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La espera

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Durante años nadie lo vio.

Parecía que el mundo se lo hubiese tragado sin dejar un rastro pírrico para siquiera dejarle una rosa, un girasol o una margarita en lo que pudo haber sido su lecho de muerte. De repente, tal y como lo distinguía su caótico existir, apareció.

Llegó a su humilde hogar materno.

Quienes lo distinguieron en su llegada lo ignoraron, quizá porque no era el día indicado para un saludo caluroso. Ingresó a la vivienda de bahareque y teja y se instaló en la sala. Sólo su madre lo saludó entre lágrimas y risas, pero no profirió palabra alguna.

Ella, sabía por qué estaba allí.

Recordó los momentos de felicidad que vivió en ese lugar, luego sin preguntar, encendió el equipo de sonido y revisó entre los discos viejos algo que lo llevara al pasado y pudiera esperar lo esperado.

Una tonalidad de ultratumba sucumbió toda la casa, los vecinos ávidos de algún chisme se acercaron a su puerta sigilosamente, pero nadie lo perturbaba, solo las miradas como puñales de fuego se incrustaban en su carne ya maltrecha por tantos golpes y caricias que da la vida, a veces, pensaba que las grietas de su piel eran más por las bondades recibidas que por los tormentos vividos en una celda.

Un cigarrillo, un vaso de alguna bebida olvidada en su bolso verde que muchos criticaron, pero que nunca le importó, calmaron su ansiedad, promovida por su vida bohemia que tanto le costó sobrellevar.

Quería llorar, pero el día no estaba para lágrimas, quería reír, pero el día no estaba para risas, quería gritar y lo hizo con tanta necesidad que los sonidos no salieron de su garganta, entonces cesó su infructuoso intento de hacer algo y, se remontó, a su quehacer diario: Recordar.

I

Las fotos organizadas y colocadas encima de la mesa central de la sala lo paralizaron. Vio una sonrisa espléndida de la que fuera su esposa, luego algunas fotos de mujeres que una vez lo visitaron para buscar amor, sexo o compañía que durante su juventud brindó, quizá por el terror incierto de sentirse solo pero acompañado, o quizá por sentirse amado a ratos de putas o mejor querido como un perro callejero a quien la comida le va y le viene y a quien el placer le es indiferente.

Divisó la foto de su padre e ingirió un trago seco y una bocanada de humo enrareció todo su entorno. Dijo dentro de sí: “Viejo” y su traicionera mente lo trasladó a su niñez.

Su padre mujeriego y borracho siempre cuidaba de él. Recordó que decía que estaba loco y que haría de su vida una locura plena para llevarse bien con este mundo de mierda. Brotaron las lágrimas, no se explicaba por qué, ya para la fecha tenía 20 años sin verlo y esa visita extraña para todos, era para eso, solo para darle un beso y decirle que estaba bien, que todo era bueno, que en sus cuentos lo mencionaba con otros nombres y que recordara que él, era su fuente de inspiración.

Eso lo emocionó, lo impacientó, lo devastó. Quería sentirlo, quería tocarlo y decirle entre líneas que sus tres divorcios y sus parrandas enteras con mujeres fáciles siempre fueron un mecanismo de defensa, tal y como él se lo había enseñado.

Los minutos pasaron, la tortura de cada segundo lo aniquilaba, solo la sensación de ver a su padre lo mantenía en pie. De pronto todos lloraron, todos gritaron y aquella casa hace instante  impávida y desprovista de vida se iluminó con un color sepia cargado de desesperación.

¡Por fin llegaron! comentó un vecino.

¡Ya todo está acabado! aclaró.

Cuatro hombres vestidos de negro abrieron las puertas de la casa, colocaron un soporte metálico y encima de él, un ataúd.

De inmediato comenzaron los rezos.

Otro trago, otra bocanada de humo y un beso a un cuerpo inerte que sonrió, culminaron la espera.

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«MOZART HA MUERTO»

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Por Jaime Bayly:

Conocí a Alan García en 1984. Era diputado y candidato presidencial. Tenía apenas 35 años. Yo tenía un programa de televisión. Se llamaba «Conexiones». Pertenecía a una generación posterior a la de Alan: contaba 19 años.

Lo entrevisté en una convención de empresarios. Quedé impresionado por su inteligencia, su elocuencia y su simpatía. Era un mago con las palabras, un hipnotizador. Había nacido para seducir. No había quien se resistiera a sus encantos. Parecía imbatible. Lo era.

Poco después, volví a entrevistarlo en su casa. Vivía en una torre moderna en la avenida Pardo de Miraflores. Conocí a su esposa Pilar. Argentina, cordobesa, hija de un gobernador de Córdoba, me pareció una señora tan bella como distinguida. Poseía una elegancia natural. Luego de la entrevista, Alan me mostró algunos libros de su vasta biblioteca. Citó de memoria varios poemas de Neruda. Recitó el poema de Neruda, «Alturas de Machu Picchu». Quedé arrobado con su vasta cultura, infrecuente en un político de mi país. Sentí genuina simpatía y admiración por él. Pensé que hasta podía votar por él. Estaba equivocado. El destino se ocupó de torcer esos planes, sabotear esa incipiente amistad.

Un líder histórico de su partido, Andrés Townsend, hombre de honor, que había fracasado en su intento de ser candidato presidencial en las elecciones de 1980, me llamó a su casa, diciendo que debía transmitirme un mensaje urgente. Acudí, presuroso. Townsend me llevó a su biblioteca y dijo:

–Alan está loco. Sufre de trastornos mentales. Tenemos que impedir que llegue al poder. Sería una catástrofe para el Perú.

Luego me contó que Alan había sido internado varias veces en la clínica San Felipe de Lima, donde lo habían sometido a la cura del sueño, durmiéndolo con sedantes para que saliera de profundas crisis depresivas, o para que se calmase de virulentos estallidos maníacos, o para salvarlo de hacerse daño. Le prometí a Townsend que usaría esa información tan pronto como pudiese.

–Tienes que preguntarle si le han hecho la cura del sueño –me dijo-. El Perú tiene que saber que es un loco peligroso.

Quedé muy perturbado luego de aquella conversación. Los dueños del canal, tres hermanos encantadores, veían con simpatía a Alan, y uno de ellos era su íntimo amigo y confidente. Yo sabía que, si le hacía esa pregunta a Alan, estaría en problemas. Sin embargo, sentía que mi misión era informar a los peruanos de aquella zona oscura del candidato favorito para ganar la presidencia.

Una semana antes de la primera vuelta electoral, uno de los dueños del canal me dijo que Alan daría su última entrevista de campaña en un programa llamado «Pulso», que se emitía los lunes por la noche. En ese programa había un moderador y un panel con cuatro periodistas que hacían las preguntas. El dueño me pidió que estuviera en el panel y preguntó:

-¿Lo vas a tratar con cariño, no?

-Sí, claro -le dije.

Pero estaba mintiendo. Porque horas antes de que el programa se emitiera en vivo, decidí que haría la pregunta kamikaze, aun a riesgo de que me despidieran. No solo pretendía que Alan se viese obligado a confesar que sufría de trastornos mentales y le habían hecho la cura del sueño, sino, vaya si era ingenuo, quería evitar que llegase al poder. Me creía tan poderoso que pensaba: si le hago la pregunta y lo humillo y queda en ridículo, perderá las elecciones y yo quedaré como un héroe. Me enternece recordar la estupidez de mi candor.

Cuando el moderador me concedió el turno de mi primera pregunta, hice acopio de valor y pregunté:

-¿Alguna vez ha estado internado en una clínica de salud mental? ¿Le han hecho la cura del sueño?

–Su pregunta es un golpe bajo que no voy a responder -dijo Alan.

Tan pronto como terminó el programa, mis compañeros del panel me dijeron que me había metido en unos líos serios. Tenían razón. Días después, cuando Alan ya había ganado, uno de los dueños del canal me llamó a su despacho y me dijo que, si quería continuar trabajando en esa televisora, solo podía hablar de política internacional, ya no de política peruana y, sobre todo, no de Alan García, quien, como era previsible, arrasó en la primera vuelta de un modo tan abrumador, empequeñeciendo a sus adversarios, que no hubo ya necesidad de ir a una segunda votación. Alan llegó al poder, juró como presidente, redimió a su partido de los fracasos históricos. El país entero estaba rendido a sus encantos, hincado de rodillas ante él. Yo no podía aceptar la censura que me imponía el canal. Renuncié. Me quedé sin trabajo. Ningún canal quería contratarme, sus dueños temían que esa insolencia les costase caro. Alan me había derrotado.

Semanas después, tuve la extraña fortuna de que me contratasen para presentar un programa de política internacional que se grababa en Santo Domingo. Se llamaba «Planeta 3» (porque el tercer planeta del sistema solar es la Tierra, qué nombre jalado de los pelos). Era un programa de política internacional. Yo era el moderador y tenía tres invitados en un panel, a quienes sometía a mis preguntas. Viajaba todos los meses a Santo Domingo para grabar el programa. Los cinco años que duró el primer gobierno de Alan, estuve fuera de la televisión peruana. Vivía entre Lima, Santo Domingo y Miami, siempre en hoteles.

Cuando Alan todavía gozaba de una prolongada luna de miel con los peruanos, allá por 1986, uno de los dueños del canal intentó que nos reconciliásemos. Me pidió que viajase a Nueva York y me presentase en el hotel Waldorf Astoria, donde estaría alojado Alan, quien hablaría en Naciones Unidas, y le pidiese una entrevista y presentase mis disculpas por la pregunta sobre su salud mental.

-Alan te va a perdonar -me dijo el dueño-. Y te va a dar una entrevista. Pero tienes que comenzar disculpándote.

Viajé a Nueva York. Me presenté en el Waldorf Astoria. Mi plan era pedirle la entrevista: si me la concedía, no me disculparía y le haría de nuevo la pregunta que no había querido responder. Me anuncié en la recepción. Me dejaron esperando un par de horas. Cuando finalmente entró Alan caminando con paso imperial, mirando desde el olimpo de sus dos metros de altura, quise acercarme a él, pero dio instrucciones a sus custodios de que lo impidiesen. Me miró con desdén. Luego entró en el ascensor, me dirigió una última mirada envanecida y las puertas se cerraron. No hubo disculpas, reconciliación, entrevista. Alan tuvo la astucia de sospechar que, si me daba la entrevista, yo no me replegaría, seguiría incordiándolo. Por eso no quiso dignificarme y me hizo sentir un bicho, un insecto. Esa noche, en un bar, una reportera de televisión muy guapa, consentida de Alan, me hizo una confidencia:

–Alan me ha dicho que él es Mozart y tú eres su Salieri.

Me dolió. Me sentí humillado. Pero era verdad: Alan era Mozart, un genio absoluto de la política, la seducción, la hipnosis colectiva, un hechicero, un mago. Yo era su Salieri envidioso, rencoroso: nunca podría ser tan brillante y encantador como él, estaba demasiado lastrado por mis vicios, defectos e imperfecciones como para alcanzar las cumbres del poder, la gloria inmortal. Yo hubiera querido ser como él, un político de formidable talento, pero ya entonces sabía que, además de las mujeres, me gustaban también los hombres, algo que me esforzaba tontamente por encubrir, y por eso comprendía que nunca llegaría a ser un presidente amado, adorado, como Alan. Recuerdo que aquella noche, en el bar de Nueva York, le dije a la reportera:

-Yo no aspiro a la gloria de la política. Yo quiero ser un escritor. Estoy escribiendo un libro. Yo no soy su Salieri, porque aspiro a la gloria del escritor.

Pero estaba engañado: en verdad, Alan era Mozart y yo era su Salieri. Una vez más, me había derrotado. Su inteligencia y su astucia me sobrepasaban largamente.

El tiempo puso las cosas en su lugar. Su paso por el poder, a tan precoz edad, puso en evidencia que no era una persona del todo estable. Yo tampoco lo era. No sabía entonces que era bipolar, quizás como el propio Alan. Es decir que la nuestra fue una pelea épica de dos locos que no sabíamos que estábamos locos.

Años después, en 2001, cuando Alan había regresado de París y era nuevamente candidato presidencial, y había pasado a la segunda vuelta contra todo pronóstico, enfrentando al cachafaz de Alejandro Toledo, fui a visitarlo a la casa de su partido. Me recibió en privado. Nos dimos un apretón de manos, nos confundimos en un abrazo, nos perdonamos, olvidamos los agravios del pasado, enterramos los rencores. Alan se sentía un ganador, una criatura mitológica: había salvado la vida, pues Fujimori ordenó matarlo, y escapado con astucia de la sañuda persecución de esa dictadura, y ahora estaba de regreso, cerca de volver al poder, acallando a sus enemigos y envidiosos de toda la vida. Yo también me sentía un ganador, en cierto modo: había conseguido ser un escritor, publicado varios libros en España, y la crítica en ese país había sido benévola con mis novelas, y ahora hacía un programa de éxito en Lima, «El Francotirador». En un gesto de gratitud y caballerosidad, correspondiendo a la visita que le hice, Alan me concedió una entrevista de una hora en televisión. Vino al estudio con Pilar, su mujer. Me atreví a hacerle de nuevo la pregunta de 1985. Negó que tuviese problemas mentales. Le recordé que me había censurado. Lo negó. Le pedí que pidiera disculpas por su primer gobierno paupérrimo. Lo hizo. Cuestioné su vida desahogada en París. Se defendió con sagacidad. Al final de la entrevista, no éramos amigos, pero tampoco seguíamos siendo enemigos. Improbablemente, nos habíamos reconciliado. Alan ya no era tan soberbio como en su juventud. La larga travesía por el desierto había rebajado el tamaño colosal de su ego.

Cinco años después, cuando pasó a la segunda vuelta con el chavista de Ollanta Humala, apoyé públicamente a Alan y voté por él. Luego, ya siendo presidente, me burlé sin compasión de él todos los domingos desde «El Francotirador». Alan no llamó al dueño del canal a quejarse, a pedir que me sacasen del aire. Había aprendido la lección. Había forjado una tolerancia a la crítica, aprendido a ser un estadista que entendía el papel irritante de la prensa, que debía ser hostil a quien ocupaba el poder.

Mis críticas feroces, bromas desalmadas y dardos envenenados no le hicieron demasiada mella, no socavaron nuestra amistad o, cuando menos, no erosionaron nuestra alianza de mínima cordialidad. No me guardó rencor. No me sumó a la lista negra de sus enemigos. Entendía que su oficio era administrar el poder y el mío, criticarlo, burlarme de él.

Sé que no me guardó rencor porque, al final de su segundo mandato, cuando mi nombre apareció entre los candidatos presidenciales más favorecidos en las encuestas, le pedí una cita secreta y me recibió en la casa de gobierno a medianoche. Le conté, ya casi como amigos, deslizándonos al terreno de las confidencias, mis problemas de salud mental, de bipolaridad e insomnio, y hasta enumeré las pastillas que tomaba. Le dije que no sabía si debía inscribirme como candidato. Me animó resueltamente. Me dijo que tenía la oportunidad de pasar a la historia. Habló de la gloria insuperable de servir a los más pobres. Dijo que podía ganar, si defendía una agenda liberal y me convertía en el candidato de los jóvenes. Fue sumamente generoso conmigo. Me aconsejó en tono paternal, sentí que me tenía genuino afecto. Dijo que, si me lanzaba como candidato, él me apoyaría.

Pero yo no sabía si lanzarme o no. Temía que, si me lanzaba, dejaría de ser un escritor. Temía que, si entraba en política, nunca más conseguiría salir de esa ciénaga en la que acababan hundiéndose culpables e inocentes, héroes y villanos. Temía que la descomedida pretensión de la gloria me condujese al precipicio, al despeñadero.

En medio de aquellas tribulaciones, invité a Alan a cenar en mi casa de San Isidro. Vino con su novia, una mujer encantadora. Volvió a animarme para ser candidato presencial. Me recordó que debía defender una agenda moderna, libertaria, que capturase la imaginación de los jóvenes. Le dije que no tenía dinero para financiar la campaña. Se rio. En tono paternal, me dijo que, si inscribía mi candidatura y despuntaba en las encuestas, la plata llegaría sola, pues los empresarios más poderosos solían precipitarse a financiar las campañas de los candidatos con posibilidades de ganar. Tenía razón. En efecto, la plata llegaba sola. Poco después, el representante de Odebrecht se ofreció, en una cena en el club Nacional, a financiarme la campaña presidencial. Para comenzar, podía darme un millón de dólares.

-Tú entiendes que no es una donación, sino un préstamo -me advirtió.

Era evidente que, si yo ganaba, lo que parecía harto improbable, dado mi historial de escándalos, mi conducta disoluta y mis trastornos bipolares, tendría que pagarle la deuda, concediéndole obras públicas millonarias.

Por suerte, tomé la decisión de no inscribir mi candidatura presidencial. Recordé lo que le había dicho a la reportera en Nueva York: yo no quiero ser un político, quiero ser un escritor.

Aquella fue la última vez que vi a Alan: en mi casa de San Isidro, en Lima, en 2010. Luego nos distanciamos: conté en una columna que me había espoleado a ser candidato, diciéndome que la plata llegaría sola. No debí hacerlo. Fue una infidencia. Era una cena íntima y lo que allí se habló debió preservarse en secreto. Pero no soy bueno para guardar secretos: mi familia lo sabe bien.

Esa noche, en mi casa, Alan me dijo que creía en la vida eterna, que a menudo se le aparecía el espíritu de Haya de la Torre, el fundador de su partido, que estaba seguro de que se reuniría con Haya y con su padre, Carlos, en la vida eterna. Espero que ahora se encuentre en tan buena compañía.

Alan: fue un honor ser tu enemigo y brevemente tu amigo. Te extrañaré. Que Dios se apiade de tu alma y te conceda el descanso eterno que mereces.

Mozart ha muerto. Salieri no se alegra.

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Opinión

Inconsciente

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De inmediato se percató que no estaba en su hábitat. Calles desconocidas, gente inexplicablemente llena de ira en sus rostros, otras por el contrario con una sonrisa espléndida que negaba, a simple vista, que morían por dentro.

Carente de cualquier motivo para seguir caminando se detuvo en una vieja plaza. Los gritos de los niños, el alarido recurrente de los heladeros y uno que otro ladronzuelo que atacaba despiadadamente a los descuidados ancianos era parte de esa realidad que hoy sin saberlo lo acompañaba.

Un cigarro a medio fumar que encontró en un bolsillo de su chaqueta de cuero sirvió para iniciar una retorcida y penosa elucubración. Quiso infructuosamente adentrarse a sus recuerdos y no consiguió más que divagar acerca de los hechos que lo marcaron. Extrañamente el temor de lo desconocido no lo preocupó y siguió observando plácidamente todo aquello que lo rodeaba. Divisó a lo lejos una cara conocida. La vio dirigirse rápidamente hacía él y con el afán de los perseguidos lo tomó de un brazo bruscamente y lo conminó a dirigirse a un vehículo cercano que siempre estuvo allí,  pero como el mismo aire que se respira, se siente, pero no se conoce.

En el interior, dos personas más estaban celebrando alegres, con vino y mujeres. No pregunto a dónde lo llevaban. Le quitaron su chaqueta roída y con marcas del tiempo. Un traje oscuro como la muerte le fue cambiado por sus harapos. Sintió la tranquilidad de los enamorados y la desesperación de los abandonados.

Dos sentimientos encontrados que lo hicieron dudar por primera vez.

Al levantar su rostro vio un cúmulo de personas que rezaban alrededor del vehículo. Preguntó qué pasaba, pero las risas continuaron y una copa de vino cerró cualquier diálogo.

El viaje culminó.

El terror lo agobiaba. Una puerta abierta. Unos gritos de entusiasmo y un empujón desde adentro lo hicieron integrarse otra vez con la personas.

Recordó todo.

Tomó una rosa y la entregó a una hermosa dama que lo esperaba.

¡Bienvenido!, ¡bienvenido! Los gritos de euforia acompañados de cantos de hermosos ángeles lo despertaron.


Inició su camino a la nada.


Una voz de ultratumba le preguntó:


.- ¿Qué hiciste en tu vida? Y sólo una respuesta pudo llegar a su mente.


.- Vivirla como se pudiera.


El coro de ángeles desafinó y un grito desgarrador lo despertó.


¡Está vivo!

Levantó su cara completamente llena de sangre y vinieron a su mente el vehículo, las mujeres, el licor y la fiesta de tres días que terminaba con este accidente peculiar, en una ciudad sin nombre y cerca de la celebración de un matrimonio. Claro, su matrimonio.

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Respira

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El día que morí me hacían falta 48 años para nacer.

Hoy me levante y Celia no coló el café como de costumbre, la busque en su cuarto y el olor a dulce de lechosa invadía todo el recinto, una humareda de incienso se consumía en el rincón donde siempre se coloca el espejo los días domingos para que ella, mi Celia, se peine su largo cabello mientras prueba casi sin darse cuenta el dulce de lechosa que solo prepara cada mes para acicalarse después de venir de misa.

Dice que así se empieza un mes con sabor y belleza.

La vi en la cama y la ventana abierta dejaba entrever parte de la montaña fría que nos arropa casi a diario en esta tierra que ahora es parte de nuestra vida. Yo cultivo café y mi Celia enseña en la escuela. Jamás llega tarde y ahora menos que es fin de año y prepara las actividades de los niños. Ella me enseñó a leer y escribir y ahora ya puedo hacer negocios para comprarnos una finca y trabajar para nosotros.

Ya falta poco y Celia y yo lo sabemos.

Pero esta mañana, víspera de noche buena, Celia permanece acostada en su larga cama mirando el techo a través del toldillo, apretando las muelas y con las manos en forma de puños sujetando un papel que trato de quitarle de las manos pero no se deja, pues no la he besado en la frente y rozado sus mejillas como ella le gusta.

Somos extraños con códigos indescifrables para decirnos esos secretos solo nuestros.

La besé y roce sus mejillas y fue allí que mi Celia abrió las manos y una sonrisa gélida se dibujó en su rostro, un papel rodó por la cama y calló al piso. Lo tomé con temor, con ese temor de los hombres que nos hacen movernos cuando queremos estar estáticos y nos hacen quedar estáticos cuando queremos movernos.

Y fue allí que leí las palabras.

“Como eres tan bruto te informó que morí, el cuerpo me traicionó y este 23 de diciembre de 1915 me despido. Has los arreglos para que me entierren cerca de mi mamá y por favor que no lleven girasoles. El café está en la puerta izquierda del ceibo y el tabaco lo debes tener cerca de la letrina como siempre. Vísteme de azul y no llores frente a nadie. En la última noche prepara arroz con pollo y dulce de lechosa y luego vete de aquí, sin mí ya no perteneces a ningún sitio”.

Y fue en ese preciso momento que entendí que Celia se murió y era la hora de vagar sin rumbo buscando esa esencia perdida. Me negué a leer, a escribir a vivir sin ella y durante diez años me volví, más bruto, más calvo, más ciego, más borracho y más solo.

Un día me invitaron a comer dulce de lechosa y entendí que el final me acechaba. Recordé la noche que Celia prendió el incienso, dejó la ventana abierta y abrió la puerta no sin antes levantar el toldillo para esperarme. Era un 15 de julio de 1925 y morí sabiendo que 48 años después nacería solo para seguir buscando a Celia, mi Celia, para encontrarnos, besarnos en la frente y rozarnos las mejillas como nos gusta.

Espero que el nuevo yo, el de más adelante, sea mejor y pueda encontrarla.

I

El día que murió le hacían falta 23 años para nacer.

Hoy nació el hijo de Cristina es un flacucho de ojos penetrantes que solo llora del hambre, porque Cristina pasa hambre y más con ese marido maleante que se buscó. Yo siempre le dije, comadre, no se fije en esos que se paran en esquinas y fuman, esos nada bueno tienen para ofrecer, pero ella, como siempre, metió la pata y ya ve nació este pendejito feo y flaco.

Yo quiero a Cristina, pero querer no significa que no le diga las cosas como son.

Hoy cumple años mi ahijado, el hijo de Cristina, cinco años ya. Yo no quería ser madrina pero Cristina no tiene amigas y qué más da me tocó a mí, a la única. Esta cruz que una lleva por ser buena. Me vine a la fiesta con Celia, mi Celia, mi única hija, ella tiene seis años y le gustan estas reuniones y yo sola, como el Mauricio se fue a Colombia a buscar suerte hace siete años y no apareció más, pues me corresponde ser madre y padre. Y eso que este desgraciado no se paraba en la esquina y no fumaba.

Yo me quiero mucho, pero quererme no significa no decirme mis cosas como son.

Hoy se partió un brazo mi ahijado, el hijo de Cristina, el papá que nunca le había regalado nada y nunca había aparecido en 15 años, llegó con una moto,  y en dos horas ya mi ahijado era un experto bólido y lo peor es que invito a mi Celia a dar una vuelta y la fufurufa esta se fue. Ahora están los dos golpeados y la comadre y yo en la sala de espera para poder verlos. La comadre no llora, solo ve un punto fijo y sonríe, sabrá Dios por qué. Mi ahijado no termino la escuela y es Celia quien lo enseña a leer y escribir, dicen, en su sueño de juventud, que se van a ir del país para poder trabajar para ellos mismos.

Yo quiero mucho a mi Celia, pero el ahijado ya fuma y se para en la esquina.

Hoy Celia me dijo que se iba a vivir con mi ahijado y como ya tiene 20 años no puedo detenerla. Mi Celia es profesora de primaria y mi ahijado trabaja en el campo recogiendo unas hojas que le dan un bienestar superior a quienes estudiaron. El sigue fumando y parado en la esquina. No me gusta con quien habla y menos todas las cosas que compra. Mi ahijado es un ladrón que anda en malos pasos. Cristina no me habla pero la sigo queriendo.

Yo quiero mucho a mi ahijado pero eso no quita que lo odie por llevarse a Celia.

Son las seis de la mañana del 23 de diciembre de 1950 y un escándalo me despierta con el corazón en la mano. Desde que Celia se fue a vivir con mi ahijado duermo en la sala pensando y creyendo que uno de estos días volverá. Como puedo me levanto y abro el postigo de la puerta, una cara de espanto se acerca con rapidez y me dice: ¡comadre abra que está llena de sangre!

Tiemblo mucho y oigo la voz de mi Celia.

Cristina y mi ahijado sujetan a mi hija, mi única hija, por los hombros y la recuestan en el catre que tengo en la sala. Cierran la puerta con violencia y veo como los dos lloran tomando la cara ensangrentada de mi Celia, quien con un hilo de vida les dice que huele a dulce de lechosa e incienso y, que hoy va a morir, sabiendo que va a dejar a mi ahijado solo y eso le hace temer. Ruega que la vistan de azul para su entierro, que en la última noche hagan arroz con pollo y dulce de lechosa. Que nadie llore y que mi ahijado, el causante de esta tragedia huya, que corra sin detenerse, que no mire atrás, que se pierda en otras tierras, pues sin ella cerca, el ya no tiene rumbo y no pertenece a ningún sitio”.

Yo quiero mucho a Cristina y a mi ahijado pero desee que la bala que mató a Celia los hubiese matado a ellos.

Hoy se cumplen diez años de la muerte de mi hija y mi ahijado delira con la fiebre que ya tiene una semana en su cuerpo. Solo habla de mi Celia y de Cristina, que hace dos años murió arrodillada en el confesionario pidiendo un perdón que no se merecía. Yo veo como llora de desconcierto, después de perderse tanto tiempo de todos venir a aparecerse en esta casa roída por la tristeza para morirse no debe ser normal.

Yo odio a mi ahijado pero eso no quita que lo acompañe en sus últimos momentos.

El doctor me toma de la mano para decirme que tenga resignación, mientras veo como el causante de mi soledad ya no habla, ya no respira y cierra sus manos en forma de puño, apretando las muelas mientras un olor a dulce de lechosa e incienso no nos deja respirar. Recuerdo las palabras de mi Celia y hoy, 15 de julio de 1925 veo morir al amor de su vida sabiendo que 23 años después volverá a nacer solo para seguir buscando a Celia, mi Celia, para encontrarse, besarse en la frente y rozarse las mejillas como les gustaba.

Espero que mi nuevo ahijado, el de más adelante, sea mejor y pueda encontrarla.

II

Tranquilas todas, aún no he muerto.

Dicen que mi nombre es vulgar que cualquiera lo tiene y lo peor es que es cierto, sin embargo, no todos los que tienen mi nombre pueden ser como yo o no hacer nada como lo hago yo con tanta destreza. Soy un amante furtivo, un hombre que busca algo o alguien. Soy una bala pérdida, soy el caos, la perdición, la locura, el desamor y la compañía imperfecta. Soy el recuerdo que no se borra. Soy un eterno buscador de oro.

Camino a diario por el cementerio. Es un oficio peculiar que no todos tiene el valor de hacer, pues yo busco recuerdos. Busco los recuerdos de una vida que me dibujaron y aún no logro encontrar. Busco algo o alguien que me pertenece y que solo siento cerca cuando el sabor a dulce de lechosa roza mis labios o el olor a incienso me envuelve en su hechizo idílico.

Sueño con brujas que me besan y me muerden y al despertar siento el dolor en mi piel. Mi sueño se hace realidad. Las escucho reír y algunas veces llorar cuando una mujer toca mi cama. Son ellas las que me mantienen caminando a diario por el cementerio, es el único lugar donde no las oigo, donde no pueden hacer daño, o cuidarme, o amarme, o desearme.

Mis recuerdos de ese algo o alguien me atormentan pues cada día encuentro una nueva pista que me sumerge en campos de café, en escuelas de primaria, en gente leyendo, en despedidas, muertes, risas, sangre, comadres, odios y un nombre que me desconcierta, ese algo o alguien es Celia.

A Celia, mi Celia, la busco en cada cuerpo, cada boca, cada sonrisa, cada caricia y la encuentro dormida en otros nombres que son armonía y desazón. Todas tiene algo de ella, pero ninguna se acerca, se asemeja, se parece, pues mi Celia hoy yace en un hueco oscuro cubierta de tierra.

Hoy me mantengo devorando dulces de lechosa y cubierto de incienso esperando lo inevitable. Ahora más bruto, más calvo no me niego a leer y creo que ya han pasado 20 años sin que nadie venga a buscarme para iniciar otra vez en otra época donde por fin compraré la finca y me iré con Celia a trabajar por nosotros.

Soy yo el de ahora, el de más adelante o el que se quedó atrás perdido en un tiempo que no es mío pues sin ella, ya no pertenezco a ningún sitio.

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