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El día que llegó la enfermedad a su cuerpo estaba en casa acompañado de una mujer que decía ser un oasis en el desierto de incertidumbre que lo consumía desde meses atrás.

Eran las 2 o 3 de la madrugada, el cuerpo ya sentía los embates de la vida bohemia, del insomnio perpetuo, de la exaltación intempestiva, del cansancio incipiente que nacía dentro. Sin embargo, la tranquilidad se consumaba con el calor corporal de otro ser humano que con insistencia aseveraba que el amor duraría toda la vida.

Asumió que era un diciembre por las luces y el olor a pólvora, en todo caso, se mantenía despierto viendo el techo a través de los reflejos imponentes de unos rayos que alumbraban toda la habitación. De pronto, una súplica de ayuda se escuchó, encendió la luz tenue y amarillenta y la vio, hermosa como siempre pero con un grado de desaliento que lo conmovió, la abrazó y se dispuso a ayudarla, le acariciaba su cuerpo frágil, su cara de princesa y se levantó a traer la medicina natural que la dejaría descansar y aliviaría su dolor.

Al abrir la puerta un frío de despedida y de odio se impregnó en su ser, como si estuviera esperando atento para adentrarse. Un dolor determinante le inquietó todas las entrañas, pero no vaciló y siguió caminando hasta la cocina. Preparó una poción mágica con dos limones en un vaso de agua y aún con el dolor se dispuso a llevárselo hasta la cama, ella, lo bebió y, con un precario movimiento de su mano, le dio las gracias. La tuvo entre sus brazos durante toda la madrugada mientras un fuego intenso se apoderaba de sus órganos y luego de sus ganas.

No paró de abrazarla hasta que la sintió plácidamente dormida.

Meses después se le preguntó por qué no dijo nada de ese dolor profundo que le aceleraba los nervios y deslastraba los sueños, él, nunca respondió.

Al otro día, la luz del imponente sol llegó y, ella, amante, compañía, subterfugio, retén y razón, agradeció el modesto gesto el cual era tan innovador para ella como cotidiano para él.

Vivían la pasión de los días sin suerte.

Se sintió halagado, pero más que eso se sintió tranquilo, sabía que podría pasar algo fuera de casa y tendría a quien recurrir rápidamente, la promesa de “siempre estaré allí cuando lo necesites, en las buenas y en las malas” curó su alma, pero el cuerpo seguía muriendo.

Día primero

La despedida ya estaba consumada y el afán por la compañía se hacía más distante.

Era sábado, la resaca del día anterior le había dejado secuelas de un terrible dolor de cabeza que retumbaba los sentidos. Solo, postrado en una cama sin dueño y con la compañía de la televisión, no podía mover un músculo, el aire estaba impregnado del olor añejo a cigarrillos de la juerga anterior y el sudor a licor traía remembranzas de la noche de mentiras y besos sin amor.

Se dispuso a salir del letargo, se levantó, se dirigió  al baño que solo quedaba a cuatro pasos de la cama. Llegó al lavamanos y al bajar la cara para limpiar las penas sentidas sin pudor, un hilo de sangre salió desde la nariz y se volcó en pequeñas gotas que caían al suelo.

Día segundo

El trabajo era arduo, o quizá sería el cansancio de hacer todo y no merecer nada.

Estaba en la mínima oficina donde laboraba junto a casi 40 estudiantes, los gritos, la música sin sentido, las quejas de todos, las reuniones interminables, el frío, el calor, todo… agotaban el alma.

Creyó que era jueves o lunes, quizá viernes. Se dispuso a salir a fumar a los pasillos sin respiración que adornaban el mamotreto universitario. Al encender el primer cigarro del día, sintió que algo caía de su boca. Huyó sin decir nada hasta el baño más lejano. Al llegar un vómito rojo y verde salía sin control. Durante más de media hora la sangre convertida en un líquido ocre se alejó de su cuerpo al igual que las fuerzas para reponerse.

Día tercero

El frío que da miedo.

Llegó al consultorio médico, luego de la auscultación de rigor la recomendación se centró en un estudio más profundo. Era algo como un invasor que ingresaría por la boca y buscaría frenéticamente entre los órganos dormidos quién los estaba acabando sin piedad.

Día cuarto

Los resultados.

Se dirigió al consultorio. Quizá tenía miedo.

Hizo una llamada para buscar el apoyo que una vez ofrecieron y recibió la primera bofetada de desprecio hecha mujer. Extrañamente era el Día del Periodista y al igual que todos los años el negarse a pagar la mensualidad a los hipócritas del CNP lo dejó fuera del cuadro de honor de los niños comunicadores que exhiben emocionados sus diplomas de mejores del año, pese a que siempre hacen lo mismo.

Llegó a la puerta y no entró, fumó una caja de cigarros antes, para tener el valor de lo que ya sabía que pasaría. Ingresó a la sala de espera y volvió a llamar esperando solo un palabra de atención que  lo hiciera divagar, pero la respuesta fue contundente “Hoy no puedo, estoy celebrando mi día”.

Cinco segundos después llamó el doctor y sin mediar palabras le entregó un sobre amarillo con los resultados.

Día quinto

Hoy se siente mejor.

Escribió su carta de renuncia y sin ningún argumento sólido la entregó, pensó que tenía que ir en búsqueda de quien lo cuidara y tomó las previsiones de rigor. Dinero, maletas, ropa, zapatos y por supuesto algo de amor.

Todo estaba listo.

Días después sería la despedida radical de sus dolores, pues tendría la compañía gustosa con quien librar la batalla que se aproximaba. Aún con el resultado de su extraña enfermedad en el bolsillo no creía lo que estaba pasando, solo se reconfortaba al reflexionar acerca de lo que vivió y que quizá no viviría más.

Día sexto

Hoy no pudo salir de casa.

Durante toda la noche vomitó sangre, orinó sangre, vio sangre, probó sangre y se desmayó durante toda la mañana y buena parte de la tarde.

Día séptimo

Regresó al consultorio y al frío que da miedo.

Ya ha pasado un mes sin saber nada de aquella mujer que le juró amor. Pero no le importa, ya sabe que no volverá, solo lo consume el chismorreo constante de su nuevo amante, quien además de ser un desconocido es un fantasma que quebranta la ya mancillada salud.

En realidad desconoce si lo odia o lo admira por su valor inconmensurable de conquistar un terreno ya profanado. No puede desearle suerte, pues estaría en contra de su credo. Pero si anhela que tenga satisfacción, pues es lo único que podrá encontrar en eso.

Día octavo

Comenzó la crisis. Dos pastillas verdes.

Las colocaron en su mano como una advertencia de lo que vendría. Las sugerencias de rigor. Se toma la primera  y descansa, luego, al pasar diez minutos tomas la segunda.

.- Así nada más -asintió-

.- Sí, es todo. Contestó la hermosa enfermera, que más que experta en atenciones a pacientes en declive, parecía una de las chicas rubias que promueven en las revistas para adultos que nunca le han gustado pero que siempre llaman su atención.

Día noveno

Pérdida de los sentidos.

En un principio no sentía nada extraño. Seguía la vida con toda naturalidad. De pronto, los colores se tornaron grises, la textura era imposible de diferenciar, el sabor de los alimentos era insípido y la compañía sexual solo era un tiempo de espera para la peor: la abstinencia por necesidad.

Los olores se confundían con los colores y los colores con los nombres. Los nombres con las ciudades, las ciudades con los carros y los carros con los animales. Todo era confusión que solo disimulaba con quedarse callado para no proporcionar pistas que llegaran a lo temido: hablar de la enfermedad.

Día décimo

La soledad.

La noche era su refugio. Luego de probar algo que parecía pollo pero sabía a langosta y que luego conoció como pan. Sintió como desde dentro de su estómago un animal escudriñaba todo a placer, las ansias de salir eran tales que el vómito se apoderó de toda resistencia.

La sangre corrió. Las fuerzas huyeron y con ella las ganas de seguir el nefasto tratamiento que solo retrocedía.

Llegó al hospital y sobrellevó la alucinación del ángel de la oscuridad quien le susurraba al oído:

“Solo estamos los dos como en los viejos tiempos” ¿ Recuerdas?

Día undécimo

Un sueño perdido.

Se acercó a una camilla y todo se tornó en blanco y negro. No pudo distinguir el líquido que cubría buena parte de su ropa.

Después la nada.

Día duodécimo

Siguió dormido.

Soñó con sus hijos que le repetían que lo amaban.

Creyó escuchar a alguien llorando, pero al desestimar que era por él, reconoció a los fantasmas de su pasado reciente que lloraban alegres mientras los temblores hacían sucumbir su cuerpo.

Día décimo tercero

Otro día sin despertar.

Una luz se acercó y le dio una oportunidad.

Día décimo cuarto

Un días más sin nada porque abrir los ojos.

.- ¡Reacciona! Se gritó desde adentro.

.- Y despertó.

Día décimo quinto

El despertar.

Sintió que algo oprimía su pecho. Los brazos no respondían y el solo hecho de abrir los ojos hacía daño.

Despertó solo.

Recordó que siempre en las buenas y en las malas estuvo cerca de quienes lo necesitaron. Pero este día regresó a su corazón algo que creyó olvidado: Odió otra vez a todos y padeció la farsa de las lágrimas sin sentimientos.

Maldijo la buena suerte de los demás y juró no extrañar más, no pensar más. Solo recuperarse o morir sin importar nada.

Día décimo sexto

El morir.

Morir no es bueno ni malo es solo ideal.

Llegó a casa nuevamente. El tratamiento despiadado lo hacía delirar, por ello, optó por solo utilizar monosílabos en las conversaciones familiares. De esta forma, se protegía de los comentarios sentimentalistas que nada bueno podrían hacerle.

Las terapias habían sido asignadas tres veces por semana y, dos veces por mes, una endoscopia, para prever que pudiera crecer dentro.

Algunas veces se sentía fuera de este mundo. Dopado con las pastillas y con una manguera en la boca trataba de recordar las cosas buenas que había hecho y de los buenos amigos que había cosechado, pero ninguno estaba cerca para tomarle de la mano y decirme que todo mejoraría, trataba de repetírselo constantemente pero llegaban a su mente destellos de abandonos, destellos de injusticias, destellos de rencor, destellos de mujeres encerradas en baños dándose golpes de pecho, pero rogando a Dios que se perdiera, que se retirara rápido para sentirse libres de quien ahora solo padecía del daño interior.

Lloraba mucho hasta quedarse dormido y en los sueños lloraba para no despertar y encontrarse con la oleada de realidad que importunaba y lastimaba como una lámina candente en el pecho.

Día décimo séptimo

Lo inevitable.

Perdió 8 kilos en dos semanas.

Cada vez era más la creciente marejada de pesimismo que bordeaba el alma. Nadie llamaba para preguntar qué pasaba y cuando lo hacían, reía mucho a fin de evitar el lamentable comentario de pobre no merece esto.

Algunas veces entre líneas pedía auxilio, pues su orgullo estaba por encima de cualquier contingencia física o mental.

Día décimo octavo

La palabra.

El comentario voló como los pájaros durante la lluvia.

De repente todos sabían que tenía y que no tenía. Los rumores de la muerte se acrecentaron a tal punto que las llamadas no cesaban. Quizá todos tenían un gramo de inquietud en sus corazones y querían despedirse dignamente.

Para ese momento las terapias eran menos tolerables y desconectó cualquier comunicación para descansar de los pésames a priori.

Día décimo noveno

El riesgo.

Inhaló el humo  asesino de un cigarrillo a escondidas de todos.

Se escondió tanto que su cuerpo no se dio por enterado de lo que pasaba.

Evitó espejos, evitó reflejos y destellos de luz en su cara, evitó la vida como la conocía, evitó a la gente y se evitó.

Hizo una promesa.

Día vigésimo

Cumplió su promesa murió quizá pero nació otra vez.

Ya la tempestad estaba acabando y crecía dentro de sí algo más que lo innombrable.

Crecía la tranquilidad y el plan era regresar.

Meses después

Está lleno de collares de hippie y pulseras. Se siente libre.

Desde su montaña se ve toda la ciudad. Vive rodeado de seres que no conoce y lo respetan. Durante un mes ha estado de nuevo con su pasado de lucha ingenua. Ha librado batallas con fantasmas, ha cruzado paredes, ha pintado grafitis, ha experimentado la adrenalina en su cuerpo.

Ha cambiado.

Dicen que su mirada es turbia, fría y sin compasión.

Cada vez que faltan 15 minutos para las doce de la medianoche, se despoja de su camisa y sus collares quedan al descubierto, el frío es terrible, la neblina cubre todo.

Enciende un cigarrillo y recibe al nuevo día con la cara en alto y con humo en los labios. Luego la lluvia llega y levanta los brazos para estar cerca de cada gota.

Desde una esquina de la montaña que sirve como refugio una voz femenina lo llama con insistencia, él, se acerca a tientas donde el sonido se pierde y alguien lo toma, lo abraza,  lo cuida como un niño, seca cada gota con su cuerpo, lo viste nuevamente, lo llama por un nombre extraño que solo sabe que es para él, lo besa en los labios, le miente al oído, le recuerda que todo estará bien, grita que siempre estará a su lado, lo recuesta en su regazo, lo ama y no la conoce.

Respira profundo y solo piensa que es mejor así.

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Opinión

«MOZART HA MUERTO»

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Por Jaime Bayly:

Conocí a Alan García en 1984. Era diputado y candidato presidencial. Tenía apenas 35 años. Yo tenía un programa de televisión. Se llamaba «Conexiones». Pertenecía a una generación posterior a la de Alan: contaba 19 años.

Lo entrevisté en una convención de empresarios. Quedé impresionado por su inteligencia, su elocuencia y su simpatía. Era un mago con las palabras, un hipnotizador. Había nacido para seducir. No había quien se resistiera a sus encantos. Parecía imbatible. Lo era.

Poco después, volví a entrevistarlo en su casa. Vivía en una torre moderna en la avenida Pardo de Miraflores. Conocí a su esposa Pilar. Argentina, cordobesa, hija de un gobernador de Córdoba, me pareció una señora tan bella como distinguida. Poseía una elegancia natural. Luego de la entrevista, Alan me mostró algunos libros de su vasta biblioteca. Citó de memoria varios poemas de Neruda. Recitó el poema de Neruda, «Alturas de Machu Picchu». Quedé arrobado con su vasta cultura, infrecuente en un político de mi país. Sentí genuina simpatía y admiración por él. Pensé que hasta podía votar por él. Estaba equivocado. El destino se ocupó de torcer esos planes, sabotear esa incipiente amistad.

Un líder histórico de su partido, Andrés Townsend, hombre de honor, que había fracasado en su intento de ser candidato presidencial en las elecciones de 1980, me llamó a su casa, diciendo que debía transmitirme un mensaje urgente. Acudí, presuroso. Townsend me llevó a su biblioteca y dijo:

–Alan está loco. Sufre de trastornos mentales. Tenemos que impedir que llegue al poder. Sería una catástrofe para el Perú.

Luego me contó que Alan había sido internado varias veces en la clínica San Felipe de Lima, donde lo habían sometido a la cura del sueño, durmiéndolo con sedantes para que saliera de profundas crisis depresivas, o para que se calmase de virulentos estallidos maníacos, o para salvarlo de hacerse daño. Le prometí a Townsend que usaría esa información tan pronto como pudiese.

–Tienes que preguntarle si le han hecho la cura del sueño –me dijo-. El Perú tiene que saber que es un loco peligroso.

Quedé muy perturbado luego de aquella conversación. Los dueños del canal, tres hermanos encantadores, veían con simpatía a Alan, y uno de ellos era su íntimo amigo y confidente. Yo sabía que, si le hacía esa pregunta a Alan, estaría en problemas. Sin embargo, sentía que mi misión era informar a los peruanos de aquella zona oscura del candidato favorito para ganar la presidencia.

Una semana antes de la primera vuelta electoral, uno de los dueños del canal me dijo que Alan daría su última entrevista de campaña en un programa llamado «Pulso», que se emitía los lunes por la noche. En ese programa había un moderador y un panel con cuatro periodistas que hacían las preguntas. El dueño me pidió que estuviera en el panel y preguntó:

-¿Lo vas a tratar con cariño, no?

-Sí, claro -le dije.

Pero estaba mintiendo. Porque horas antes de que el programa se emitiera en vivo, decidí que haría la pregunta kamikaze, aun a riesgo de que me despidieran. No solo pretendía que Alan se viese obligado a confesar que sufría de trastornos mentales y le habían hecho la cura del sueño, sino, vaya si era ingenuo, quería evitar que llegase al poder. Me creía tan poderoso que pensaba: si le hago la pregunta y lo humillo y queda en ridículo, perderá las elecciones y yo quedaré como un héroe. Me enternece recordar la estupidez de mi candor.

Cuando el moderador me concedió el turno de mi primera pregunta, hice acopio de valor y pregunté:

-¿Alguna vez ha estado internado en una clínica de salud mental? ¿Le han hecho la cura del sueño?

–Su pregunta es un golpe bajo que no voy a responder -dijo Alan.

Tan pronto como terminó el programa, mis compañeros del panel me dijeron que me había metido en unos líos serios. Tenían razón. Días después, cuando Alan ya había ganado, uno de los dueños del canal me llamó a su despacho y me dijo que, si quería continuar trabajando en esa televisora, solo podía hablar de política internacional, ya no de política peruana y, sobre todo, no de Alan García, quien, como era previsible, arrasó en la primera vuelta de un modo tan abrumador, empequeñeciendo a sus adversarios, que no hubo ya necesidad de ir a una segunda votación. Alan llegó al poder, juró como presidente, redimió a su partido de los fracasos históricos. El país entero estaba rendido a sus encantos, hincado de rodillas ante él. Yo no podía aceptar la censura que me imponía el canal. Renuncié. Me quedé sin trabajo. Ningún canal quería contratarme, sus dueños temían que esa insolencia les costase caro. Alan me había derrotado.

Semanas después, tuve la extraña fortuna de que me contratasen para presentar un programa de política internacional que se grababa en Santo Domingo. Se llamaba «Planeta 3» (porque el tercer planeta del sistema solar es la Tierra, qué nombre jalado de los pelos). Era un programa de política internacional. Yo era el moderador y tenía tres invitados en un panel, a quienes sometía a mis preguntas. Viajaba todos los meses a Santo Domingo para grabar el programa. Los cinco años que duró el primer gobierno de Alan, estuve fuera de la televisión peruana. Vivía entre Lima, Santo Domingo y Miami, siempre en hoteles.

Cuando Alan todavía gozaba de una prolongada luna de miel con los peruanos, allá por 1986, uno de los dueños del canal intentó que nos reconciliásemos. Me pidió que viajase a Nueva York y me presentase en el hotel Waldorf Astoria, donde estaría alojado Alan, quien hablaría en Naciones Unidas, y le pidiese una entrevista y presentase mis disculpas por la pregunta sobre su salud mental.

-Alan te va a perdonar -me dijo el dueño-. Y te va a dar una entrevista. Pero tienes que comenzar disculpándote.

Viajé a Nueva York. Me presenté en el Waldorf Astoria. Mi plan era pedirle la entrevista: si me la concedía, no me disculparía y le haría de nuevo la pregunta que no había querido responder. Me anuncié en la recepción. Me dejaron esperando un par de horas. Cuando finalmente entró Alan caminando con paso imperial, mirando desde el olimpo de sus dos metros de altura, quise acercarme a él, pero dio instrucciones a sus custodios de que lo impidiesen. Me miró con desdén. Luego entró en el ascensor, me dirigió una última mirada envanecida y las puertas se cerraron. No hubo disculpas, reconciliación, entrevista. Alan tuvo la astucia de sospechar que, si me daba la entrevista, yo no me replegaría, seguiría incordiándolo. Por eso no quiso dignificarme y me hizo sentir un bicho, un insecto. Esa noche, en un bar, una reportera de televisión muy guapa, consentida de Alan, me hizo una confidencia:

–Alan me ha dicho que él es Mozart y tú eres su Salieri.

Me dolió. Me sentí humillado. Pero era verdad: Alan era Mozart, un genio absoluto de la política, la seducción, la hipnosis colectiva, un hechicero, un mago. Yo era su Salieri envidioso, rencoroso: nunca podría ser tan brillante y encantador como él, estaba demasiado lastrado por mis vicios, defectos e imperfecciones como para alcanzar las cumbres del poder, la gloria inmortal. Yo hubiera querido ser como él, un político de formidable talento, pero ya entonces sabía que, además de las mujeres, me gustaban también los hombres, algo que me esforzaba tontamente por encubrir, y por eso comprendía que nunca llegaría a ser un presidente amado, adorado, como Alan. Recuerdo que aquella noche, en el bar de Nueva York, le dije a la reportera:

-Yo no aspiro a la gloria de la política. Yo quiero ser un escritor. Estoy escribiendo un libro. Yo no soy su Salieri, porque aspiro a la gloria del escritor.

Pero estaba engañado: en verdad, Alan era Mozart y yo era su Salieri. Una vez más, me había derrotado. Su inteligencia y su astucia me sobrepasaban largamente.

El tiempo puso las cosas en su lugar. Su paso por el poder, a tan precoz edad, puso en evidencia que no era una persona del todo estable. Yo tampoco lo era. No sabía entonces que era bipolar, quizás como el propio Alan. Es decir que la nuestra fue una pelea épica de dos locos que no sabíamos que estábamos locos.

Años después, en 2001, cuando Alan había regresado de París y era nuevamente candidato presidencial, y había pasado a la segunda vuelta contra todo pronóstico, enfrentando al cachafaz de Alejandro Toledo, fui a visitarlo a la casa de su partido. Me recibió en privado. Nos dimos un apretón de manos, nos confundimos en un abrazo, nos perdonamos, olvidamos los agravios del pasado, enterramos los rencores. Alan se sentía un ganador, una criatura mitológica: había salvado la vida, pues Fujimori ordenó matarlo, y escapado con astucia de la sañuda persecución de esa dictadura, y ahora estaba de regreso, cerca de volver al poder, acallando a sus enemigos y envidiosos de toda la vida. Yo también me sentía un ganador, en cierto modo: había conseguido ser un escritor, publicado varios libros en España, y la crítica en ese país había sido benévola con mis novelas, y ahora hacía un programa de éxito en Lima, «El Francotirador». En un gesto de gratitud y caballerosidad, correspondiendo a la visita que le hice, Alan me concedió una entrevista de una hora en televisión. Vino al estudio con Pilar, su mujer. Me atreví a hacerle de nuevo la pregunta de 1985. Negó que tuviese problemas mentales. Le recordé que me había censurado. Lo negó. Le pedí que pidiera disculpas por su primer gobierno paupérrimo. Lo hizo. Cuestioné su vida desahogada en París. Se defendió con sagacidad. Al final de la entrevista, no éramos amigos, pero tampoco seguíamos siendo enemigos. Improbablemente, nos habíamos reconciliado. Alan ya no era tan soberbio como en su juventud. La larga travesía por el desierto había rebajado el tamaño colosal de su ego.

Cinco años después, cuando pasó a la segunda vuelta con el chavista de Ollanta Humala, apoyé públicamente a Alan y voté por él. Luego, ya siendo presidente, me burlé sin compasión de él todos los domingos desde «El Francotirador». Alan no llamó al dueño del canal a quejarse, a pedir que me sacasen del aire. Había aprendido la lección. Había forjado una tolerancia a la crítica, aprendido a ser un estadista que entendía el papel irritante de la prensa, que debía ser hostil a quien ocupaba el poder.

Mis críticas feroces, bromas desalmadas y dardos envenenados no le hicieron demasiada mella, no socavaron nuestra amistad o, cuando menos, no erosionaron nuestra alianza de mínima cordialidad. No me guardó rencor. No me sumó a la lista negra de sus enemigos. Entendía que su oficio era administrar el poder y el mío, criticarlo, burlarme de él.

Sé que no me guardó rencor porque, al final de su segundo mandato, cuando mi nombre apareció entre los candidatos presidenciales más favorecidos en las encuestas, le pedí una cita secreta y me recibió en la casa de gobierno a medianoche. Le conté, ya casi como amigos, deslizándonos al terreno de las confidencias, mis problemas de salud mental, de bipolaridad e insomnio, y hasta enumeré las pastillas que tomaba. Le dije que no sabía si debía inscribirme como candidato. Me animó resueltamente. Me dijo que tenía la oportunidad de pasar a la historia. Habló de la gloria insuperable de servir a los más pobres. Dijo que podía ganar, si defendía una agenda liberal y me convertía en el candidato de los jóvenes. Fue sumamente generoso conmigo. Me aconsejó en tono paternal, sentí que me tenía genuino afecto. Dijo que, si me lanzaba como candidato, él me apoyaría.

Pero yo no sabía si lanzarme o no. Temía que, si me lanzaba, dejaría de ser un escritor. Temía que, si entraba en política, nunca más conseguiría salir de esa ciénaga en la que acababan hundiéndose culpables e inocentes, héroes y villanos. Temía que la descomedida pretensión de la gloria me condujese al precipicio, al despeñadero.

En medio de aquellas tribulaciones, invité a Alan a cenar en mi casa de San Isidro. Vino con su novia, una mujer encantadora. Volvió a animarme para ser candidato presencial. Me recordó que debía defender una agenda moderna, libertaria, que capturase la imaginación de los jóvenes. Le dije que no tenía dinero para financiar la campaña. Se rio. En tono paternal, me dijo que, si inscribía mi candidatura y despuntaba en las encuestas, la plata llegaría sola, pues los empresarios más poderosos solían precipitarse a financiar las campañas de los candidatos con posibilidades de ganar. Tenía razón. En efecto, la plata llegaba sola. Poco después, el representante de Odebrecht se ofreció, en una cena en el club Nacional, a financiarme la campaña presidencial. Para comenzar, podía darme un millón de dólares.

-Tú entiendes que no es una donación, sino un préstamo -me advirtió.

Era evidente que, si yo ganaba, lo que parecía harto improbable, dado mi historial de escándalos, mi conducta disoluta y mis trastornos bipolares, tendría que pagarle la deuda, concediéndole obras públicas millonarias.

Por suerte, tomé la decisión de no inscribir mi candidatura presidencial. Recordé lo que le había dicho a la reportera en Nueva York: yo no quiero ser un político, quiero ser un escritor.

Aquella fue la última vez que vi a Alan: en mi casa de San Isidro, en Lima, en 2010. Luego nos distanciamos: conté en una columna que me había espoleado a ser candidato, diciéndome que la plata llegaría sola. No debí hacerlo. Fue una infidencia. Era una cena íntima y lo que allí se habló debió preservarse en secreto. Pero no soy bueno para guardar secretos: mi familia lo sabe bien.

Esa noche, en mi casa, Alan me dijo que creía en la vida eterna, que a menudo se le aparecía el espíritu de Haya de la Torre, el fundador de su partido, que estaba seguro de que se reuniría con Haya y con su padre, Carlos, en la vida eterna. Espero que ahora se encuentre en tan buena compañía.

Alan: fue un honor ser tu enemigo y brevemente tu amigo. Te extrañaré. Que Dios se apiade de tu alma y te conceda el descanso eterno que mereces.

Mozart ha muerto. Salieri no se alegra.

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Opinión

Inconsciente

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De inmediato se percató que no estaba en su hábitat. Calles desconocidas, gente inexplicablemente llena de ira en sus rostros, otras por el contrario con una sonrisa espléndida que negaba, a simple vista, que morían por dentro.

Carente de cualquier motivo para seguir caminando se detuvo en una vieja plaza. Los gritos de los niños, el alarido recurrente de los heladeros y uno que otro ladronzuelo que atacaba despiadadamente a los descuidados ancianos era parte de esa realidad que hoy sin saberlo lo acompañaba.

Un cigarro a medio fumar que encontró en un bolsillo de su chaqueta de cuero sirvió para iniciar una retorcida y penosa elucubración. Quiso infructuosamente adentrarse a sus recuerdos y no consiguió más que divagar acerca de los hechos que lo marcaron. Extrañamente el temor de lo desconocido no lo preocupó y siguió observando plácidamente todo aquello que lo rodeaba. Divisó a lo lejos una cara conocida. La vio dirigirse rápidamente hacía él y con el afán de los perseguidos lo tomó de un brazo bruscamente y lo conminó a dirigirse a un vehículo cercano que siempre estuvo allí,  pero como el mismo aire que se respira, se siente, pero no se conoce.

En el interior, dos personas más estaban celebrando alegres, con vino y mujeres. No pregunto a dónde lo llevaban. Le quitaron su chaqueta roída y con marcas del tiempo. Un traje oscuro como la muerte le fue cambiado por sus harapos. Sintió la tranquilidad de los enamorados y la desesperación de los abandonados.

Dos sentimientos encontrados que lo hicieron dudar por primera vez.

Al levantar su rostro vio un cúmulo de personas que rezaban alrededor del vehículo. Preguntó qué pasaba, pero las risas continuaron y una copa de vino cerró cualquier diálogo.

El viaje culminó.

El terror lo agobiaba. Una puerta abierta. Unos gritos de entusiasmo y un empujón desde adentro lo hicieron integrarse otra vez con la personas.

Recordó todo.

Tomó una rosa y la entregó a una hermosa dama que lo esperaba.

¡Bienvenido!, ¡bienvenido! Los gritos de euforia acompañados de cantos de hermosos ángeles lo despertaron.


Inició su camino a la nada.


Una voz de ultratumba le preguntó:


.- ¿Qué hiciste en tu vida? Y sólo una respuesta pudo llegar a su mente.


.- Vivirla como se pudiera.


El coro de ángeles desafinó y un grito desgarrador lo despertó.


¡Está vivo!

Levantó su cara completamente llena de sangre y vinieron a su mente el vehículo, las mujeres, el licor y la fiesta de tres días que terminaba con este accidente peculiar, en una ciudad sin nombre y cerca de la celebración de un matrimonio. Claro, su matrimonio.

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Opinión

Respira

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El día que morí me hacían falta 48 años para nacer.

Hoy me levante y Celia no coló el café como de costumbre, la busque en su cuarto y el olor a dulce de lechosa invadía todo el recinto, una humareda de incienso se consumía en el rincón donde siempre se coloca el espejo los días domingos para que ella, mi Celia, se peine su largo cabello mientras prueba casi sin darse cuenta el dulce de lechosa que solo prepara cada mes para acicalarse después de venir de misa.

Dice que así se empieza un mes con sabor y belleza.

La vi en la cama y la ventana abierta dejaba entrever parte de la montaña fría que nos arropa casi a diario en esta tierra que ahora es parte de nuestra vida. Yo cultivo café y mi Celia enseña en la escuela. Jamás llega tarde y ahora menos que es fin de año y prepara las actividades de los niños. Ella me enseñó a leer y escribir y ahora ya puedo hacer negocios para comprarnos una finca y trabajar para nosotros.

Ya falta poco y Celia y yo lo sabemos.

Pero esta mañana, víspera de noche buena, Celia permanece acostada en su larga cama mirando el techo a través del toldillo, apretando las muelas y con las manos en forma de puños sujetando un papel que trato de quitarle de las manos pero no se deja, pues no la he besado en la frente y rozado sus mejillas como ella le gusta.

Somos extraños con códigos indescifrables para decirnos esos secretos solo nuestros.

La besé y roce sus mejillas y fue allí que mi Celia abrió las manos y una sonrisa gélida se dibujó en su rostro, un papel rodó por la cama y calló al piso. Lo tomé con temor, con ese temor de los hombres que nos hacen movernos cuando queremos estar estáticos y nos hacen quedar estáticos cuando queremos movernos.

Y fue allí que leí las palabras.

“Como eres tan bruto te informó que morí, el cuerpo me traicionó y este 23 de diciembre de 1915 me despido. Has los arreglos para que me entierren cerca de mi mamá y por favor que no lleven girasoles. El café está en la puerta izquierda del ceibo y el tabaco lo debes tener cerca de la letrina como siempre. Vísteme de azul y no llores frente a nadie. En la última noche prepara arroz con pollo y dulce de lechosa y luego vete de aquí, sin mí ya no perteneces a ningún sitio”.

Y fue en ese preciso momento que entendí que Celia se murió y era la hora de vagar sin rumbo buscando esa esencia perdida. Me negué a leer, a escribir a vivir sin ella y durante diez años me volví, más bruto, más calvo, más ciego, más borracho y más solo.

Un día me invitaron a comer dulce de lechosa y entendí que el final me acechaba. Recordé la noche que Celia prendió el incienso, dejó la ventana abierta y abrió la puerta no sin antes levantar el toldillo para esperarme. Era un 15 de julio de 1925 y morí sabiendo que 48 años después nacería solo para seguir buscando a Celia, mi Celia, para encontrarnos, besarnos en la frente y rozarnos las mejillas como nos gusta.

Espero que el nuevo yo, el de más adelante, sea mejor y pueda encontrarla.

I

El día que murió le hacían falta 23 años para nacer.

Hoy nació el hijo de Cristina es un flacucho de ojos penetrantes que solo llora del hambre, porque Cristina pasa hambre y más con ese marido maleante que se buscó. Yo siempre le dije, comadre, no se fije en esos que se paran en esquinas y fuman, esos nada bueno tienen para ofrecer, pero ella, como siempre, metió la pata y ya ve nació este pendejito feo y flaco.

Yo quiero a Cristina, pero querer no significa que no le diga las cosas como son.

Hoy cumple años mi ahijado, el hijo de Cristina, cinco años ya. Yo no quería ser madrina pero Cristina no tiene amigas y qué más da me tocó a mí, a la única. Esta cruz que una lleva por ser buena. Me vine a la fiesta con Celia, mi Celia, mi única hija, ella tiene seis años y le gustan estas reuniones y yo sola, como el Mauricio se fue a Colombia a buscar suerte hace siete años y no apareció más, pues me corresponde ser madre y padre. Y eso que este desgraciado no se paraba en la esquina y no fumaba.

Yo me quiero mucho, pero quererme no significa no decirme mis cosas como son.

Hoy se partió un brazo mi ahijado, el hijo de Cristina, el papá que nunca le había regalado nada y nunca había aparecido en 15 años, llegó con una moto,  y en dos horas ya mi ahijado era un experto bólido y lo peor es que invito a mi Celia a dar una vuelta y la fufurufa esta se fue. Ahora están los dos golpeados y la comadre y yo en la sala de espera para poder verlos. La comadre no llora, solo ve un punto fijo y sonríe, sabrá Dios por qué. Mi ahijado no termino la escuela y es Celia quien lo enseña a leer y escribir, dicen, en su sueño de juventud, que se van a ir del país para poder trabajar para ellos mismos.

Yo quiero mucho a mi Celia, pero el ahijado ya fuma y se para en la esquina.

Hoy Celia me dijo que se iba a vivir con mi ahijado y como ya tiene 20 años no puedo detenerla. Mi Celia es profesora de primaria y mi ahijado trabaja en el campo recogiendo unas hojas que le dan un bienestar superior a quienes estudiaron. El sigue fumando y parado en la esquina. No me gusta con quien habla y menos todas las cosas que compra. Mi ahijado es un ladrón que anda en malos pasos. Cristina no me habla pero la sigo queriendo.

Yo quiero mucho a mi ahijado pero eso no quita que lo odie por llevarse a Celia.

Son las seis de la mañana del 23 de diciembre de 1950 y un escándalo me despierta con el corazón en la mano. Desde que Celia se fue a vivir con mi ahijado duermo en la sala pensando y creyendo que uno de estos días volverá. Como puedo me levanto y abro el postigo de la puerta, una cara de espanto se acerca con rapidez y me dice: ¡comadre abra que está llena de sangre!

Tiemblo mucho y oigo la voz de mi Celia.

Cristina y mi ahijado sujetan a mi hija, mi única hija, por los hombros y la recuestan en el catre que tengo en la sala. Cierran la puerta con violencia y veo como los dos lloran tomando la cara ensangrentada de mi Celia, quien con un hilo de vida les dice que huele a dulce de lechosa e incienso y, que hoy va a morir, sabiendo que va a dejar a mi ahijado solo y eso le hace temer. Ruega que la vistan de azul para su entierro, que en la última noche hagan arroz con pollo y dulce de lechosa. Que nadie llore y que mi ahijado, el causante de esta tragedia huya, que corra sin detenerse, que no mire atrás, que se pierda en otras tierras, pues sin ella cerca, el ya no tiene rumbo y no pertenece a ningún sitio”.

Yo quiero mucho a Cristina y a mi ahijado pero desee que la bala que mató a Celia los hubiese matado a ellos.

Hoy se cumplen diez años de la muerte de mi hija y mi ahijado delira con la fiebre que ya tiene una semana en su cuerpo. Solo habla de mi Celia y de Cristina, que hace dos años murió arrodillada en el confesionario pidiendo un perdón que no se merecía. Yo veo como llora de desconcierto, después de perderse tanto tiempo de todos venir a aparecerse en esta casa roída por la tristeza para morirse no debe ser normal.

Yo odio a mi ahijado pero eso no quita que lo acompañe en sus últimos momentos.

El doctor me toma de la mano para decirme que tenga resignación, mientras veo como el causante de mi soledad ya no habla, ya no respira y cierra sus manos en forma de puño, apretando las muelas mientras un olor a dulce de lechosa e incienso no nos deja respirar. Recuerdo las palabras de mi Celia y hoy, 15 de julio de 1925 veo morir al amor de su vida sabiendo que 23 años después volverá a nacer solo para seguir buscando a Celia, mi Celia, para encontrarse, besarse en la frente y rozarse las mejillas como les gustaba.

Espero que mi nuevo ahijado, el de más adelante, sea mejor y pueda encontrarla.

II

Tranquilas todas, aún no he muerto.

Dicen que mi nombre es vulgar que cualquiera lo tiene y lo peor es que es cierto, sin embargo, no todos los que tienen mi nombre pueden ser como yo o no hacer nada como lo hago yo con tanta destreza. Soy un amante furtivo, un hombre que busca algo o alguien. Soy una bala pérdida, soy el caos, la perdición, la locura, el desamor y la compañía imperfecta. Soy el recuerdo que no se borra. Soy un eterno buscador de oro.

Camino a diario por el cementerio. Es un oficio peculiar que no todos tiene el valor de hacer, pues yo busco recuerdos. Busco los recuerdos de una vida que me dibujaron y aún no logro encontrar. Busco algo o alguien que me pertenece y que solo siento cerca cuando el sabor a dulce de lechosa roza mis labios o el olor a incienso me envuelve en su hechizo idílico.

Sueño con brujas que me besan y me muerden y al despertar siento el dolor en mi piel. Mi sueño se hace realidad. Las escucho reír y algunas veces llorar cuando una mujer toca mi cama. Son ellas las que me mantienen caminando a diario por el cementerio, es el único lugar donde no las oigo, donde no pueden hacer daño, o cuidarme, o amarme, o desearme.

Mis recuerdos de ese algo o alguien me atormentan pues cada día encuentro una nueva pista que me sumerge en campos de café, en escuelas de primaria, en gente leyendo, en despedidas, muertes, risas, sangre, comadres, odios y un nombre que me desconcierta, ese algo o alguien es Celia.

A Celia, mi Celia, la busco en cada cuerpo, cada boca, cada sonrisa, cada caricia y la encuentro dormida en otros nombres que son armonía y desazón. Todas tiene algo de ella, pero ninguna se acerca, se asemeja, se parece, pues mi Celia hoy yace en un hueco oscuro cubierta de tierra.

Hoy me mantengo devorando dulces de lechosa y cubierto de incienso esperando lo inevitable. Ahora más bruto, más calvo no me niego a leer y creo que ya han pasado 20 años sin que nadie venga a buscarme para iniciar otra vez en otra época donde por fin compraré la finca y me iré con Celia a trabajar por nosotros.

Soy yo el de ahora, el de más adelante o el que se quedó atrás perdido en un tiempo que no es mío pues sin ella, ya no pertenezco a ningún sitio.

fantasmasazules.blogspot.com

@benemerito2010

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