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Fragmento

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Abro los ojos y un susurro enternecedor me avisa que debo irme. Me siento en la cama y busco con desconcierto el pantalón. Amanece en la gran ciudad y no recuerdo porque estoy donde estoy.

Me levanto y un espejo me descubre desnudo mientras observo como los años han pasado tan rápido. Ahora más flaco y con una marca indescriptible en mi mejilla derecha que me avisa que es hora de partir.

Siento el sabor dulce en mi boca y comienzo a despertarme mientras enciendo un cigarrillo y miro todo a mí alrededor. No recuerdo mucho más allá de la fiesta de despedida del año en esa oficina que me descubre todos los días y me alerta con violencia que ya es hora de irme.

No hay muchas voces en la habitación. Solo el agua resuena en el baño y un cántico sublime me hace recordar una melodía dramática que escuché hace años cuando en un arranque de desamor bebí hasta no saber de mí. En esa época no entendí que ya debía partir.

No quiero ver quien está en el baño. Tomo la botella de ron y le doy un sorbo para tener fuerza y enfrentarme a una realidad de sueños vívidos y deseos rotos. Asumo que es hora de saludar con desgano y marcharme mientras consumo el último trago y enciendo otro cigarrillo.

Miro el reloj y deduzco que es hora de irme.

Nuevamente la voz de ternura ahora me llama desde el baño. Me acerco y le paso la toalla sin pensar en ver lo que ya probé la noche anterior en un afán de no amanecer solo. Trato de decir algo y un nombre desconocido para mí me inquieta. Suelo generar esa confusión, hay quienes están conmigo con la esperanza puesta en que cada amanecer sea otro y no yo.

Resuelvo en acercarme a la puerta, debo partir.

Tropiezo torpemente con la mesa de noche y derramo los vasos de agua amarillenta que aún se consumen con dos hielos. Pienso que el tiempo no ha sido tan extenso y que el madrugar es solo una cuestión de proximidad a despedirnos sin tantas preguntas. La voz sigue siendo tierna y me pide con un mi amor, un vaso de agua. Sé que desea salir y encontrar a quien desea encontrar y no a quien profanó su cuerpo por despecho o por carestía.

Aligero el paso, es hora de irme.

La puerta no abre. Es curioso y me detengo con una mueca desconcertante. Tendré que verla y tendrá que verme. Es un hecho. No se puede huir. Atravieso nuevamente el cuarto y me siento en esas sillas que, junto a otra mesa con lámparas tenues esconde los precios de la comida y las extensiones para comunicarse con el lobby, el restaurante o la lavandería.

Ya no puedo partir.

Reviso mis bolsillos y encuentro el recibo de pago de la habitación y por fin me doy cuenta donde estoy. Con letras rutilantes, el Gran Hotel, me abre los ojos y me descalabra las finanzas. ¿Cómo se me ocurrió venir a este sitio? Debí estar demasiado borracho o desesperado para pagar semejante suma indigna para solo chocar dos cuerpos.

Sigue siendo la hora de irme.

En un abrir y cerrar de ojos la veo salir. Me mira como todas y me hace recordar que sigo siendo yo y no otro.  Sin embargo, no sé quién es. No se parece a nadie de la oficina. Mis movimientos se vuelven más cautelosos y mis palabras más certeras.

Pregunto ¿quién eres? y le recuerdo que ya debo partir.

Soy yo es la respuesta que recibo a cambio. Tranquilo honey somos amigos, nos conocemos, y creo que me gustas. Sonrío mientras me impacienta el no saber por qué soy su honey y por qué no recuerdo dónde estoy y, ya es hora de irme.

Me incorporo sin dejar de mirarla. Pregunto por la llave y me la acerca mientras sus labios nuevamente me susurran palabras que no entiendo. Recorro la habitación y tropiezo nuevamente con la mesa de noche. La desesperación me abruma y pregunto nuevamente ¿quién eres? ya debo partir.

No hay respuesta. Y mientras se viste, recuerdo cada parte de su cuerpo. El olor que emana su piel me reduce y caigo sentado sobre el piso. La nostalgia me embarga y unas palabras infames me hacen temblar: no soy quien esperabas, pero sigo siendo yo.

Me arrastro hasta la cama. Mientras sigue con su proceder lento para vestirse. Me quito los zapatos y nuevamente tomo las sábanas con sabor a pasión y me envuelvo en ellas. Ahora es ella quien no deja de verme. Cierro los ojos y el sueño abrasador me limita a seguir preguntando y a mi desesperanza de irme.

Escucho ruidos.

Un olor a cigarrillo y a ron me obligan a incorporarme. Abatido me doy cuenta que estoy en mi cuarto. Busco en los bolsillos y solo encuentro billetes arrugados y una servilleta rosa con letras rutilantes que dicen Gran Hotel Restaurant.

Me miro al espejo y me descubro desnudo, mientras observo como los años han pasado tan rápido. Ahora más flaco y con una marca indescriptible en mi mejilla derecha. Regreso a la cama. Me escondo en las sábanas que tienen un solo olor, el mío.

Respiro profundo y el cansancio me asesina.

Me pierdo lentamente cuando mis ojos se cierran y el recuerdo infame como un susurro enternecedor me avisa que ya no estoy, y que sigo siendo yo y no otro.

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Sobre la mesa

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En la mesa de la cocina sentada, revuelve por quinta vez el té. Rodeada, atrapada, ahogada entre tanta gente, tantas caras, tantas palabras, tantos cuentos, ella, se siente sola.

No sabe aún que es la soledad, pero la siente, la palpa, la engulle, la respira, la llora y la ríe. Es como el frío del lado izquierdo de su cama, el espacio vacío que quiere y no quiere llenar, el cepillo de dientes que sobra, la chaqueta de los domingos para la misa, el paraguas, que ahora la cubre sin mojarse, los zapatos en la puerta al llegar a casa, los conciertos de locura de aquella música que le gusta o le gustó, la camisa que dejaba por sentado que no estaba sola o sí, siempre estuvo sola, no lo sabía pero si lo aceptaba.

Ahora divaga con los segundos, minutos, horas, días y semanas que siempre estuvo con esa compañía llena de nada, con esa compañía ausente, con esa compañía añeja y colmada de momentos que derivaron en lágrimas, mientras se desocupaba el closet y dejaba ese vacío que ahora llena con recuerdos.

Duda de todos. Duda de la sonrisa que le  generan esos que ahora la acosan por temor a no poder acercarse a su estancia, sin pensar ni un segundo que no quiere sexo, sino momentos, historias, cuentos, risas y que después, sin forzar nada, pase lo que pase que no es más que entregarse no con el cuerpo sino con la esencia, su secreto mejor guardado.

Qué es la soledad sino el espacio que decidimos tomar para recargar nuestras energías. Qué es la soledad sino la oportunidad de enamorarse de uno mismo. Qué es la soledad sino los domingos de desayunos en la cama sin tener que levantarse a lavar los platos. Qué es la soledad sino más que ver películas y pedir una pizza los viernes en la noche. Qué es la soledad sino ver Sábado Sensacional mientras otros activos ya están en una fiesta que promete terminar en la playa a ver un amanecer que nunca llega.

Ella, rodeada de todos se sigue sintiendo sola.

I

Un portazo acabó con todo lo que se prometió.

Ya era la hora para que se despidiera. En la mesa de la cocina sentada, revolviendo por quinta vez el té que es su única compañía sincera, se le ve pensativa, con los surcos en las mejillas dejados por el recorrido de las lágrimas.

Piensa en la historia terminada, piensa en la sensación que queda después de cerrar un capítulo, piensa en los cambios que vendrán y de los cuales debe cuidarse, piensa en su reflejo ante todos, piensa en la nevera llena de comida para dos y que ahora es de uno, piensa en la torta sobre la mesa que comían juntos cada vez que recordaban que estaba allí, piensa en las fiestas donde llegaban juntos y ahora estará allí detenida en las puertas del tiempo con el vestido rojo que se ciñe a su cuerpo y que ahora no terminará en el piso del cuarto ante la marabunta de cuerpos desnudos que provocaba. Se piensa sola ante la visita inesperada del amigo en común que no perderá la oportunidad para preguntar dónde está quien hacía estremecer tus días.

Los recuerdos la harán rezar. No será un rezo para que regrese sino para olvidar rápido. La atormentarán los fines de semana donde siempre sabía qué hacer, qué pedir, qué esperar. Los domingos serán más grises y un aroma a un perfume conocido la perderá en momentos vividos de mañanas de lluvia, de calor repentino, de abrazos descuidados, de besos soñolientos, de caricias que no podrá comparar, pues ya no serán las mismas.

Sabe que algunas vivencias se borraran, pero en cualquier momento, y bajo cualquier circunstancia, caerá otra vez en esos labios que mentían con tanto deseo que no dudará en empezar a llorar otra vez, mientras observa las fotos que una vez borró preguntándose quién falló y por qué falló.

Esta sola en la cocina en la mesa que ahora no es tan pequeña como creía y sigue removiendo el té que desde ahora y hasta que despierte será su única compañía.

Ella, sola, se siente devastada.

II

Los hábitos cambiarán y nuevos amores tocarán la puerta y la acompañarán a tomar el té. Sonreirá y dejará el pasado en el pasado. Disfrutará. Señalará a todos y se sentirá otra. Será más fuerte. Más infame. Más directa. Más dura. Más arrogante y más despreciable.

Los días serán distintos y ya no habrá pizza los viernes en las noches de películas. Ni sábados de desayunos en el mercado. Ni domingos de risas y pan con refresco. Ni borracheras escuchando y compitiendo con canciones que decían todo lo que sus labios no podían. No habrá soledad. Repetirá los mismos acontecimientos con nuevas fotos y otras risas para destruir el álbum de sus memorias.

Sí, los días cambiarán, y la suerte y nuevos horizontes serán el futuro que cree merecerse, que cree suyo, que cree único, que cree que no se moverá, así el portazo de despedida llegue una y otra y otra vez.

Sin embargo, las noches serán distintas. No verá la silueta conocida entrar al baño, ni el olor será el mismo. Desesperadamente querrá que sea ese a quien detesta y odia solo para decirle en su cara cuáles son sus triunfos, cuáles son sus logros, cuáles son las noticias que mejoraron su vida sin necesidad de tener esa compañía que le hizo daño pero le marco la vida.  Querrá que él conozca de ella. Querrá que él envide sus triunfos. Querrá que él sufra. Querrá que él pierda mientras ella gana. Querrá decirle que cambio de opinión, que no lo amaría toda la vida. Querrá que él, el del portazo de despedida se derrumbe, tiemble y muera cuando pase a su lado. Querrá que la vea con otro tomada de la mano y que sienta en carne propia que no es nadie y que su sola presencia incomoda la nueva vida que logró gracias a ella o gracias a que se fue. Lo querrá ver con otra para odiarlo más o amarlo menos.

Ella, sola, se siente aliviada.

Y él en la mesa de la cocina sentado, revuelve por quinta vez el té. Rodeado, atrapado, ahogado entre tanta gente, tantas caras, tantas palabras, tantos cuentos, él también se siente solo.

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La casa de agua

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Ahora nuevamente duermo desnudo. Es un hábito que había perdido pero que afortunadamente recuperé en los últimos meses. Me siento libre y ausente.

Vivo en un apartamento del centro de una ciudad ociosa. Ahora, con algunos reveses, escribo para comer. A mi estancia acuden enamorados, despechados, amantes y sin importar género me dedico a escribirles cartas dedicadas a los  responsables de sus heridas de amor o pasión. Que viéndolo bien son la misma vaina si nos sentamos a analizarlo.

Todas las mañanas me levanto y tomo un cigarrillo. Abro la ventana de la sala y enciendo el primer clavo de mi ataúd, con este accionar recibo ese nuevo día lleno de dicha, esperanza y fortuna. Esos que las bendecidas y afortunadas reflejan en su Facebook sin que ellas mismas se lo crean.

Las noches son siempre de licor y una que otra aventura. Hay mujeres quienes el amor les dura la primera línea escrita y me cancelan con unas horas de compañía, sudor y besos. Siempre acepto ese tipo de pagos, es mi naturaleza, mi esencia, mi necesidad de sentirme vivo.

Mi cuarto está lleno de cajas de comida ya consumida, cigarrillos a medio terminar, botellas de cerveza, botellas de ron, galletas y hojas impresas con algún poema nefasto e inconcluso. Cada vez que me levanto es como atravesar un campo minado, sin embargo, no me importa, enciendo un incienso de coco y todo aquello que es un desastre se contamina del rico olor y resuelvo el pequeño problema, que es feo estéticamente, pero con una fragancia penetrable que me inspira a seguir teniendo un basurero como cuarto.

Escribo todos los días y pienso todos los días. Hay quienes solo escriben o solo piensan. En verdad no me importa. Lo único que me mueve son unas letras que hacen erizar la piel y que añoro que no sea la mía.

Pero una mañana. Un sábado recuerdo. Llovió adentro. Y las cajas y las colillas y las botellas y todo, se paseó por la casa. Yo solo fumé y más, mientras veía la casa de agua.

II

Llegue por fin. Caminé por la calle que ya conocía. Y visité el primer atisbo de normalidad que me acogió en Caracas. Un apartamento de una sola habitación, un baño y una sala que se adornaba con muebles de madera. Los recuerdos me invadieron y quise una vez más entrar a ese antro tan digno de mí que como dato curioso solo tenía la puerta principal. Las demás puertas nunca llegaron y la libertad se paseaba.

El baño era una suerte de lotería para los visitantes. Debía permanecer en la cocina mientras lo utilizaban. Mi cuarto nunca necesito puerta, nunca hubo nada que esconder, nunca se mentía, nunca se decía la verdad, nunca hacía frío, nunca hacía calor, nunca perteneció a nadie, nunca fue mío, nunca lo amé tanto como el mismísimo día que me corrieron.

En mi recorrido soñé que nada estaba pasando. Soñé que la puerta sonaría una vez más avisándome que ya estaba por entrar. Soñé que los besos, las palabras y las caricias regresaban sin pedir cuentas. Soñé que ya estaba allí sujetándome, dándome apoyo, sonriendo y discutiendo por satisfacción, su satisfacción, al sentirse  reina y única del espacio que le cedí solo por una mirada.

Cocinaba una rica crema de plátano. Hacía arroz, carne frita y por supuesto tostones. Comíamos mientras mirábamos a través de la ventana. Recuerdo que sonreíamos mucho. Que nos prometíamos mucho. Que nos besábamos mucho. Que nos desesperábamos mucho. Que dormíamos mucho. Que siempre estábamos desnudos. Que siempre nos encontrábamos en la cama y que nunca nos separábamos.

Me recosté en la ventana que años atrás me hacía pensar y fumar. Siempre que pienso fumo y siempre que fumo pienso. Hay quienes solo piensa y hay quienes solo fuman. En verdad no me importa. Lo único que me hacía mover era un mensaje que me avisaba que Chicho ya iba en camino y con él la compañía que necesitaba.

Pero una mañana. Un domingo recuerdo. Llovió adentro. Y las puertas, inexistentes, no pudieron controlar la inundación que se aproximaba. Yo solo fumé y más, mientras veía la casa de agua.

III

Los hospitales son lugares desérticos y fríos. El primer diagnóstico no era nada alentador. Las miradas se cruzaban entre los internos que me tomaron como conejillo de indias. Luego dos palabras, un abrazó y una despedida daban inició a una de las peores sesiones que ha padecido mi cuerpo.

Llegué con mi camisa de la suerte. Siempre planchó mi ropa y arreglo mi cuarto. Es como una especie de cábala para mantenerme lejos de los humanos que desean husmear en mi vida. Ahora recuerdo que duermo desnudo. Es como una costumbre que ya recuperé para sentirme libre y ausente. 

La primera sesión prometía hacerme llorar. No lloré. Solo soporte la dagas que invasivas recorría mi cuerpo. Quise correr y no tenía destino. Quise gritar pero no tenía oídos que me escucharan. Quise reír pero yo era el chiste. Quise verme a un espejo, pero no había reflejo. Por eso solo mire una foto de una playa que adornaba el consultorio. Me perdí dentro de la imagen y recordé a tantas y a tantos que hoy añoraba pero no estaban.

Desperté cuando ya la tercera daga salía de mi cuerpo con displicencia. Vi como una gota de sangre recorrida mi deprimente cuerpo y allí, aspire una bocanada de aire pulcro de hospital para derrumbarme al recordar que faltarían 68 más para sentirme mejor.

Las sesiones generalmente se realizan sobre un sofá de color rojo. Sin embargo, decidí hacerlas de pie. Como capricho. Como desafío. Como terquedad. Como prueba. Nunca me he arrodillado. Me mantengo de pie y siento como se desestabiliza mi esencia, mi alma, si el alma es lo que sientes, y sobre todo mis recuerdos. Todo está derruido. Los tiempos buenos y los tiempos malos.

Al salir camino y fumo. Siempre que camino fumo y generalmente cuando fumo camino. Hay quienes solo caminan y hay quienes solo fuman. En verdad no me importa. Lo único que me hace mover es saber que cada mes vienen las dagas y yo entero, soberbio y decidido a morir o no recuerdo que mi amante infalible, ella que nunca me deja, ella que me perdona todo, ella que me cubre de su desamor se cuela en mi cuerpo dándome la compañía que tanto deseo en su peculiar forma de enfermedad.

Pero una mañana. Un miércoles recuerdo. Llovió adentro. Y mi amante enfermedad quiso algo más de mí. Me hizo caer para pedirla en matrimonio. Y la sangre inundo el consultorio con olor pulcro y como pude me levante lentamente, negándome una vez más a sucumbir ante la inundación que se aproximaba. Tome un cigarrillo y solo fumé y más, mientras veía la casa de agua.

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La espera

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Durante años nadie lo vio.

Parecía que el mundo se lo hubiese tragado sin dejar un rastro pírrico para siquiera dejarle una rosa, un girasol o una margarita en lo que pudo haber sido su lecho de muerte. De repente, tal y como lo distinguía su caótico existir, apareció.

Llegó a su humilde hogar materno.

Quienes lo distinguieron en su llegada lo ignoraron, quizá porque no era el día indicado para un saludo caluroso. Ingresó a la vivienda de bahareque y teja y se instaló en la sala. Sólo su madre lo saludó entre lágrimas y risas, pero no profirió palabra alguna.

Ella, sabía por qué estaba allí.

Recordó los momentos de felicidad que vivió en ese lugar, luego sin preguntar, encendió el equipo de sonido y revisó entre los discos viejos algo que lo llevara al pasado y pudiera esperar lo esperado.

Una tonalidad de ultratumba sucumbió toda la casa, los vecinos ávidos de algún chisme se acercaron a su puerta sigilosamente, pero nadie lo perturbaba, solo las miradas como puñales de fuego se incrustaban en su carne ya maltrecha por tantos golpes y caricias que da la vida, a veces, pensaba que las grietas de su piel eran más por las bondades recibidas que por los tormentos vividos en una celda.

Un cigarrillo, un vaso de alguna bebida olvidada en su bolso verde que muchos criticaron, pero que nunca le importó, calmaron su ansiedad, promovida por su vida bohemia que tanto le costó sobrellevar.

Quería llorar, pero el día no estaba para lágrimas, quería reír, pero el día no estaba para risas, quería gritar y lo hizo con tanta necesidad que los sonidos no salieron de su garganta, entonces cesó su infructuoso intento de hacer algo y, se remontó, a su quehacer diario: Recordar.

I

Las fotos organizadas y colocadas encima de la mesa central de la sala lo paralizaron. Vio una sonrisa espléndida de la que fuera su esposa, luego algunas fotos de mujeres que una vez lo visitaron para buscar amor, sexo o compañía que durante su juventud brindó, quizá por el terror incierto de sentirse solo pero acompañado, o quizá por sentirse amado a ratos de putas o mejor querido como un perro callejero a quien la comida le va y le viene y a quien el placer le es indiferente.

Divisó la foto de su padre e ingirió un trago seco y una bocanada de humo enrareció todo su entorno. Dijo dentro de sí: “Viejo” y su traicionera mente lo trasladó a su niñez.

Su padre mujeriego y borracho siempre cuidaba de él. Recordó que decía que estaba loco y que haría de su vida una locura plena para llevarse bien con este mundo de mierda. Brotaron las lágrimas, no se explicaba por qué, ya para la fecha tenía 20 años sin verlo y esa visita extraña para todos, era para eso, solo para darle un beso y decirle que estaba bien, que todo era bueno, que en sus cuentos lo mencionaba con otros nombres y que recordara que él, era su fuente de inspiración.

Eso lo emocionó, lo impacientó, lo devastó. Quería sentirlo, quería tocarlo y decirle entre líneas que sus tres divorcios y sus parrandas enteras con mujeres fáciles siempre fueron un mecanismo de defensa, tal y como él se lo había enseñado.

Los minutos pasaron, la tortura de cada segundo lo aniquilaba, solo la sensación de ver a su padre lo mantenía en pie. De pronto todos lloraron, todos gritaron y aquella casa hace instante  impávida y desprovista de vida se iluminó con un color sepia cargado de desesperación.

¡Por fin llegaron! comentó un vecino.

¡Ya todo está acabado! aclaró.

Cuatro hombres vestidos de negro abrieron las puertas de la casa, colocaron un soporte metálico y encima de él, un ataúd.

De inmediato comenzaron los rezos.

Otro trago, otra bocanada de humo y un beso a un cuerpo inerte que sonrió, culminaron la espera.

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