.

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I

No es hambre, es delincuencia

Ya saciadas las expectativas por considerarse los héroes de la noche, los saqueadores emprendieron en masa hacia el Sambil Maracaibo, donde curiosamente entraron con la permisividad de funcionarios de la Guardia Nacional, según comentaban los vecinos.

Al menos se vieron dos motorizados de la PNB decir a vox populi “vayan que después vamos nosotros”. La interrogante se profundiza porque cerca de la zona de los saqueos vive el Comandante de la Zona Operacional de Defensa Integral (Zodi) donde hay a diario una permanente y fuerte vigilancia que no se ha visto por estos días.

En defensa de los funcionarios podría decirse que “no se dieron abasto” para atender tantas contingencias lo cual es ya un problema de seguridad pública que mantiene en zozobra la salud psicológica de quienes no salieron a robar el bien ajeno.

Se trató de un grupo superior a 300 personas que saqueó más de 105 tiendas de comida, ropa y electrónicos del Centro Comercial Sambil, según lo declaró a los medios Juan Carlos Kotch, gerente general del Sambil, quien reprochó los actos y aseguró que las pérdidas  son incalculables.

“De 270 tiendas operativas, 105 fueron saqueadas. Entre los locales afectados está Timberland, Adidas, Samsung, Palacio del Blúmer, Óptica Roldan, Casio, CLX, Aishop, entre otros.

Kotch calificó este hecho como “un acto de anarquía, porque no se llevaron comida, sino artefactos, ropa y calzados. Esas personas acabaron con el empleo y el aparato productivo”, señaló.

En horas de la madrugada a la bandada de saqueadores de San Jacinto se sumó un grupo de personas del sector Bomba Caribe pero a esta hora si recibieron la repelida de los efectivos de seguridad que evitaron más saqueos.

Y la verdad es que a juzgar por la tristeza de los trabajadores de Beco, lo que más importa es la pérdida del empleo pues no tendrán comida para llevar a sus casas. Dos jóvenes que pasaban por el sector 17 de San Jacinto relataban con tristeza que esas dos bolsitas de ropa que dejaron los saqueadores es todo lo que les tocó por muchos años de trabajo.

Hoy por el barrio exhiben con orgullo el producto de su acto “heroico”, relojes Casio, celulares de última generación, gomas Adidas y jeans Levi´s que no compraron con el producto de su esfuerzo, que no saciaran su hambre, ni repondrá el mal servicio eléctrico pero que si habrá agudizado el resquemor contra el progreso eso que en criollo llaman “envidia” y que los psicólogos llaman síndrome de Solomon.

Aunque a los trabajadores de todos los centro comerciales saqueados se les parece más al odio, al desempleo y a las ganas de irse de su país cuanto antes porque ya consideran que esta es una generación perdida. Dios cuánto daño nos hemos hecho.

Opinión

Día de cumpleaños

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Se levantó con rapidez y corrió hasta el baño. Se quitó su pijama y dejó al descubierto su torso. Se revisó centímetro a centímetro y no vio ni una cicatriz y menos una herida de bala.

Recorrió la sala de su apartamento inundada de libros y textos sin completar.

Papeles iban y venía mientras trataba de abrir la ventana. Un aire gélido la invadió y recordó el sueño que la había alterado mientras de su cartera turquesa sacaba un cigarrillo.

Se encontraba otra vez en la esquina de Reducto. Era habitual verla todas las noches a partir de las 10 esperando algún cliente que deseara su cuerpo y en algunos casos su alma. Ya tenía doce años desde su llegada a Caracas, ciudad de la oportunidad, sin embargo, las cosas no salieron como lo pensaba y después de tanto andar y desandar optó por lo más rápido y sencillo. Notó que su cuerpo era visto como un jarrón chino, de esos que todos quieren tocar pero que nadie en su sano juicio llevaría a su casa a hacer nada. Ideó una salida para sus días de hambre y buscando en sus maletas halló el vestido rojo que nunca pudo colocarse en casa.

Y así empezó la faena de las caminantes nocturnas.

Los días iban y venía y cada vez la cotidianidad la acercó a ese submundo donde el dinero es sudado con el cuerpo y con las ganas. La libertad jamás sentida llegaba cada vez que un carro se detenía a pedir sus servicios. Tenía como regla oficial no salir en Semana Santa y muchos menos aceptar hombres sin barba, aseguraba que daban mala suerte y siempre terminaban antes de comenzar.

Paseaba la esquina en compañía de otras que al igual que ella tenían como centro de operaciones las cercanías de un organismo del Estado. Muchos funcionarios ya habían pasado por sus manos y ansiaba con deleite los quince y los treinta, fechas donde cobraba el doble por ese comentario aprendido de memoria de su madre enferma y esas pendejadas que los hombres en la búsqueda de lo prohibido aceptan y hasta creen.

En el pueblo no era así. Todos estaban llenos de prejuicios que los limitaban. Su viaje para la Caracas del metro y de los teatros más que una búsqueda de trabajo significaba la salida de la rutina de los pueblos con frío y neblina en las noches. De los domingos de misa y cine y si acaso de helado.

Quería ser escritora o peor aún periodista. Pero los sueños mermaron cuando la plata se acabó y la resolución era encontrar trabajo urgente de lo que fuera o ponerse el vestido rojo que tanto le costó y que nunca pudo presumir en su pueblo.

La respuesta a las súplicas la encontró en esa esquina que ya era tan común llamarla su pequeña Caracas, pues resumía toda la miseria en un solo sitio que ni era oscuro y menos tenue. Más bien era demasiado alumbrado para el trabajo, cosa mala, cuando los tímidos huían despavoridos por el temor a ser reconocidos.

I

El sueño fue muy personal.  Se despertó. Solo lavó su cara y su boca. Se recogió el cabello y salió a comprar algo que comer. En la puerta del ascensor el vecino la miró de pies a cabeza sin saludarla. Ya adentro un comentario suspicaz ¡Huelo a puta! y sin más que decir llegó a planta baja.

En la primera puerta los responsables del condominio colocaban papeles para informar que nuevamente el agua estaría ausente dos días por servicios de mantenimiento de la tubería que surte al centro de Caracas. Una mentada de madre se dejó escapar de sus labios seguido de una expresión más que habitual ¡seguiré oliendo a puta entonces!

Ya por el pasillo un  hombre la detuvo y le recriminó que no estar cerca de Dios es la condena del alma. Lo miró fijamente mientras encendía otro cigarrillo y lo interpeló



¿Juan sigues con esa misma mierda?


Tengo que comer y eso de dar culo me parece doloroso, acusó el Testigo de Jehová ahora convertido en conocido.


¡Búscate un trabajo de verdad!


¡Lo haré! Pero dame algo para el desayuno, replicó Juan


No tengo. Un cigarrillo te puede quitar el hambre.


¡Dámelo entonces coño! Gritó Juan, mientras miraba a otro grupo a quien le advertía que no estar cerca de Dios es la condena del alma.

Al salir del edificio notó que ya iban dos cigarros en menos de 30 minutos. Otra de sus reglas era fumar tres cada hora. Sin embargo, esa mañana el sueño la atemorizaba y al estar en la calle encendió el tercero. Ahora tendría que esperar media hora más para poder seguir el vicio. Pensó en que iba a comer. Desde lejos el albino de las avenas gritaba que era sabrosa y que no había otra mejor en todo el mundo. Se convenció de la farsa y se dirigió a comprar la maravilla que tanto publicitaban.

¿Cuánto cuesta la avena? Preguntó


Para ti por un beso reina, respondió el albino.


Sonrió y lo mando a comer mierda.


¡Ni que fuera tan buena como dices!


El albino más centrado contestó 20 bolos y vete que me corres a la gente decente.

Siguió su camino y recordó nuevamente el sueño. Por un instante padeció el Déjà vu. Todo estaba pasando como la pesadilla que la había acompañado. Sintió un escalofrío y mientras daba cada paso el sueño se repetía. No podía cambiar nada. Cruzó la calle, compro el periódico revisó los resultados del Triple Gordo y nuevamente la sensación de pérdida se apoderó de su cuerpo. Quiso despabilarse y rompió la regla, fumo nuevamente.

El sueño se estaba haciendo realidad y decidió regresar su casa.

Corrió con el miedo en todo su cuerpo y llegó a la puerta del edificio. La falla constante de la llave magnética la detuvo mientras trataba de abrir y escuchó como alguien gritaba su nombre desde una motocicleta. Se volteó y dos jóvenes a toda velocidad se montaron en la acera. El parrillero sonrió y sin decir palabra alguna le disparó dos veces en el pecho.

Cayó al piso y la sangre brotaba manchando su camisa blanca del pijama. Pasó su mano por el pecho y sintió los dos huecos por donde escapaba la vida. Nadie se acercaba y las fuerzas amainaban mientras moría en el sucio piso de la avenida Sur 4. Miró por última vez la esquina donde trabajaba todas las noches hasta que cerró sus ojos.

Se levantó con rapidez y corrió hasta el baño. Se quitó su pijama y dejó al descubierto su torso. Se revisó centímetro a centímetro y no vio ni una cicatriz y menos una herida de bala.

Recorrió la sala de su apartamento inundada de libros y textos sin completar. Papeles iban y venía mientras trataba de abrir la ventana. Un aire gélido la invadió y recordó el sueño que la había alterado, pero no sacó el cigarrillo de la cartera turquesa. Tomó el teléfono y llamó a una amiga. Entre gemidos y gritos le contaba la pesadilla y de haberla soñado dos veces.

Esta mierda es de locos.

II

Decidió quedarse en casa. No quería repetir la historia y menos el final. La sensación del dolor generado por los disparos en el sueño aún las padecía en su cuerpo. Iba cada minuto al baño y levantaba la pijama para revisar si en verdad estaba ilesa.

No soporto la angustia y encendió un cigarrillo mientras incómodamente se sentaba a orinar. No se limpió. Se levantó y recorrió la sala. El hambre la atacó y ya con más tranquilidad salió de su apartamento. Al cerrar la puerta escuchó a lo lejos su teléfono y regresó a buscarlo.

Contestó y escuchó a su amiga que le decía

¡Chama quédate quieta ya voy pa ya!

A la espera del ascensor observó al vecino que la miró de pies a cabeza sin saludarla. Ya adentro no soportó la sensación de asco que provocaba su presencia y comentó ¡Huelo a puta! y sin más que decir llegó a planta baja.

El miedo se afianzó una vez más en su cuerpo al ver a Juan disfrazado de Testigo de Jehová recriminándole que no estar cerca de Dios es la condena del alma. El mismo diálogo se registró mientras encendía su segundo cigarrillo y recordaba la regla de fumar tres cada hora.

No pudo recorrer el pasillo. Sentía la cercanía de la muerte cercana. Se fumó otro cigarro y otro y otro rompiendo la regla sin preocupación. Lloraba y nadie se acercaba. Juan ya convencía a unos crédulos para poder comer y no se perturbó al verla en el piso llorando. Dentro de sí la recordaba siempre llorando este día.

Las fuerzas se desvanecían y quería cerrar los ojos. Pero el miedo una vez más la invadía y se negaba a quedarse dormida.

Unos gritos se escucharon en la puerta.

El condominio había prohibido la entrada de extraños al edificio para evitar robos.

Había tres personas que encaraban a un hombre moreno de gran estatura que entre golpes se abría paso.

No lo reconoció a la primera y después, en su último respiro de cansancio, logró verlo y lo llamó.

El moreno la tomó entre sus brazos mientras no paraba de llorar.

¡Chama tranquila ya estoy aquí!

Soy tu amiga. ¡Mírame!

Los recuerdos la invadieron.

El moreno cantó cumpleaños feliz. Ella sonrió. Le acariciaba el rostro mientras recordaba todo.

En la tranquilidad del momento escucho al albino ofrecer su avena. Y el sueño súbitamente llegó otra vez. Se levantó sin miedo y recorrió el pasillo. Recordó que la pesadilla era de una mujer muerta con dos disparos en el pecho mientras se agarraba las bolas y decía yo soy un hombre y hoy cumplo 43 años.

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Opinión

Cody y Alí, víctimas del miedo

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El expresidente de VTV, Jordán Rodríguez rompe su silencio ante asesinato de Alí Domínguez y la desaparición forzada de Cody Weddle.

A Cody Weddle lo conocí hace algunos años, una que otra vez nos llegamos a cruzar en los pasillos de Telesur, en aquellos tiempos en los que me llamaban “héroe” por haber desmentido a CNN y ser bastante convincente mientras dijera lo que ahí se quería escuchar. Él y yo tal vez llegamos a cruzar una que otra palabra en el cafetín pero no más que eso. Hoy leo la noticia de que fue detenido y su vivienda allanada.

Revisando mis redes veo que Cody ya no es la “estrella” que nos hacían ver en el canal de Boleíta norte, al igual que yo, ahora es un “traidor” por romper filas, Cody ejercía para medios internacionales en Caracas, medios que asumo están sumados a la ola de la mediática que apoya la presidencia de Juan Guaidó y la salida del poder de Nicolás Maduro.

Cody Weddle

Les juro que he evitado escribir, porque en nuestro país, la gente se acostumbró o debo decir, la acostumbramos a que el periodismo es propaganda para hacerlos sentir bien, sean de derecha o de izquierda, y no un trabajo ético necesario para contar al menos dos caras de la verdad para que ellos analicen los hechos. Como ya he comentado, por eso siento que matamos el oficio.

Pero volviendo al relato de hoy, sea cual sea la situación, la detención y desaparición forzada de Cody por más de doce horas, no hace sino reforzar el miedo que se tiene a las cámaras y micrófonos, al debate, al discernimiento de las ideas y exacerbar la persecución a los trabajadores de la prensa.

No quiero leer más sobre periodistas acusados de terroristas, no mientras miles de traficantes de drogas, armas, combustibles y alimentos viven a sus anchas, no mientras los hospitales siguen en el suelo y siguen muriendo nuestros indígenas en la selva, no mientras seguimos perdiendo la Guayana en una Venezuela sin ley ni justicia.

Sumado a este caso, el cual terminó con la deportación de Cody, veo la información sobre el asesinato del joven Alí Domínguez. A Alí lo entrevisté en un par de oportunidades, creo que era uno de esos muchachos que vieron en Hugo Chávez una esperanza de futuro digno; en sus redes aún pueden verse fotos de las victorias electorales del 99 y el 2006, su trabajo como organizador de base del PSUV y las críticas que comenzó a realizar una vez sumado al Movimiento “Desafío de Todos”, fundado por el ex ministro de interior Miguel Rodríguez Torres, hoy preso en los sótanos del SEBIN.

Alí Domínguez

Según leo Alí venía denunciando desde hacía algún tiempo presuntos hechos de corrupción dentro de la Universidad Bolivariana de Venezuela, donde estudió periodismo y ya había sido víctima de violencia por parte del algunos jóvenes “defensores” de la Universidad nacida para formar al “hombre nuevo”.

El joven había desaparecido el pasado 26 de febrero y aunque su cuerpo fue hallado en la autopista Francisco Fajardo con daño cerebral, el rostro desfigurado y sin dientes el día 28 para ser internado en el hospital Domingo Luciani del llanito, nadie supo nada de él hasta este seis de marzo cuando su hermano pudo confirmar su muerte.

Varias cosas me vienen a la mente en este momento ¿Se ha convertido Venezuela en el México de Suramérica? ¿Podrán los periodistas estar a salvo en una nación en la que informar u opinar se califica de “acto terrorista” mientras el pranato más miserable de esta parte del planeta domina largas extensiones de tierra, cobra vacuna, explota las riquezas, secuestra y asesina libremente? ¿Es más importante perseguir, apresar, incomunicar y deportar reporteros por atreverse a denunciar cosas que todos sabemos que pasan que recoger el mierdero económico que amenaza con matarnos de hambre? ¿Hasta cuándo veremos estos atropellos? Pero además de esto saben que duele y duele mucho, ver como la hipocresía siempre es protagonista en nuestra nación y es que uno de los casos, el de Cody es reseñado y seguido por todos los “colegas”, mientras que al pobre Alí, tal vez por ser un disidente, sólo le queda uno que otro mensaje y esto que le escribo a petición de algunos de sus amigos, esos que entendieron que ser revolucionarios dista bastante de aplaudir el desastre actual y que se resignan con unas cuantas palabras, de otro “traidor” ante el conocimiento previo de que jamás se sabrá la verdad sobre su asesinato y menos que se hará justicia.

Periodista Jordán Rodríguez Expresidente de VTV

Periodista Jordán Rodríguez Expresidente de VTV-Corresponsal de Telesur para Haití y Libia. Actualmente ha sido señalado según sus propias palabras como un “traidor” al proceso revolucionario bolivariano en Venezuela.

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Opinión

Animales nocturnos

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Reconoces la sonrisa. Reconoces cuando se toman el cabello. Reconoces como beben su trago y te miran a través del fondo del vaso que las desinhibe y las hace sentir como “La Reina del Sur”, sin ser reinas y menos tener claro cuál es su sur o norte o este u oeste. Desenfocan en exigencias y siempre, quieran o no, caen abatidas por cambios intempestivos de gustos, amores, regalos y atenciones.

Sabes quienes son con la primera mirada. Con la primera coquetería. Con el movimiento de sus manos cuando están nerviosas. Con los gestos habituales de mantener el control con las palabras que emiten que no son más que una silenciosa llamada de emergencia, que no es más que el deseo por probar la desdicha de lo desconocido, así les haga daño, así el arrepentimiento les llegue a las vísceras, así los besos le manchen la esencia, así las marcas en el cuerpo les saquen una sonrisa al otro día, pero siempre cavilarán que son bendecidas y afortunadas y que el desliz solo fue una etapa necesaria para seguir adelante y encontrar ese príncipe azul que día a día las asfixia y las llena de “eso” que querían y deseaban en otros.

La vida las llenó de belleza, soberbia y pragmatismo. Son características  esenciales si quieren ser divas sociales y no marchitarse en quejas sobre el comportamiento de otras. Las reconoces porque son felices en su zona de confort. Las reconoces porque siempre quieren más. Las reconoces por la sonrisa fingida. Las reconoces por sus días de cumpleaños. Las reconoces por sus regalos de infortunio, que no son más que letras de pago. Las reconoces porque el apoyo de ahora es la queja del futuro. Las reconoces porque son únicas, así como son todas. Las reconoces porque son lo que se niegan a ser.

No hablo de mujeres. Si eso les inquieta.

No hablo de las virginales poses que avergonzarían a la Virgen cristiana. No hablo de las sensuales voces que pierden a los hombres. Ni a las desdichadas que remienda el alma creyéndose doctoras en teorías de la vida. No hablo de esas que aceptan golpes de sus viriles hombres por que las llenan de regalos y recuerdan su cumpleaños. No. De ellas no hablo. Hablo de otras. Así que ni eres tu ni nadie que hasta ahora conozca. Quizá te haya visto por la calle, pero seguramente eres tan cara común que no puedes acuñarte este escrito. Eres nadie en pocas palabras. No llegarías a esto ni a menos.

Hablo de virtudes. Hablo de los verdaderos animales nocturnos. Hablo de putas de verdad. No de putas de apartamento o de casas. No de putas de trabajos fijos o cambios de aires. No de putas que se casan, sino de aquellas que nunca lo harán. No de putas enfermas por aparentar, sino de las reales, de las que valen cada centavo que te ganas. De esas que comen, viven, duermen y despiertan sexo. No putas de palabras insensibles. De putas con todas las letras y algo más.

Mis animales nocturnos son algo más que paseos, fiestas y visitas al cine. Mis animales nocturnos no son tú. Mis animales nocturnos soy yo disfrazado de seudo escritor y aparentando que vivo lo que desean, cuando en realidad vivo lo que deseo. Soy yo la puta de cada letra que escribo. Soy yo o mi voz interior que me atormenta en las noches pidiéndome que salga ya, soy a quien las brujas muerden en la noches (y a veces de día) para que  vuelva a ser lo que siempre he sido y que oculto cuando mi sonrisa queda congelada en las fotos de Instagram.

Con esto mis animales nocturnos cesan. Ahora que está claro que me reconocerán la sonrisa. Reconocerán cuando tomo mi cabeza. Reconocerán cuando beba un trago y las mire a través del fondo del vaso que me desinhibe y me hace sentir como “La Reina del Sur”, sin ser reina y menos tener claro cuál es mi sur o norte o este u oeste. Me verán desenfocado en exigencias y siempre, quiera o no, caeré abatido por cambios intempestivos de gustos, amores, regalos y atenciones.

Nada más certero que hablar con todas. Así no les guste o así las mueva a creer que la burbuja que se crearon las hará inmunes a las palabras que salen de mi boca o de mi corazón inexistente.

¡Hey soy yo otra vez en tu vida¡ Tu pensamiento recurrente. Tu despertar en las mañanas. Tus besos con otros. Tus caricias a cuerpos extraños que quieres hacer conocidos. Tus manos en mi cuerpo. Mi aire infectado de nicotina que te hacía suspirar. Mis labios de licor y mí mirada rapaz de deseo.

No soy más que tu vida, tu existir o tu muerte lenta.

Soy ese que desprecias y que me gusta. Soy un animal nocturno. Oscurecido por la vida añeja que me tocó hace años.

Soy yo y jamás podrás ser como yo.

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