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El día que llegó la enfermedad a su cuerpo estaba en casa acompañado de una mujer que decía ser un oasis en el desierto de incertidumbre que lo consumía desde meses atrás.

Eran las 2 o 3 de la madrugada, el cuerpo ya sentía los embates de la vida bohemia, del insomnio perpetuo, de la exaltación intempestiva, del cansancio incipiente que nacía dentro. Sin embargo, la tranquilidad se consumaba con el calor corporal de otro ser humano que con insistencia aseveraba que el amor duraría toda la vida.

Asumió que era un diciembre por las luces y el olor a pólvora, en todo caso, se mantenía despierto viendo el techo a través de los reflejos imponentes de unos rayos que alumbraban toda la habitación. De pronto, una súplica de ayuda se escuchó, encendió la luz tenue y amarillenta y la vio, hermosa como siempre pero con un grado de desaliento que lo conmovió, la abrazó y se dispuso a ayudarla, le acariciaba su cuerpo frágil, su cara de princesa y se levantó a traer la medicina natural que la dejaría descansar y aliviaría su dolor.

Al abrir la puerta un frío de despedida y de odio se impregnó en su ser, como si estuviera esperando atento para adentrarse. Un dolor determinante le inquietó todas las entrañas, pero no vaciló y siguió caminando hasta la cocina. Preparó una poción mágica con dos limones en un vaso de agua y aún con el dolor se dispuso a llevárselo hasta la cama, ella, lo bebió y, con un precario movimiento de su mano, le dio las gracias. La tuvo entre sus brazos durante toda la madrugada mientras un fuego intenso se apoderaba de sus órganos y luego de sus ganas.

No paró de abrazarla hasta que la sintió plácidamente dormida.

Meses después se le preguntó por qué no dijo nada de ese dolor profundo que le aceleraba los nervios y deslastraba los sueños, él, nunca respondió.

Al otro día, la luz del imponente sol llegó y, ella, amante, compañía, subterfugio, retén y razón, agradeció el modesto gesto el cual era tan innovador para ella como cotidiano para él.

Vivían la pasión de los días sin suerte.

Se sintió halagado, pero más que eso se sintió tranquilo, sabía que podría pasar algo fuera de casa y tendría a quien recurrir rápidamente, la promesa de “siempre estaré allí cuando lo necesites, en las buenas y en las malas” curó su alma, pero el cuerpo seguía muriendo.

Día primero

La despedida ya estaba consumada y el afán por la compañía se hacía más distante.

Era sábado, la resaca del día anterior le había dejado secuelas de un terrible dolor de cabeza que retumbaba los sentidos. Solo, postrado en una cama sin dueño y con la compañía de la televisión, no podía mover un músculo, el aire estaba impregnado del olor añejo a cigarrillos de la juerga anterior y el sudor a licor traía remembranzas de la noche de mentiras y besos sin amor.

Se dispuso a salir del letargo, se levantó, se dirigió  al baño que solo quedaba a cuatro pasos de la cama. Llegó al lavamanos y al bajar la cara para limpiar las penas sentidas sin pudor, un hilo de sangre salió desde la nariz y se volcó en pequeñas gotas que caían al suelo.

Día segundo

El trabajo era arduo, o quizá sería el cansancio de hacer todo y no merecer nada.

Estaba en la mínima oficina donde laboraba junto a casi 40 estudiantes, los gritos, la música sin sentido, las quejas de todos, las reuniones interminables, el frío, el calor, todo… agotaban el alma.

Creyó que era jueves o lunes, quizá viernes. Se dispuso a salir a fumar a los pasillos sin respiración que adornaban el mamotreto universitario. Al encender el primer cigarro del día, sintió que algo caía de su boca. Huyó sin decir nada hasta el baño más lejano. Al llegar un vómito rojo y verde salía sin control. Durante más de media hora la sangre convertida en un líquido ocre se alejó de su cuerpo al igual que las fuerzas para reponerse.

Día tercero

El frío que da miedo.

Llegó al consultorio médico, luego de la auscultación de rigor la recomendación se centró en un estudio más profundo. Era algo como un invasor que ingresaría por la boca y buscaría frenéticamente entre los órganos dormidos quién los estaba acabando sin piedad.

Día cuarto

Los resultados.

Se dirigió al consultorio. Quizá tenía miedo.

Hizo una llamada para buscar el apoyo que una vez ofrecieron y recibió la primera bofetada de desprecio hecha mujer. Extrañamente era el Día del Periodista y al igual que todos los años el negarse a pagar la mensualidad a los hipócritas del CNP lo dejó fuera del cuadro de honor de los niños comunicadores que exhiben emocionados sus diplomas de mejores del año, pese a que siempre hacen lo mismo.

Llegó a la puerta y no entró, fumó una caja de cigarros antes, para tener el valor de lo que ya sabía que pasaría. Ingresó a la sala de espera y volvió a llamar esperando solo un palabra de atención que  lo hiciera divagar, pero la respuesta fue contundente “Hoy no puedo, estoy celebrando mi día”.

Cinco segundos después llamó el doctor y sin mediar palabras le entregó un sobre amarillo con los resultados.

Día quinto

Hoy se siente mejor.

Escribió su carta de renuncia y sin ningún argumento sólido la entregó, pensó que tenía que ir en búsqueda de quien lo cuidara y tomó las previsiones de rigor. Dinero, maletas, ropa, zapatos y por supuesto algo de amor.

Todo estaba listo.

Días después sería la despedida radical de sus dolores, pues tendría la compañía gustosa con quien librar la batalla que se aproximaba. Aún con el resultado de su extraña enfermedad en el bolsillo no creía lo que estaba pasando, solo se reconfortaba al reflexionar acerca de lo que vivió y que quizá no viviría más.

Día sexto

Hoy no pudo salir de casa.

Durante toda la noche vomitó sangre, orinó sangre, vio sangre, probó sangre y se desmayó durante toda la mañana y buena parte de la tarde.

Día séptimo

Regresó al consultorio y al frío que da miedo.

Ya ha pasado un mes sin saber nada de aquella mujer que le juró amor. Pero no le importa, ya sabe que no volverá, solo lo consume el chismorreo constante de su nuevo amante, quien además de ser un desconocido es un fantasma que quebranta la ya mancillada salud.

En realidad desconoce si lo odia o lo admira por su valor inconmensurable de conquistar un terreno ya profanado. No puede desearle suerte, pues estaría en contra de su credo. Pero si anhela que tenga satisfacción, pues es lo único que podrá encontrar en eso.

Día octavo

Comenzó la crisis. Dos pastillas verdes.

Las colocaron en su mano como una advertencia de lo que vendría. Las sugerencias de rigor. Se toma la primera  y descansa, luego, al pasar diez minutos tomas la segunda.

.- Así nada más -asintió-

.- Sí, es todo. Contestó la hermosa enfermera, que más que experta en atenciones a pacientes en declive, parecía una de las chicas rubias que promueven en las revistas para adultos que nunca le han gustado pero que siempre llaman su atención.

Día noveno

Pérdida de los sentidos.

En un principio no sentía nada extraño. Seguía la vida con toda naturalidad. De pronto, los colores se tornaron grises, la textura era imposible de diferenciar, el sabor de los alimentos era insípido y la compañía sexual solo era un tiempo de espera para la peor: la abstinencia por necesidad.

Los olores se confundían con los colores y los colores con los nombres. Los nombres con las ciudades, las ciudades con los carros y los carros con los animales. Todo era confusión que solo disimulaba con quedarse callado para no proporcionar pistas que llegaran a lo temido: hablar de la enfermedad.

Día décimo

La soledad.

La noche era su refugio. Luego de probar algo que parecía pollo pero sabía a langosta y que luego conoció como pan. Sintió como desde dentro de su estómago un animal escudriñaba todo a placer, las ansias de salir eran tales que el vómito se apoderó de toda resistencia.

La sangre corrió. Las fuerzas huyeron y con ella las ganas de seguir el nefasto tratamiento que solo retrocedía.

Llegó al hospital y sobrellevó la alucinación del ángel de la oscuridad quien le susurraba al oído:

“Solo estamos los dos como en los viejos tiempos” ¿ Recuerdas?

Día undécimo

Un sueño perdido.

Se acercó a una camilla y todo se tornó en blanco y negro. No pudo distinguir el líquido que cubría buena parte de su ropa.

Después la nada.

Día duodécimo

Siguió dormido.

Soñó con sus hijos que le repetían que lo amaban.

Creyó escuchar a alguien llorando, pero al desestimar que era por él, reconoció a los fantasmas de su pasado reciente que lloraban alegres mientras los temblores hacían sucumbir su cuerpo.

Día décimo tercero

Otro día sin despertar.

Una luz se acercó y le dio una oportunidad.

Día décimo cuarto

Un días más sin nada porque abrir los ojos.

.- ¡Reacciona! Se gritó desde adentro.

.- Y despertó.

Día décimo quinto

El despertar.

Sintió que algo oprimía su pecho. Los brazos no respondían y el solo hecho de abrir los ojos hacía daño.

Despertó solo.

Recordó que siempre en las buenas y en las malas estuvo cerca de quienes lo necesitaron. Pero este día regresó a su corazón algo que creyó olvidado: Odió otra vez a todos y padeció la farsa de las lágrimas sin sentimientos.

Maldijo la buena suerte de los demás y juró no extrañar más, no pensar más. Solo recuperarse o morir sin importar nada.

Día décimo sexto

El morir.

Morir no es bueno ni malo es solo ideal.

Llegó a casa nuevamente. El tratamiento despiadado lo hacía delirar, por ello, optó por solo utilizar monosílabos en las conversaciones familiares. De esta forma, se protegía de los comentarios sentimentalistas que nada bueno podrían hacerle.

Las terapias habían sido asignadas tres veces por semana y, dos veces por mes, una endoscopia, para prever que pudiera crecer dentro.

Algunas veces se sentía fuera de este mundo. Dopado con las pastillas y con una manguera en la boca trataba de recordar las cosas buenas que había hecho y de los buenos amigos que había cosechado, pero ninguno estaba cerca para tomarle de la mano y decirme que todo mejoraría, trataba de repetírselo constantemente pero llegaban a su mente destellos de abandonos, destellos de injusticias, destellos de rencor, destellos de mujeres encerradas en baños dándose golpes de pecho, pero rogando a Dios que se perdiera, que se retirara rápido para sentirse libres de quien ahora solo padecía del daño interior.

Lloraba mucho hasta quedarse dormido y en los sueños lloraba para no despertar y encontrarse con la oleada de realidad que importunaba y lastimaba como una lámina candente en el pecho.

Día décimo séptimo

Lo inevitable.

Perdió 8 kilos en dos semanas.

Cada vez era más la creciente marejada de pesimismo que bordeaba el alma. Nadie llamaba para preguntar qué pasaba y cuando lo hacían, reía mucho a fin de evitar el lamentable comentario de pobre no merece esto.

Algunas veces entre líneas pedía auxilio, pues su orgullo estaba por encima de cualquier contingencia física o mental.

Día décimo octavo

La palabra.

El comentario voló como los pájaros durante la lluvia.

De repente todos sabían que tenía y que no tenía. Los rumores de la muerte se acrecentaron a tal punto que las llamadas no cesaban. Quizá todos tenían un gramo de inquietud en sus corazones y querían despedirse dignamente.

Para ese momento las terapias eran menos tolerables y desconectó cualquier comunicación para descansar de los pésames a priori.

Día décimo noveno

El riesgo.

Inhaló el humo  asesino de un cigarrillo a escondidas de todos.

Se escondió tanto que su cuerpo no se dio por enterado de lo que pasaba.

Evitó espejos, evitó reflejos y destellos de luz en su cara, evitó la vida como la conocía, evitó a la gente y se evitó.

Hizo una promesa.

Día vigésimo

Cumplió su promesa murió quizá pero nació otra vez.

Ya la tempestad estaba acabando y crecía dentro de sí algo más que lo innombrable.

Crecía la tranquilidad y el plan era regresar.

Meses después

Está lleno de collares de hippie y pulseras. Se siente libre.

Desde su montaña se ve toda la ciudad. Vive rodeado de seres que no conoce y lo respetan. Durante un mes ha estado de nuevo con su pasado de lucha ingenua. Ha librado batallas con fantasmas, ha cruzado paredes, ha pintado grafitis, ha experimentado la adrenalina en su cuerpo.

Ha cambiado.

Dicen que su mirada es turbia, fría y sin compasión.

Cada vez que faltan 15 minutos para las doce de la medianoche, se despoja de su camisa y sus collares quedan al descubierto, el frío es terrible, la neblina cubre todo.

Enciende un cigarrillo y recibe al nuevo día con la cara en alto y con humo en los labios. Luego la lluvia llega y levanta los brazos para estar cerca de cada gota.

Desde una esquina de la montaña que sirve como refugio una voz femenina lo llama con insistencia, él, se acerca a tientas donde el sonido se pierde y alguien lo toma, lo abraza,  lo cuida como un niño, seca cada gota con su cuerpo, lo viste nuevamente, lo llama por un nombre extraño que solo sabe que es para él, lo besa en los labios, le miente al oído, le recuerda que todo estará bien, grita que siempre estará a su lado, lo recuesta en su regazo, lo ama y no la conoce.

Respira profundo y solo piensa que es mejor así.

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Opinión

Luto

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I Preámbulo

No tuve el valor de acercarme al féretro que ahora acogía al viejo que me cuido, me alimentó y me envolvió en charlas inagotables que desprendían en mí esa necesidad de convenir lo que aún me hacía falta.

La noche anterior fue tan oscura y larga que solo me dedique a fumar y observar por la ventana los recuerdos de una época que acuñé en mi corazón y nunca dejaré ir.

Lloré como único subterfugio.

II Recuerdos

Contemplar la casa de Gerardo Gómez, El Viejo, era una suerte de enredos que tenían un control indescifrable. Bastaba con llegar para sentir el aroma indefinible que amainaba la vorágine de desamparo en aquellos tiempos turbulentos que disfrace de licor y cigarros.

Siempre escuchábamos algo perturbador, era como si estuviéramos confesando en rimas ajenas la precariedad de un futuro incierto, el mío, aún titila como un perfecto enredo de pasiones envueltas en mujeres, humo y algunos tragos de ron que mancillan una vez más los recuerdos de la casa, la del jardín amazónico, la del patio trasero de almas en pena, la de gritos y ruidos en la cocina, la de espantos ocultos en el estacionamiento que hicieron que más de una vez cerráramos las puertas como si tratará de seres perceptibles.

Era lúgubre aquella casa que Gerardo, El Viejo, había tomado como escondite para librar batallas que solo él entendía y que solo él descifraba y que nosotros, intrusos, violentábamos noche tras noche con hilaridades, desagravios, ataques oportunos al corazón y daños imperceptibles al ego, la vanidad y el pudor.

Lloré en la casa de Gerardo, El Viejo, incontables noches, contaminé su aire, probé su comida, vi su televisión, comenté trivialidades y me perdí embotado por el alcohol, en sus cuartos, su cocina, su baño, su sala, su jardín de niño explorador, su patio trasero de miedo y apariciones y su camioneta que guardó los secretos de todos y sirvió de medio para convencer alguna que otra quimérica mujer de ser cómplice de nuestro secreto más conocido: éramos unos salvajes.

III El miedo

Amaneció y me descubrí inerte frente a la ventana. Lloré una vez más sin disimulos, sentí que una parte de mis querencias me abandonaba y me derrumbé en los recuerdos que me hacían falta, en las palabras que no dije, en la sonrisas que no exprese, en los abrazos que me negué a dar, en la despedida que nunca tuve la oportunidad de pronunciar, en la apatía del agradecimiento, en la miseria que fomento cuando solo me voy y trato de no regresar.

El momento se hacía cada vez más cercano y busqué la excusa para no asistir, para negarme a despedirme, para mantenerme lejano de un ritual que ya me acostumbre a padecer en cuerpos y ojos extraños.

Tuve miedo y llore una vez más para enfrentarme al capítulo final de mi recuerdo, para no deambular, el miedo me abrazo y no me dejaba actuar, el valor, las ínfulas, el desacato a la realidad de la vida me obligó a repetir palabras inentendibles para segregar el resentimiento que recorrió mi cuerpo, no estaba conforme con esta separación, no podía ser cierta, todo era un mal sueño que se repetía en mi cabeza y del que pronto despertaría.

Y fue allí, en mis miserias, que recordé la casa que durante un periodo tomé como mía. Evoque lo sencillo que era perderme dentro de ella cuando el mundo real inexcusablemente me arropaba y me hacía dilapidar el hálito que el Dios de Spinoza me regalo.

IV La casa

Es inevitable hablar de la casa del Negro, quisiera no decir demasiado, pues dentro de ella se esconden los pecados y secretos de muchos de nosotros. Algunas paredes, algunas ventanas, algunas camas, algunas sillas, algunas fotos, claro ninguna como la de su hermana Isabel, amante de mis sueños y prisionera de mis deseos, en fin todo un complemento de cosas fútiles que construyen la alegre vida de Gerardo y su padre.

No quisiera repetir lo mismo, pero es que la foto de Isabel es la más imponente de todas, recuerdo que cuando la veía podía pasar segundos, minutos y horas contemplándola y sentirme tan bien, tan vivo, tan increíblemente completo.

Existen tres cuartos, uno, el del papá. Intocable para nosotros, es como el santuario, nadie pasa, sólo se mira desde lejos como un tesoro inalcanzable, mientras la fiesta esta en efervescencia ese cuarto permanece incólume, ajeno, pulcro, incoloro e inodoro a nuestros más recónditos deseos, que por lo general no son los más puritanos. Luego el cuarto de los corotos, hay de todo, sólo lo vemos al pasar, nadie, pese a que es oscuro y tenue se adentra hasta él, pues no amerita ningún control y lo que es fácil no se desea. Por último, el cuarto del Negro. No sé si será cuarto, cueva, pocilga, cambuche, terreno, invasión, hueco, antro pero es donde siempre nos quedamos. Su característica esencial, es que se duerme donde se caiga. No hay compromisos a priori, ni subterfugios a nuevos invitados y mucho menos privacidad de ningún tipo. Donde la borrachera te dejo ahí quedas y si te descuidas, pues pierdes. Por eso es que nunca hay que estar lo suficientemente sobrio para ver lo que pasa y lo suficientemente borracho para no saber lo que te paso.

Hay una peculiaridad, siempre que voy veo dos camisas colgadas en el techo, cubiertas de telarañas y algo de polvo, no sé por qué están ahí, pero es tan inexplicable como la vida misma del Negro, el caso es que están ahí ausentes y presentes cada vez que abrimos los ojos y divisamos el techo. Luego el closet, algo de papeles, algo de ropa colgada y casi toda en el piso, en un montón bien distribuido, primero los pantalones, luego las camisas y luego los interiores, no importa el orden ahí están y eso es lo que interesa. Claro no se pueden olvidar las cremas rejuvenecedores que posee el susodicho, veinte en total, para cada parte de su negro cuerpo. No sé por qué las utiliza siempre sale negro e igual.

Luego el baño, el de todos los que visitamos con regularidad, una poceta, un lavamanos, una regadera y un AXE, el cual todos en esos momentos donde el tiempo es oro y no nos podemos bañar rociamos en nuestros harapos y nuestras miserias para sentirnos bien con un colectivo que se niega a aceptar que cuando hay cerveza las normas higiénicas necesarias pasan a un segundo plano. Luego al salir del baño te encuentras la sala y al lado derecho la cocina, claro en el centro de todo el televisor, el DVD y encima una repisa que presenta como una diva hermosa e intrigante la foto de Isabel (no sé por qué me gusta tanto la foto) bueno, ahí está la foto de Isabel, es que me gusta repetirlo, la foto de Isabel, bella, con una sonrisa esplendida, vestida de negro, su cabello largo. La foto de Isabel ilumina la sala y todo. No importa que no haya luz con la foto de Isabel todo es claridad, creo que deje por sentado que me gusta mucho la foto de Isabel.

Sigamos.

La sala está compuesta de tres muebles de mimbre, uno de dos puestos y los otros individuales, una mesa de cuatro puestos, una mesa de planchar, una rinconera, la mesa de la computadora, dos repisas, cd, cables, muchos cables y conexiones increíbles que hacen que la alta tecnología parezca un juego de niños, dos ventanas, dos bombillos, dos cuadros, uno con un paisaje que el papa del Negro retocó con afanes de artista y por su puesto la puerta principal y una segunda puerta que nunca he visto abierta que va hacía el solar, donde la mascota vive, sobrevive, y prepara a diario su mercancía para salir a vender como buhonero, pues es la única forma que tiene de evitar comerse el pasto que crece y alguna que otra vez los cauchos y muebles de la camioneta que se mantiene inerte y fría al fondo del hogar.

Luego la cocina, es esplendida pues la comida del Papá del Negro es increíble, todo lo que nos prepara nos lo comemos, a veces pienso que después de una resaca y con el hambre que come las entrañas cualquier cosa es exquisita, pero no, la comida es buena y claro el viejo (gocho por cierto) hace de algunas legumbres un exquisito platillo que deslumbra el paladar.

La casa es indescriptible, pese a las palabras que se puedan decir y escribir no hay nada que se le parezca, es única, porque él está ahí, Gerardo el Viejo.

V La despedida

La noche llegó sobre mis hombros. La tristeza me amenazaba otra vez y fumé mientras trataba de hablar de otros temas con otras gentes, esas que conocía pero no recordaba, esas con quienes no dudo sonreí y comenté secretos, esas que una vez quise con el alma pero que silenciosamente fueron saliendo de mi cabeza enferma para no cambiar.

Hablamos del pasado y del presente y de un futuro que entrelíneas me comentaban sería en tierras lejanas donde ya no los vería, donde serían desconocidos para mí y yo para ellos, donde ser valiente no bastaba, donde serían eso que siempre fueron.

Cada tanto miraba por encima de todos el féretro y recordaba las palabras con las cuales hablaba con Gerardo el Viejo, solo una mueca se dibujaba en mi rostro mientras el cajón marrón y las flores turquesa me conminaban a acercarme para de una vez por todas cerrar mi ciclo y arrancarme un pedazo de corazón y dejárselo para que fuera compañía en ese lugar donde supongo debe estar, ese lugar que me cuenta mi madre que todos reímos y estamos tranquilos. 

Conté catorce pasos. Aún con la cabeza en dirección al  piso de granito llegue hasta el féretro y por fin lo vi. Sonreí y me despedí como en esos años de locura que me guarnecí en la casa de Gerardo Gómez, El Viejo.

Lloré como único subterfugio.

VI Epílogo

.- ¿Cuánto tiempo viviste aquí?

.- Ocho años y tres meses

.- ¿Qué piensas hacer allá en la tierrita?

.- No morirme, espero.

.- Es fácil morirse donde uno quiere

.- Pero aun no quiero.

.- Bueno. No te mueras todavía

.- Lo haré. Es una promesa que hago con esta cerveza en la mano.

.- ¡Yo no puedo prometer lo mismo!

.- ¡Voy a estar ahí cuando le toque!

.- Eso si lo sé. Es bueno no irse solo.

.- ¡Voy a estar ahí cuando le toque…!

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Decir de adioses

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Ha pasado el tiempo y me reinvento sin tu presencia. Es inadmisible no asegurar que otras bocas han mancillado mis labios sin obtener la respuesta inmediata que me daba la hiel que una vez probé de ti. Asiento que fueron segundos los que disfrutamos y me culpo incesablemente de los errores que jamás podré borrar de tus pensamientos.

Ha pasado el tiempo y descubro que la soledad reina en mí sin importar la compañía que se acerca displicente a mi cama algunas noches perturbadoras de cigarros. Un sorbo de vino tinto me hace desvariar y aún sueño despierto rozarte las manos y sentir el calor que necesito a ratos y no por siempre.

Las despedidas son más placenteras, siempre lo han sido en mi vida. Arrancarme el corazón y dibujarlo en palabras es más sencillo que presentarlo ante todos y gemir de dolor cuando en la oscuridad de un cuarto recuerdo los días de gloria y las pasiones de sonrisas encontradas.
Los recuerdos me invaden.

Es tu rostro el que me llama, y yo, muero por tomarlo y ocultarlo de todos. La palabra necesidad es una ilusión desaparecida hace tanto ya.  Intento olvidar lo inolvidable y solo quejas regresan a mi cabeza. El juego maquiavélico de tu tiempo retumba en mi estancia y, camino para librar otra lucha que pronto perderé sin palabras, gestos o llamadas esporádicas que nunca llegan a nada.

Ha pasado el tiempo y por más que lo desee tu aroma recubre mi cuerpo.  Ansío verte cada día como el primer día. Ansio besarte como el primer beso. Ansio tocarte como la primera vez que te toque, sin embargo, todo se vuelca contra mí y nuevamente me reencuentro con la despedida a cuentagotas que deje que pasara.

No necesito las migajas de tus sonrisas, no necesito los cuentos que no me interesan de tu nueva vida, no necesito la sencillez de tus palabras para obviar el interés perpetuo de verte y sentirte nuevamente.

Desaparezco con la intensidad de las luces sepia de mí transitar de amor. Espero una respuesta a mis llamados incesantes de volver sin querer hacerlo. No deseo el pasado que me hizo feliz, deseo el presente que me hará respirar tus ojos, observar tus dulces pensamientos y tocar tu silueta elocuente que me exige atreverme.

Las palabras se ocultan en risas sin sentido. El acostumbrarse a todo sin importar lo que dejamos destruir es sin lugar a dudas, el quehacer diario de no poder tocar la puerta de una casa que ya no existe.

Ha pasado el tiempo y ya no tenemos que decirnos. Ya no hay tema que ocupe ese espacio vacío que antes ocupaba mi sonrisa mientras fumaba. Quizá es cierto, la única huella indeleble de mi presencia se resume en un recuerdo baladí que para mi sigue siendo presente. Sigo fumando y sonriendo sin parar, esperando llenar algo que para mí también está hueco.
Es reprochable aceptar que mi presencia no genere algo más que mi vicio inocuo o es simplemente que mis pasos son tan tenues que nunca sellaron un episodio digno que malgaste por lo menos una maldición al aire que me recuerde.

Me resigno en pensar que hay algo más que no se debe recordar y por ello, simplemente me anulan las ganas con una oración tan insignificante que me hace sentir el olor a tierra mojada y el ocaso de una despedida que nunca debió ser.

Ha pasado el tiempo y me reinvento sin tu presencia. Quiero querer no quererte mientras en otras sonrisas busco la tuya. Divago en manos que me auscultan el cuerpo y el alma. Eres tú o soy yo a quien busco en realidad. A quién le temo. A quién extraño. A quién quiero ver en realidad sonriendo. A quién veo en el reflejo del espejo fumando y sonriendo. A quién debo reinventar para saciar este decir de adioses que sepulta tu recuerdo noche tras noche y se aviva día tras día con nuevas caricias, nuevos besos, nuevos deseos y prontas despedidas.

Ha pasado el tiempo y aún no me reinvento sin tu presencia. 

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Diario (Quién es quién)

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Día uno “¿Quién es la puta?” (El)

El sudor recorre mi cuerpo y me levanto como siempre a las tres de la mañana. Es una sensación nefasta que genera la culpa por alguna acción acometida y de la cual no tengo explicación.  Siempre me sucede. Me culpo y los espasmos hacen todo lo biológicamente existente para hacerme padecer, sin embargo, no hay nada que un baño con agua caliente y jabón azul no puedan lavar y despercudir.

Los últimos acontecimientos me han hecho entender que sigo siendo una puta descorazonada y sin sentimientos. Quizá las experiencias pasadas forjaron un corazón coraza, medianamente indestructible, nada a mi alrededor me hace daño o siquiera incite a emborracharme y llamar a las tres de la mañana a aquella mujer que una vez fue compañía infame.

Siempre he sido el señalado. Siempre he sido el malo de la película. Siempre he sido la mortecina de los sentimientos. Siempre he sido la llamada en momentos de desesperación. Siempre he sido la última opción. Siempre he sido el que vale cuando está y cuando no, es un recibo de luz caduco y sucio. Siempre he sido el causante de desgracias de vida alegre de niños jugando en el jardín y una casita con vista a la pradera. Siempre he sido y, esto no lo puedo negar, el pecado de mojigatas y el deseo de despechadas.

La vida me ha enseñado que hay alguien más puta que yo. Y lamentablemente siempre la he conseguido cercana a mí, unida a mí, parte de mí. La sospecha es incuestionable y me abrazo al deseo de la puta alfa, que no es más que mi conciencia retumbándome que somos uno solo y que de ahí, nadie me saca.

La culpa no me acompaña y la cobardía que hasta hace algunos días alguien quiso fecundar en mi corazón, se disipó con un soplo de realidad: nadie puede ser digno de mi cuando quieren ser como yo, o parecerse, o imitarme o equivocarse públicamente y querer aparentar ser decente y honorable. Lo que las diferencia de mí es que ni soy honorable, ni decente, ni siquiera moral, soy eso que critican y evitan por aparentar que no tienen macula.

Los cuestionamientos son parte recurrente de mis relaciones, siempre me confunden con un Don Juan cuando en realidad no paso de un espanta moscas de esquina, pero proyectan en mí una imagen que nunca les vendí, pero que asumen que soy. El secreto es que vivo como ellas temen todos los días vivir. Vivo libre, me siento libre, soy libre y sin pudor, por acciones que a muchos y muchas sonrojaría.

Hoy es un día peculiar. Respiro el mismo aire que todos pero soy el desecho. El que nunca cumplió con los sueños de las princesas de cuentos. Soy el árbol caído. Soy el príncipe gris y tenue. Soy el borracho de botiquín que nadie saluda. Soy la promesa no cumplida. Soy la despedida. Soy el mal recuerdo. Soy el agua contaminada. Soy la mosca en la sopa. Soy el último trago de ron. Soy el cigarro que sabe a azufre. Soy la perdición de los sentimientos. Soy a quien no quieren nombrar mientras en otros labios, otros brazos y otros cuerpos se revuelcan sintiéndose puras y cubiertas por el manto de la divina misericordia.

Mi defecto es ser como soy y eso las excita. Las pierde. Las mueve. Las paraliza. Las crucifica. Las desenmascara. Las hace ver como son en realidad. Las hace salir de las sombras. Las evidencia. Las señala. Las califica y las enumera para que sean una más de un sinfín de sudores que manchan mi cama, mi espejo y mi cepillo de dientes.

Una raya más en esa pared que se cubre de sombras de inmaculadas que de dientes para afuera me siguen señalando, pero que de dientes para adentro quieren parecerse a mí, pero son tan deplorables que no saben ni copiar los principios básicos de ser puta ,que no es más que solo serlo.

Camino nuevamente las calles que ya recorrí y descubro que nada ha cambiado.  Las mujeres que compartieron conmigo parte de mi esencia, terminan en un hueco deforme de contradicciones que las ubican donde siempre estuvieron: Un pedestal de barro que las sumerge en el muladar de sus miserias.

Este es mi primer día, de un diario que apenas comienza.

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