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El día que llegó la enfermedad a su cuerpo estaba en casa acompañado de una mujer que decía ser un oasis en el desierto de incertidumbre que lo consumía desde meses atrás.

Eran las 2 o 3 de la madrugada, el cuerpo ya sentía los embates de la vida bohemia, del insomnio perpetuo, de la exaltación intempestiva, del cansancio incipiente que nacía dentro. Sin embargo, la tranquilidad se consumaba con el calor corporal de otro ser humano que con insistencia aseveraba que el amor duraría toda la vida.

Asumió que era un diciembre por las luces y el olor a pólvora, en todo caso, se mantenía despierto viendo el techo a través de los reflejos imponentes de unos rayos que alumbraban toda la habitación. De pronto, una súplica de ayuda se escuchó, encendió la luz tenue y amarillenta y la vio, hermosa como siempre pero con un grado de desaliento que lo conmovió, la abrazó y se dispuso a ayudarla, le acariciaba su cuerpo frágil, su cara de princesa y se levantó a traer la medicina natural que la dejaría descansar y aliviaría su dolor.

Al abrir la puerta un frío de despedida y de odio se impregnó en su ser, como si estuviera esperando atento para adentrarse. Un dolor determinante le inquietó todas las entrañas, pero no vaciló y siguió caminando hasta la cocina. Preparó una poción mágica con dos limones en un vaso de agua y aún con el dolor se dispuso a llevárselo hasta la cama, ella, lo bebió y, con un precario movimiento de su mano, le dio las gracias. La tuvo entre sus brazos durante toda la madrugada mientras un fuego intenso se apoderaba de sus órganos y luego de sus ganas.

No paró de abrazarla hasta que la sintió plácidamente dormida.

Meses después se le preguntó por qué no dijo nada de ese dolor profundo que le aceleraba los nervios y deslastraba los sueños, él, nunca respondió.

Al otro día, la luz del imponente sol llegó y, ella, amante, compañía, subterfugio, retén y razón, agradeció el modesto gesto el cual era tan innovador para ella como cotidiano para él.

Vivían la pasión de los días sin suerte.

Se sintió halagado, pero más que eso se sintió tranquilo, sabía que podría pasar algo fuera de casa y tendría a quien recurrir rápidamente, la promesa de “siempre estaré allí cuando lo necesites, en las buenas y en las malas” curó su alma, pero el cuerpo seguía muriendo.

Día primero

La despedida ya estaba consumada y el afán por la compañía se hacía más distante.

Era sábado, la resaca del día anterior le había dejado secuelas de un terrible dolor de cabeza que retumbaba los sentidos. Solo, postrado en una cama sin dueño y con la compañía de la televisión, no podía mover un músculo, el aire estaba impregnado del olor añejo a cigarrillos de la juerga anterior y el sudor a licor traía remembranzas de la noche de mentiras y besos sin amor.

Se dispuso a salir del letargo, se levantó, se dirigió  al baño que solo quedaba a cuatro pasos de la cama. Llegó al lavamanos y al bajar la cara para limpiar las penas sentidas sin pudor, un hilo de sangre salió desde la nariz y se volcó en pequeñas gotas que caían al suelo.

Día segundo

El trabajo era arduo, o quizá sería el cansancio de hacer todo y no merecer nada.

Estaba en la mínima oficina donde laboraba junto a casi 40 estudiantes, los gritos, la música sin sentido, las quejas de todos, las reuniones interminables, el frío, el calor, todo… agotaban el alma.

Creyó que era jueves o lunes, quizá viernes. Se dispuso a salir a fumar a los pasillos sin respiración que adornaban el mamotreto universitario. Al encender el primer cigarro del día, sintió que algo caía de su boca. Huyó sin decir nada hasta el baño más lejano. Al llegar un vómito rojo y verde salía sin control. Durante más de media hora la sangre convertida en un líquido ocre se alejó de su cuerpo al igual que las fuerzas para reponerse.

Día tercero

El frío que da miedo.

Llegó al consultorio médico, luego de la auscultación de rigor la recomendación se centró en un estudio más profundo. Era algo como un invasor que ingresaría por la boca y buscaría frenéticamente entre los órganos dormidos quién los estaba acabando sin piedad.

Día cuarto

Los resultados.

Se dirigió al consultorio. Quizá tenía miedo.

Hizo una llamada para buscar el apoyo que una vez ofrecieron y recibió la primera bofetada de desprecio hecha mujer. Extrañamente era el Día del Periodista y al igual que todos los años el negarse a pagar la mensualidad a los hipócritas del CNP lo dejó fuera del cuadro de honor de los niños comunicadores que exhiben emocionados sus diplomas de mejores del año, pese a que siempre hacen lo mismo.

Llegó a la puerta y no entró, fumó una caja de cigarros antes, para tener el valor de lo que ya sabía que pasaría. Ingresó a la sala de espera y volvió a llamar esperando solo un palabra de atención que  lo hiciera divagar, pero la respuesta fue contundente “Hoy no puedo, estoy celebrando mi día”.

Cinco segundos después llamó el doctor y sin mediar palabras le entregó un sobre amarillo con los resultados.

Día quinto

Hoy se siente mejor.

Escribió su carta de renuncia y sin ningún argumento sólido la entregó, pensó que tenía que ir en búsqueda de quien lo cuidara y tomó las previsiones de rigor. Dinero, maletas, ropa, zapatos y por supuesto algo de amor.

Todo estaba listo.

Días después sería la despedida radical de sus dolores, pues tendría la compañía gustosa con quien librar la batalla que se aproximaba. Aún con el resultado de su extraña enfermedad en el bolsillo no creía lo que estaba pasando, solo se reconfortaba al reflexionar acerca de lo que vivió y que quizá no viviría más.

Día sexto

Hoy no pudo salir de casa.

Durante toda la noche vomitó sangre, orinó sangre, vio sangre, probó sangre y se desmayó durante toda la mañana y buena parte de la tarde.

Día séptimo

Regresó al consultorio y al frío que da miedo.

Ya ha pasado un mes sin saber nada de aquella mujer que le juró amor. Pero no le importa, ya sabe que no volverá, solo lo consume el chismorreo constante de su nuevo amante, quien además de ser un desconocido es un fantasma que quebranta la ya mancillada salud.

En realidad desconoce si lo odia o lo admira por su valor inconmensurable de conquistar un terreno ya profanado. No puede desearle suerte, pues estaría en contra de su credo. Pero si anhela que tenga satisfacción, pues es lo único que podrá encontrar en eso.

Día octavo

Comenzó la crisis. Dos pastillas verdes.

Las colocaron en su mano como una advertencia de lo que vendría. Las sugerencias de rigor. Se toma la primera  y descansa, luego, al pasar diez minutos tomas la segunda.

.- Así nada más -asintió-

.- Sí, es todo. Contestó la hermosa enfermera, que más que experta en atenciones a pacientes en declive, parecía una de las chicas rubias que promueven en las revistas para adultos que nunca le han gustado pero que siempre llaman su atención.

Día noveno

Pérdida de los sentidos.

En un principio no sentía nada extraño. Seguía la vida con toda naturalidad. De pronto, los colores se tornaron grises, la textura era imposible de diferenciar, el sabor de los alimentos era insípido y la compañía sexual solo era un tiempo de espera para la peor: la abstinencia por necesidad.

Los olores se confundían con los colores y los colores con los nombres. Los nombres con las ciudades, las ciudades con los carros y los carros con los animales. Todo era confusión que solo disimulaba con quedarse callado para no proporcionar pistas que llegaran a lo temido: hablar de la enfermedad.

Día décimo

La soledad.

La noche era su refugio. Luego de probar algo que parecía pollo pero sabía a langosta y que luego conoció como pan. Sintió como desde dentro de su estómago un animal escudriñaba todo a placer, las ansias de salir eran tales que el vómito se apoderó de toda resistencia.

La sangre corrió. Las fuerzas huyeron y con ella las ganas de seguir el nefasto tratamiento que solo retrocedía.

Llegó al hospital y sobrellevó la alucinación del ángel de la oscuridad quien le susurraba al oído:

“Solo estamos los dos como en los viejos tiempos” ¿ Recuerdas?

Día undécimo

Un sueño perdido.

Se acercó a una camilla y todo se tornó en blanco y negro. No pudo distinguir el líquido que cubría buena parte de su ropa.

Después la nada.

Día duodécimo

Siguió dormido.

Soñó con sus hijos que le repetían que lo amaban.

Creyó escuchar a alguien llorando, pero al desestimar que era por él, reconoció a los fantasmas de su pasado reciente que lloraban alegres mientras los temblores hacían sucumbir su cuerpo.

Día décimo tercero

Otro día sin despertar.

Una luz se acercó y le dio una oportunidad.

Día décimo cuarto

Un días más sin nada porque abrir los ojos.

.- ¡Reacciona! Se gritó desde adentro.

.- Y despertó.

Día décimo quinto

El despertar.

Sintió que algo oprimía su pecho. Los brazos no respondían y el solo hecho de abrir los ojos hacía daño.

Despertó solo.

Recordó que siempre en las buenas y en las malas estuvo cerca de quienes lo necesitaron. Pero este día regresó a su corazón algo que creyó olvidado: Odió otra vez a todos y padeció la farsa de las lágrimas sin sentimientos.

Maldijo la buena suerte de los demás y juró no extrañar más, no pensar más. Solo recuperarse o morir sin importar nada.

Día décimo sexto

El morir.

Morir no es bueno ni malo es solo ideal.

Llegó a casa nuevamente. El tratamiento despiadado lo hacía delirar, por ello, optó por solo utilizar monosílabos en las conversaciones familiares. De esta forma, se protegía de los comentarios sentimentalistas que nada bueno podrían hacerle.

Las terapias habían sido asignadas tres veces por semana y, dos veces por mes, una endoscopia, para prever que pudiera crecer dentro.

Algunas veces se sentía fuera de este mundo. Dopado con las pastillas y con una manguera en la boca trataba de recordar las cosas buenas que había hecho y de los buenos amigos que había cosechado, pero ninguno estaba cerca para tomarle de la mano y decirme que todo mejoraría, trataba de repetírselo constantemente pero llegaban a su mente destellos de abandonos, destellos de injusticias, destellos de rencor, destellos de mujeres encerradas en baños dándose golpes de pecho, pero rogando a Dios que se perdiera, que se retirara rápido para sentirse libres de quien ahora solo padecía del daño interior.

Lloraba mucho hasta quedarse dormido y en los sueños lloraba para no despertar y encontrarse con la oleada de realidad que importunaba y lastimaba como una lámina candente en el pecho.

Día décimo séptimo

Lo inevitable.

Perdió 8 kilos en dos semanas.

Cada vez era más la creciente marejada de pesimismo que bordeaba el alma. Nadie llamaba para preguntar qué pasaba y cuando lo hacían, reía mucho a fin de evitar el lamentable comentario de pobre no merece esto.

Algunas veces entre líneas pedía auxilio, pues su orgullo estaba por encima de cualquier contingencia física o mental.

Día décimo octavo

La palabra.

El comentario voló como los pájaros durante la lluvia.

De repente todos sabían que tenía y que no tenía. Los rumores de la muerte se acrecentaron a tal punto que las llamadas no cesaban. Quizá todos tenían un gramo de inquietud en sus corazones y querían despedirse dignamente.

Para ese momento las terapias eran menos tolerables y desconectó cualquier comunicación para descansar de los pésames a priori.

Día décimo noveno

El riesgo.

Inhaló el humo  asesino de un cigarrillo a escondidas de todos.

Se escondió tanto que su cuerpo no se dio por enterado de lo que pasaba.

Evitó espejos, evitó reflejos y destellos de luz en su cara, evitó la vida como la conocía, evitó a la gente y se evitó.

Hizo una promesa.

Día vigésimo

Cumplió su promesa murió quizá pero nació otra vez.

Ya la tempestad estaba acabando y crecía dentro de sí algo más que lo innombrable.

Crecía la tranquilidad y el plan era regresar.

Meses después

Está lleno de collares de hippie y pulseras. Se siente libre.

Desde su montaña se ve toda la ciudad. Vive rodeado de seres que no conoce y lo respetan. Durante un mes ha estado de nuevo con su pasado de lucha ingenua. Ha librado batallas con fantasmas, ha cruzado paredes, ha pintado grafitis, ha experimentado la adrenalina en su cuerpo.

Ha cambiado.

Dicen que su mirada es turbia, fría y sin compasión.

Cada vez que faltan 15 minutos para las doce de la medianoche, se despoja de su camisa y sus collares quedan al descubierto, el frío es terrible, la neblina cubre todo.

Enciende un cigarrillo y recibe al nuevo día con la cara en alto y con humo en los labios. Luego la lluvia llega y levanta los brazos para estar cerca de cada gota.

Desde una esquina de la montaña que sirve como refugio una voz femenina lo llama con insistencia, él, se acerca a tientas donde el sonido se pierde y alguien lo toma, lo abraza,  lo cuida como un niño, seca cada gota con su cuerpo, lo viste nuevamente, lo llama por un nombre extraño que solo sabe que es para él, lo besa en los labios, le miente al oído, le recuerda que todo estará bien, grita que siempre estará a su lado, lo recuesta en su regazo, lo ama y no la conoce.

Respira profundo y solo piensa que es mejor así.

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Opinión

Sobre la mesa

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En la mesa de la cocina sentada, revuelve por quinta vez el té. Rodeada, atrapada, ahogada entre tanta gente, tantas caras, tantas palabras, tantos cuentos, ella, se siente sola.

No sabe aún que es la soledad, pero la siente, la palpa, la engulle, la respira, la llora y la ríe. Es como el frío del lado izquierdo de su cama, el espacio vacío que quiere y no quiere llenar, el cepillo de dientes que sobra, la chaqueta de los domingos para la misa, el paraguas, que ahora la cubre sin mojarse, los zapatos en la puerta al llegar a casa, los conciertos de locura de aquella música que le gusta o le gustó, la camisa que dejaba por sentado que no estaba sola o sí, siempre estuvo sola, no lo sabía pero si lo aceptaba.

Ahora divaga con los segundos, minutos, horas, días y semanas que siempre estuvo con esa compañía llena de nada, con esa compañía ausente, con esa compañía añeja y colmada de momentos que derivaron en lágrimas, mientras se desocupaba el closet y dejaba ese vacío que ahora llena con recuerdos.

Duda de todos. Duda de la sonrisa que le  generan esos que ahora la acosan por temor a no poder acercarse a su estancia, sin pensar ni un segundo que no quiere sexo, sino momentos, historias, cuentos, risas y que después, sin forzar nada, pase lo que pase que no es más que entregarse no con el cuerpo sino con la esencia, su secreto mejor guardado.

Qué es la soledad sino el espacio que decidimos tomar para recargar nuestras energías. Qué es la soledad sino la oportunidad de enamorarse de uno mismo. Qué es la soledad sino los domingos de desayunos en la cama sin tener que levantarse a lavar los platos. Qué es la soledad sino más que ver películas y pedir una pizza los viernes en la noche. Qué es la soledad sino ver Sábado Sensacional mientras otros activos ya están en una fiesta que promete terminar en la playa a ver un amanecer que nunca llega.

Ella, rodeada de todos se sigue sintiendo sola.

I

Un portazo acabó con todo lo que se prometió.

Ya era la hora para que se despidiera. En la mesa de la cocina sentada, revolviendo por quinta vez el té que es su única compañía sincera, se le ve pensativa, con los surcos en las mejillas dejados por el recorrido de las lágrimas.

Piensa en la historia terminada, piensa en la sensación que queda después de cerrar un capítulo, piensa en los cambios que vendrán y de los cuales debe cuidarse, piensa en su reflejo ante todos, piensa en la nevera llena de comida para dos y que ahora es de uno, piensa en la torta sobre la mesa que comían juntos cada vez que recordaban que estaba allí, piensa en las fiestas donde llegaban juntos y ahora estará allí detenida en las puertas del tiempo con el vestido rojo que se ciñe a su cuerpo y que ahora no terminará en el piso del cuarto ante la marabunta de cuerpos desnudos que provocaba. Se piensa sola ante la visita inesperada del amigo en común que no perderá la oportunidad para preguntar dónde está quien hacía estremecer tus días.

Los recuerdos la harán rezar. No será un rezo para que regrese sino para olvidar rápido. La atormentarán los fines de semana donde siempre sabía qué hacer, qué pedir, qué esperar. Los domingos serán más grises y un aroma a un perfume conocido la perderá en momentos vividos de mañanas de lluvia, de calor repentino, de abrazos descuidados, de besos soñolientos, de caricias que no podrá comparar, pues ya no serán las mismas.

Sabe que algunas vivencias se borraran, pero en cualquier momento, y bajo cualquier circunstancia, caerá otra vez en esos labios que mentían con tanto deseo que no dudará en empezar a llorar otra vez, mientras observa las fotos que una vez borró preguntándose quién falló y por qué falló.

Esta sola en la cocina en la mesa que ahora no es tan pequeña como creía y sigue removiendo el té que desde ahora y hasta que despierte será su única compañía.

Ella, sola, se siente devastada.

II

Los hábitos cambiarán y nuevos amores tocarán la puerta y la acompañarán a tomar el té. Sonreirá y dejará el pasado en el pasado. Disfrutará. Señalará a todos y se sentirá otra. Será más fuerte. Más infame. Más directa. Más dura. Más arrogante y más despreciable.

Los días serán distintos y ya no habrá pizza los viernes en las noches de películas. Ni sábados de desayunos en el mercado. Ni domingos de risas y pan con refresco. Ni borracheras escuchando y compitiendo con canciones que decían todo lo que sus labios no podían. No habrá soledad. Repetirá los mismos acontecimientos con nuevas fotos y otras risas para destruir el álbum de sus memorias.

Sí, los días cambiarán, y la suerte y nuevos horizontes serán el futuro que cree merecerse, que cree suyo, que cree único, que cree que no se moverá, así el portazo de despedida llegue una y otra y otra vez.

Sin embargo, las noches serán distintas. No verá la silueta conocida entrar al baño, ni el olor será el mismo. Desesperadamente querrá que sea ese a quien detesta y odia solo para decirle en su cara cuáles son sus triunfos, cuáles son sus logros, cuáles son las noticias que mejoraron su vida sin necesidad de tener esa compañía que le hizo daño pero le marco la vida.  Querrá que él conozca de ella. Querrá que él envide sus triunfos. Querrá que él sufra. Querrá que él pierda mientras ella gana. Querrá decirle que cambio de opinión, que no lo amaría toda la vida. Querrá que él, el del portazo de despedida se derrumbe, tiemble y muera cuando pase a su lado. Querrá que la vea con otro tomada de la mano y que sienta en carne propia que no es nadie y que su sola presencia incomoda la nueva vida que logró gracias a ella o gracias a que se fue. Lo querrá ver con otra para odiarlo más o amarlo menos.

Ella, sola, se siente aliviada.

Y él en la mesa de la cocina sentado, revuelve por quinta vez el té. Rodeado, atrapado, ahogado entre tanta gente, tantas caras, tantas palabras, tantos cuentos, él también se siente solo.

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La casa de agua

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Ahora nuevamente duermo desnudo. Es un hábito que había perdido pero que afortunadamente recuperé en los últimos meses. Me siento libre y ausente.

Vivo en un apartamento del centro de una ciudad ociosa. Ahora, con algunos reveses, escribo para comer. A mi estancia acuden enamorados, despechados, amantes y sin importar género me dedico a escribirles cartas dedicadas a los  responsables de sus heridas de amor o pasión. Que viéndolo bien son la misma vaina si nos sentamos a analizarlo.

Todas las mañanas me levanto y tomo un cigarrillo. Abro la ventana de la sala y enciendo el primer clavo de mi ataúd, con este accionar recibo ese nuevo día lleno de dicha, esperanza y fortuna. Esos que las bendecidas y afortunadas reflejan en su Facebook sin que ellas mismas se lo crean.

Las noches son siempre de licor y una que otra aventura. Hay mujeres quienes el amor les dura la primera línea escrita y me cancelan con unas horas de compañía, sudor y besos. Siempre acepto ese tipo de pagos, es mi naturaleza, mi esencia, mi necesidad de sentirme vivo.

Mi cuarto está lleno de cajas de comida ya consumida, cigarrillos a medio terminar, botellas de cerveza, botellas de ron, galletas y hojas impresas con algún poema nefasto e inconcluso. Cada vez que me levanto es como atravesar un campo minado, sin embargo, no me importa, enciendo un incienso de coco y todo aquello que es un desastre se contamina del rico olor y resuelvo el pequeño problema, que es feo estéticamente, pero con una fragancia penetrable que me inspira a seguir teniendo un basurero como cuarto.

Escribo todos los días y pienso todos los días. Hay quienes solo escriben o solo piensan. En verdad no me importa. Lo único que me mueve son unas letras que hacen erizar la piel y que añoro que no sea la mía.

Pero una mañana. Un sábado recuerdo. Llovió adentro. Y las cajas y las colillas y las botellas y todo, se paseó por la casa. Yo solo fumé y más, mientras veía la casa de agua.

II

Llegue por fin. Caminé por la calle que ya conocía. Y visité el primer atisbo de normalidad que me acogió en Caracas. Un apartamento de una sola habitación, un baño y una sala que se adornaba con muebles de madera. Los recuerdos me invadieron y quise una vez más entrar a ese antro tan digno de mí que como dato curioso solo tenía la puerta principal. Las demás puertas nunca llegaron y la libertad se paseaba.

El baño era una suerte de lotería para los visitantes. Debía permanecer en la cocina mientras lo utilizaban. Mi cuarto nunca necesito puerta, nunca hubo nada que esconder, nunca se mentía, nunca se decía la verdad, nunca hacía frío, nunca hacía calor, nunca perteneció a nadie, nunca fue mío, nunca lo amé tanto como el mismísimo día que me corrieron.

En mi recorrido soñé que nada estaba pasando. Soñé que la puerta sonaría una vez más avisándome que ya estaba por entrar. Soñé que los besos, las palabras y las caricias regresaban sin pedir cuentas. Soñé que ya estaba allí sujetándome, dándome apoyo, sonriendo y discutiendo por satisfacción, su satisfacción, al sentirse  reina y única del espacio que le cedí solo por una mirada.

Cocinaba una rica crema de plátano. Hacía arroz, carne frita y por supuesto tostones. Comíamos mientras mirábamos a través de la ventana. Recuerdo que sonreíamos mucho. Que nos prometíamos mucho. Que nos besábamos mucho. Que nos desesperábamos mucho. Que dormíamos mucho. Que siempre estábamos desnudos. Que siempre nos encontrábamos en la cama y que nunca nos separábamos.

Me recosté en la ventana que años atrás me hacía pensar y fumar. Siempre que pienso fumo y siempre que fumo pienso. Hay quienes solo piensa y hay quienes solo fuman. En verdad no me importa. Lo único que me hacía mover era un mensaje que me avisaba que Chicho ya iba en camino y con él la compañía que necesitaba.

Pero una mañana. Un domingo recuerdo. Llovió adentro. Y las puertas, inexistentes, no pudieron controlar la inundación que se aproximaba. Yo solo fumé y más, mientras veía la casa de agua.

III

Los hospitales son lugares desérticos y fríos. El primer diagnóstico no era nada alentador. Las miradas se cruzaban entre los internos que me tomaron como conejillo de indias. Luego dos palabras, un abrazó y una despedida daban inició a una de las peores sesiones que ha padecido mi cuerpo.

Llegué con mi camisa de la suerte. Siempre planchó mi ropa y arreglo mi cuarto. Es como una especie de cábala para mantenerme lejos de los humanos que desean husmear en mi vida. Ahora recuerdo que duermo desnudo. Es como una costumbre que ya recuperé para sentirme libre y ausente. 

La primera sesión prometía hacerme llorar. No lloré. Solo soporte la dagas que invasivas recorría mi cuerpo. Quise correr y no tenía destino. Quise gritar pero no tenía oídos que me escucharan. Quise reír pero yo era el chiste. Quise verme a un espejo, pero no había reflejo. Por eso solo mire una foto de una playa que adornaba el consultorio. Me perdí dentro de la imagen y recordé a tantas y a tantos que hoy añoraba pero no estaban.

Desperté cuando ya la tercera daga salía de mi cuerpo con displicencia. Vi como una gota de sangre recorrida mi deprimente cuerpo y allí, aspire una bocanada de aire pulcro de hospital para derrumbarme al recordar que faltarían 68 más para sentirme mejor.

Las sesiones generalmente se realizan sobre un sofá de color rojo. Sin embargo, decidí hacerlas de pie. Como capricho. Como desafío. Como terquedad. Como prueba. Nunca me he arrodillado. Me mantengo de pie y siento como se desestabiliza mi esencia, mi alma, si el alma es lo que sientes, y sobre todo mis recuerdos. Todo está derruido. Los tiempos buenos y los tiempos malos.

Al salir camino y fumo. Siempre que camino fumo y generalmente cuando fumo camino. Hay quienes solo caminan y hay quienes solo fuman. En verdad no me importa. Lo único que me hace mover es saber que cada mes vienen las dagas y yo entero, soberbio y decidido a morir o no recuerdo que mi amante infalible, ella que nunca me deja, ella que me perdona todo, ella que me cubre de su desamor se cuela en mi cuerpo dándome la compañía que tanto deseo en su peculiar forma de enfermedad.

Pero una mañana. Un miércoles recuerdo. Llovió adentro. Y mi amante enfermedad quiso algo más de mí. Me hizo caer para pedirla en matrimonio. Y la sangre inundo el consultorio con olor pulcro y como pude me levante lentamente, negándome una vez más a sucumbir ante la inundación que se aproximaba. Tome un cigarrillo y solo fumé y más, mientras veía la casa de agua.

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La espera

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Durante años nadie lo vio.

Parecía que el mundo se lo hubiese tragado sin dejar un rastro pírrico para siquiera dejarle una rosa, un girasol o una margarita en lo que pudo haber sido su lecho de muerte. De repente, tal y como lo distinguía su caótico existir, apareció.

Llegó a su humilde hogar materno.

Quienes lo distinguieron en su llegada lo ignoraron, quizá porque no era el día indicado para un saludo caluroso. Ingresó a la vivienda de bahareque y teja y se instaló en la sala. Sólo su madre lo saludó entre lágrimas y risas, pero no profirió palabra alguna.

Ella, sabía por qué estaba allí.

Recordó los momentos de felicidad que vivió en ese lugar, luego sin preguntar, encendió el equipo de sonido y revisó entre los discos viejos algo que lo llevara al pasado y pudiera esperar lo esperado.

Una tonalidad de ultratumba sucumbió toda la casa, los vecinos ávidos de algún chisme se acercaron a su puerta sigilosamente, pero nadie lo perturbaba, solo las miradas como puñales de fuego se incrustaban en su carne ya maltrecha por tantos golpes y caricias que da la vida, a veces, pensaba que las grietas de su piel eran más por las bondades recibidas que por los tormentos vividos en una celda.

Un cigarrillo, un vaso de alguna bebida olvidada en su bolso verde que muchos criticaron, pero que nunca le importó, calmaron su ansiedad, promovida por su vida bohemia que tanto le costó sobrellevar.

Quería llorar, pero el día no estaba para lágrimas, quería reír, pero el día no estaba para risas, quería gritar y lo hizo con tanta necesidad que los sonidos no salieron de su garganta, entonces cesó su infructuoso intento de hacer algo y, se remontó, a su quehacer diario: Recordar.

I

Las fotos organizadas y colocadas encima de la mesa central de la sala lo paralizaron. Vio una sonrisa espléndida de la que fuera su esposa, luego algunas fotos de mujeres que una vez lo visitaron para buscar amor, sexo o compañía que durante su juventud brindó, quizá por el terror incierto de sentirse solo pero acompañado, o quizá por sentirse amado a ratos de putas o mejor querido como un perro callejero a quien la comida le va y le viene y a quien el placer le es indiferente.

Divisó la foto de su padre e ingirió un trago seco y una bocanada de humo enrareció todo su entorno. Dijo dentro de sí: “Viejo” y su traicionera mente lo trasladó a su niñez.

Su padre mujeriego y borracho siempre cuidaba de él. Recordó que decía que estaba loco y que haría de su vida una locura plena para llevarse bien con este mundo de mierda. Brotaron las lágrimas, no se explicaba por qué, ya para la fecha tenía 20 años sin verlo y esa visita extraña para todos, era para eso, solo para darle un beso y decirle que estaba bien, que todo era bueno, que en sus cuentos lo mencionaba con otros nombres y que recordara que él, era su fuente de inspiración.

Eso lo emocionó, lo impacientó, lo devastó. Quería sentirlo, quería tocarlo y decirle entre líneas que sus tres divorcios y sus parrandas enteras con mujeres fáciles siempre fueron un mecanismo de defensa, tal y como él se lo había enseñado.

Los minutos pasaron, la tortura de cada segundo lo aniquilaba, solo la sensación de ver a su padre lo mantenía en pie. De pronto todos lloraron, todos gritaron y aquella casa hace instante  impávida y desprovista de vida se iluminó con un color sepia cargado de desesperación.

¡Por fin llegaron! comentó un vecino.

¡Ya todo está acabado! aclaró.

Cuatro hombres vestidos de negro abrieron las puertas de la casa, colocaron un soporte metálico y encima de él, un ataúd.

De inmediato comenzaron los rezos.

Otro trago, otra bocanada de humo y un beso a un cuerpo inerte que sonrió, culminaron la espera.

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