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Opinión

Cody y Alí, víctimas del miedo

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El expresidente de VTV, Jordán Rodríguez rompe su silencio ante asesinato de Alí Domínguez y la desaparición forzada de Cody Weddle.

A Cody Weddle lo conocí hace algunos años, una que otra vez nos llegamos a cruzar en los pasillos de Telesur, en aquellos tiempos en los que me llamaban “héroe” por haber desmentido a CNN y ser bastante convincente mientras dijera lo que ahí se quería escuchar. Él y yo tal vez llegamos a cruzar una que otra palabra en el cafetín pero no más que eso. Hoy leo la noticia de que fue detenido y su vivienda allanada.

Revisando mis redes veo que Cody ya no es la “estrella” que nos hacían ver en el canal de Boleíta norte, al igual que yo, ahora es un “traidor” por romper filas, Cody ejercía para medios internacionales en Caracas, medios que asumo están sumados a la ola de la mediática que apoya la presidencia de Juan Guaidó y la salida del poder de Nicolás Maduro.

Cody Weddle

Les juro que he evitado escribir, porque en nuestro país, la gente se acostumbró o debo decir, la acostumbramos a que el periodismo es propaganda para hacerlos sentir bien, sean de derecha o de izquierda, y no un trabajo ético necesario para contar al menos dos caras de la verdad para que ellos analicen los hechos. Como ya he comentado, por eso siento que matamos el oficio.

Pero volviendo al relato de hoy, sea cual sea la situación, la detención y desaparición forzada de Cody por más de doce horas, no hace sino reforzar el miedo que se tiene a las cámaras y micrófonos, al debate, al discernimiento de las ideas y exacerbar la persecución a los trabajadores de la prensa.

No quiero leer más sobre periodistas acusados de terroristas, no mientras miles de traficantes de drogas, armas, combustibles y alimentos viven a sus anchas, no mientras los hospitales siguen en el suelo y siguen muriendo nuestros indígenas en la selva, no mientras seguimos perdiendo la Guayana en una Venezuela sin ley ni justicia.

Sumado a este caso, el cual terminó con la deportación de Cody, veo la información sobre el asesinato del joven Alí Domínguez. A Alí lo entrevisté en un par de oportunidades, creo que era uno de esos muchachos que vieron en Hugo Chávez una esperanza de futuro digno; en sus redes aún pueden verse fotos de las victorias electorales del 99 y el 2006, su trabajo como organizador de base del PSUV y las críticas que comenzó a realizar una vez sumado al Movimiento “Desafío de Todos”, fundado por el ex ministro de interior Miguel Rodríguez Torres, hoy preso en los sótanos del SEBIN.

Alí Domínguez

Según leo Alí venía denunciando desde hacía algún tiempo presuntos hechos de corrupción dentro de la Universidad Bolivariana de Venezuela, donde estudió periodismo y ya había sido víctima de violencia por parte del algunos jóvenes “defensores” de la Universidad nacida para formar al “hombre nuevo”.

El joven había desaparecido el pasado 26 de febrero y aunque su cuerpo fue hallado en la autopista Francisco Fajardo con daño cerebral, el rostro desfigurado y sin dientes el día 28 para ser internado en el hospital Domingo Luciani del llanito, nadie supo nada de él hasta este seis de marzo cuando su hermano pudo confirmar su muerte.

Varias cosas me vienen a la mente en este momento ¿Se ha convertido Venezuela en el México de Suramérica? ¿Podrán los periodistas estar a salvo en una nación en la que informar u opinar se califica de “acto terrorista” mientras el pranato más miserable de esta parte del planeta domina largas extensiones de tierra, cobra vacuna, explota las riquezas, secuestra y asesina libremente? ¿Es más importante perseguir, apresar, incomunicar y deportar reporteros por atreverse a denunciar cosas que todos sabemos que pasan que recoger el mierdero económico que amenaza con matarnos de hambre? ¿Hasta cuándo veremos estos atropellos? Pero además de esto saben que duele y duele mucho, ver como la hipocresía siempre es protagonista en nuestra nación y es que uno de los casos, el de Cody es reseñado y seguido por todos los “colegas”, mientras que al pobre Alí, tal vez por ser un disidente, sólo le queda uno que otro mensaje y esto que le escribo a petición de algunos de sus amigos, esos que entendieron que ser revolucionarios dista bastante de aplaudir el desastre actual y que se resignan con unas cuantas palabras, de otro “traidor” ante el conocimiento previo de que jamás se sabrá la verdad sobre su asesinato y menos que se hará justicia.

Periodista Jordán Rodríguez Expresidente de VTV

Periodista Jordán Rodríguez Expresidente de VTV-Corresponsal de Telesur para Haití y Libia. Actualmente ha sido señalado según sus propias palabras como un «traidor» al proceso revolucionario bolivariano en Venezuela.

Opinión

Un día

Ya no tengo frío, ni calor. Y no importan los colores con nombres rimbombantes, he desaparecido, estoy tirado viendo como lloran los hipócritas y como ríen los verdaderos amigos.

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La luz tenue llego a mi cuarto. Las llamadas cesaron, los mensajes de optimismo colapsaron. Las sonrisas se opacaron. El roce cesó por fin y en un segundo me despedí de algo o de alguien que ya no era yo.

Hoy me llevan en un sarcófago color azucena con brisas de mediodía de invierno. Hoy nada tiene explicación, ni el color azucena ni las putas brisas de mediodía de invierno en un país donde llueve o hace calor y muchos viajan en verano, invierno, primavera y otoño sin saber que todo es lo mismo o peor.

Ya no tengo frío, ni calor. Y no importan los colores con nombres rimbombantes, he desaparecido, estoy tirado viendo como lloran los hipócritas y como ríen los verdaderos amigos.

He muerto

I

Luego de seis horas en un consultorio otra vez llegó a mí, ella, la mujer que no me desea pero me tiene, la que no me quiere pero me acerca, ella, mi amor eterno y mi sacrificio, la razón por la cual nunca me he rendido.

Salió del consultorio junto a mi médico, sonriente, distinguida y sensual, porque ella, la mujer que me atrapa, es sensual, sexual, pornográfica e indigna. Se mete dentro de mí y toca cada centímetro para luego salir a jactarse diciendo que ella sí sabe cómo hacerme llorar.

Luego nos perdonamos, ella por la imprudencia y yo por no poder sujetarme de quien me ama pero no sé cuánto. La veo salir de mi cuarto y dirigirse al baño. La ausculto. La espalda, las nalgas, las piernas, los tobillos y siento que me enamoro otra vez, en otra época, con otras manías, con menos fuerza, pero me enamoro igual.

En mi mente llegan los recuerdos de cartones en parques, de caminatas incesantes para no dormir, de cigarros, de licor, de otras putas que me cobijaron el corazón pero no la esencia y siento que ella, siempre ausente y presente me observaba como diciéndome con palabras truculentas: sigue, que aquí te espero.

Hoy no tengo sed, ni respiro el aire puro de una montaña mágica. Y no importa cuánto he hecho pues a nadie le importa, a mí no me importa y a ella menos le importa mientras besa mis labios ensangrentados y me levanta de la poceta donde vomito a diario sin ver a ningún conocido.

Estoy desapareciendo.

II

En las mañanas tengo sed y en las noches siento que me ahogo en lagunas grises de mierda. En la tardes duermo y en las medias tardes camino para disipar el dolor que me hace arrodillar y pedir perdón.

A ella le gusta verme pedir perdón

Siempre regreso de caminar exhausto y acabado pero sonriente. Nada me quitará la alegría que tengo, pues ella está allí, cerca, junto a mi corazón, indigna y más puta como siempre me ha gustado, tocándome de adentro hacia afuera, logrando sacar lágrimas y molesta cuando sonrió para decirle que me gusta el sabor a sangre, las cosquillas en el estómago y el dolor profuso de sus caricias.

Algunas noches no me visita y la extraño mientras escribo. Algunas noches está ausente y la extraño mientras me afeito. Algunas noches no me visita y la recuerdo en nombres de mujeres que son mi pasado oscuro y negligente. Algunas noches no me visita y puedo insultarla una vez más sin sonidos, gritarla con las manos, despreciarla con suspiros y maniatarla tomándome el pecho y respirando profundo para que no regrese.

En esta oportunidad no recuerdo como llegó pero nunca olvidaré cómo se va a ir o como nos iremos juntos como siempre hemos debido estar. Pretendo caminar tomado de su mano y rozarla con mis dedos para que se sienta coqueta y frágil con mi cercanía.

Ya los mensajes no llegan. Siento el vacío.

Hoy no escucho nada. No digo palabra alguna. Y no importa cuanto he hablado y escrito ahora todo desaparece y me marca la piel los recuerdos. Dónde estás, dónde estás, dónde estoy.

Ya estoy de rodillas.

III

Una luz se enciende en mi cuarto. Ya no estoy desprolijo. Es el amor, el de ella, creo. Los mensajes de optimismo colapsan mi cabeza. Las sonrisas ahora me acompañan y el roce deseado por fin llegó y en un segundo no morí como creía y como creían.

Hoy me llevan vestido de traje acompañado por azucenas y todo tiene explicación.

Ya no tengo frío, ni calor. Y reconozco los colores y sabores. Quiero morir, quiero vivir, quiero respirar, quiero continuar mientras los veo a todos muertos, desapareciendo, de rodillas y cerca muy cerca de mí.

Y ella y yo, hemos vivido, juntos, con peleas, pero vivos.

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Opinión

Sueño

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El ventilador de techo no dejaba de sonar y el sopor dado por el calor limitaba los pensamientos. Yo estaba ahí sentado en una de esas sillas roídas por el tiempo que aún se mantienen activas en el Seguro Social, esperaba mi sexta dosis de pastillas para levantarme y mi palmada en la espalda necesaria para seguir la pelea de pie y no caer arrodillado ante el pesimismo.

El trinar de los pajaritos me deleito y  empecé por memoria motriz a buscar mis cigarrillos en los bolsillos, luego de un extenuante y hasta desesperado cateo a todo mi deplorare ser recordé que ya no fumaba y odié.

Cuando salí, una fresca brisa me alegro la cara y una sensación de tranquilidad me hizo temblar desde los talones hasta la nuca. “Nunca me sentí tan feliz” y fue allí, donde empezó todo.

Mi periplo por el odio empezó en agosto. Siempre lo considere un mes de vacaciones y sonrisas pero este agosto, este en el que comencé a odiar era mes de deslealtades y por eso me pareció una fecha propicia para dar rienda suelta a todo mi veneno, después me di cuenta que no era solo ese mes sino los once restantes también.

Caminé desde el Seguro Social hasta la casa de mi madre. Fueron 12 kilómetros de odio puro contra los transportistas, sus familias, sus amigos, sus mascotas, sus amantes y sus vidas. En el recorrido también iba odiando las más mínimas situaciones que se puedan imaginar.

En los primeros metros ya el sol me estaba calcinando, y allí odié ser calvo y por supuesto el sol. Además odié el no tener un sombrero y recordé aquel vendedor ambulante que no me hizo la rebaja justa, si eso no hubiera ocurrido tendría mi sombrero y una situación menos que odiar, pero no fue, así que lo odie con toda su mercancía en un carrito de supermercado y su sombrero caleño que ostentaba con vanidad. También odié los perros que lo seguían y la manera de tomar agua o licor (miche claro) pero además lo odié mientras lo veía borracho tirado en el piso regalando los sombreros que para mí no tenían rebaja.

Odié además mi economía pero ese es otro tiempo de odiar que después cuente.

A mitad del primer kilómetro el sol se escondió y la amenaza de lluvia me hizo odiarla. Un frío desesperante se apoderó de mí y mi escuálida chaqueta no me daba el calor necesario, así que odié la chaqueta, el frio, y además una quebrada que iba creciendo y socavando las viviendas cercanas. Odié a la gente correr para no mojarse y odié más a quienes estaban preparados con paraguas e impermeables y sonreían al verme pasar, calvo, mojado, sin cigarrillos y por qué no recordarlo sin el sombrero que no me vendieron, ese del que hable, el de la rebaja, el del borracho que ya odié en el párrafo anterior, espero que lo entienda porque si no ya sabrán que pasará.

La lluvia me empapo y odié que no mojara mis cigarros, pues ya no fumo así que no tenía cigarros. Al pasar por uno de los charcos que se formaron por la intempestiva lluvia resbalé y caí con todo el peso de mi humanidad y odié caerme y mojarme más de lo que ya estaba. También recordé que mi caída se debía a mis tiempos de juegos donde no paraba de patear un balón y odié esa época de risas y encantos. Odié que para esa período tenia cabello y no me  veía interesante como ahora y me odié en el presente porque siendo calvo de interesante no tengo nada o eso me lo han hecho saber.

Desde el piso algunas personas trataron de ayudarme y los odié por ser diferentes a mí. Yo estaría riendo a carcajadas y jamás me pasaría por la mente ayudar a nadie. Odié mi manera de ser y por más que quise sonreír por mi situación me odié por incapaz de levantarme y de no alegrarme.

Ya de pie unos perros me siguieron y los odié. Dicen que me estaban cuidando y les informé que era demasiado tarde y bueno como no hablan sino ladran, los odié porque no me entendían o porque seguramente estaban en una especie de complot contra los humanos y que pronto se rebelarían y acabarían con la raza humana para apoderarse del mundo, de este mundo tuyo y mío y al cual también odio. Los odie por inteligentes y pacientes para destruirnos a todos. No dudo que cuando la invasión canina llegue dirán: vamos por ese pelón al que no le vendieron el sombrero, ese borracho de la plaza, y que ahora camina más de 12 kilómetros para llegar a casa de su mamá odiando a todos. Y ladraran puritico odio contra mí y también los odiaré por eso.

Ya iba a mitad de camino y odié ir tan rápido.

La lluvia amainó y el sol comenzó a tener protagonismo entre las gotas de agua que hay en la atmósfera para crear así un hermoso arcoíris y mi repulsión llego al clímax, odié saber cómo se formaba el arcoíris y lo hermoso que se veía en el cielo de mi tierra. Corrí despavorido sin dejar de ver donde terminaba el arcoíris y recordé que mi madre me decía que al final hay una gran olla con monedas de oro esperándome, claro, custodiada por un duende de barba pelirroja. En mi carrera odié el arcoíris, la olla de monedas de oro y por supuesto al duende, pero igual no dejaba de correr y llegué.

Odié mi carrera y la no existencia de olla con monedas y duendes. Odié los cuentos y seguí mi camino, más cansado, más mojado, con más calor y aún con las pastillas en todo mi cuerpo moviéndose como serpientes. Odié recordarme, odié las pastillas y odié por que empecé este agosto a odiar.

Ya llegando a casa.

En la cercanía de casa de mi madre odié que el camino estuviera acabando y odié mi recorrido tan rápido, odié la lluvia, odié el sol y en medio de mi odio paso el vendedor de sombreros, el borracho que no me da rebajas. Lo llamé, lo interpelé y lo conminé a que me vendiera un sombrero para cubrir mi calva del sol y la lluvia, le explique con odio que lo necesitaba, lo amenace para que supiera que en esta oportunidad tendría mi sombrero.

Me lo vendió con rebaja incluida además me brindó un trago de miche claro y me dio una palmada en la espalda mientras me sonreía y se despedía diciendo que volvería con más sombreros que los calvos siempre necesitan.

Al verlo partir, no lo odié. Solo sonreí y desperté.

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David se despide

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Menos mal que era domingo de Ramos y que la espiritualidad colmaba toda la casa. Siete años postrados en una cama por una extraña enfermedad no lo dejaba continuar su vida de putañero, borracho y camorrista.

Durante su juventud era el tesoro más codiciado del pueblo. Su energía superaba la de muchos que sólo se conformaban con una vida a la sombra de aquel que con dulces palabras tenía a sus pies a las mujeres.

Menos mal que ya eran las 9 de mañana y todos en la casa estaban en las calles con ramos esperando la llegada del Dios que todo lo perdona y todo lo sabe. Las oraciones y golpes de pecho se sentían tan cerca que dudo que los grandes portones de la vivienda estuvieran cerrados.

Los accesos a la casa eran dos. El principal que llevaba hasta la sala de estar donde alcaldes, concejales e ilustres hombres de la región pasaban sus largos días de verano con agua e´ panela fría en sus manos, la segunda entrada, era su puerta secreta. El camino de no más de veinte pasos que llegaba a su alcoba, la cual estaba acondicionada de manera que nada se escuchara en las noches de pasión furtiva que a diario disfrutaba con alguna mujer del pueblo. Era tal la discreción que nadie podría ver quien entraba y quien salía, sin importar la hora.

Menos mal que sentía como se le escapaba el alma de su cuerpo y que el miedo se había disipado. Sólo una vez sintió la llegada del pavor a su organismo. Una mujer hermosa, llegada de la nada, en una de sus madrugadas de parranda lo invito a probar su cuerpo y  sentir la esencia jamás antes sentida. Pese a que todos le recomendaron no hacerlo, su afán de hombre despreocupado y su carácter egocéntrico no asumieron el peligro que minutos más tarde padecería. Salió del bar con ínfulas de triunfador y tomando el camino más cercano a su casa, se perdió entre la bruma que sucumbía al pueblo para la época. Sintió unas manos que lo tomaban dejándolo vulnerable. Luego los besos acecharon su espacio y palideció al ver a la mujer extraña convirtiéndose en una abominable criatura que le exigía su cuerpo para apoderarse de su alma. Menos mal que era Semana Santa y el ramo de la misa de la madrugada alejo a la espectral aparición.

Menos mal que pudo levantarse.

Dos días antes del Domingo de Ramos se había negado a tomar sus pastillas, por ello, tenía la fuerza y voluntad de llegar al estar de la casa a disfrutar de las calles que una vez temblaron, lloraron y disfrutaron su presencia. Sus acciones lo habían convertido en un hombre de exageradas convicciones políticas que durante años disfrutó, no como representante de los pueblos, sino como el poder detrás del poder. De allí, que no era extraño ver a aquellos que detentaban cargos del gobierno en su casa tomando su agua e´ panela o en la celebraciones más importantes aguardiente.

Menos mal que ya había vivido lo suficiente como para aceptar la realidad que se acercaba día tras día. Se aproximó a la ventana más imponente de la sala y se dejó ver por la procesión que recorría el pueblo. Pese a las plegarías y las lágrimas nadie dudo en saludarlo. Su apariencia era la marca inefable de los años acumulados por la vejez y su brazo, que una vez estremeció la crisma de hombres que no compartían sus decisiones, ahora temblaba y no fomentaba el terror de los años de fortuna de los conservadores sobre los liberales.

Se derrumbó. Y creyó ver la película de su vida ante sus ojos. Oyó gritos en la calle pero nada lo hacía salir de su letargo. Un nombre apaciguó el desorden en la procesión de las palmas. David, David, ya es hora de irte.

Menos mal que era Semana Santa y Domingo de Ramos, pues el mismo Dios le dio la bienvenida, no al cielo, sino a un lugar mejor donde ya podría caminar, disfrutar y vivir como siempre lo hizo.

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@benemerito2010

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