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El desenlace

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Se incorporó de su letargo y entendió que ya no habían colillas de cigarros en el cenicero, muchos menos licor que beber. Se encontraba de pie cerca del árbol que durante los primeros días lo acompañó.

Se registró los bolsillos y no encontró el cigarro prometido. Divagó por instantes y quiso volver a ingresar por las puertas que hace segundos cerraban en su cara. Desconcertado miró a todos lados y por fin encontró quien podría darle un cigarrillo para amainar su sed de revancha. Se acercó y sin mediar palabras le entregaron el cilindro de papel que deseaba. Se retiró nuevamente al árbol y recordó a los amigos que estaban dentro de esas puertas que ya no se abrirían para él.

La primera bocanada le hizo entender el porqué de la ruptura que hoy no lo afectaba con tanto ímpetu como en ocasiones pasadas, sintió la razón de desasosiego de quien era su amigo quien quería hacerle entender que la convicción había fenecido y con ello un adiós de palabras sin sentido se instauraba en esa oficina donde una vez fue verdugo y otras veces carnero.

Emprendió la retirada.

Tocó al árbol una vez más y sintió el alivio de trabajos perdidos y de amistades entregadas a lo que siempre fueron y defendieron con la fragilidad de sus esencias.

Paso a paso contó la despedida. En sus más mezquinos pensamientos se alojaban los hechos recientes que hicieron correr lágrimas en los ojos de quienes no conoció y llegó por error o dicha entender y pretender apoyar.

I

Los cambios llegaron con su presencia. Un cúmulo de energías oscuras se palpaba en la diminuta oficina donde observaba todo con la precariedad de las transformaciones por seguir. Al principio el frío le entumecía los pensamientos antes que sus manos.  La salida habitual representaba subir una larga hilera de escalinatas que lo transportaban a otra dimensión donde un rincón maloliente impregnaba de humo todo el cuerpo.

Fumaba con la desesperación de los condenados a muerte. Los consejos llegaban a ese lugar dispuesto para defenderse de seres ancestrales que ajenos a todos planeaban algo que nunca se entendió.

La lucha intestina cobró lo suficiente y era su cara la que recibía las caricias de odio y de consternación de todos aquellos culpables o inocentes que se sentaban frente a él para explicar lo inexplicable.

Meses de insípidas decisiones que no arrojaban criterios claros de nada y se enrumbó hacía lo más cercano y carente en todo el recinto: sentido común. El festín continuaba cuando ya todos exhaustos emergieron como héroes de la nada y comenzaron a entregar sus armas. Con suspiros de desconsuelo abandonaron la pequeña reyerta y emprendieron caminos hostiles no conocidos pero si frecuentados.

Mientras el muladar de ideas se aglomeraba en su cabeza asintió con displicencia que el apoyo vendría en su auxilio cuando los tiempos, que aún no eran sepias, invadieran el cubículo ajeno. Sin embargo, un inesperado viaje disipó los sueños y lo que antes se forjaban con comentarios nefastos de confabulaciones y miedos se tornó en su contra y vio extinguirse la mano amiga que como una gota de rocío desaparecía en el duro asfalto que daba entrada a la montaña del frío intenso y de calor exasperante.

II

Previo a la crisis que aceleró su salida los momentos fueron turbulentos. Hacía énfasis en una parodia de poca monta que blacamanes sin alma registraban en cada reunión. Siempre tenían algo de qué hablar, opinar y criticar. Mientras las fabulas nuevamente recaían en él, las demás secciones carecían de control, pues era imperdonable hablar de eso que se desconoce y por lo cual se jactan de haber vivido con notoriedad.

Los grupos se gestaron mientras la inmovilidad de sus ganas seguía congelándose en el pequeño cubículo de la locura. Todos alineados, todos preparados, todos atentos, todos infames, todos entregados, todos con la muestra de hambre en sus corazones, todos a la espera como las aves de rapiña que siempre fueron, todos sin esencia, todos sin control, todos con todos.

De repente un silbido, un grito, un giro extraordinario lo conminaron a enterrarse aún más en la silla. Todos comentaban, todos sonreían, todos activos se soldaron a sus cargos de fantasías para mantener la dicha del 15 y el último que llenaba sus arcas y pulverizaba sus orgullos.

Seres de otro planeta habitaron ahora la estancia. Términos inentendibles eran arrojados al piso y aquellos luchadores que aún afirmaban tener su espacio se entregaron a la infame actuación que presenciaban sus ojos. De rodillas imploraban en tonos menores que no eran culpables de hechos que aún no habían cometido.

Miró a cada lado y pudo sentir como todo se consumía en parloteos y malas palabras que nunca designaron líneas propias, sólo órdenes supremas de alguien de arriba que sin distinción se asqueaba de la presencia de todos. Sintió el frío cercano y sonrió. En la víspera del infierno recibió una orden que se negó en silencio a nunca cumplir y allí la debacle se acrecentó y como un castillo de naipes perdió la estabilidad y fue a parar a la basura.

III

Tres enigmas eran las cabezas de las reuniones. Siempre alertas a fomentar las teorías conspirativas que los hacían fuertes ante todos y exiguos entre ellos.  Las palabras repetitivas y la voracidad de sus entuertos denotaban que algo sabían pero no lo entendían.

Halagos los lunes. Reproches los martes. Consejos los miércoles. Discrepancias los jueves y despedidas inciertas las viernes. Todo era variopinto e ineficaz Sin embargo, una nueva guerra nacida de la nada ya estaba activa. Los dispositivos de seguridad explotaron. Las miradas ajenas al afecto se disfrazaban de apoyos inconstantes de seres que no emitían palabra alguna si no era corroborada por algo de las alturas, como un dios que veía todo y entendía todo sin estar, sin padecer, sin ni siquiera ver que sucedía a ciencia cierta.

Nuevamente se atrincheró, como en sus vidas pasadas, para iniciar la confrontación. Espero el primer ataque para así emprender su táctica de guerra tantas veces usada. Leyó a Maquiavelo. Y espero, espero, espero, espero, espero.

El contraataque era reprobable sino existía por lo menos algún hálito de careo. Se sintió liado. Buscó entre los libros las teorías menos pragmáticas de las luchas y no halló nada parecido. Creyó por primera vez en la teoría de la conspiración y su risa fue tal que abrumó todo el escenario.

Algunos días miraba con desprecio la falta de voluntad para emprender una arremetida. Perdió el respeto por todos y nuevamente vio como los esbirros del 15 y último se repartían el botín de la ya caótica estancia. Se relajó y dejó entrever que está dispuesto a todo sin importar los resultados.

IV

La llamada fue parca. Días atrás había sido expulsado del Olimpo y ya desconocía las estrategias de los semi dioses. Se acercó con timidez al espacio asignado para lo ya sabido. Un edecán y un hijo de Zeus lo esperaban. Sus caras revelaban la ansiedad de las despedidas. Unas palabras retumbaron el espacio mientras miraba las aguas sobre la mesa que gota a gota se evaporaban con cada puñal que profusamente entraba a su carne y se perdía entre sus órganos.

En la marejada de las declaraciones reconoció la voz que con lágrimas de plástico lo echaba del cetro. No dejó de mirarlo y presenció como el pasado se diluía entre risas y aplausos. Se perdió en el recuerdo de los tiempos buenos y por instantes dejó de escuchar aquellas palabras enredadas que no llegaban a nada. Miró al edecán que con el cabello recogido se movía con desesperación mientras las manos del semi dios no paraban de temblar como si esperará la embestida que nunca llegó.

Se levantó y aún con la complicidad de aquellos tiempos donde se quisieron besó al interlocutor que no cesaba de dar explicaciones azarosas y sin orden. Emprendió el camino viendo por última vez las paredes, los cuadros, la alfombra y el agua que aún en la mesa seguía evaporándose.

Llegó al cubículo frío y recogió sus cosas. Subió rápidamente las escalinatas que lo trasladaban siempre al mundo paralelo y salió hasta la calle. Se incorporó de su letargo y entendió que ya no habían colillas de cigarros en el cenicero, muchos menos licor que beber. Se encontró absorto al pie del árbol que durante los primeros días lo acompañó y fue allí que entendió el desenlace.

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Opinión

Inconsciente

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De inmediato se percató que no estaba en su hábitat. Calles desconocidas, gente inexplicablemente llena de ira en sus rostros, otras por el contrario con una sonrisa espléndida que negaba, a simple vista, que morían por dentro.

Carente de cualquier motivo para seguir caminando se detuvo en una vieja plaza. Los gritos de los niños, el alarido recurrente de los heladeros y uno que otro ladronzuelo que atacaba despiadadamente a los descuidados ancianos era parte de esa realidad que hoy sin saberlo lo acompañaba.

Un cigarro a medio fumar que encontró en un bolsillo de su chaqueta de cuero sirvió para iniciar una retorcida y penosa elucubración. Quiso infructuosamente adentrarse a sus recuerdos y no consiguió más que divagar acerca de los hechos que lo marcaron. Extrañamente el temor de lo desconocido no lo preocupó y siguió observando plácidamente todo aquello que lo rodeaba. Divisó a lo lejos una cara conocida. La vio dirigirse rápidamente hacía él y con el afán de los perseguidos lo tomó de un brazo bruscamente y lo conminó a dirigirse a un vehículo cercano que siempre estuvo allí,  pero como el mismo aire que se respira, se siente, pero no se conoce.

En el interior, dos personas más estaban celebrando alegres, con vino y mujeres. No pregunto a dónde lo llevaban. Le quitaron su chaqueta roída y con marcas del tiempo. Un traje oscuro como la muerte le fue cambiado por sus harapos. Sintió la tranquilidad de los enamorados y la desesperación de los abandonados.

Dos sentimientos encontrados que lo hicieron dudar por primera vez.

Al levantar su rostro vio un cúmulo de personas que rezaban alrededor del vehículo. Preguntó qué pasaba, pero las risas continuaron y una copa de vino cerró cualquier diálogo.

El viaje culminó.

El terror lo agobiaba. Una puerta abierta. Unos gritos de entusiasmo y un empujón desde adentro lo hicieron integrarse otra vez con la personas.

Recordó todo.

Tomó una rosa y la entregó a una hermosa dama que lo esperaba.

¡Bienvenido!, ¡bienvenido! Los gritos de euforia acompañados de cantos de hermosos ángeles lo despertaron.


Inició su camino a la nada.


Una voz de ultratumba le preguntó:


.- ¿Qué hiciste en tu vida? Y sólo una respuesta pudo llegar a su mente.


.- Vivirla como se pudiera.


El coro de ángeles desafinó y un grito desgarrador lo despertó.


¡Está vivo!

Levantó su cara completamente llena de sangre y vinieron a su mente el vehículo, las mujeres, el licor y la fiesta de tres días que terminaba con este accidente peculiar, en una ciudad sin nombre y cerca de la celebración de un matrimonio. Claro, su matrimonio.

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Respira

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El día que morí me hacían falta 48 años para nacer.

Hoy me levante y Celia no coló el café como de costumbre, la busque en su cuarto y el olor a dulce de lechosa invadía todo el recinto, una humareda de incienso se consumía en el rincón donde siempre se coloca el espejo los días domingos para que ella, mi Celia, se peine su largo cabello mientras prueba casi sin darse cuenta el dulce de lechosa que solo prepara cada mes para acicalarse después de venir de misa.

Dice que así se empieza un mes con sabor y belleza.

La vi en la cama y la ventana abierta dejaba entrever parte de la montaña fría que nos arropa casi a diario en esta tierra que ahora es parte de nuestra vida. Yo cultivo café y mi Celia enseña en la escuela. Jamás llega tarde y ahora menos que es fin de año y prepara las actividades de los niños. Ella me enseñó a leer y escribir y ahora ya puedo hacer negocios para comprarnos una finca y trabajar para nosotros.

Ya falta poco y Celia y yo lo sabemos.

Pero esta mañana, víspera de noche buena, Celia permanece acostada en su larga cama mirando el techo a través del toldillo, apretando las muelas y con las manos en forma de puños sujetando un papel que trato de quitarle de las manos pero no se deja, pues no la he besado en la frente y rozado sus mejillas como ella le gusta.

Somos extraños con códigos indescifrables para decirnos esos secretos solo nuestros.

La besé y roce sus mejillas y fue allí que mi Celia abrió las manos y una sonrisa gélida se dibujó en su rostro, un papel rodó por la cama y calló al piso. Lo tomé con temor, con ese temor de los hombres que nos hacen movernos cuando queremos estar estáticos y nos hacen quedar estáticos cuando queremos movernos.

Y fue allí que leí las palabras.

“Como eres tan bruto te informó que morí, el cuerpo me traicionó y este 23 de diciembre de 1915 me despido. Has los arreglos para que me entierren cerca de mi mamá y por favor que no lleven girasoles. El café está en la puerta izquierda del ceibo y el tabaco lo debes tener cerca de la letrina como siempre. Vísteme de azul y no llores frente a nadie. En la última noche prepara arroz con pollo y dulce de lechosa y luego vete de aquí, sin mí ya no perteneces a ningún sitio”.

Y fue en ese preciso momento que entendí que Celia se murió y era la hora de vagar sin rumbo buscando esa esencia perdida. Me negué a leer, a escribir a vivir sin ella y durante diez años me volví, más bruto, más calvo, más ciego, más borracho y más solo.

Un día me invitaron a comer dulce de lechosa y entendí que el final me acechaba. Recordé la noche que Celia prendió el incienso, dejó la ventana abierta y abrió la puerta no sin antes levantar el toldillo para esperarme. Era un 15 de julio de 1925 y morí sabiendo que 48 años después nacería solo para seguir buscando a Celia, mi Celia, para encontrarnos, besarnos en la frente y rozarnos las mejillas como nos gusta.

Espero que el nuevo yo, el de más adelante, sea mejor y pueda encontrarla.

I

El día que murió le hacían falta 23 años para nacer.

Hoy nació el hijo de Cristina es un flacucho de ojos penetrantes que solo llora del hambre, porque Cristina pasa hambre y más con ese marido maleante que se buscó. Yo siempre le dije, comadre, no se fije en esos que se paran en esquinas y fuman, esos nada bueno tienen para ofrecer, pero ella, como siempre, metió la pata y ya ve nació este pendejito feo y flaco.

Yo quiero a Cristina, pero querer no significa que no le diga las cosas como son.

Hoy cumple años mi ahijado, el hijo de Cristina, cinco años ya. Yo no quería ser madrina pero Cristina no tiene amigas y qué más da me tocó a mí, a la única. Esta cruz que una lleva por ser buena. Me vine a la fiesta con Celia, mi Celia, mi única hija, ella tiene seis años y le gustan estas reuniones y yo sola, como el Mauricio se fue a Colombia a buscar suerte hace siete años y no apareció más, pues me corresponde ser madre y padre. Y eso que este desgraciado no se paraba en la esquina y no fumaba.

Yo me quiero mucho, pero quererme no significa no decirme mis cosas como son.

Hoy se partió un brazo mi ahijado, el hijo de Cristina, el papá que nunca le había regalado nada y nunca había aparecido en 15 años, llegó con una moto,  y en dos horas ya mi ahijado era un experto bólido y lo peor es que invito a mi Celia a dar una vuelta y la fufurufa esta se fue. Ahora están los dos golpeados y la comadre y yo en la sala de espera para poder verlos. La comadre no llora, solo ve un punto fijo y sonríe, sabrá Dios por qué. Mi ahijado no termino la escuela y es Celia quien lo enseña a leer y escribir, dicen, en su sueño de juventud, que se van a ir del país para poder trabajar para ellos mismos.

Yo quiero mucho a mi Celia, pero el ahijado ya fuma y se para en la esquina.

Hoy Celia me dijo que se iba a vivir con mi ahijado y como ya tiene 20 años no puedo detenerla. Mi Celia es profesora de primaria y mi ahijado trabaja en el campo recogiendo unas hojas que le dan un bienestar superior a quienes estudiaron. El sigue fumando y parado en la esquina. No me gusta con quien habla y menos todas las cosas que compra. Mi ahijado es un ladrón que anda en malos pasos. Cristina no me habla pero la sigo queriendo.

Yo quiero mucho a mi ahijado pero eso no quita que lo odie por llevarse a Celia.

Son las seis de la mañana del 23 de diciembre de 1950 y un escándalo me despierta con el corazón en la mano. Desde que Celia se fue a vivir con mi ahijado duermo en la sala pensando y creyendo que uno de estos días volverá. Como puedo me levanto y abro el postigo de la puerta, una cara de espanto se acerca con rapidez y me dice: ¡comadre abra que está llena de sangre!

Tiemblo mucho y oigo la voz de mi Celia.

Cristina y mi ahijado sujetan a mi hija, mi única hija, por los hombros y la recuestan en el catre que tengo en la sala. Cierran la puerta con violencia y veo como los dos lloran tomando la cara ensangrentada de mi Celia, quien con un hilo de vida les dice que huele a dulce de lechosa e incienso y, que hoy va a morir, sabiendo que va a dejar a mi ahijado solo y eso le hace temer. Ruega que la vistan de azul para su entierro, que en la última noche hagan arroz con pollo y dulce de lechosa. Que nadie llore y que mi ahijado, el causante de esta tragedia huya, que corra sin detenerse, que no mire atrás, que se pierda en otras tierras, pues sin ella cerca, el ya no tiene rumbo y no pertenece a ningún sitio”.

Yo quiero mucho a Cristina y a mi ahijado pero desee que la bala que mató a Celia los hubiese matado a ellos.

Hoy se cumplen diez años de la muerte de mi hija y mi ahijado delira con la fiebre que ya tiene una semana en su cuerpo. Solo habla de mi Celia y de Cristina, que hace dos años murió arrodillada en el confesionario pidiendo un perdón que no se merecía. Yo veo como llora de desconcierto, después de perderse tanto tiempo de todos venir a aparecerse en esta casa roída por la tristeza para morirse no debe ser normal.

Yo odio a mi ahijado pero eso no quita que lo acompañe en sus últimos momentos.

El doctor me toma de la mano para decirme que tenga resignación, mientras veo como el causante de mi soledad ya no habla, ya no respira y cierra sus manos en forma de puño, apretando las muelas mientras un olor a dulce de lechosa e incienso no nos deja respirar. Recuerdo las palabras de mi Celia y hoy, 15 de julio de 1925 veo morir al amor de su vida sabiendo que 23 años después volverá a nacer solo para seguir buscando a Celia, mi Celia, para encontrarse, besarse en la frente y rozarse las mejillas como les gustaba.

Espero que mi nuevo ahijado, el de más adelante, sea mejor y pueda encontrarla.

II

Tranquilas todas, aún no he muerto.

Dicen que mi nombre es vulgar que cualquiera lo tiene y lo peor es que es cierto, sin embargo, no todos los que tienen mi nombre pueden ser como yo o no hacer nada como lo hago yo con tanta destreza. Soy un amante furtivo, un hombre que busca algo o alguien. Soy una bala pérdida, soy el caos, la perdición, la locura, el desamor y la compañía imperfecta. Soy el recuerdo que no se borra. Soy un eterno buscador de oro.

Camino a diario por el cementerio. Es un oficio peculiar que no todos tiene el valor de hacer, pues yo busco recuerdos. Busco los recuerdos de una vida que me dibujaron y aún no logro encontrar. Busco algo o alguien que me pertenece y que solo siento cerca cuando el sabor a dulce de lechosa roza mis labios o el olor a incienso me envuelve en su hechizo idílico.

Sueño con brujas que me besan y me muerden y al despertar siento el dolor en mi piel. Mi sueño se hace realidad. Las escucho reír y algunas veces llorar cuando una mujer toca mi cama. Son ellas las que me mantienen caminando a diario por el cementerio, es el único lugar donde no las oigo, donde no pueden hacer daño, o cuidarme, o amarme, o desearme.

Mis recuerdos de ese algo o alguien me atormentan pues cada día encuentro una nueva pista que me sumerge en campos de café, en escuelas de primaria, en gente leyendo, en despedidas, muertes, risas, sangre, comadres, odios y un nombre que me desconcierta, ese algo o alguien es Celia.

A Celia, mi Celia, la busco en cada cuerpo, cada boca, cada sonrisa, cada caricia y la encuentro dormida en otros nombres que son armonía y desazón. Todas tiene algo de ella, pero ninguna se acerca, se asemeja, se parece, pues mi Celia hoy yace en un hueco oscuro cubierta de tierra.

Hoy me mantengo devorando dulces de lechosa y cubierto de incienso esperando lo inevitable. Ahora más bruto, más calvo no me niego a leer y creo que ya han pasado 20 años sin que nadie venga a buscarme para iniciar otra vez en otra época donde por fin compraré la finca y me iré con Celia a trabajar por nosotros.

Soy yo el de ahora, el de más adelante o el que se quedó atrás perdido en un tiempo que no es mío pues sin ella, ya no pertenezco a ningún sitio.

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Ahora qué

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Despertó y se sentó en la cama. Tomó un cigarrillo y derribando la promesa de años anteriores volvió a fumar en el cuarto. El humo infectó todo el espacio y se sintió libre, dos bocanadas bastaron y se llenó de energía para emprender un día más de su inmerecida vida.

Ahora con los años a cuestas dormía con un pijama blanco, ya los desnudos que antes lo liberaban y lo diferenciaban de todos habían pasado y mientras más sintiera el calor, por lo menos de la ropa, menos solas se tornaría sus noches privadas antes por licor y ahora plagadas de pastillas.

Con displicencia se levantó, primero, colocando su pie derecho en el piso y, luego, el izquierdo, cuando los dos estuvieran juntos erigiría su barbilla y de un solo impulso se pondría en pie, así evitaba los mareos que durante el amanecer lo hacía perder el equilibrio y caer estrepitosamente en el piso, cerca de la papelera impresa con una foto de Nueva York que junto a un cojín hace ya cinco cumpleaños le había regalado.

Logró su cometido y se dirigió al baño. El cepillo ya roído permanecía impoluto dentro del cajetín del espejo, lo tomó y emprendió otra manía adquirida con los años. Cepilló diente por diente mientras se observaba las arrugas que día a día iban ocupando la frontera de sus ojos y de su frente.

El hilo dental, luego el baño con jabón azul, el cual nunca dejaba terminar, siempre lo desestimaba cuando sentía que estaba tomando un olor a recuerdo de años de locura, de fiestas hasta el amanecer, de humo, putas y ron.

Ahora como único legado de sus tiempos se detenía desnudo frente a la ventana y dejaba correr las gotas que se diluían con la brisa de las medias mañanas de la ciudad que desde hace algunos meses se tornaba más y más fría.

Las conversaciones en la cocina eran las más esperadas. Mientras preparaba el desayuno se interpelaba hasta el punto de discutir tan agresivamente que en ocasiones no comía solo por no conciliar la idea de su yo interno que era más testarudo que él. Había mañanas que si se entendían y podían prolongarse hasta mediodía, con carcajadas, anécdotas, chistes y chismes de alguna que otra vecina que desde la ventana dejaba entrever parte de su silueta desnuda para alertarlo que algún día sería bienvenido.

I

La tarde era menos placentera. Planchaba su ropa con cuidado excesivo. Poco a poco escogía que colocarse, pese a que al final siempre utilizaba lo más cómodo o aquello que no lo destacara de nadie. Había aprendido a ser invisible como modelo indispensable de cuidado.

La música lo acompañaba y en otra ridícula jornada inventaba palabras para renunciar al trabajo que ahora lo ahogaba en sus noches y no lo dejaba vivir tan normal como todos, tan patético como todos, tan regular, tan simple, tan obvio, tan sencillo, tan nada como aquellos que se desprendían de los recuerdos para ostentar esa vida que tanto anhelaron y que ahora los dejaban tan huecos como lo que siempre fueron.

Las diatribas no paraban y en su incorregible forma de hacerse historias en su cabeza se inventaba ocasiones de felicidad junto a mujeres inexistentes que sólo conoció en otras vidas y no está que consumía con pesimismo y desprecio en los últimos meses de frío que calaba en los huesos.

Asentía con felicidad esos días de mentiras donde todo era una fiesta. En su mente se entrelazaban noches de risas y de besos encantados. Recordaba en el imaginario la noche que borracho acompañó a una desconocida a su casa y se durmió en el taxi. Reía hasta llorar, pues cada recuerdo se olvidada de inmediato y no volvía a imaginarlo. Algunas veces creía que eran parte de su historia pero todo se desplomaba cuando otro cuento se creaba en su cabeza.

Las despedidas siempre estaban presentes y lloraba con la mentira creada. Una constante era ineludible todas tenía razón y mientras unas se hacían llamar drásticas e inquebrantables, otras se escondían en baños orientales mientras gritaban que lo amaban y en sus cuerpos otras manos ya mancillaban el tesoro de su ser.

Las maneras más románticas también estaban presentes y mientras el humo del cigarro se confundía con el vapor de la plancha construía diálogos de esas féminas que sólo en su mente habían existido.

Al concluir el planchado se sentaba en la cama frente al televisor apagado y esperaba la hora de alistarse sin pensar, solo respirando y viendo el reloj naranja que ante el silencio de la casa retumbaba segundo a segundo siguiendo el compás de su corazón.

II

Salió de su casa. Cerró la puerta con una tranquilidad que antes no poseía. Colocó los audífonos en sus oídos y aisló el bullicio de la ciudad que no paraba de ser fría. Mientras caminaba hasta el metro otra historia se forjó en su cabeza.

Con la intención de hacerla placentera se imaginó en la playa tomado de la mano con una sirena de ojos oscuros que no paraba de hablar y él absorto solo fingía escucharla. Sonreía y fumaba sin creer que ese sería el único recuerdo que esa fantasía tendría. El licor era parte de la juerga que emprendía ese nuevo cuento que insistía en un juego de cartas que no terminó nada bien y, de pronto, un estallido, unas palabras y nuevamente la despedida llegaba sin reconciliación mientras la puertas del vagón se abrían y el tumulto lo empujaba hasta las escaleras mecánicas donde ya otro olor, otro roce, otra cara le hacía olvidar la mentira inventada en su cabeza.

Leyó caleidoscopio en una pared del subterráneo y se imaginó que el concepto tendría que relacionarse con una vista hermosa de un paraje inquietante que lo haría respirar aire puro rodeado de nefastas compañías que limitaban su necesidad de hacer otro cuento.

Deslastró esa idea inocua y se imaginó en un cerro donde todos siempre estarían felices. De inmediato reaccionó con frenesí y su mente lo engaño otra vez. Se vio corrigiendo errores básicos a desconocidos  donde una mujer despuntaba y con un dulce en los labios miraba con complicidad la cercanía que pronto se haría historia.

Se dejó llevar unos instantes y la historia tomó un camino jamás trazado. Abrazados en un mueble de un pub se comían a besos dos cuerpos necesitados de estar juntos. El trago amargo pasaba por los labios de miel y explotaban en una pasión que nacía cada momento sin esperanza, con engaños, con máscaras, escondidos en corazones muertos que alertaban que nada valía la pena. Despertó del letargo y no recordó el inicio del cuento y mientras subía nuevamente por las segundas escaleras que lo llevarían a la boca de la realidad la sintió pasar a su lado tomada de la mano de otro hombre, dejándolo sin esperanzas.

III

Llegó al quiosco que cerca de su nuevo trabajo lo dotaba de agua. En los últimos meses el hábito se intensificó y se mantenía con una botella que llenaba constantemente para mantenerse con una fuerza vital que lo hacía caminar. Se desprendió de los audífonos y escuchó el escándalo de la calle. Entre los gritos, las cornetas y esmog creyó pensar en un apellido impronunciable de origen italiano acompañado de un nombre de flores hermosas, mientras tomaba el primer trago de agua una ficción llegó y en el instante que nuevamente colocaba sus audífonos se vio tomando cerveza y hablando placenteramente con una mujer de curvas pronunciadas.

Las palabras iban y venían mientras ella trataba de explicarle cómo besar a una mujer. Describía paso a paso que se debía hacer, cómo se debía hacer, tomaba entre sus manos su cara y se acercaba. Nada lo hacía reaccionar, un bloqueo llegaba a su mente y el cuento no se libraba como si la mentira estuviera soñando lo mismo en el mismo instante para quedar marcada en los recuerdos que se olvidan.

No soñó más. Despertó en la puerta de la oficina y nuevamente no recordó. Insistió en recomenzar y no lo logró, sabía que algo faltaba pero eran tantas las invenciones en su cabeza que se rindió una vez más y dejo ir la idea.

IV

Se sentó frente al computador. Sacó una toalla húmeda y limpió el teclado. Revisó religiosamente cada nota de prensa y tomó anotaciones, miró a los lados y no reconoció a nadie. Eran caras perfectamente extrañas a él y a su entorno. Se aisló nuevamente y miró al frente, entre el monitor y los cables palideció al ver un rostro con una risa de encanto. La ignoró y dejó que una vez más una historia naciera en su cabeza. No llegaba nada. Las ideas eran difusas. Volvió a levantar la cabeza y no la vio más. Se resignó a creer que las apariciones existían y continúo su trabajo.

La madrugada nació mientras abría la puerta de la casa. Al ingresar recordó que la luz del baño no servía, se quejó una vez más de su memoria. Dejó el bolso en el mueble de la sala, sacó los teléfonos y encendió la computadora, colocó música y se sentó a escribir.

En una página en blanco solo logró colocar un título inentendible y se preguntó y ahora qué.

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